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Religión y arquitectura en Cuenca

altAunque el visitante se sorprenda con ese atrevido estilo del urbanismo de Cuenca, no debe dejar de lado las señas de identidad que caracterizan a los conjuntos monumentales del casco antiguo. Cierto que el gótico, el barroco y el neoclasicismo hicieron acá sus votos mayores, pero no es menos verdad que los arquitectos de anteriores periodos también se cuidaron de plasmar su huella.

Al fin y al cabo, en lo que concierne a la arquitectura religiosa, Cuenca admite distintos rótulos. El primero de ellos es el románico, aunque expresado de forma leve y en zonas más bien distantes del municipio.

Como la provincia no fue terreno reconquistado hasta el siglo XIII, sus edificaciones románicas adquirieron la reciedumbre y austeridad propias de las órdenes militares y de los usos cistercienses. Algo de ello se advierte en las iglesias de Albalate de Nogueras, Alarcón, Alcocer, Arcas, Cervera del Llano, Huete, Ribatajada, Valdeolivas y Valeria.

Al decir de los especialistas, en este tipo de templos, humildes y poco ambiciosos, queda de manifiesto un estilo constructivo que tiene por patrón al monasterio guadalajareño de Monsalud.

Por fuerza, la arquitectura piadosa de la ciudad también tuvo que acomodarse a los rigores de la geología, que hizo de Cuenca un castillo natural.

«Las hoces labradas por los ríos —escribe M.ª Ángeles Monedero Bermejo— constituían la principal muralla defensiva». En la zona norte, donde el terreno gana en altura y estrechez, «se alzó un castillo en la época del emirato, substituido por otro en el siglo X, del que queda el muro exterior». El segundo punto de referencia es el alcázar «que existió en el cerro de Mangana, a medio camino del recinto, desde el cual descienden dos calles principales hacia las desaparecidas puertas de Valencia y Huete, en cuyo entorno crecerá la ciudad».

Dispuesta de ese modo la bifurcación, la catedral quedó emplazada muy oportunamente entre el castillo y el alcázar («Cuenca gótica», en Aurea de la Morena, ed., La España gótica. Castilla-La Mancha: Cuenca, Ciudad Real y Albacete, Madrid, Ediciones Encuentro, Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, 1997, p. 95).

Cuenca crece tras la entrada de Alfonso VIII en 1177 y sus calles van poblándose con palacetes, conventos y ermitas. Sin duda, el Rey tiene ambiciosos planes para la ciudad reconquistada. «Al mismo tiempo —escribe Monedero— decide convertirla en cabeza de un nuevo obispado que se formará, como era habitual en este tiempo, en base a los que existieron en la zona en la época visigoda».

En suma: los de Ercávica, Valeria y Segóbriga. Uniendo en uno solo los dos primeros, el monarca solicitó a Alejandro III la fundación del obispado de Cuenca. Añade la estudiosa que no fue ajeno a estos hechos el arzobispo de Toledo, don Cerebruno, «siguiendo un proceso restaurador de las diócesis visigóticas, desde la catedral primada, ya secular en Castilla» (ídem, pp. 95-96).

Los trabajos de construcción de la Catedral comenzaron en torno a 1183. Como es de rigor en este tipo de proyectos, las obras avanzaron con lentitud y en ellas participaron distintos artífices. Cuando en 1195 falleció el primer obispo de la ciudad, don Juan Yáñez, éste fue sucedido por Julián, arcediano de Toledo.

El dato es importante, porque durante los años en que ambos ocuparon la silla episcopal quedó completada la primitiva estructura. El mérito de la empresa se amplía si se tienen en cuenta amenazas como el hambre, las incursiones almohades y las epidemias. Pese a este padecimiento, ingenieros y albañiles prosiguieron su labor a los largo del siglo XIII.

