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"Silencio en la nieve" (Gerardo Herrero, 2011)

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Frente de Rusia, invierno de 1943. Un batallón de la División Azul se topa con una serie de cabezas de caballos esparcidas sobre la superficie congelada de un lago. Los cuerpos están sumergidos bajo el hielo. Junto a uno de los caballos, el cadáver de un soldado español.

Un tajo le atraviesa el cuello de lado a lado, y en el pecho tiene una inscripción grabada a cuchillo: “Mira que te mira Dios”.

Los mandos encargan la investigación al soldado Arturo Andrade (Juan Diego Botto) exinspector de la policía, que asume la tarea con rigor y profesionalidad, ayudado por el sargento Espinosa (Carmelo Gómez).

Ambos pronto descubren que detrás de este asesinato se oculta una perversa venganza, que se remonta a agravios acontecidos en el pasado, y que no parece que se vaya a detener en un único cadáver. Nadie está libre de sospecha ni nadie puede sentirse seguro. Y así, en medio de la cruel contienda, se inicia la caza del asesino, una búsqueda donde hasta el final no descubriremos quién es el cazador y quién el cazado.

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Descripción de personajes

Arturo Andrade (Juan Diego Botto). Soldado. Fue inspector de la policía durante la II República, cargo que siguió desempeñando durante los primeros meses del franquismo. Sus superiores no tienen claro si se ha alistado en la División convencido de la lucha contra el Ejército Rojo, o como una manera de saldar viejas deudas políticas. Sigue con obstinación los pasos del asesino, en medio de una guerra brutal que parece estar debilitando y enloqueciendo a todos. Entabla una relación con una chica rusa y con un niño que ha quedado huérfano, tal vez como una manera de conservar un resto de humanidad entre tanta barbarie.

Dice Gerardo Herrero: “Con Juan había trabajado ya varias veces como productor pero nunca como director. Me parece que podía encarnar el héroe que yo necesitaba para esta película y tenía las características físicas, la edad adecuada y un poco el físico para darnos este hombre solitario, enigmático, con un pasado dudoso del cual se va a hablar muy poco a lo largo de la película”.

Juan Diego Botto define su personaje como “reservado, reflexivo, un tanto irónico, que prácticamente habla muy poco de sí mismo; me recordaba mucho a los personajes clásicos del género. Es un inspector de policía que no es muy adepto ni a la falange ni al movimiento nacional y que posiblemente esté ahí para limpiar un poco su expediente. En medio de todo este disparate que es la guerra encuentra un poco de sentido aferrándose a la lógica de la investigación que es lo que él conoce”.

Sargento Espinosa (Carmelo Gómez). El ayudante de Arturo. Un hombre serio y pesimista que de tanto en tanto da muestras de un humor más bien agrio. Colabora con empeño en la investigación aun cuando cree que todo carece de sentido, ya que está seguro de que la derrota es inminente. Está obsesionado con los quintacolumnistas que puede haber entre los miembros de la División.

Al pensar en el personaje del sargento Espinosa, Gerardo Herrero comenta: “Quería un contraste de personajes que fueran un poco poli bueno-poli malo, tipo Holmes y Watson, dos personajes muy diferentes. En este caso quería un tipo con ideas fascistoides pero básicamente campesino, que había estado luchando en el lado nacional, posiblemente porque le había tocado ese lado. Que hubiera descubierto ya el horror de la guerra, que hubiera descubierto ya qué hacían ellos metidos en esa guerra, qué demonios pintaban ellos en esa batalla, pero que tuviera por otro lado un humor socarrón, y fuese un tipo descreído, poco habituado a la guerra, pero ya con el callo de haber estado en la Guerra Civil Española”.

Sobre su personaje, Carmelo Gómez dice: “Mi personaje fue creciendo y tomando importancia en todos los sentidos. Tanto a nivel personal como a nivel estructural. Espinosa acompaña a Arturo por todos los capítulos de este infierno hasta llegar a consumar una investigación de los asesinatos que se están produciendo”.

Cabo Aparicio (Jordi Aguilar). Un joven corpulento e ingenuo, con más cuerpo que cabeza. Es el encargado de llevar correo desde el Cuartel General hasta las distintas dependencias de la División. Oficia de chófer de Arturo y ocasionalmente proporciona datos sobre soldados y oficiales.

Nos cuenta Gerardo Herrero que “Jordi Aguilar es un actor que sale del casting. Es un personaje de soldado inocente, con humor, que se mueve con torpeza, que es un poco vividor, que está sobreviviendo en la guerra más que llevándola a cabo”.

