El pintor y grabador Julio Zachrisson nació en Panamá en 1930. Vivió en la ciudad de México desde 1953 a 1960, donde estudia en la escuela fundada por Diego Rivera La Esmeranda y trata a los pintores mexicanos más jóvenes entonces, como Cuevas, Gironella y Soriano.
Desde 1961 vive en Madrid, Ha expuesto numerosas veces y ha participado en diversas aventuras colectivas y solitarias.
Hasta aquí la biografía sucinta de un pintor porque lo que nos interesa son sus obras. Se ha escrito sobre su incardinación latinoamericana, especialmente mesoamericana, como si un artista pudiera ser de un lugar, como si los lugares generaran pintores.
Yo creo que lo que nos interesa en los aguafuertes y pinturas de Zachrisson es, sin negar la influencia que en su obra ha ejercido el mundo negro de Goya o ciertos pintores latinoamericanos, justamente lo que tiene de universal, aquello que trasciende las fronteras. Rufino Tamayo y José Luis Cuevas no son pintores mexicanos; Picasso y Tapies no son pintores españoles.
Julio Zachrisson no es pintor panameño, es pintor. Por eso cuando uno mira su obra la reconoce, se reconoce o tiene la posibilidad de hacerlo.
Se podría pensar que su obra es susceptible de dividirse en dos caras, la paródica e irónica, mordaz, acida, y ía centrada en el erotismo, entendido éste de manera muy amplia.
Quizás sus mayores obras sean hijas de la madurez, digamos que desde finales de los años sesenta, cuando cada vez más se adentra no tanto en la temática como en el cuadro mismo. No se quiere decir en absoluto que haya tendido a la abstracción: hay en él una pasión figurativa, centrada especialmente en la figura humana, en ocasiones en la pareja o, con más pasión y ensañamiento, en la figura femenina. La mujer como erotismo y sexualidad, la sexualidad como abertura hacia lo misterioso e insondable.
Como de las apariencias no ha obtenido suficiente respuesta, se ha adentrado en la corporalidad, ha descubierto y con él nosotros, a la persona como llena de huecos, habitables e insondables, fantásticos y terribles a un tiempo. Por otro lado, su realidad no es ajena al mundo exterior: sus cuadros postulan la conexión entre lo interno y lo extemo.
¿Pinta personas o procesos, cosas o tránsitos? Tal vez todo a un tiempo, como testimonian los impresionantes aguafuertes de La Manigua (1985), Hombre danzante (1993) y Hombre con pájaro (1993), entre muchas otras obras.
Al mismo tiempo, esta conexión expresa una corriente simpática, cercana a la que ciertas drogas son capaces de despertar en la percepción y en nuestro imaginario: el descubrimiento de que el mundo exterior participa del mismo latido de nuestra interioridad.
La sexualidad humana revela finalmente si no su misterio sí al menos su sentido analógico: el universo, parecen decir ciertas obras de Zachrisson, está hecho de conjunciones y disyunciones, está machihembrado.
El erotismo es, pues, búsqueda de una conexión universal. Siendo humano, el erotismo descubre su poder analógico, como se evidencia en la pintura Nocturno romántico (1984), sin duda una de sus obras más líricas. Pero hay que señalar que en esta búsqueda patente la dimensión tanática del erotismo, su invitación tanto a penetrar como en encuentro con las puertas cerradas: el camino que el ojo recorre y el muro del cuerpo, evidente y misterioso, irresoluble en su significado último. Julio Zachrisson o el misterio irresoluble del erotismo, el misterio de ser.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
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