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Horror al estilo americano
Sé que esta afirmación puede desilusionar a quienes prefieren ver en la cultura japonesa variables radicalmente distintas a las nuestras, pero lo cierto es que jóvenes cineastas nipones, como Takashi Shimizu, Thakasi Miike, Kyoshi Kurosawa o Shusuke Kaneko se aficionaron al terror gracias a John Carpenter, a Wes Craven y a las viejas teleseries americanas de misterio, al estilo de Twilight Zone.
Es más: los fantasmas que aparecen en este tipo de producciones no guardan diferencias de interés con los que trazó la literatura gótica y hoy reaparecen en películas occidentales como El sexto sentido.
En todo caso, podemos hablar de una desigualdad escenográfica (las casas y el vestuario son peculiares), pero los espectros de allí, como los de acá, son de la misma estirpe: almas en pena sujetas a una maldición, comprometidas en una venganza, o lo que es peor, inconscientes de su muerte e incapaces de abandonar este mundo.
Y precisamente por eso nos producen escalofríos, porque podemos asimilar a estas entidades de ultratumba dentro de nuestra propia cultura global, que deriva de la cultura popular anglosajona.
El miedo que inspiran estos largometrajes abarca ingredientes muy similares a las de las horror movies americanas. Poco o casi nada tienen que ver las películas que ahora llegan a nosotros con las viejas películas de fantasmas que se estrenaron en Japón en los años cincuenta y sesenta, mucho más sometidas al viejo folclore, y por consiguiente menos exportables.
Ahí sí que figuran algunas convenciones derivadas de las formas teatrales clásicas, como el kabuki. Quizá en China continental y Taiwán sigan produciendo cintas de ese tipo, costumbristas, tradicionales, y por tanto, más exóticas para nosotros. Pero eso no afecta a la generación de directores que nos ocupa.
En todo caso, buscando un esquema compartido por los directores de terror nipones, podríamos hablar de una propensión hacia la parapsicología, integrada en tramas que se amoldan al género favorito del público japonés, que es el melodrama.
De ahí que se muestren problemas familiares, conflictos sentimentales sin resolver e incluso pasiones conmovedoras.
Luego hay imágenes muy poderosas, como aquella que ilustra el cartel de Ring, donde el ojo desorbitado de la joven Sadako asoma de su melena entreabierta. Pero este acierto de diseño tiene pocas explicaciones “culturalistas”.
De otra parte, podemos reconocer un sadismo más obvio en ciertos personajes y una cadencia algo más lenta en la puesta en escena. Sin embargo, esto último también puede discutirse, porque en los anime de terror, el dinamismo es casi apabullante.








































