Zira (Gabriele Malinauskaite). La chica rusa que vive una historia de amor con Arturo. No habla español, ni él habla ruso, de modo que la relación es complicada, aunque no deja de ser intensa para los dos. Es posible que sus encuentros con Arturo le traigan problemas con sus camaradas, a quienes no les gusta que los invasores se metan con sus mujeres.

Aleksandr (Deividas Balinskis). Un niño ruso simpático y atrevido que queda huérfano y encuentra en Arturo una especie de padre.

Oficiales

Teniente Coronel Navajas del Río (Adolfo Fernández). Jefe de la sección cuarta del Estado Mayor. El oficial que decide encargarle a Arturo la investigación. Miembro del Ejército, en disputa con los falangistas. Ejecutivo y con malas pulgas.

Comandante Reyes Zarauza (Francesc Orella). Falangista. Jefe del Servicio de Información, bajo cuya dependencia está la estafeta. Un hombre correcto y servicial.

Sargento Estrada (Víctor Clavijo). Responsable de la estafeta, sin carrera militar. Atildado, legalista, un burócrata. Se enroló como voluntario, recomendado por un peso pesado de Correos, e hizo méritos suficientes para ascender a sargento.

Comandante Isart (Rafa Castejón). Asignado en Puschkin. Un personaje oscuro y cínico. Se dice que su especialidad es borrar gente del mapa.

Otros personajes

Ricardo Guerra (Andrés Gertrúdix). Masón y chekista, con un prontuario muy abultado. Lo tienen recluido en Puschkin, buscando minas antipersona. Cuando la investigación se encarrila hacia la masonería se convierte en el principal sospechoso de los asesinatos.

Tiroliro (Sergi Calleja). Amigo de la primera víctima y jugador estrella de la violeta (ruleta rusa). Un tipo curtido, ácido y descreído.

Páter Ramón (Carlos Blanco). El cura de la División. Un fascista convencido de que el comunismo es el Mal. Tenía una estrecha relación con el primer soldado asesinado y sabe por qué lo han matado, pero no revela el dato, amparado en el secreto de confesión.

Paramio Pont (Jorge de Juan). El fotógrafo de la División. Por un lado aporta información, por otro parece estar ocultándola. Una serie de fotografías que dice haber revelado por encargo de un oficial del ejército se convertirán en una de las piezas clave para que Arturo dé con el asesino.

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Notas del director

"Silencio en la nieve es un thriller; lo que la hace diferente de otras películas del género es que la historia se centra en la División Azul (voluntarios que se alistaron después de la Guerra Civil Española, con el único objetivo de combatir contra el Ejército Rojo) durante la Segunda Guerra Mundial y en el frente ruso.

La División Azul, desplegada por el régimen del general Franco, estaba constituida por 18.000 soldados, todos ellos supuestamente “voluntarios”, enviados a morir por sus ideales falangistas.

Los hombres al mando eran militares de carrera, los recientes vencedores de la Guerra Civil Española. Las tropas estaban integradas por falangistas voluntarios, fascistas radicales que no pertenecían a Falange, así como republicanos que fueron “invitados” a limpiar sus pecados o los de sus familias.

Se alistaron para luchar contra el comunismo, y muchos de ellos se dejaron la vida allí. Mucha gente ignora que buena parte de esos hombres eran voluntarios forzosos. Por ejemplo, el célebre director de cine español José Luis García Berlanga tuvo que alistarse “voluntariamente” para limpiar el expediente de su padre, que era republicano. En la mayoría de las ocasiones, aquellos que supuestamente tenían un pasado “dudoso” eran enviados a las misiones más peligrosas.

Nuestro protagonista es un inspector de policía que había permanecido en la zona republicana durante la Guerra Civil, por lo que fue invitado amablemente a que se alistara en la División Azul, motivo por el cual se convierte en soldado del frente ruso.

La cuestión es que es él quien, cuando se descubre a la primera víctima atrapada en el lago congelado, se da cuenta de que ha sido un asesinato, lo que hace que se le confíe la investigación subsiguiente.

Otro hecho poco conocido y que se refleja en el guión es que, una vez terminada la Guerra Civil Española, comenzó una caza de brujas entre los masones (tanto de derechas como de izquierdas) y este dato histórico aparece de forma sutil en nuestro argumento.

El protagonista, nuestro Sherlock Holmes, emprende la investigación con la mayor profesionalidad y los altos mandos le proporcionan a un Watson, un hombre con ideales falangistas pero que es plenamente consciente de que la guerra está perdida y que es muy posible que no vuelvan a España.

