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Entrevista con Juan Manuel Gozalo

BertilNilsson

Juan Manuel Gozalo (1944-2010) fue uno de los principales periodistas deportivos de nuestro país. Debutó ante los micrófonos con diez años y llegó a ser Director de Deportes de Radio Nacional de España entre 1989 y 1996. Cuando en 2002 le hice la entrevista que podrán leer a continuación, Gozalo dirigía el programa Radiogaceta de los deportes, en RNE.

Da la impresión de que el periodismo deportivo es una especialidad muy deseada por los jóvenes que entran en la profesión...

Ya, pero la realidad es muy distinta, y desde luego, el número de jóvenes que anhelan trabajar con esta especialidad es inferior a lo que se cree. Te pongo un caso concreto: cuando en Radio Nacional se organizan cursos de formación, los asistentes no se muestran entusiasmados con esta parcela informativa, y parecen interesarles más la economía, la política o incluso el área de sociedad.

Hay una dificultad característica del periodismo deportivo, y es el escaso margen de maniobra que le queda a quien se interna en este ámbito. De algún modo, el estudiante considera que la información política le permite unas ambiciones que, desde luego, el deporte no le permite.

Esa prevención de los jóvenes locutores puede explicarse si entendemos una idea generalizada entre los santones del periodismo español, quienes aún piensan que el deporte es un género informativo de segunda fila. Obviamente, este prejuicio encierra una paradoja, pues parece difícil desdeñar el área deportiva cuando ésta viene a ser el sustento de bastantes empresas radiofónicas.

Sirva el ejemplo de la Cadena SER, en cuyos índices de audiencia se adivina que, de no contar con programas de este tipo, perdería el setenta por ciento de los oyentes.

Por desgracia, eso parece importar poco. Basta con pensar en quiénes recogen premios como el Mariano de Cavia o el Luca de Tena. Si alguna vez lo llega a obtener un periodista deportivo, es muy posible que se trate de un homenaje póstumo. Y créeme, no exagero. Ese fue el caso de mi querido compañero Pedro González, premiado tras su fallecimiento.

Es paradójico, y más bien insólito, pero a nadie se le ocurrió entregarle el galardón mientras vivía, para de ese modo destacar su excelente trabajo en la radio y en la pequeña pantalla.

Como nuestra materia es muy específica, no creo que haya muchos informadores políticos o económicos hábiles para narrar con propiedad un acontecimiento futbolístico. Y sin embargo, hay cronistas del deporte con un talento envidiable, lo cual les permite interpretar y dar forma a cualquier noticia.

Me imagino que al decir esto, tiene más de un nombre en la cabeza.

Pues sí. Pienso ahora en figuras como Antonio Valencia, Miguel Ors, Pedro Sardina y Manuel Alcántara, poeta y gran aficionado al boxeo.

Es posible, sin embargo, que ese desinterés tan recalcitrante por nuestra faceta sea un reflejo de una opinión más extendida en el entorno académico. Y es que, pese a su importancia social y aun económica, el periodismo deportivo no es un objeto de estudio frecuente. Escasean las tesis doctorales que analicen lo que hacemos.

¿Cómo afecta al periodismo deportivo la nueva configuración del sector en el terreno empresarial?

La radio moderna está acusando la formación de grupos en apariencia irreconciliables, tanto a nivel empresarial como profesional. Estamos sumidos por completo en el tribalismo, lo cual es muy preocupante. Recuerda el choque entre José María García y José Ramón de la Morena. Y es un gran error, pues la existencia de grandes bloques mediáticos, enfrentados entre sí, afecta muy particularmente a los profesionales.

Por ejemplo, cuando una corporación dispone de medios paralelos –televisiones, periódicos deportivos–, éstos acaban haciéndose eco de la primicia que ha facilitado antes el locutor de su empresa.

Naturalmente, el periodista debiera mantener su individualidad. En todo caso, espero que ese fraccionamiento se vaya atenuando, al menos en lo que concierne a nuestra actividad.

Parece obvio que las cosas han cambiado mucho desde la vieja era del periodismo deportivo. Una era que usted ha conocido en profundidad.

Pues fíjate: desde aquellos programas dominicales de Radio Nacional, liderados por profesionales como Paco Cantalejo, Manolo Gil y Juan Martín Navas; hasta esa actualidad que ahora nos ocupa.

Mi carrera empezó en la cadena SER. Yo tenía diez años y formaba parte del cuadro de actores. Crecí en emisoras como Radio Juventud, Radio Madrid y Radio Intercontinental. Fui ascendiendo categorías hasta convertirme en galán, y así llegué a protagonizar alrededor de cuatrocientos seriales.

Gracias a ello, compartí el micrófono con las grandes voces que cultivaban esta especialidad, como Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, Juana Ginzo, Aurora Hermida, Fernando Forner y María Elena Domenech.

