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"Oro negro" (Jean-Jacques Annaud, 2011)

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Jean-Jacques Annaud dirige Oro negro, una película que transporta al espectador directamente al desierto de Arabia como no se ha hecho desde la era dorada del cine. En el centro de la historia hay un joven príncipe atrapado entre dos padres, dos amores, dos elecciones y un solo destino, cuando se descubre petróleo en la península arábiga a principios del siglo XX.

En el transcurso de la historia, el público descubrirá los asombrosos paisajes del desierto, será testigo de tremendas batallas con cientos de extras, caballos, camellos, aviones y tanques, y se emocionará con una historia de amor sin límites.

El relato del nacimiento de esta epopeya es casi tan emocionante como la película. En 1976, un joven productor en ciernes llamado Tarak Ben Ammar se forjaba un renombre y convertía a su Túnez natal en potencial lugar de rodaje. Fue lo bastante hábil como para convencer a George Lucas de que rodara en Túnez algunas escenas clave de un ambicioso proyecto de ciencia-ficción llamado La guerra de las galaxias, cuyo increíble éxito mundial puso a Túnez en el mapa cinematográfico y dio a conocer a Tarak Ben Ammar.

Durante el rodaje de La guerra de las galaxias, el joven productor leyó un libro titulado Al sur del corazón, del autor suizo Hans Ruesch. Le encantaron las descripciones de las tribus beduinas de la península arábiga en el momento en que el descubrimiento del petróleo en sus tierras iba a cambiar sus vidas y al mundo para siempre. Se dio cuenta de que la novela tenía todos los ingredientes necesarios para hacer una película internacional, al tiempo que ofrecía una imagen positiva del mundo árabe y del islam.

Habló con Paramount Pictures, que estuvo de acuerdo en cofinanciar y coproducir la película, y empezó a reunir a un reparto internacional que comprendía a estrellas de la talla de Omar Sharif, Richard Harris y Anthony Quinn.

“Recorrí el mundo árabe intentado encontrar fuentes de financiación árabes para completar el presupuesto”, recuerda Tarak Ben Ammar. “Pero me tomaban por un jovencito con ganas de hacer cine y se reían de mí. Estamos hablando de finales de los años setenta y del gran momento del crudo. No les interesaba el cine entonces. Querían invertir en carreteras, edificios, financiar bancos y comprar armas. Creo que hablé con todos los multimillonarios y todos los bancos, pero no conseguí nada”.

Al no obtener la financiación, Tarak Ben Ammar se unió al rodaje de En busca del arca perdida, de Steven Spielberg, en Túnez. A partir de ahí, no tardó en convertirse en uno de los productores europeos de cine y televisión de más éxito, trabajando con realizadores como Roman Polanski, Franco Zeffirelli, Brian De Palma, Giuseppe Tornatore, Rachid Bouchareb y Julian Schnabel.

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Pasaron los años y la empresa de Tarak Ben Ammar creció hasta incluir producción, posproducción y distribución de cine y televisión, pero el productor nunca dejó de lado el sueño de llevar a la gran pantalla la novela de Hans Ruesch.

“Volvía a comprar los derechos del libro cada cinco años”, dice el productor. “Estaba convencido de que haría la película. Fue así durante treinta años. Tenía miedo de que alguien se me adelantara. Gasté mucho dinero, pero siempre creí que estaba escrito que algún día rodaría la película antes de dejar este mundo”.

Curiosamente, unos treinta años después de que leyera la novela por primera vez, dos casualidades hicieron posible convertir su sueño en realidad. La primera fue una reunión con el famosísimo realizador Jean-Jacques Annaud. Eran amigos desde hacía tiempo, pero no habían encontrado la oportunidad de trabajar juntos… todavía. El mundo árabe fascina al realizador. Ha recorrido la zona con su familia y siempre le había apetecido hacer una película sobre el tema. Jean-Jacques Annaud estaba trabajando en un proyecto acerca de la invasión de Libia por un grupo de marines estadounidenses en el siglo XIX y quería ofrecérselo a Tarak Ben Ammar. Pero la conversación no tardó en pasar al libro que el productor tenía en su biblioteca desde hacía tres décadas.

“Me dejó una novela de Hans Ruesch”, recuerda Jean-Jacques Annaud. “Reunía todos los elementos de una película de aventuras que transportaría al espectador a otro mundo. Tenía los elementos de fantasía justos. El ambiente era muy del estilo de Las mil y una noches, pero no transcurría en un pasado lejano. Me pareció universal, con la historia del joven príncipe dividido entre dos padres y dos formas de ver el mundo. Devoré la novela, mientras el protagonista cabalga por el desierto arábigo con beduinos. ¿Hay mejor forma de dejarse conquistar?”