Todos los personajes viven con una simbólica soga al cuello, tambaleándose en la frontera intangible entre la vida y la muerte; están en medio de una guerra que está a punto de acabar. Todos ellos se mueven en un paisaje helado, constantemente cubierto de nieve y en el que reina la soledad, lo que se refleja en el estado emocional de los personajes: aparentemente son fuertes, pero si se les mira detenidamente puede verse lo frágiles que son en realidad.

Nuestro inspector es un auténtico profesional: observador, meticuloso, concienzudo, desconfiado... Su meta es sobrevivir, cueste lo que cueste. No puede hablar de su pasado, tiene que mantener ocultas sus simpatías políticas y, demasiado a menudo, ocultar también sus sentimientos. Sin embargo, su investigación es rigurosa y concienzuda.

Hemos tratado de dotar a cada personaje de una personalidad propia, que siempre refleje la coherencia política de la época. Hasta ahora no había ninguna película europea acerca de la División Azul. Ésta es una película europea que toma como punto de partida una historia española en la que hay personajes alemanes, rusos y lituanos. El auténtico hospital de campaña de la División Azul esta situado en Lituania, donde se hicieron las localizaciones y donde encontramos la colaboración necesaria para llevar adelante esta fascinante aventura.

Visualmente, el guión necesitaba una meticulosa dirección y fotografía. Antes de rodaje trabajé con el director de fotografía en la elaboración de un detallado storyboard para preparar con el mayor detalle las escenas más complicadas de filmar.

La historia en sí misma requería una tensión narrativa constante: la cámara debía ser ubicada al servicio de los actores y tan cerca de ellos como para que pudiera captar sus sentimientos y emociones. Asimismo, necesitábamos amplias panorámicas para mostrar la fuerza de los escenarios y el paisaje.

Nuestro propósito siempre fue hacer una película que cautivase al público involucrándolo en la historia y apasionándolo, y, por otra parte, que la película reflejase una parte de la historia que los europeos, y los españoles mismos, desconocen en gran medida".

Concepto

Al comienzo de la novela de Ignacio del Valle hay una frase contundente que nos define no sólo la novela, sino que nos acerca a las razones que nos llevan a hacer una película como Silencio en la nieve: “Si aquí ya no importan los vivos, imagínese los muertos”. Una frase que define el estilo de película y nos sitúa de golpe y porrazo en una realidad cotidiana dura, de hombres que han abandonado la esperanza, en un mundo donde nada parece tener sentido.

La lectura de la novela nos hace encontrarnos a un protagonista, inmerso en esa desazón que propicia el cruel entorno, pero que no ha perdido la esperanza y quiere hacer bien su trabajo. Ese hombre, que tendrá que buscar la lógica en el entorno de lo ilógico para encontrar a un asesino, precisamente donde todos conviven con la muerte y pueden ser asesinos, es otra razón para encarar un filme como éste. Todo ello contado con la intensidad, la pasión, la tensión y el pulso de la buena novela negra: un thriller en estado puro.

Y es que a partir de material tan intrigante, con protagonistas bien retratados, inmersos en un momento de la historia española poco documentado y nada transitado por nuestra cinematografía, el impulso de llevar esta historia al cine se hace irrefrenable. El resto ya es el trabajo: conseguir los dineros, buscar los apoyos, encontrar los decorados, y sobre todo, elegir a los profesionales idóneos: actores en estado de gracia, un guionista inspirado, como Nicolás Saad, un director de fotografía como Alfredo Mayo fascinado por la nieve, y en general un gran equipo humano al que más tarde se unirá Lucio Godoy para darle la carne musical al relato.

Los retos

Cuando se ha crecido amando el cine, viendo cine, producir una película sobre la Segunda Guerra Mundial es uno de esos lujos que suceden pocas veces. Cuando, además, la historia nace desde una raíz y una realidad completamente nacional, es aún más apasionante.

La peripecia de los soldados españoles en la División Azul no es demasiado conocida. Se ha hablado mucho de ella, se ha comentado, pero su realidad, las condiciones de aquella odisea, lo que pasó allí, no había sido contado nunca por nuestra cinematografía.

