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Patrimonio arquitectónico de Cuenca

altEn su dilatada historia, el patrimonio arquitectónico de Cuenca se ha visto enriquecido por distintos estilos, adaptados al singular urbanismo de la ciudad. Y es que, más allá de las características Casas Colgadas, la arquitectura conquense nos reserva sorpresas de primer nivel.

La historia de la arquitectura conquense se inicia bajo la dominación árabe. No en vano, es una fortaleza musulmana el eje en torno al cual va expandiéndose la primera barriada. Más tarde, en el anchuroso alcázar dejaron de pender los estandartes arábigos. Acreedora a las gracias de una posteridad cristiana, Cuenca fue dominada por un monarca de esta fe.

Juan Contreras y López de Ayala, marqués de Lozoya, detalla la ocupación de esta ciudad en 1177, y especifica que Alfonso VIII, ya con el estoque desenvainado, requirió como compañero de armas al rey Alfonso II de Aragón. A cambio de esta ayuda, el castellano liberó al aragonés del vasallaje que éste le debía. De esta suerte, si Alfonso II quedaba libre de cualquier traba feudal por Aragón, también «cortaba cualquier posibilidad de expansión de su reino hacia la meseta».

En una línea congruente con dicha política, en 1179 «ambos reyes procedieron al reparto de sus respectivas zonas de futura reconquista, en virtud de la cual Valencia quedaba para Aragón y todo lo demás para Castilla» (Historia de España, tomo III, Barcelona, Salvat Editores, 1979, p. 465). De más está señalar que este es el marco para el primer desenvolvimiento de la escenografía conquense. En el plazo que llega hasta la creación por parte de Felipe II de la Junta de policía y ornato público (1590), todo el centro histórico de la urbe fue adquiriendo los rasgos que actualmente lo definen.

Antes de introducir precisiones arquitectónicas, aclaremos que el centro histórico, de acuerdo con lo dicho por Pedro Miguel Ibáñez Martín, alberga el recinto murado que limita con el Huécar y asimismo los arrabales que lo circundan. A saber: Castillo, San Antón y Tiradores.

A ello se suma el ensanche bajomedieval y renacentista que extiende este dominio hasta el cerro de los Moralejos. Ante semejante perspectiva, son pertinentes los elogios vertidos por el regeneracionista Eugenio Noel (1885-1936). Para él, cada casa es un poema y cada hueco, una estrofa. Porque Cuenca está hecha de casas altas, estrechas, «de colores turbios, en los que la humedad sirve de barniz».

Edificaciones que asustan y encantan: «Los voladizos de sus ventanas, parecidos a palomares; los añadidos de mampostería casera; los recodos y encrucijadas con sus casas apelmazadas unas sobre otras, como si todas quisieran asomarse al barranco y se empujaran a riesgo de estrellarse; todo ello ofrece sensaciones únicas en el paisaje español» (Todo Cuenca y su provincia, Madrid, Escudo de Oro, 1992, pp. 4-6).

Reforzando el mismo contorno, escritores de fama han buscado posibles definiciones, juegos de palabras y dichos evocadores para traducir lo que es indefinible. «Cuenca abstracta —escribe Camilo José Cela—, pura, de color plata, de gentiles piedras, hecha de hallazgos y de olvidos —como el mismo amor—, cubista y medieval, elegante, desgarrada, fiera tiernísima como una loba parida, colgada y abierta; Cuenca, luminosa, alada, airada, serena y enloquecida, infinita, igual, obsesionante, hidalga, vieja Cuenca» («Cuenca abstracta, la de la piedra gentil», Cajón de sastre, Barcelona, Alfaguara, 1970, p. 278).

Sin duda, el lector conocerá otras valoraciones tan líricas como la incluida en el anterior párrafo. A decir verdad, es el tono habitual en casi todos los textos que describen el paisaje urbano conquense. Atento a este tipo de sugestiones, Ibáñez Martínez identifica los ropajes del artificio y la metáfora, pero asimismo juzga que no vendría mal un cambio de estrategia.

«Doscientos años de lisonjas —escribe— no le han sido suficientes a esta sufrida ciudad para evitar la pérdida de una gran parte de su patrimonio artístico y monumental» («Reflexiones sobre el centro histórico de Cuenca», en Manuel Rodríguez Viqueira, coord., Las ciudades del encuentro, Universidad de Castilla-La Mancha, Universidad Autónoma Metropolitana, México D. F., 1992, p. 88).

¿En qué estratos queda distribuido ese patrimonio monumental? Obviamente, Cuenca tiene un pasado islámico y también admite el encuadre gótico y el renacentista, pero lo cierto es que su identidad principal es la barroca.

Dispuesto a valorar este progreso, Francisco Gómez de Travecedo admira en mayor grado la Cuenca antigua —la Cuenca alta, como él dice—, porque en su perímetro descubre gestos de solera y majestuosidad. En trance de perderse, esa vieja ciudad se ha beneficiado de la actitud de quienes han «ido descubriendo calles viejísimas, arcos de ensueño y olvidados escudos, con la paciente y amorosa solicitud de quien pone el alma en una empresa realmente bella». Claro que, además de arqueólogos y restauradores, el escritor cita a los viajeros.

Por eso propone a éstos que inicien un paseo por la calle de Carretería, subiendo luego por «la empinada cuesta de Alfonso VIII hasta llegar a uno de los más típicos y ambientados lugares conquenses, a su típica e inconfundible plaza Mayor». En este punto, y no por casualidad, es donde hallamos uno de los rasgos esenciales de nuestra arquitectura civil; y es que, a diferencia de otras plazas castellanas, la de Cuenca presume de asimetría e irregularidad: «No es cuadrada ni rectangular. Su aspecto es aproximadamente el de un trapecio no perfectamente dibujado» (Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, pp. 14-15).

