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Cristóbal de Villalpando y el arte barroco

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La primera noticia que tuve de Villalpando (1649?-1714) me llegó a través de un plan para reparar el deterioro de sus obras.

Con motivo de acuerdos establecidos entre los Gobiernos de México y Guatemala, la Coordinación Nacional de Restauración del Patrimonio Cultural se hizo cargo de la recuperación de la pintura El Bautizo de San Francisco (1691). Bajo la dirección del profesor Cama Villafranca, estos trabajos fueron llevados a cabo entre el 15 de octubre y el 15 de noviembre de 1995, en las instalaciones del Museo de Arte Colonial, y sirvieron además para situar en el primer plano informativo esta obra de Villalpando, que forma parte de una serie cuya ejecución fue confiada al artista por la Orden Franciscana de Santiago de Guatemala.

Cabría ocuparse con más detenimiento de las relaciones entre Villalpando y la citada orden (recuérdese la Anunciación que adorna el monasterio franciscano de Guadalupe, en México). Pero he introducido la anécdota con distinto propósito: resaltar la superior posición del artista en el arte mexicano virreinal, motivo que justifica este y otros esfuerzos por recuperar y conservar su obra.

Con tales perspectivas, importa definir ese estilo suyo, en el cual se aúnan en íntimo contraste el barroquismo impetuoso, tenebrista, habitual de su primera etapa, y temperamentales composiciones cromáticas, como la Apoteosis de la Eucaristía (1688), que pinta para la Catedral de Puebla, o La Iglesia Triunfante (1685), de inspiración rubensiana, que se aloja en la sacristía de la Catedral de México.

En tal sentido, me parece sumamente esclarecedor el planteamiento de Leopoldo Castedo en su Historia del arte iberoamericano (1988): «La pintura europeizante del primer barroco culmina en la obra de Cristóbal de Villalpando y Juan Correa, ambos pintores fecundos y, tal vez por eso, desiguales en sus respectivas producciones; ambos alternando una forma de expresión sombría, estática y de tonos oscuros con otra, por contraste, de figuras dinámicas y tonos claros».

La primera etapa de Villalpando presenta considerables incógnitas.

Aunque se ha citado a Baltasar de Echave y Rioja como su maestro, también es posible que haya sido aprendiz en el taller de Diego de Mendoza. De hecho, una de las hijas de este maestro acaba siendo esposa del joven Cristóbal, cuyas influencias más destacadas en estos años de formación son Juan de Valdés Leal y Murillo.

En este avatar inicial, su primera obra documentada es el retablo de Huaquechula (1675), al que seguirán los de Azcapotzalco (1681) y Xochimilco (1680). Nombrado veedor del gremio de pintores, Villalpando permanece en ese cargo entre 1686 y 1699, al tiempo que ingresa como alférez en la Guardia de Alabarderos, ascendiendo a capitán en 1702.

Paralelamente, dilata su búsqueda estética y adquiere habilidad suficiente para afrontar, en torno a 1684-85, un encargo ilustre en la catedral de Ciudad de México, donde comparte con Juan Correa la tarea de ornar la sacristía (allí cabe admirar obras suyas como La Virgen del Apocalipsis, La Iglesia Triunfante, La apoteosis de San Miguel y La Iglesia Militante).

Asimismo, según Toussaint, Villalpando pinta en fecha anterior a 1692 el interior de la cúpula del Altar de los Reyes, en la catedral de Puebla.

Lo divulgado de su prestigio basta para explicar el número de encargos que llegan al taller de Villalpando, quien va atenuando la grandilocuencia de sus composiciones, animado por una técnica cada vez más rica y precisa.

Sin salirnos de este periodo de esplendor, fechado por los analistas entre 1690 y 1710, su obra adopta rasgos decisivos, de embriagador encanto y anhelo cristiano.

Como muestra de la amplitud de su horizonte estético, vale la pena revisar cuadros como aquellos que realiza para la Iglesia de la Profesa, de Ciudad de México, entre los cuales se suele mencionar la Visión de Santa Teresa, el impresionante Ecce Homo, y en segundo plano, el Milagro de los panes y los peces, Cristo y San Pedro, la Virgen del Rosario y Escenas de la vida de José.

En este apretado resumen, no puede ausentarse un arcángel, elemento típico de la iconografía de Villalpando, y por ello cabe nombrar el San Miguel que extiende sus alas en la parroquia de San Pedro en Cholula.

Tampoco han de faltar en estas líneas las telas dedicadas a San Ignacio y a San Francisco Javier, en el Colegio del Estado de Puebla, y la Sagrada Familia con Santa Ana y San Joaquín, admirable en Guadalupe.

Desde la perspectiva sacra, cierra el inventario la serie de veintidós telas sobre la Vida de San Ignacio (1710), pintada para el claustro principal del noviciado jesuita de San Martín, en Tepotzotlán.

Si bien esta amalgama religiosa es, con diversas variantes, el tema nuclear de la producción de Villalpando, a él se debe una obra profana cuya excepcionalidad llama poderosamente la atención. Y es que, sin duda, en su monumental vista de la Plaza del Zócalo (Mayor) de México (1695), el fondo paisajístico deja entrever esencias locales que fomentan otro tipo de reflexión, otra lectura de este pintor tan pródigo en figuras y actitudes.

(La primera versión de este artículo fue previamente publicada por el Centro Virtual Cervantes)

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