"La mecedora", de Jean-Claude Brisville, en el Teatro Valle-Inclán

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Del 13 de enero al 19 de febrero de 2012, bajo la dirección de Josep Maria Flotats, se representa La mecedora, de Jean-Claude Brisville, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid.

La mecedora reúne a tres personajes que viven en el mundo de la edición. Un Lector editorial, que acaba de ser despedido, fuerza un encuentro y se presenta en casa del Director para saber el motivo de ese despido.

Cuando aparece un tercer personaje, un Ilustrador que se encarga de hacer cubiertas para los libros, los otros dos ya han planteado en buena medida el eje de La mecedora: la incomunicación de ambos y la situación de los grandes grupos industriales –en este caso el del libro–, que buscan el abaratamiento de costes por encima de todo, prescindiendo de cualquier consideración de valía personal o estima mutua, en aras de productos cada vez más baratos para el gran público, y cada vez peor elaborados, sin el menor control de calidad.

El Lector ha sido sacrificado a las demandas del mercado, a la exigencia de abaratamiento de costes, al desprecio por la calidad del mundo empresarial, y es enviado al paro, del que su edad le impedirá salir. Se oponen, así, el Director, que no ha leído un solo libro de los que publica, y el Lector, que emite sus informes en función de la calidad o la belleza de los libros.

Lo mismo ocurre con el Ilustrador, que ve negado el valor de su trabajo. Por la obra discurre, además, la sutil relación humana que relaciona a los tres personajes, hecha de encuentros o desencuentros.

La vida después del «oscuro»

«No es evidente que un autor esté particularmente cualificado para hablar de sus personajes –escribe Jean-Claude Brisville–. Una vez que los crea, ha hecho su trabajo — más o menos bien. No se le pide más. ¿De qué sirve comentar, explicar? El personaje de teatro es, en esencia, lo que dice, sólo lo dice en escena, y todo lo que el autor sabe de él, si no ha sabido comunicarlo, es inútil.

Cuando se pone el punto final, todavía en el calor de la escritura, uno no puede renunciar sin pena a su poder. Los personajes, al parecer, no han dicho todo. Sus labios se mueven en silencio. Uno trata de leer en ellos. Y sin embargo, lo sabe, es demasiado tarde.

Desde la finalización del texto hasta que la obra se pone en marcha, el autor dramático tiene ante sí un terreno baldío en el que está metido en su trabajo sin poder añadirle nada. ¿Qué hacer entonces? Quizá, aunque sea inútil, recuperar de nuevo las voces que siguen murmurando dentro de él.

Aquí son tres. La primera es lacónica. Osvaldo, por naturaleza y por política, es un silencioso que cultiva en el más alto grado el arte de callarse. Debido a ello se le supone mucho. Sobre todo porque tienen una bella mirada, una elegancia segura, y porque juega sobriamente con esas bazas.

¿Qué quiere? Sin duda el poder. Pero puede sospecharse en él, como en todo tecnócrata, un gusto disimulado por la nada. Su sangre fría, su reserva y su sentido del secreto defienden su posición al mismo tiempo que revelan su sequedad. Un virtuoso de lo no dicho. Un artista sin arte. Subyuga a Jerónimo, hombre de palabras y ansioso de calor humano. Jerónimo, de más edad, es un deshecho de la Historia. Carece de ambición social. Vive de los libros y para los libros, se encierra en ellos. Inseguro de sí mismo, humorista melancólico y vulnerable, ama la soledad y la sufre; nostálgico del pasado, cultiva su memoria, habla con facilidad, tiene el gusto de la palabra exacta y de la fórmula agresiva.

Creo que estaba dispuesto a admirar a Osvaldo, su opuesto, y que la traición de éste lo ha herido gravemente. Como de su parte sólo tiene su discurso, que cuida no sin complacencia, puede, llegado el caso, convertirlo en un arma. Hay en él astucia, rencor y una crueldad latente. Un retórico ambiguo que conoce el poder de las palabras — el único poder que ama.

