Matías Prats Cañete (1913-2004) es el gran maestro de la radio española. Fue la voz del NO-DO, y con su dicción impecable, retransmitió innumerables partidos de fútbol y veladas taurinas. Gracias a su hijo, el también periodista Matías Prats, pude entrevistarle hace diez años. Reproduzco aquí ese diálogo, en el que se muestra la inquietud intelectual de aquel fabuloso periodista.
Usted tiene el vocabulario de un escritor... Siempre me ha sorprendido su habilidad para narrar con detalle y también con lirismo.
Siempre me interesó la literatura. Incluso publiqué un libro de poesía cuando tenía unos dieciocho o diecinueve años. En realidad, esa inspiración poética, cuando se va teniendo cierta cultura y se ha leído, proviene de un fermento de los saberes, porque en el alma ya existe la cualidad del sentimiento poético.
Nací el 4 de diciembre de 1913 e ingresé como redactor de Radio Nacional de España en el año 1939. La guerra había demorado mi puesta a punto, pero no había echado por tierra mi anhelo permanente de conocimiento y, sobre todo, esa inclinación mía por la poesía.
El manejo de la rima me era sencillo, en virtud de que lo heredé de mi madre. Ella era una poeta -detestaba que la llamasen poetisa-; hacía oraciones a los santos y cosas dramáticas propias de aquellos años, con una predisposición curiosísima por la rima. Sin duda, la poesía se lleva dentro y es la gramática lo que permite exteriorizarla.
Soy un pobre conocedor de la literatura porque, en toda una vida, no tiene uno tiempo de abarcar con su conocimiento todo aquello que de misterioso tiene la existencia.
No obstante, mi afición más provechosa ha sido la lectura y, buscando aquello que me apetecía saber, me he creado una cultura bastante buena en materia de espectáculos taurinos.
Todos sabemos que es un gran conocedor del fútbol, pero dígame ¿qué le atrajo de la tauromaquia?
Despierta curiosidad en mí todo lo inexplicable, y me parece algo inexplicable ponerse ante un animal irracional, con dos defensas como espadas. Visto desde esta perspectiva, cuesta comprender a quienes se arriesgan a un contratiempo definitivo. Pero los toros me subyugan y, a pesar de que no querría nunca ser torero, he tratado de desentrañar el motivo de esa adscripción apasionada hacia lo taurino, precisamente porque amo a la res brava, porque admiro en el ganadero la cualidad de arquitecto y definidor de un animal que no se ha hecho espontaneamente, sino a fuerza de cruces y de buscar una línea genética.
El toro de lidia, invención del hombre, es una obra maestra del genio veterinario.
Puede decirse que yo nací siendo aficionado. Es una de esas aficiones ancestrales, de aquellas que uno sabe, cuando tiene uso de razón, que ya las traía consigo al venir al mundo y sólo falta experimentarlas. Influyó mucho en mi taurofilia el que fueran aficionados mi padre y mi abuelo, que yo sea andaluz y que viviera en Montoro, una ciudad maravillosa donde hay una afición taurina ancestral.
Mi padre era un gran admirador del autor de Sangre y arena, Vicente Blasco Ibáñez, e incluso llegó a conocerlo personalmente. No ha de extrañar que, con tales antecedentes, mi aprendizaje fuera guiado, en parte, por mi propio apoyo en textos literarios taurinos.
No ha habido escritores taurinos propiamente dichos hasta entrado el siglo XX. Claro que antes existían reseñas, pero sin esa prolijidad, ese detalle maravilloso de los cronistas literarios que yo he alcanzado a conocer al comienzo de siglo. En este sentido, no podría decir cuál fue mi primera lectura sobre el tema, pues desde muy niño me empapé de aquello que me gustaba por un impulso genético.
Cuando tuve posibilidad de raciocinio, yo consideré inmediatamente que aquello lo había heredado sobre la marcha, pues parecía imposible lo que yo entendía de toros a los diez años. No es que me vanaglorie de aquello: el hecho es que sentía tal curiosidad por la fiesta que en lugar de leer otras cosas, me dedicaba a leer libros sobre el arte de torear.
Pero cuando arraigó en mí la afición de forma definitiva fue cuando empezó a usarse el peto, en 1929. Antes no consentía que me llevaran a la plaza por la pena que me daba ver la muerte de los caballos.
Admiro al toro, pienso que es uno de los animales más bellos e indescifrables en su conducta de toda la Creación, porque huye hacia delante, acomete, no tiene miedo y se crece ante el castigo.
Ciertamente, es un ejemplar único, pero si no hubieran tenido protección los caballos, habría abdicado de toda la admiración que siento por la fiesta. Tuve la desgracia de nacer en un tiempo en que todavía no se había promulgado una ley al respecto, y era tremenda la carnicería que hacía en la fisiología del caballo un toro armado con dos cuernos equivalentes a veinte puñales.
De la misma forma, era incomprensible para mí el valor de los diestros que, con su ciencia, se ponían delante del toro. Recuerdo que me tapaba los ojos con un papel grande de periódico. Pero hubo un momento en que mi curiosidad pudo más que mi prevención de no ver cosas que luego habrían de repugnarme, e hice dos agujeros en el diario para seguir viendo la corrida a través de ellos. Es así como por fin me acostumbré a esa tremenda crueldad de la lucha entre el toro y el caballo.
