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J-Horror: cine de terror japonés - Las constantes del J-Horror

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J-Horror: cine de terror japonés
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Las constantes del J-Horror
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Las constantes del J-Horror

A Hideo Nakata le gusta reflejar la melancolía de ciertas áreas urbanas, oscurecidas por una vida monótona y sin alicientes.

Takashi Miike y Takashi Shimizu cultivan la imaginería postmoderna, integrando la amenaza en el plano cotidiano, pero sin compromisos realistas.

El panorama es variado, lleno de individualidades y poco propenso a las analogías entre unos creadores y otros.

En cuanto a los objetos, todo depende de las intenciones previstas por el autor. En líneas generales, los ingredientes tienden a resultar morbosos: los objetos mecánicos de ritmo asfixiante, las texturas de la carne en primer plano, miradas que se esquivan vergonzosamente y, por supuesto, una clara exageración de la agonía.

No en vano, los cadáveres del cine japonés suelen distorsionar su gesto de un modo que puede llegar a ser chocante.

De todo esto sabe mucho Kôji Suzuki, el autor de las novelas en que se inspiraron Ring y Dark Water, a quien muchos llaman el “Stephen King japonés”.

En cierta medida, la similitud no es desafortunada: King es responsable del moderno terror norteamericano, renovador del viejo american gothic, y Suzuki ha hecho lo propio en su país. De su magisterio parten las principales obras que aquí nos ocupan.

El cine de terror no tendría sentido sin la presencia de una amenaza, y ninguna amenaza será peor que aquella que combine el sufrimiento, la soledad y la aniquilación física.

Estos tres vectores, combinados con mayor o menor fortuna artística, son los que explican el sentido real del género.

Quizá algunos autores japoneses escapen del maniqueísmo a la hora de presentar a los personajes, pero, a decir verdad, no son la mayoría. En el cine de horror japonés también existe el mal, expresado por medio de entidades diabólicas, psicópatas desalmados o monstruos temibles.

Al igual que la japonesa, la tradición fantástica occidental también presenta imágenes femeninas muy negativas, como por ejemplo la brujería. También hay un largo catálogo de mujeres espectrales en nuestra literatura y nuestro acervo audiovisual. En el viejo cine de fantasmas japonés, hay figuras muy sugerentes. Por ejemplo, en Kuroneko, los dos fantasmas femeninos protagonistas, Oshige y Yone, están condenados a beber la sangre de todos los samurais que se crucen en su camino.

Otra entidad temible es la Mujer de Nieve, o Espectro de Nieve, llamada yuki-onna, que acecha a sus víctimas y las mata por congelación.

Me gustan especialmente las representaciones de esta tradición que figuran en dos largometrajes que aprecio muchísimo, Kwaidan y Los sueños de Akira Kurosawa.

Por supuesto, estas tres películas están muy alejadas, en su filosofía y pretensiones, del moderno cine de horror.

La aparición de los niños fantasmas es doblemente pavorosa, pues al horror que produce cualquier espectro se añade una connotación perturbadora: la que deriva de la muerte temprana.

Pocas cosas pueden conmovernos más que el fallecimiento de un niño.

Por otra parte, el cine de terror tiene un amplio catálogo de chavales inquietantes, que demuestran cómo el pánico también puede vestir pantalón corto. Pensemos en el cine norteamericano, donde los críos son videntes privilegiados (Poltergeist, El sexto sentido), asesinos sectarios (Los chicos del maíz) e incluso retoños del Maligno (La semilla del diablo, La profecía).

Nos asusta lo indeterminado, y el agua, empleada con frecuencia en el J-Horror, es la expresión definitiva de esa cualidad. Carente de forma, sinuosa, ambigua, envolvente, y en ocasiones, mortal. No en vano, dos de sus manifestaciones, la niebla y la tormenta, forman parte de la ambientación tradicional de los cuentos de miedo.

El miedo es subjetivo. Dicen los psiquiatras que el buen cine de terror provoca una sana catarsis: nos sometemos a un peligro controlado, liberamos tensiones al identificarnos con los protagonistas y sentimos un agradable alivio al completar el visionado.

Por supueso, hay gente más susceptible que puede llegar a obsesionarse con la ficción hasta identificarla con su realidad. Todo depende del grado de verosimilitud de la trama. Supongo que el acierto de las horror movies japonesas es que operan con elementos que nos resultan inquietantemente familiares.

Por supuesto, hay que graduar la angustia. Una lección maestra al respecto es Tiburón, de Spielberg, donde la música y la aleta dorsal del monstruo eran más inquietantes que el muñeco mecánico visto en su conjunto. Todo buen cineasta sabe que la inminencia del peligro es más desafiante que la presentación escueta de un acto violento. Por lo demás, los golpes de efecto, plasmados en los sustos y sobresaltos, son una baza segura que realizadores como Hideo Nakata manejan con soltura.

Nuestra percepción de la imagen está distorsionada por la televisión. Juzgamos como realista un tipo de filmación que se asemeja a la de los reportajes informativos: cámara en mano, con escasa precisión en el enfoque. Eso es algo que los realizadores japoneses conocen bien.

De igual modo, la textura granulada del vídeo nos recuerda la supuesta autenticidad de los planos televisivos. Todo esto es una convención, pero sin duda funciona razonablemente en el cine contemporáneo, y no sólo en el J-Horror.


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