Hay muchas razones por las que el cine español no se ha atrevido a afrontar esta historia. La primera y principal, económicas: una industria como la nuestra está empezando apenas ahora a plantearse retos de la magnitud de lo que supone la novela de Ignacio del Valle. Además, la geografía para el rodaje presenta dificultades que tan sólo se pueden afrontar con profesionalidad y experiencia. Por último, identificar una buena historia que hablara de ese momento sin caer en el documental no es fácil. De ahí la importancia del material del que se parte, en este caso la novela El tiempo de los emperadores extraños. Una novela negra, un thriller de género puro y duro, anclado con fidelidad minuciosa en una realidad histórica impecablemente documentada.

Tenemos que agradecer a Antonia Nava su asesoría en la elección de Lituania para rodar una historia que pasó muy cerca de ahí. Por una parte, el país cuenta con una modesta pero eficaz infraestructura para cine que se moderniza cada día, con técnicos estupendos y acceso a materiales de aquella época increíbles. Por otra parte, el clima, los decorados, las edificaciones, corresponden fielmente al universo creado por Ignacio del Valle.

El encuentro de los dos equipos, unidos por la mutua pasión por el baloncesto en ambos países, no pudo resultar más grato. Los lituanos, acostumbrados a gente más seria, agradecieron la jovialidad y profesionalidad de los españoles. Y los españoles, la pasión y el orgullo de unos profesionales que saben que están ayudando a su país a salir adelante.

El rodaje

Por una vez, el clima acompañó la aventura. Afortunadamente para la película, no tanto para el equipo. Rodar con temperaturas de –25º es duro. El primer día tuvimos que retrasarnos porque los aparatos que calentaban las tanquetas y las motos se habían congelado. Hubo que descongelar los descongeladores. El frío se enseñoreó y se puso gallito. Pero la tozudez hispana venció, y finalmente las máquinas se pusieron en marcha, los rifles se desencasquillaron, las tanquetas soltaron herrumbre y pudo comenzar la magia del cine en la nieve.

A partir de ese día, aunque las condiciones fueron durísimas, el rodaje tuvo los problemas propios de desarrollarse en paisajes helados y nevados: resbalones, imposibilidad de repetir plano en nieve virgen si ha habido pisadas, vientos heladores que afectan el sonido y, cómo no, las dudas de algunos actores a revolcarse en la nieve o tirarse en el hielo, dudas perfectamente justificadas. En la película se ve el vaho de los actores cuando hablan: era el vaho natural.

El equipo no sólo aguantó el tipo, sino que se creció ante la adversidad. En una secuencia concreta, un interior, las temperaturas rozaron los -35º. Para quien no haya vivido eso, hay que decir que el frío muerde con saña y cuando te descuidas te posee una placidez de muerte que antecede a la congelación. Se te quedan los pies y las manos como muertas, y poco a poco te domina una languidez de la que no te despiertas… Quien haya escuchado las aventuras de los alpinistas en el Himalaya, lo comprenderá.

Los más expuestos del equipo, decoración, maquillaje, efectos especiales realmente hicieron un esfuerzo que nunca terminaremos de agradecer. De hecho, perdimos a algún miembro del equipo que tuvo que retirarse del rodaje al apreciarse indicios de congelación por ese frío que penetraba primero por los pies, utilizaba el sudor del calcetín como trampolín y ya no paraba.

En estos retos, cuando el frío te come vivo y te hace ir más lento, es de admirar la dedicación de los actores y del equipo técnico, trabajando con ahínco en una puesta en escena en la que no se ahorraron situaciones complicadas, paseos por la nieve, vuelcos de vehículos, explosiones, tiros, carreras por la nieve…

Mención especial para el trabajo de los actores lituanos, que en algunos casos tuvieron que aguantar repeticiones de tomas en condiciones extremas.

En cambio, los interiores que rodamos en La Ciudad de la Luz fueron lo contrario, evidentemente. Temperatura idónea, un espacio ideal para rodar y el mar tentador enfrente. Eso es la magia del cine, luego cuesta separar qué se ha rodado en un sitio de otro, y queda la película.

Disponer de los tanques y tanquetas, las motos, los carromatos de la época no fue fácil. Hubo que buscarlos por toda Europa y llevarlos hasta Vilna, en Lituania. La cara de sorpresa de la gente que veía pasar esos convoyes de material miliar era digna de verse. No olvidemos que esos países siguen temiendo a su gran vecino, y ver unos cuantos tanques con la estrella roja debió de despertar recuerdos en más de uno.

Copyright de texto e imágenes © 2011 Tornasol Films, Castafiore Films y Lietuvos Kino Studija. Cortesía de Alta Classics. Reservados todos los derechos.

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Una operación de esta naturaleza también sería concebible en la realidad. Y eso es lo que le da fuerza al relato que hoy les recomiendo. Christophe

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