Si se compara el paisaje panorámico diseñado en 1565 por Anton Van Wyngaerde con los planos de Mateo López, queda de manifiesto cómo «la frontera espacial de la Cuenca histórica, alcanzada en un momento de expansión como fue el renacentista, había de mantenerse prácticamente intacta hasta alcanzar el mismo siglo XX» (Ibáñez Martínez, op. cit., p. 89).

Ese trazado resistió el paso de las centurias y alcanzó sin graves cambios el comienzo del siglo XIX. En adelante, las guerras y el espíritu de la modernidad variaron el perfil de la vieja urbe. De ello da testimonio Trifón Muñoz Soliva, quien, a juzgar por sus Noticias de todos los Ilmos. Señores Obispos que han regido la Diócesis de Cuenca, aumentadas con los sucesos más notables acaecidos en sus pontificados y con muchas curiosidades referentes a la Santa Iglesia Catedral y su cabildo y a esta ciudad y su provincia (Imprenta Francisco Gómez e Hijo, 1860) «se congratulaba de la progresiva desaparición de la pintoresca arquitectura popular en aras a ciertas reglas del ornato público» (ídem, p. 93).

De forma inevitable, ese pintoresquismo denostado por Muñoz Soliva constituye hoy el más importante realce de la ciudad, sobre todo en sus tramos populares. Cuando menos, así ha pasado a la literatura de viajes. «La Cuenca histórica está arriba —escribe César González-Ruano—, como habrá que repetir varias veces, y es un puro laberinto de iglesias y de palacios. Abajo, sobre el antiguo arrabal, se formó ya en el siglo XIX la Cuenca moderna, cuya arteria principal se llama hoy expresivamente Carretería» (Guía de Cuenca y principales itinerarios de su provincia, fotografías de Francisco Catalá Roca, Barcelona, Planeta, 1956, p. 10).

En lo que concierne a los edificios de categoría monumental, las distintas expresiones del barroco reclaman una máxima atención y otorgan interés, por poner un caso, a las antiguas instalaciones consistoriales. Con similar criterio, aunque el rigor nobiliario estampa una lección provechosa en diversos muros, encuentra su mejor fórmula en casonas palaciegas como la de los Hurtado de Mendoza. Desarrollado en altura, el plano va derramándose sobre el farallón rocoso, y al final, queda en equilibrio frente al abismo. Es justamente ahí donde figura el ejemplo de arquitectura más típico de Cuenca: las Casas Colgadas, cuya ventajosa posición las convierte en un apostadero reforzado y original. De menor ambición, los llamados rascacielos desafían al abismo en el costado de la Hoz del Huécar.

Por supuesto, el municipio ofrece otras oportunidades para admirar a los antiguos ingenieros: sin perderse en rincones menos frecuentados, el viajero puede fijar su atención en la fachada del Edificio Palafox, justamente popular. Sus obras comenzaron en 1776 y el tiempo ha ido eliminando buena parte de la estructura, pero aun en su actual estado, esta edificación ejemplifica de qué modo el estilo neoclásico proporcionó nueva identidad a una ciudad propensa al vértigo. Mateo López, ingeniero de buena fama y mencionado con frecuencia en esta muestra, fue quien se hizo cargo de la obra citada. En su interior se instalaron, consecutivamente, un Instituto de Enseñanza Media, un cuartel de la Guardia Civil, una biblioteca pública y un colegio salesiano. Gracias a la intervención de los arquitectos José Luis Martín y Francisco Pol, sirve en la actualidad como sede de la Joven Orquesta Nacional de España.

A comienzos del siglo XX, el urbanismo conquense sufrió determinadas enmiendas, algunas de ellas ciertamente oportunas. Por ejemplo, el parque de San Julián, antes dedicado a la memoria de Canalejas, albergó un quiosco de música de aire parisino, construido en 1923 a partir de los planos que firmó Elicio González. En adelante, las nuevas edificaciones encargadas por las instituciones civiles permitieron reanimar la vida cultural de la ciudad. Tal es el caso del Teatro-auditorio, fundamental para promover la melomanía local. Por lo que concierne a los museos, podemos hablar de un aprovechamiento de antiguos espacios arquitectónicos.

Como adelanto previo al itinerario que se ofrece en otro rincón de esta exposición, sirva el ejemplo del Museo de Electrografía, gestionado por la Universidad de Castilla-La Mancha dentro de las dependencias que antaño habitó la orden de las Carmelitas. Quienes recorran nuestro paseo virtual podrán comprobar en qué medida ha triunfado este realojo de modernos centros culturales en los edificios históricos más señeros del municipio.

Un caso peculiar es el del antiguo convento de dominicos de San Pablo, cuya edificación comenzó en 1523 por iniciativa de Juan del Pozo. Tras una compleja serie de avatares arquitectónicos que implicaron en la obra a los hermanos Alviz, a Pedro de Oñate y a José Martín de Aldehuela, el edificio perdió su condición religiosa y quedó habilitado como sanatorio para los enfermos que contrajeron el cólera en 1885. Posteriormente, sirvió de escuela y también de seminario, pero la utilidad turística se impuso y el convento funciona como Parador Nacional desde el año 1993. De ese modo, un espacio concebido con fines eclesiásticos ha pasado a formar parte de las edificaciones civiles que mejor sirven a Cuenca.

Hubert Robert. Vue Imaginaire de la Grande Galerie en Ruines (1796) © Museo del Louvre. Reservados todos los derechos.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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