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El pintor Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos

vazquezdearceEn su exploración de territorios estéticos, el arte virreinal de Colombia presenta influencias destacadas.

Sin duda que la llegada a Bogotá de un hijo de Bartolomé Esteban Murillo —era el primogénito y fue corregidor de Ubaque— anima en cierto grado la difusión de su modelo sevillano, ligero y primoroso. Otro modelo considerable en Nueva Granada, a juzgar por el número de seguidores, va a ser el naturalismo zurbaranesco. Claro está que los préstamos son a largo término y sus efectos serán diversos según el pintor, y dado que hemos de glosar el proceso santafereño en perspectiva, bueno será elegir a un amigo de ambos estilos: el pintor Gregorio Vázquez de Arce y Ceballos (Santafé de Bogotá, 1638-1711).

La primera etapa de su vida nos sugiere un tipo muy próximo a las dos experiencias que resumen su vida: religión y arte, doble y hermoso camuflaje de una inquietud poética genuina. No es necesario que nos paremos a detallar el sentido de la trama: baste decir que ingresa en el Seminario de San Bartolomé y luego entra como aprendiz en el taller de Baltasar de Vargas Figueroa, conocido miembro de una estirpe de pintores sevillanos.

Ahí se acerca, con la complicidad de su hermano Juan Bautista, a la tradición de los maestros peninsulares, en particular Murillo y Zurbarán, reconociéndose como pintor en el primero, por más que la influencia del segundo rezume en varias de sus telas.

Algo que debió sin duda de impulsar a Vázquez de Arce a iniciarse profesionalmente en el oficio fue la exigencia estética de ambos maestros.

En 1657, tras años de aprendizaje en el taller de Vargas Figueroa, firma por vez primera un cuadro, La huida a Egipto de Santa Clara de Tunja, tomado de la estampa de Cornelio Galle sobre una tela original de J. B. Paggi.

Aparte de esto, ya desde el mismo comienzo su prestigio va incrementándose hasta permitirle vivir del pincel. Parece claro que su clientela principal es la eclesiástica, y en ello no se diferencia de la mayoría de pintores hispanos que ejercen su labor en el siglo XVII.

No es singular por ello que una gran parte de su producción sea de tema religioso: lo confirma un repaso al repertorio de medio millar de cuadros que, en buena medida, cuelgan de las paredes del Museo de Arte Colonial, la capilla del Sagrario y la iglesia de San Ignacio en Bogotá.

Aparte de la conmovedora y rubensiana Inmaculada (1683), exhibida en el museo antes citado, destaca un cuadro de vigorosa intensidad que dedica a San Martín de Porres, perteneciente a los fondos del Museo de Santa Clara, en Bogotá.

En esa representación del santo limeño, Vázquez de Arce demuestra su técnica fluida, suelta, su dominio del color y un modo dramático y expresivo, poco abigarrado de componer la escena.

Si se piensa en la iconografía murillesca, no ha de sorprender esa línea seguida por el bogotano, a quien debemos obras memorables, como La visión de San Antonio (1669), remedo de un lienzo de Murillo, La Virgen de los Ángeles (1670), según el original de Guido Reni, El Juicio Final (1673) de la iglesia de San Francisco, La coronación de la Virgen (1697) y La predicación de San Francisco Javier (1698). Pero esta inclinación a embellecer devotamente la creencia religiosa no es el único sentido de su pintura (Recuérdese una serie tan significativa y ajena a lo sobrenatural como Las estaciones).

A imagen de los artistas de la metrópoli, también Vázquez de Arce cultiva dos géneros profanos: el retrato y la naturaleza muerta. Hay noticia de sus excelentes bodegones y, como ejemplo de su faceta de retratista, conviene citar el Retrato de don Enrique Caldas de Barbosa (1698) y un Autorretrato (1685), donde lo más personal de su estilo queda puesto a servicio de un arte libre de motivos piadosos.

Siendo como era dueño por entero de un lenguaje poderoso, lleno de sentimiento, el pintor colombiano, de quien se puede decir que ocupa un primer plano en el arte virreinal de su tiempo, refleja como nadie la cuestión de ese dualismo temático que atañe a los artistas barrocos, enfrentados a estampas de eternidad mística y también al reto de dibujar el rostro de las clases pudientes.

Kunstbetrachtung bei Kerzenlicht, de Godfried Schalcken (1643-1706).

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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