
Los estudiosos suelen citar la variedad plástica del virreinato andino, cifrada en las diferencias de áreas culturales como Quito, Lima, Potosí, Cuzco y Santafé de Bogotá.
Decisivos en esta diversidad de oficio e iconografía fueron la imitación de modelos de origen español, flamenco e italiano, y el traslado a Indias de maestros europeos, cuyos talleres propagaron el discurso pictórico en la nueva frontera.
Así se engendró la herencia de tres italianos que difundieron en el virreinato del Perú el programa formal de la pintura manierista: Bernardo Bitti, Angelino Medoro y Mateo Pérez de Alesio.
De las vicisitudes del último he de ocuparme en estas líneas, pese a que ello me obligue a resumir el canon de su arte americano, clásico por el temple del estilo, a través de referencias y testimonios.
Reñida con la posteridad, su producción limeña se ha ido desvaneciendo con los siglos, y de casi toda la obra de Pérez de Alesio registrada desde 1590 hasta 1606, apenas nos han llegado sombras literarias y algún eco de archivo.
Como es imaginable, no pertenece a este lugar la exposición de un catálogo fantasmal y especulativo, donde se consignen cuadros desaparecidos… Más provechoso será respetar el argumento biográfico, pues en él queda en pie la grandeza del pintor y brilla su actividad esencial, que domina las influencias exteriores y se ajusta totalmente a la aventura pictórica hispanoamericana.
Natural de la localidad de Lecce, en Puglia, Pérez de Alesio (1547-1628?) se trasladó a Roma al cumplir los veinte años, dispuesto a formarse como pintor en el ambiente prodigioso de la capital.
Las consecuencias de este esfuerzo se advierten desde el primer episodio, pues Mateo ingresó en el taller de Federico Zúccari y compartió experiencia y afanes con los discípulos del maestro Miguel Ángel.
Su vitalidad enérgica se manifestó no sólo en las labores de todo aprendiz, sino en la asimilación de los principios estéticos renacentistas, que luego fluyeron mansamente hacia el manierismo. La influencia miguelangelesca, tan notoria, alimentó un trabajo que le fue encomendado por el papa Gregorio XIII: rehacer la Defensa del cuerpo de Moisés, de Ghirlandaio, deshecha por la apertura de un dintel.
El fresco resultante fue pintado entre 1573 y 1574, en la Capilla Sixtina, frente al Juicio Final.
La obra romana de Pérez de Alesio es más extensa, y en ella se incluyen las creaciones que adornan la Villa d’Este, en el Tívoli, realizadas junto al grupo de César Nebbia; y las telas de San Eligio degli Orefici y Santa Catalina della Rotta.
Miembro titular de la Academia de San Lucas desde 1573, también mostró su arte en la Villa Mondragone (Frascati) y en el Oratorio del Gonfalone (1575), pero malas experiencias en este último proyecto lo empujaron a emigrar a Malta, donde resaltan sus obras para el Palacio del Gran Maestre y la iglesia de San Juan.
Su condición de pintor de robusta fibra también quedó de manifiesto en Sevilla, ciudad donde continuó su magisterio allá por 1583. Basta repasar esta progresión vital y estética para persuadirse del verdadero interés de su etapa en la metrópoli hispalense. Sin duda, la gran prueba de su arte es el San Cristóbal (1584) de la catedral sevillana, antecedente de una pieza similar que luego destinó a la catedral de Lima.
Porque, quizá siguiendo la ruta del comercio de Indias, fueron Colombia y después Lima las siguientes paradas en la trashumancia del pintor.
Hacia 1589 entró al servicio del virrey García Hurtado de Mendoza, de quien fue pintor de cámara en su residencia limeña. Sería tarea difícil tejer un inventario de todas las piezas que salieron del taller de Pérez de Alesio por esta época.
Cultivó géneros profanos, como el retrato y los paisajes, y entre lo que peculiarmente atañe a la religión, resume el balance su obra destinada a Santo Domingo de Lima, que lleva fecha de 1600 y comprendía los frescos de la iglesia y el claustro.
Claramente se ve de qué modo debió de fructificar el estilo de Pérez de Alesio en el arte virreinal, pues su pauta de manierismo romano fue seguida con brío por discípulos y admiradores, ya muy inclinados a la novedad europea.
De todos modos, la paradoja es superlativa. Para honra del pintor siciliano, su celebridad ha resistido incluso la desaparición de sus principales telas.
(Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes)
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