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La estirpe de Barbarella
Por cuanto llevamos visto, parece claro que la imaginería de la movida está llena de referencias al cine y también a la historieta, sobre todo a partir de una de sus facetas: aquella depositaria de las lindezas underground que firman autores como Robert Crumb, Vaughn Bodé y Richard Corben. Las alusiones al tebeo clásico son menos habituales, aunque tampoco escasean.
En torno a 1977, Carlos Berlanga editaba un fanzine llamado «Terry», en obvia alusión al personaje homónimo creado por Milton Caniff en 1934. Posteriormente, Berlanga intervino en otro fanzine, titulado como su conjunto musical, donde aparecían cómics hechos originalmente para esta publicación y otros de fuente ajena, tan alejados de severos trascendentalismos como Don Martin, el gato de Fat Freddy, obra de Gilbert Shelton.
Por esta época, Berlanga y su compañero, Fernando Márquez “El Zurdo”, se declaraban atraídos por los diseños de Jean–Claude Forest; en concreto, las planchas de Barbarella, con sus módicas dosis de erotismo y una actitud iconoclasta frente los tópicos de la ficción científica.
Calcada sobre el perfil de Brigitte Bardot, esta heroína intergaláctica se había dado a conocer en abril de 1962, fecha en que apareció su primera historieta en el número 566 de la revista francesa V Magazine. Con un claro estímulo comercial, Roger Vadim llevó al cine este tebeo, y dio el papel de Barbarella a su esposa, Jane Fonda.
El extravagante vestuario, obra de Paco Rabanne y de Jacques Fonteray, era muy afín al puesto de moda durante el apogeo del glam rock, y también hay detalles en la trama que reivindican el mismo parentesco. Quizá por ello Berlanga, Márquez y otros de sus colegas compartieron su embeleso por este largometraje de 1968, que revisaron en cinestudios y grabaciones videográficas. En primer término, esa atracción fue ilustrada por una figura: la Reina Negra del planeta Sogo, a quien encarnaba Anita Pallenberg. No faltará quien identifique a este personaje –una vampira desconcertante y lasciva– con el doctor Frank N. Furter, el travestido interestelar a quien dio vida Tim Curry en The Rocky Horror Picture Show.
Como ya hemos visto, este largometraje, elaborado a partir de la comedia homónima de Richard O'Brien, era otro de los referentes de la movida.
Llena de viveza, la película era proyectada en sesiones nocturnas, mientras el auditorio coreaba sus canciones ataviado como los protagonistas. A finales de los setenta, cuando los cofrades de La Liviandad del Imperdible se intercambiaban discos y cómics en el Rastro, también solían celebrar su entusiasmo por este musical, cuyo estreno tuvo lugar en una sala experimental del Royal Court Theatre londinense en junio de 1973.
Tras pasar por el King's Road Theatre y cruzar el Atlántico, se tradujo al cine en octubre de 1974, y en lo sucesivo, pasó a identificar esa incombustible afición por el cine de bajo presupuesto que asimismo cultivaban Alaska y sus camaradas. No en vano señala Fernándo Márquez que revisar The Rocky Horror Picture Show era para ellos una liturgia, y añade: “Siempre he considerado al Tim Curry del film como una de las caras de Dios”.
Vista en perspectiva, esta afición al cómic adquiere diversos perfiles. Ceesepe y Alberto García Alix fundaron la Cascorro Factory, donde se traducían y editaban tebeos underground norteamericanos. Carlos Berlanga dibujó una tira cómica: Olga Zana no se corta un pelo (ABC, 1988-1989), e ilustró para Almodóvar el cartel de Matador y los títulos de crédito de Trailer para amantes de lo prohibido. Márquez, al frente del conjunto Paraíso, interpretó la canción “Makoki” (Nuevos Medios, 1983), en torno al personaje homónimo, ideado por Felipe Borrayo y Miguel Gallardo en las páginas de Disco Express (nº 433, 1 de julio de 1977), y muy popular entre los lectores de la revista El Víbora, cuyo primer número llegó a los kioscos en 1979.
Con buen ojo comercial, esta publicación barcelonesa, además de imprimir las planchas de Makoki, editó los trabajos de Ceesepe y de otros artífices de la movida. Conviene aclarar que su competencia en este ámbito fue más bien escasa.
En noviembre de 1983 se distribuía el primer número de La Luna de Madrid, donde Rodrigo publicó uno de los mejores cómics de este florecimiento cultural madrileño: “Manuel” (1983–1984). Y a partir de enero de 1984, adquirió publicidad Madriz, una revista de historietas subvencionada por el Ayuntamiento, en cuyo número inaugural colaboraban El Cubri, Ceesepe, Federico del Barrio, OPS, Javier de Juan y Carlos Giménez. Obviamente, por lo que concierne al cómic, tanto La Luna como Madriz fueron productos anécdoticos, muy por debajo de la iniciativa catalana.
Dato curioso: aunque no se trata de una cabecera madrileña, El Víbora fue la principal impulsora del cómic más próximo a los atrevimientos de la capital. Así, editó dos trabajos de Almodóvar: la novela corta Fuego en las entrañas (col. Onliyú, 1981), ilustrada por Mariscal, y una telenovela hecha junto al fotógrafo Pablo Pérez Mínguez con Fabio de Miguel como protagonista, Patty Diphusa en “Toda tuya” (El Víbora, vol. 4, nº 32, 1982, pp. 72–84).
Llegado el momento de publicitar su primer largometraje, el cineasta encargó a Ceesepe un cartel en forma de tebeo. El propio Almodóvar explica cómo “el origen de esa película [Pepi, Luci, Bom] no es sólo la fotonovela, sino el cómic, y no oculto esa influencia ya que, entre algunas secuencias, utilicé dibujos que anunciaban la acción siguiente de manera condensada y dramatizada".
La mescolanza de lenguajes y estereotipos es de muy fácil comprobación. Tal y como se advierte, una y otra vez reaparecen el cómic y el cine masivo como posibilidades constatables en la movida, cuya progresión permite discernir ese paralelismo insistente con el pop art y el glam rock.
Sin duda, dentro del elenco de artífices madrileños fueron Juan Carrero y Enrique Naya, “Los Costus”, quienes fijaron con mayor efectividad ese inventario peculiar, inspirando con sus pinturas a Almodóvar y a otros visitantes de su casa-taller. Si en la exposición Ejemplos de Arquitecturas Nacionales y otros Monumentos (1978) los Costus retrataban a las “folklóricas” con usos de imaginería barroca, aquella otra muestra que titularon El Chochonismo Ilustrado (1981) era significada por los brillos de la prensa del corazón.
Con todo, su serie más conocida, El Valle de los Caídos (1980–1987), nos permite acabar estas líneas bajo el pulso carnavalesco. Y así, con disfraces inspirados en tan sombrío monumento, Fabio McNamara aparecía en un lienzo como La Fortaleza, Tino Casal servía de modelo a El Caudillo, Ana Curra era La Templanza, Alaska figuraba La Piedad, Bibi Andersen era mostrada como Carmen, Patrona de la Marina, y el propio Juan Carrero yacía como el Cristo de la Misericordia.
Si bien se mira, tan abrupta combinación de fetiches de prestigio franquista, referencias religiosas (muy poco respetuosas, es cierto) y figuras de un Madrid plebeyo, despreocupadamente noctámbulo, es una de las formas de acotar la movida: al cabo, un síntoma de esa apertura democrática, estimulante y cargada de porvenir.
(Escribí la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos)
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