Gerardo parlotea. Es gentil, ligero, sentimental. Un «modistillo». Jerónimo sabe encontrar las palabras que lo seducen, frente a un Osvaldo cuyo silencio es, en esta ocasión, menos seguro.

Gerardo, envite inconsciente del debate, se ve un poco superado por la ferocidad cortés de los dos hombres y por todo lo que profundamente los divide. Sólo querría preparar comida china y que amen sus acuarelas. ¿Y después del oscuro del final? Ninguna inquietud para Osvaldo: recuperará su equilibrio.

No es el caso de Jerónimo. ¿Va a diluirse en el sueño de la mecedora, o aprovechará una libertad que lo asusta para dedicarse a algún trabajo personal? En este punto nada está decidido. Los demonios deberán ser vencidos — y la angustia del tiempo, y la tentación del demasiado tarde.

La vida después del «oscuro»… todavía puede ser interesante.»

Jean-Claude Brisville

Jean-Claude Brisville, dramaturgo francés nacido en Bois-Colombes en

1922, hizo toda su carrera literaria en el mundo de la edición (Hachette, Julliard, director literario de Le Livre de Poche, 1976‐1981).

Se inició como periodista literario y se presentó en el teatro con Saint-Just (1955), obra patrocinada por Albert Camus.

Esta obra contiene ya las líneas básicas de las creaciones escénicas de Brisville: un fondo dramático ocupado por protagonistas de la historia, de la literatura y del pensamiento, donde se debaten ideas y situaciones con diálogos sobrios que unen la ironía, el humor y el arte de los sobrentendidos.

Autor de piezas para televisión, consiguió el éxito del gran público con La Fauteuil à bascule (La mecedora, 1981), donde desvela los entresijos del mundo de la edición.

A partir de entonces, Brisville ha querido hacer un «teatro de Historia que no sea solamente retrospectivo», enfrentando ideas y caracteres de grandes protagonistas de la historia: L’Entretien de M. Descartes avec M. Pascal Jeune (El encuentro de Descartes con Pascal joven, 1985), que pone frente a frente a los dos mayores filósofos de su siglo; Le Souper (La cena, 1989), sobre el tema del «vicio apoyado en el brazo del crimen», con Talleyrand y Fouché como protagonistas diabólicos de un momento muy concreto de la historia de Francia; L’Antichambre (La antecámara, 1991), donde se enfrentan de manera encarnizada Mme. du Deffand y Julie de Lespinasse para controlar desde sus salones el mundo de la Ilustración.

Otras obras suyas son: Contre-jour au Studio des Champs-Élysées (1993); el guión cinematográfico Beaumarchais l’insolent (Beaumarchais, el insolente), Sept comédies en quête d’acteurs (Siete comedias en busca de actores, 2007), etc.

El director de cine Edouard Molinaro ha llevado a la pantalla La cena y Beaumarchais el insolente.

Como adaptador teatral, a Jean-Claude Brisville se debe la versión francesa de Las amistades peligrosas de Christopher Hampton.

Obtuvo el Gran Premio de teatro de la Academia Francesa en 1989 por el conjunto de su obra.

Es además autor de varias obras narrativas: D’un amour, La Fuite au Danemark, Zone d’ombre ; de ensayos: La Présence réelle et Camus; y de libros de memorias y recuerdos como De Mémoire (1998) Quartiers d’hiver (2006) y Rien n’est jamais fini (2009) ; y de libros de recuerdos: De mémoire (1998), Quartiers d’hiver (2006) y Rien n’est jamais fini (2009).

En los escenarios españoles Josep Maria Flotats ha estrenado dos de sus obras: La cena (2004) y El encuentro de Descartes con Pascal joven (2009).

Ficha de la representación

La mecedora, de Jean-Claude Brisville

Dirección: Josep Maria Flotats

Versión: Mauro Armiño

Funciones: 13 enero a 19 febrero de 2012

De martes a sábados, a las 19.00 h

Domingos, a las 18.00 h

Teatro Valle-Inclán | Sala Francisco Nieva

Plaza de Lavapiés s/n

28012 Madrid

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