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Cine y otras pasiones
Podemos preguntarnos si hubo un cine de la movida al margen de Pedro Almodóvar. Muy posiblemente el director manchego sea quien mejor haya rentabilizado la etiqueta, y quizá ésta le deba tanto que no pueda leerse sin su apellido.
En todo caso, carece de importancia que la prensa haya identificado a Almodóvar con esa corriente, pues dicha interpretación es unidireccional, y sólo atiende a la presencia de la modernidad madrileña en la gran pantalla, sin tomar en cuenta esa constante cita intertextual que acá nos preocupa.
Con esto nos acercamos a otro fenómeno, acaso el más fructífero, porque detalla la cinefilia cuando se traduce en términos musicales.
El anecdotario nos asegura que los principales artífices de la movida disfrutaron del cinematógrafo en sus facetas más accesibles, y lo que es más: su cancionero está lleno de indicios de esa especie. Con todo, estos cinéfilos observan una regla fundamental que ya hemos reiterado en estas páginas: la defensa de los géneros de arte menor, a los cuales disculpan su tosquedad estética y puerilidad argumental.
Hay razones para pensar que el aglutinante de esas afinidades fue el grupo La Liviandad del Imperdible, que a fines de 1977 se dedicaba a difundir la música punk y a discutir las virtudes de William Castle, un cineasta muerto ese mismo año y responsable de numerosas entregas de la serie B, como Serpent of the Nile (1953), Slaves of Babylon (1953), House on Haunted Hill (1958), The Tingler (1959), 13 Ghosts (1960) y The Old Dark House (1963).
De ello no hay duda: el autodidactismo y el descaro circense de Castle –una suerte de P.T. Barnum del cine popular– inspiraron a los componentes de La Liviandad del Imperdible, más adelante conocidos por el nombre del conjunto musical al que sirvieron de origen: Kaka de Luxe.
El fanzine que publicó este grupo, nombrado igualmente Kaka de Luxe, podía adquirirse en el Cinestudio Griffith, una de las varias salas de exhibición que en el Madrid de los ochenta ofrecían cine de género popular en sesión doble e incluso triple.
Entre ellas, figuraban otros cinestudios hoy inexistentes, como el Regio, el Bogart, el Fantasio y el Ideal. Este último, rotulado pomposamente “El Palacio del Terror”, exhibía películas de esa variedad, alternándolas con otro tipo de producciones, muy próximas a las tribus de la movida. A modo de ejemplo, cabe extraer de su programación películas punk, al estilo del documental Dios salve a la reina (The Great Rock 'n Roll Swindle, 1980), de Julien Temple, proyectado por este cinestudio el 9 de junio de 1984, ante una ruidosa y no muy pacífica concentración de seguidores de los Sex Pistols (algunos de los cuales, por cierto, ya habían participado en la zapatiesta que siguió al estreno del film, durante la Navidad de 1980).
Al igual que sucedía en The Punk Rock Movie (1978), de Don Letts, y en D.O.A. (1980), de Lech Kowalski, Cha-Cha (1979), de Herbert Curiel, también ofrecía conciertos punk en su metraje, animado por la presencia de Nina Hagen y Lene Lovich. Como era de esperar, el film de Curiel apasionó a la concurrencia de esta sala madrileña (se exhibió entre el 2 y el 8 de enero de 1984, y desde el 4 al 10 de junio del mismo año).
Pero sin duda, la proyección más atractiva para las tribus urbanas –en especial aquella compuesta por los llamados mods– fue la de Quadrophenia (1979), de Franc Roddam. Al narrar tan vívidamente el enfrentamiento entre las bandas de mods y de rockers británicos, este largometraje incitaba a la emulación de ese conflicto, y así fue posible comprobarlo en el Ideal, donde miembros de estas fraternidades decidieron desafiarse durante los pases (del 9 al 15 de enero y del 4 al 10 de junio de 1984; y del 18 al 24 de marzo de 1985). Menos belicosa, desde luego, era la audiencia de Pink Flamingos, de John Waters (27 abril de 1985) o de Pepi Luci Bom y otras chicas del montón, de Almodóvar (21 al 27 de enero de 1985).
Ocurre en la movida lo mismo que en el glam rock británico: el cine popular identifica sus principales referencias estéticas y conceptuales. De ahí que no sea anecdótico hallar a Alaska, Carlos Berlanga, Bernardo Bonezzi, Carlos Gurruchaga o Fernando Márquez entre los concurrentes habituales de la Filmoteca Española y de los cinestudios.
En estos casos, además del gusto por el cine, triunfa la mitomanía. Dos ejemplos: Alaska perfila sus cejas como su admirada Joan Crawford y Márquez funda un grupo musical, Paraíso, cuyo nombre recuerda el título de una de sus películas favoritas, El fantasma del paraíso, de Brian de Palma.
Va a ser Almodóvar quien reúna a personajes como los citados frente a la cámara. Así, Alaska protagoniza Pepi, Luci Bom y otras chicas del montón, y Bernardo Bonezzi compone dos canciones para Laberinto de pasiones, donde también aparecen otros representantes de la modernidad madrileña.
Al decir del propio realizador, “Laberinto de pasiones contiene casi todos los personajes más representativos de lo que se llama la movida: pintores, gran cantidad de grupos de músicos que, después, han tenido mucho éxito. De un modo tangencial intervienen personajes que luego han sido claves en esta época de Madrid, pero eso es de un interés más bien local".
El volumen misceláneo Patty Diphusa y otros textos (Anagrama, 1991) contiene un escrito de Almodóvar, “Venir a Madrid” (Diario 16, 1989), donde éste defiende ese reflejo de un Madrid explosivo, centro neurálgico del mundo, “donde todo pasaba o de todo se pasa”. Sin duda, esa perspectiva se aviene mejor a las premuras de la movida que la definida por otros cineastas. De hecho, el foco de la mundanidad madrileña desaparece en títulos como La próxima estación (1982), de Antonio Mercero, pese a contar dicho film en su banda sonora con canciones de dos grupos de la movida: Las Chinas y Los Zombies.
Otros dos artistas de la misma tendencia, Tino Casal y Nacho Cano, figuran entre los músicos de Sal gorda (1984), el film de Fernando Trueba. Con menor fortuna, Una pequeña movida (1982), de Vicente Sáinz, intentaba articular un Madrid trepidante y excesivo. Sin duda, pese a lo endeble de su guión, resulta más atractivo un largometraje como A tope (1984), de Tito Fernández, pues en él actúan los grupos más señalados del periodo: Alaska y Dinarama, Nacha Pop, Derribos Airas, Aviador Dro, Golpes Bajos, Gabinete Caligari y Loquillo y los Trogloditas.







































