Yo estaba en Radio Juventud de España cuando Luis del Olmo llegó a nuestra emisora desde la delegación de Ponferrada. Eso ocurrió en torno a la década de los cincuenta, de manera que la retahíla de anécdotas es abundante, y también lo es la lista de compañeros con quienes he podido compartir horas de emisión.

¿Qué le atrajo de la información deportiva?

Fue un viejo periodista, Ángel López Peña, quien advirtió mi afición por el fútbol, un pasatiempo que yo practicaba durante el tiempo libre que me dejaba mi tarea de actor. Pensando que me agradaría, él me ofreció la posibilidad de colaborar en espacios de información deportiva. Alrededor de 1964, comencé a hacer transmisiones de partidos, y también trabajé en Antorcha, un programa de Radio Juventud.

Posteriormente, me incorporé al equipo de Radio Nacional, donde participé en seriales y emisiones de radioteatro, además de presentar magazines como Alborada y Punta de látigo.

Luego, con el paso del tiempo, me fui apartando de las producciones dramáticas para especializarme en el mundo de los deportes.

Todo un cambio...

No creas, el cambio no fue tan extremo como pueda imaginarse. Quizás actores y locutores deportivos no compartan las mismas experiencias, pero está claro que pueden compartir los mismos métodos y los mismos recursos.

Siempre he sostenido que el profesional encargado de transmitir un partido ha de tener algo de actor. De hecho, esa cualidad es buena en cualquier presentador, pues éste ha de enfatizar cada palabra y modular la expresión.

Para describir a través de la radio las evoluciones de un futbolista en el campo son muy necesarias esas dotes interpretativas, y además hace falta un adecuado empleo del diafragma, sobre todo a la hora de cantar un gol.

Maestros en esta práctica fueron Matías Prats y Enrique Mariñas, quienes compartieron tareas en el locutorio desde 1942. Otro dúo de fama fue el integrado por Juan Martín Navas y Joaquín Ramos, excelentes profesionales que, a la hora de transmitir un partido, se diferenciaban de la otra pareja en dos detalles importantes: eran menos emotivos en la narración y preferían describir los detalles de cada jugada sin esa carga de impresiones.

Los maestros de aquel tiempo aún no sufrían la competencia de la televisión.

Sí, y ése es un detalle que no es accesorio. El público no podía comprobar en la pequeña pantalla todo aquello que se le iba relatando, y eso permitía al periodista ciertas libertades. El paso del tiempo y la generalización de la televisión han modificado mucho el proceso.

En la actualidad, la audiencia enciende el receptor para ver el partido y, de modo simultáneo, sintoniza su emisora favorita para escuchar la crónica.

De esta fusión, que es muy común entre los aficionados al fútbol, se desprende una dificultad para quienes se encargan de narrar el acontecimiento, y es que el oyente advierte a la perfección cuanto sucede en el estadio, de modo que ya no parece posible la inexactitud del narrador.

Puede que antaño fuera posible referir animosamente una jugada, exagerando el detalle o interpretando con libertad una determinada hazaña del futbolista. Hoy ese esfuerzo resulta inútil, pues los telespectadores adivinan cualquier fallo nuestro.

En todo caso, las parejas de locutores crearon escuela, ¿no es cierto?

Tenían una especial aptitud para describir con eficacia los movimientos de cada jugador, situándolo en el campo para que los oyentes imaginasen cuanto sucedía sobre la hierba.

Yo los considero adelantados de la emoción, dado que, al fin y al cabo, son las emociones un componente esencial en el proceso.

Es lamentable, pero por parte alguna se encuentra en la actualidad ese equilibrio tan eficaz entre detalle y sentimiento. A la hora de transmitir, es mucho más habitual que la fórmula clásica se distorsione con una excesiva carga dramática y, sobre todo, con opiniones constantes.

Según parece, el oyente moderno disfruta con la controversia, la emotividad, el arrebato... Sin embargo, carecemos de una encuesta seria en torno a este tipo de inclinaciones, lo cual impide establecer criterios con una base real.

A mi modo de ver, la audiencia que supera los veinticinco años de edad prefiere ser informada con eficiencia. Pero el modelo más frecuente es el de la tertulia, y no siempre con un criterio respaldado por el conocimiento técnico.

Obviamente, no cabe eludir esa faceta, aunque sería adecuada una menor beligerancia en los debates, de modo que cada oyente pudiera extraer sus propias consecuencias. Para que ello fuese posible, la información tendría que ocupar el 85 por ciento del programa, dedicando el porcentaje restante a ese conjunto de oniones, que nunca debieran convertirse en un dictamen inapelable.

Ese cambio en los gustos queda de manifiesto si repasamos la historia de los programas deportivos más populares. Tú los has conocido todos.