¿Era lector de las publicaciones taurinas de la época?
Me compraba mi padre una revista, El Clarín, donde se hablaba de toros y torerías. Los miembros de mi familia y mis amigos eran todos muy aficionados a la lidia. Sucede además que mi pueblo pertenece al partido judicial de Montoro, y no había más que dar un paseo para encontrarse con una de las plazas más antiguas y mejor dotadas de gente entendida.
Yo aprendía junto a quienes allí me acompañaban, si bien es verdad que no siempre la compañía es más inteligente o está más experimentada. De todos modos, quizá la lidia sea el único espectáculo que tiene miles de narradores potenciales.
Quienes tenemos cierta experiencia explicamos la lidia de una forma casi automática, adelantándonos a los hechos, porque nos enorgullece adivinar aquello que hará el animal, sea derrotar en tablas, saltar la barrera, no ir al caballo o tener dolor al castigo y huir.
Usted ha sido un genio de la radio. ¿Cómo nació ese estilo suyo, tan personal?
De las primeras retransmisiones radiofónicas que realicé guardo la satisfacción íntima de que me gustaran. Soy narrador más que cronista, porque la radio es un medio para ciegos, donde hay que explicarlo todo.
Si hubiese nacido en el tiempo de la televisión, valdría para ello aun siendo mudo, porque la imagen lo dice todo. Evidentemente, es una exageración, dado que la televisión necesita un apoyo intelectual para muchas personas que no entienden de la materia.
De ahí que muchos entendidos en el asunto retransmitido juzguen una insensatez contar todos los detalles. Pero con un solo espectador que no conozca aquello que está viendo, se justifica la aparente pedantería del comentarista.
¿Cuánto estudiaba antes de cada retransmisión?
La documentación previa a una retransmisión taurina es lo más sencillo de este oficio. Lo más difícil de conseguir es la experiencia y el conocimiento de la fiesta. Tiene la lidia una acción continuada e imprevisible en la cual nunca se sabe lo que va a hacer el torero, subordinado a lo que haga el toro.
En aquella época no podía competir conmigo la televisión, por la sencilla razón de que no existía.
Pese a ser tan prolijo en dar explicaciones, no siempre alcanzaba a decirlo todo, a construir un edificio de palabras coherentes y gráficas que dieran al espectador ciego una idea real de lo que yo estaba viendo.
Me convertía en el intérprete del contexto visual de una corrida. Pero nunca se llega a dominar ni siquiera la mitad de lo exigible en una narración directa. Es un espectáculo rápido y el narrador ha de buscar fórmulas expresivas para que el oyente no pierda el hilo visual de lo que se cuenta. Claro que lo pierde casi siempre, porque la sucesión de acontecimientos tiene muy difícil hilván en el automatismo de las palabras de un comentarista.
¿Le gusta considerarse un cronista?
Se da en el medio radiofónico ese otro género, la crónica taurina, que es una retransmisión comprimida, esquemática, que sin embargo tiene que dar idea del desarrollo total de la corrida.
Es la equivalencia hablada de la crónica taurina literaria, una fórmula que a partir de Gregorio Corrochano tuvo una importancia trascendente.
Conocí muy pronto a Corrochano y luego fui amigo suyo, pero sin que pudiera adentrarme en la densidad propia de una amistad con reciprocidad de conocimientos. Era mi maestro, un intelectual, un poso de experiencia taurina. Me gustaba acercarme, muy joven, a la mesa del café donde hablaba, en la madrileña calle de Alcalá. Pero como cronista culto, no recuerdo a nadie que aventajara a José María de Cossío, de quien fui amigo entrañable.
Cossío era un montañés con una capacidad de discernimiento admirable. Dentro de su condición de literato, también era un filósofo que entendía y desentrañaba como nadie la realidad dramática y estética de la tauromaquia. Otro intelectual afecto al conocimiento de los toros era Antonio Díaz-Cañabate. Como era él uno de los más enterados, le pedíamos frecuente consejo.
Aparte de haber conocido y también entrevistado a literatos como los citados, he contado con numerosos amigos entre los toreros, unos más admirados que otros. Los toreros han sido siempre gente de difícil acceso. A lo primero que atiendo es a su consideración humana. Me intereso enseguida en cuanto hay un torerillo en ciernes y calibro el rebullir de la afición en su sangre.
¿De qué celebridades guarda memoria?
Un matador a quien traté muchísimo fue Manuel Rodríguez Sánchez, "Manolete". Era un hombre hierático, serio, un carácter cordobés, recogido y difícil de estudiar porque era muy poco expresivo verbalmente.
Le conocí ya siendo torero y no tuve tiempo de hacer una intimidad más tranquila con él. Me llamaba "paisano" y en las entrevistas que le hice casi no tenía que hablar, porque yo escribía casi todo lo que él podía decirme y también aquello que no me explicaba, tal era el conocimiento que tenía de su carácter, de su manera de pensar y pronunciarse ante las cosas.
Al contrario de lo que se dice, yo no creo que fuese el autor de la última entrevista a "Manolete". Muchos interpretan que yo estaba en la plaza de Linares en 1947. En realidad estaba llegando a Linares y no vi su cogida mortal. Sin embargo, tragedias como ésta me llevan a creer que afrontar el riesgo de una corrida es afrontar la finitud de la existencia.
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Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.
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