De la observación del conjunto «se hace evidente que la construcción comenzó por la cabecera [consagrada en 1196], el sistema más lógico para poner en servicio con prontitud el templo». No obstante, hay diferencias de orden técnico entre el primer y el segundo maestro catedralicio, pues «el primero pertenece al protogótico, mientras que el segundo trae consigo el gótico clásico» (Monedero, op. cit., p. 97).

Semejante evolución estilística no fue exclusiva de la Catedral. Una de las primeras iglesias que acá se alzaron, la de Santa Cruz, varió su primitiva estructura en el siglo XVI gracias a la intervención de Mendizábal el Mozo.

Complicando aún más la descripción, la antigua bóveda estaba fechada en el siglo XVIII, lo cual suma rasgos renacentistas, barrocos y aun del rococó. Lo mismo podemos señalar a la vista de las ruinas de San Pantaleón, una ermita templaria cuyos restos parecen un catálogo de historia de la arquitectura, que superponen detalles románicos, góticos y renacentistas.

Del Renacimiento conquense hay muestras de mucho interés. Con todo, «es curioso observar —escribe José Camón Aznar— que, a pesar de ser itálicos los temas (...), son pocos los artistas italianos que en este momento trabajan en nuestro país». En contraste, tanto en la provincia como en el resto de España cumplieron su labor los maestros franceses y flamencos, enraizados en el gótico y, quizá por ello, muy influyentes en el devenir escasamente clásico de nuestro plateresco («La arquitectura y la orfebrería españolas del siglo XVI», Summa Artis. Historia general del arte, vol. XVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1982, p. 21).

El ejemplo más destacado de esta tendencia es la labor de Esteban Jamete en Cuenca, Salamanca, Toledo, Chinchilla, Úbeda y Sevilla. Pero, desde luego, no fue dicho artista el único que expresó el fervor religioso hispano. «Muchos son los nombres —escribe Fernando Chueca Gotilla— que nos han quedado entre franceses, borgoñones y flamencos, algunos tan importantes como Felipe Bigarny, Juan de Juni, Diego Copin, Cornielles de Holanta, Antonio Leval».

A éstos, añade el arquitecto y ensayista los nombres de otros artífices menos conocidos, como Guillaume Brimbez, Arnal y Giralte de Bruselas, René Ducloux, Francés Fijón, Juan Picart, Matías Francés, Guillaume de París y Cristóbal Voisin (Historia de la arquitectura occidental, tomo V, Renacimiento, Madrid, Editorial Dossat, 1988, p. 186).

El detalle de los creadores, aunque esencial para el estudioso, no importa en el mismo grado al visitante ajeno a las lecciones doctas. Un ejemplo literario puede acreditar de qué modo una descripción expresionista puede resultar más reveladora que un inventario puramente académico.

«El interior de la Catedral —escribe Benito Pérez Galdós— me impresionó grandemente por la majestad y elegancia de sus líneas ojivales, diluidas en un doble misterio de silencio y obscuridad. El presbiterio y el ábside me parecieron espléndidos, las verjas magníficas». Por supuesto, el elogio conlleva su contrapartida, asimismo significativa: «Silvestra oyó dos o tres misas en diferentes capillas, y luego estuvo arrodillada largo rato ante el altar de San Julián, un armatoste grecorromano del estilo más antipático y pedantesco» (De Cartago a Sagunto,Episodios nacionales, tomo V, Madrid, Aguilar, 1990, p. 526). en

Al decir de José Camón Aznar, en Cuenca hay transvases del arte toledano, y en particular una interpretación castiza y castellana de nuestro plateresco. De ahí que al erudito le resulte tan impresionante el conjunto catedralicio, decorado con una fastuosidad que maravilla y mueve a la reflexión.

En este caso, quedan en primer término las rejas de Hernando de Arenas y del maestro Lemosín, las pinturas de Hernando Yáñez de la Almedina y de su escuela, y las esculturas y altares renacientes (José Camón Aznar, op. cit., p. 259). En cierto modo, este despliegue resume la evolución artística que movió a la ciudad a lo largo de los siglos.