Pues mira... el más antiguo de todos ellos, Carrusel deportivo, surgió en 1954, bajo la dirección de Vicente Marco.

Su objetivo era narrar cada domingo la evolución y resultado de los partidos en juego. Desde su origen hasta el final de la etapa de Marco, hacia 1982, el programa mantuvo un tono más sosegado e informativo que el deseado por sus actuales responsables.

De hecho, este espacio de la SER pretende hoy ganarse la fidelidad de una audiencia juvenil y, quizá por ello, mantiene un ritmo frenético que a veces llega a la histeria.

Dos años después del nacimiento de Carrusel, Radio Nacional comenzó a emitir Tablero deportivo. El propósito y la estructura es muy similar en los dos programas, pues ambos relatan cuanto sucede durante los partidos del domingo.

No obstante, hay una diferencia substancial, y es que la radio pública no incluye cuñas publicitarias, lo cual favorece la naturalidad.

Desde la década de los ochenta, dirijo Tablero deportivo. Este espacio resulta distendido, pues no exige otro procedimiento que la conexión con cada uno de los campos de fútbol donde hay una novedad.

En todo caso, el nervio lo proporcionan el ritmo y goleada de cada partido.

Otro de los títulos que surgieron en la década de los cincuenta fue Radiogaceta de los deportes, lo cual hace de éste el programa deportivo diario más veterano de la radio española. Entre sus conductores, quiero destacar la excelente labor de Juan Antonio Fernández Abajo y, posteriormente, la de Joaquín Ramos, con quien tuve la oportunidad de colaborar. Actualmente, dirijo y presento este espacio, y al hacerlo procuro mantener el tono de mis predecesores.

Por lo que hace a Radio Nacional de España, los profesionales del área deportiva tenemos la fortuna de atender a una audiencia que se acostumbró al buen hacer de parejas como las que te mencioné antes. Somos sus herederos y, durante cada transmisión, pretendemos alcanzar aquel tono épico que los caracterizó, pero sin llegar al desgarro y al mal gusto.

De igual manera, procuramos cuidar la vocalización y, salvando las distancias, admiramos la riqueza léxica de aquellos pioneros, tan lejana del escaso rigor con que algunos periodistas actuales emplean el lenguaje.

Muchos periodistas deportivos maltratan el idioma. ¿A qué se debe? ¿Quizá a la búsqueda de complicidad con la audiencia más joven?

Es un defecto. Según parece, quienes dirigen los medios de comunicación dan prioridad a la afluencia de cuñas publicitarias, sin preocuparse a un mismo tiempo por el nivel de los profesionales que posibilitan ese ingreso económico.

De hecho, a casi nadie parece interesarle que el locutor deportivo emplee el lenguaje con seguridad y abundancia conceptual y léxica.

Es aún más lamentable esa carencia cuando se advierte la riqueza del argot que conlleva nuestro oficio. Podría citar multitud de metonimias y metáforas, por lo general de tipo bélico, con las cuales se ha ido enriqueciendo la transmisión futbolística. Como ejemplo, citaré una frase de Matías Prats que ahora me viene a la memoria: “El balón ha pegado en la cepa del poste”.

Una expresión que puede parecernos una barbaridad, pero que resulta muy vigorosa.

De los comentaristas al estilo de Prats surgen las distintas escuelas del periodismo deportivo. ¿Con cuál te identificas?

Es cierto que se han escrito monografías acerca de las formas de transmitir propias de la escuela andaluza o de la escuela de Barcelona. No obstante, creo que cada comentarista, más que con una escuela, tiende a identificarse con un sentimiento, con un carácter.

A nadie se le oculta que quienes somos vehementes lo reflejamos ante el micrófono, y algo idéntico sucede con los locutores más tranquilos.

Por lo tanto, al transmitir en directo un partido de fútbol, ningún periodista puede ocultar su temperamento y, menos aún, su nivel cultural.

Por cierto, llevamos un buen rato hablando del periodismo deportivo, y da la impresión de que el fútbol es el único deporte.

Si estableciéramos un porcentaje, comprobaríamos que el 85 % de cada programa se dedica al fútbol, y de ese margen, un 70 % estaría consagrado a dos equipos, el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona.

Como espejo de las preferencias que muestran los oyentes, ese esquema queda muy desequilibrado en perjuicio de otros deportes que, a pesar de su belleza, carecen de la agitación y la competencia del fútbol.

Eso debe animarnos a discernir, una vez más, entre el deporte profesional, lucrativo, espectacular, y el deporte lúdico, semilla de otros valores. Me refiero a deportes tan estéticos y bellos como la gimnasia rítmica.

Y es que el fútbol es una manifestación que escapa a lo puramente deportivo. En realidad, es un fenómeno social, multitudinario, circense, con matices religiosos, que ha edificado un imperio económico.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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