“Necesitaba a un director que entendiera y respetara el mundo árabe”, explica el productor. “No quería una interpretación estilo Hollywood del mundo árabe, pero sí la calidad, la envergadura y la acción que aporta Hollywood. Sobre todo, quería autenticidad. Jean-Jacques era perfecto. Se documentó acerca del islam, del Corán, y ha sido muy respetuoso. También entendió que era una película dirigida a un público global”.

La segunda casualidad llegó cuando, a los pocos días de que Jean-Jacques Annaud se comprometiera a realizar Oro negro, Tarak Ben Ammar recibió una llamada de un amigo en nombre de la sheikha Mayassa Bint Hamad Al-Thani para convocarle a una reunión. La joven princesa estaba interesada en crear una industria cinematográfica sostenible en Catar tal como él había hecho en Túnez. Esta reunión dio pie a una buena amistad y al siguiente paso de hacer realidad Oro negro.

“Es la magia de la voluntad divina”, dice Tarak Ben Ammar. “La sheikha Mayassa y su madre la sheikha Mozah me invitaron a Catar. Allí tuve ocasión de recorrer el desierto con mi familia y descubrí el telón de fondo que necesitaba para Oro negro. Hay una duna muy especial que lleva directamente al mar, y era el lugar perfecto para rodar una escena crucial de la novela”.

Tarak Ben Ammar llamó inmediatamente a Jean-Jacques Annaud para contárselo.

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“Era ideal”, dice el director. “Soy un apasionado del desierto, pero sé que ningún desierto se parece. Incluso el color de la arena cambia de uno a otro. Lo que más me gustó en Catar fue ver ese desierto realmente árido que se lanza directamente al mar. Me entusiasmó y fue un auténtico privilegio, como director, rodar en un lugar donde nunca había habido una cámara”.

Con Catar como socio coproductor a través del recién creado Doha Film Institute, Tarak Ben Ammar empezó a reunir las piezas creativas del rompecabezas. El guionista Menno Meyjes (El color púrpura, Indiana Jones y la última cruzada) se encargó de adaptar la novela de Hans Ruesch.

El reparto y los personajes

Oro negro está llena de personajes inolvidables que enseñarán al público una vertiente poco conocida del mundo árabe. En el centro de la historia se encuentra el príncipe Auda, un tímido erudito que madura durante el transcurso de la historia hasta convertirse en rey. Tarak Ben Ammar y Jean-Jacques Annaud eran conscientes de que necesitaban a un actor que pudiera encarnar de formar convincente la transformación de un ingenuo académico en un avezado guerrero. También debería tener sensibilidad y carisma para aportar calidez al romance con la princesa Leyla. Más aún, el productor y el director estaban decididos a que el papel protagonista recayera en un intérprete árabe y tener así la oportunidad de lanzar al estrellato internacional a un actor árabe desde que Omar Sharif interpretó al icónico Sherif Ali en Lawrence de Arabia hace más de 50 años. Pensaron inmediatamente en Tahar Rahim. El actor argelino-francés saltó a la fama en el papel principal de Un profeta, de Jacques Audiard, por la que fue galardonado con dos César al Mejor Actor y al Actor Más Prometedor.

“Tahar tenía que dar vida al príncipe Auda”, explica Jean-Jacques Annaud. “Es uno de los actores de su generación con más talento, además de ser encantador y generoso. Nació en Argelia y forma parte de la cultura árabe. No tuve que explicarle cómo rezar ni cómo comportarse delante de sus mayores. Era muy importante que el papel principal fuera interpretado por alguien procedente de la civilización árabe”.

“Sabíamos que nuestro héroe debía ser un joven árabe”, añade Tarak Ben Ammar. “Un actor estadounidense no podía hacer el papel. Gracias a Dios, encontramos a Tahar; ha sido el intérprete perfecto”.

“El personaje de Auda es un príncipe atrapado entre dos padres con puntos de vista opuestos. Crea una burbuja para protegerse y vive en un mundo poblado de libros”, dice Tarak Rahim. “Pero cuando los dos reinos se enfrentan de nuevo, la burbuja estalla, llevándose su inocencia. Al volver con su padre verdadero, regresa a sus orígenes. Eso le hace más fuerte y descubrimos que es un líder nato”.

Para el resto del reparto, los cineastas buscaron un elenco internacional capaz de dar vida a la mezcla de culturas asentadas en la península arábiga a principios del siglo XX. Jean-Jacques Annaud sabía que era clave encontrar a dos actores espléndidos para encarnar a los formidables personajes del emir Nesib de Hobeika y el sultán Amar de Salmaah. Los dos son oponentes perfectos. Nesib es un encantador y taimado rey sediento de la riqueza y el poder que el petróleo aportará a su reino. Amar, en contrapartida, es un gobernante piadoso y conservador convencido de que el petróleo será la ruina de los beduinos y de los árabes en general. Le preocupa la influencia corruptora del crudo, mientras que Nesib entiende que le permitirá convertir sus tierras en un oasis, con carreteras, hospitales, escuelas y, claro está, armas.