«Cualquiera que desee conocer el paso de Cuenca y sus gentes por la Historia -escribe Federico Muelas—, vaya a su templo catedralicio que por conquense suicidó sus alardes góticos implicándose de este modo más en el paisaje» (Cuenca. Tierra de sorpresas y encantamientos,Cuenca, Madrid, Publicaciones Españolas, 1959, p. 17). León, Editorial Everest, 1977, p. 45). Algo muy similar vino a decir la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el expediente abierto para que el templo fuese declarado monumento artístico nacional: «Es la Catedral de Cuenca, al par que uno de los más interesantes monumentos que de arquitectura de la Edad Media se conservan en España, un verdadero museo en el que todas las épocas, desde su fundación, han dejado vivas e interesantes manifestaciones del arte» (citado por Francisco Gómez de Travecedo,

Si seguimos el razonamiento de la profesora Monedero, queda de manifiesto que la Catedral dio origen a una notable escuela, cuyos rasgos propios figuran en la catedral de Sigüenza, en las labores del primer maestro de la catedral de Burgos, en el monasterio de las Huelgas de esta misma ciudad y en el refectorio de Santa María de Huerta.

En fecha algo tardía, también es patente esa influencia en la catedral de Burgo de Osma y en las iglesias alcarreñas de Santa María de la Peña (Brihuega) y Santa María de Alcocer, y asimismo en la parroquia de Cifuentes. Curiosamente, en la capital «sólo advertimos su influjo en obras menores: portadas góticas aplicadas a iglesias románicas, entre las que destaca por su calidad la de Arcas» (Monedero, op.cit., p.110).

La siguiente fase destacada de la arquitectura religiosa conquense lleva el nombre de José Martín de Aldehuela, quien se trasladó a Cuenca en torno al año 1750 —hay autores, igualmente documentados, que fechan este viaje en 1739— y permaneció en ella hasta 1778. Como maestro mayor de obras del obispado, Aldehuela varió el aspecto del municipio gracias a su tarea en la Catedral, la iglesia del hospital de Santiago, las portadas de San Pablo y de las Angustias, San Antón, San Felipe y San Pedro. Influido por Ventura Rodríguez, el estilo de nuestro arquitecto evolucionó desde un rococó generoso y levantino hacia los rigores de la academia.

En el plano burocrático, su trabajo en San Felipe Neri fue patrocinado por Álvaro de Carvajal y Lancáster, arcediano de Moya y principal protector del artista. En adelante, Carvajal situó a Aldehuela al frente de numerosos proyectos de construcción y restauración.

Por las fechas en que Aldehuela desempeñó su labor, nació en Cuenca el entusiasmo por el neoclasicismo, quedando envueltas en este estilo edificaciones como el Seminario Conciliar de San Julián. Las obras de este conjunto arquitectónico comenzaron en 1745 gracias al impulso del obispo José Flores Osorio. Con razón, el escudo heráldico del prelado adorna la portada y añade dignidad a este acceso.

«El Seminario Conciliar de San Julián —escribe Francisco Gómez de Travecedo—, a la izquierda del Asilo de Ancianos Desamparados, ofrece como notable su fachada, de grandes proporciones, de gran solidez y con portadas neoclásicas». Además de la portada barroca y de un excelente retablo gótico, obra del Maestro de Horcajo, resalta dicho autor la existencia de una importante biblioteca, nutrida con los fondos de don Alfonso Clemente de Aróstegui. Por desgracia, esta colección, al igual que muchas otras expresiones del patrimonio eclesiástico, se perdió en 1936 (Gómez de Travecedo, op. cit., p. 21)

Hubert Robert. Vue Imaginaire de la Grande Galerie en Ruines (1796) © Museo del Louvre. Reservados todos los derechos.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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