| Índice de Artículos |
|---|
| El teatro de Jean Racine |
| Teatro barroco |
| Temas y personajes |
| El jansenismo |
| Todas las páginas |
El jansenismo
En su biblioteca abundaban los textos jansenistas. El cristianismo permaneció ajeno a su teatro. Se sabe que murió piadosamente, asumiendo el dolor de una cruel enfermedad, tal vez un tumor hepático. Su pesimismo moral es de sesgo jansenista, según han señalado los estudiosos como Bénichou y Goldmann.
Si Corneille proponía un heroísmo ético sobrehumano consagrado a la gloria mundana, Racine exhibe al hombre como un ser irreductiblemente natural, en tanto apasionado y patético. Si acaso, en el reconocimiento de las pasiones, en la pedagogía de las pasiones, hay un punto de arranque ético.
La oposición esencial que anida en sus personajes es el conflicto entre lo que está por encima y por debajo del sujeto, el cielo y el abismo, la gloria de las empresas mundanales y la invulnerable presencia de la pasión individual.
El jansenismo, ante tal panorama, propone una conciliación religiosa, que consiste en el culto íntimo de una angustiosa relación, la que hay entre un Dios infinito y su criatura finita. Es el lugar del amor propio (Amour propre: el amor por sí mismo, el amor de cada quien por Dios y también el amor limpio, puro de toda parcialidad, la caridad absoluta).
Por grande, por magno que sea (por magnánimo, si se prefiere) el hombre es siempre pequeño ante la inconmensurable grandeza de Dios y el universo: la ocultación y la ausencia, por un lado, y la manifestación y la presencia, por el otro. El Creador y la Creación. Ambos están fuera del alcance humano.
Un cierto fatalismo quietista (y por ello, harto sospechoso para la ortodoxia) alimenta la moral del jansenismo, que conecta, así, por distinto camino, con la fatalidad raciniana. Se trata de la esperanza en la Gracia eficaz que distinguirá al elegido.
Una consecuencia paradójica es la autonomía ética que de ello resulta: actuar con independencia de Dios, cuyos designios son inescrutables. Los méritos humanos y las glorias de la autoridad son indiferentes a los ojos de la divinidad. Lo bueno es austero e íntimo, ajeno a los rangos del mundo. Si se observa en un contexto social, puede pensarse que la gente del común, en busca de posiciones, desdeñe los prestigios externos de la antigua nobleza y reclame el reconocimiento inmanente de sus virtudes, lo que señaló Lucien Febvre respecto al luteranismo en Alemania, y puede trasladarse al jansenismo de personajes como Racine.
La virtud es algo oculto y exige el uso de la máscara. Barrocamente, tenemos escasas referencias a la persona de Racine en las muy abundantes memorias y crónicas del barroco, un tiempo muy dado a esta clase de noticias y muy parco en cuanto a la biografía íntima de los sujetos.
En las obras monoteístas de Racine, Esther y Athálie, no hay tragedia en sentido estricto (en la época, tragedia y comedia podían usarse indistintamente para este tipo de obras).
Las muchachas hebreas piden al Dios oculto que se manifieste en la Gracia, como si Dios fuera un durmiente que despierta de modo puntual.
Asuero se convierte al judaismo al revelársele el verdadero Dios. Joas es reconocido como rey legítimo al destruirse la artimaña de Atalía. El mismo pueblo hebreo, como depositario de la Revelación, puede considerarse, en conjunto, como el agraciado. Pero nada depende de las acciones humanas, que siempre se mueven por oscuras pasiones.
Basta con esperar el decreto providencial y sostener la espera con la fe que la transforma en esperanza.
El tragicismo de Racine ha quedado atrás, pero no su fatalismo, que se ha convertido en quietista.
El mundo sigue siendo barrocamente ajeno al hombre, finitud atrapada por un universo inconmensurable y un Dios infinitamente lejano, oculto en la manifestación de su propia obra.
Bibliografía
ROLAND BARTHES: Sur Racine, Club Francais du Livre, París, 1960.
PAUL BÉNICHOU: Morales du grand siécle, Gallimard, Paris, 1948.
LUCIEN GOLDMANN: Le dieu caché, Gallimard, Paris, 1955.
JULES LEMAITRE: Impressions de théatre, Société Francaise d’lmprimerie, Paris, 1901.
EMMANUEL LE ROY LADURIE: Saint–Simón ou le systéme de la cour, Fayard, Paris, 1997.
RAYMOND PICARD: La carriére de Jean Racine, Gallimard, Paris, 1961.
JEAN RACINE: Oeuvres completes, ed. Raymond Picard, Gallimard, Paris, 1951.
SAINTE–BEUVE: Portraits littéraires, caps. «Racine» y «Reprise de Bérémce », Robert Laffont, Paris, 1993.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos
30 días atrás
30 días atrás
30 días atrás
30 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
47 días atrás
59 días atrás
210 días atrás








































