Para interpretar a Nesib, los cineastas supieron desde un principio que querían a Antonio Banderas. El actor, originario de Andalucía, una región con fuerte influencia árabe, ya había encarnado a un personaje árabe en El guerrero nº 13, en 1999. Con Oro negro, tenía una nueva oportunidad de regresar a sus lejanas raíces.

“Como andaluz, por mi ascendencia y por la historia, siempre he tenido contacto con los musulmanes y el mundo árabe”, dice Antonio Banderas. “Desde el ataque a las Torres Gemelas en 2001, ha habido un bipolarización en el mundo y se malinterpretan ciertos aspectos de la cultura árabe. Me pareció importante que la película, a pesar de ser una epopeya romántica dirigida al entretenimiento, reflejara y mostrara parte de esa cultura, que también considero un poco mía. Es algo que llevo en el subconsciente, una mezcla abstracta de colores, sonidos y música. Se siente al estar en Andalucía, en Málaga, en Granada, en Sevilla. Cuando estoy en un país árabe, noto que hay algo que me pertenece”.

El director y el productor necesitaban a un actor con el carisma, los conocimientos y la presencia suficientes para que Amar estuviera a la altura del seductor Nesib. Una tarde, viendo Red de mentiras, de Ridley Scott, descubrieron al actor idóneo.

“Era un actor maravilloso que imitaba a la perfección el acento y el comportamiento de un jefe de seguridad jordano”, recuerda Jean-Jacques Annaud. “Nos intrigó y descubrimos que se trataba de Mark Strong, un actor inglés de ojos azules, como muchos árabes. No olvidemos la influencia de los cruzados, y que en el harén del emir había numerosas mujeres y niños de ojos azules”.

Mark Strong no quería dejar pasar la oportunidad de encarnar a un personaje tan complejo y matizado como Amar.

“Recuerdo que leí el guión en Cannes un día soleado, sentado en la terraza del hotel. Me quedé embelesado con el romance. Hacía tiempo que no leía un guión tan épico”, dice el actor. “Amar es un hombre orgulloso, honrado e íntegro que siente un tremendo afecto por sus hijos y no se fía nunca de su enemigo. Puede que su único error sea interponerse en el camino de dos jóvenes y en la llegada de la era moderna”.

Después de encontrar a los tres protagonistas masculinos, los cineastas decidieron buscar entre los actores jóvenes más atractivos del momento y que estuvieran a la altura de una historia basada en la fuerza de la juventud y en su poder para cambiar el mundo.

Para interpretar a la princesa Leyla, la ambiciosa y bella hija de Nesib, el director se decantó por Freida Pinto. Al igual que Antonio Banderas, sería la segunda vez que la joven actriz interpretaría a un personaje árabe, después de encarnar a una joven palestina en Miral, de Julian Schnabel.

El rodaje empezó el 18 de octubre de 2010 y continuó durante cinco meses en Túnez y Catar. El productor y el director reunieron a un equipo de artesanos y técnicos de primer orden, muchos de ellos procedentes de Túnez, para construir y modelar el mundo de la península arábiga a principios del siglo XX. Se diseñaron y cosieron a mano 7.000 trajes; se fabricaron 700 sillas de montar, 400 rifles y 250 espadas. Más de 20.000 extras, 10.000 camellos (500 de los cuales podían estar a la vez en el plató) y más de 2.000 caballos participaron en las espectaculares escenas rodadas en el desierto. Se dispararon más de 5.000 balas de fogueo durante el rodaje. Para que las secuencias de batallas tuvieran la autenticidad requerida, también se usaron tres aviones y se diseñaron y construyeron ocho carros blindados.

La película se rodó en los asombrosos paisajes de las llanuras desérticas de Tozeur, la zona montañosa de Matmata, el oasis de Chebika y a las afueras de Hammamet, en Túnez, y en las imponentes dunas de Umm Said, en Catar.

Los cineastas reconocen la influencia de la pintura orientalista del siglo XIX, cuando numerosos artistas europeos viajaron al norte de África y al Oriente Próximo para plasmar en lienzo y en papel el cautivador mundo que acababan de descubrir: los zocos, bazares, harenes y palacios. Dadas las restricciones en la representación visual impuesta en ciertas zonas del mundo árabe, estos cuadros son a menudo los mejores documentos de esta época.

“Cuando viajé por Yemen, Omán y Jordania”, dice Jean-Jacques Annaud, “me sorprendió descubrir el parecido que había con los cuadros de Delacroix, Fromentin y Ziem”.

Copyright de texto e imágenes © 2011 Universal Pictures, Quinta Communications y Carthago Films. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.

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Merwan y Aline se aman. Ella es bailarina, ama la vida, las fiestas y viajar. Él es musulmán, y desde hace poco, milita en un movimiento integrista.

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