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Desafíos del futuro
La televisión de finales del siglo XX y de comienzos del XXI no ha tenido tiempo suficiente para desarrollar sus modelos comunicativos –sobre todo el que apunta hacia un mercado especializado, selectivo– y por eso se va a perder en una serie de iniciativas empresariales que, definitivamente, no van a tener futuro. Sobre todo cuando el grado de “interactividad” que dicen buscar y proponer no alcanza los niveles mínimos de aceptación por parte del posible receptor. El motivo es evidente: esta propuesta están mucho más desarrollada en Internet, y ése va a ser el escenario en el cual prospere.
Un estudio dado a conocer por la Universidad de Stanford, en California, en los primeros meses del año 2000, apunta que “Internet puede convertirse en la última tecnología aislacionista, que reduce la participación en la sociedad más de la que antes hizo la televisión” (“El País”, 17-2-2000).
Igualmente, si analizamos los contenidos que ofrecen la televisión privada y pública, en abierto o de pago, no creemos que resulten altamente atractivos, porque se ha producido un fenómeno de mimesis por el que una cadena se mira en la otra y ésta es seguida por las demás, produciendo un círculo vicioso que sólo puede generar rechazo por parte del telespectador. Así mismo porque, y por ejemplo, la dominante en la parrilla de programación continúa siendo el cine, y la diferencia entre ver una película por una cadena convencional o por una de pago está, únicamente, en los cortes publicitarios.
Al mismo tiempo, hay que insistir en el condicionante socio-económico que domina el acceso a los canales de pago, circunstancia que sitúa la oferta a un nivel en el que sólo, y en líneas generales, la clase media-alta puede disfrutar de determinados servicios, aunque es bien sabido que la mayoría de los abonados a canales codificados lo son –y ratifican lo dicho líneas arriba– porque valoran “sobre todo la oferta cinematográfica y las transmisiones deportivas. El cine de estreno y el fútbol siguen siendo las estrellas de la programación”..
Por esto, y muchas otras cuestiones cuyo tratamiento excede la aproximación que se hace en esta obra, estamos de acuerdo con Enrique Bustamante en que “el fenómeno televisivo debe ser estudiado desde una dinámica económica. Pero sin olvidar el marco político-cultural que condiciona necesariamente en cada caso esas lógicas de mercado, de costes y beneficios”. Esta idea confirma, inevitablemente, que el negocio audiovisual difícilmente puede ser industria de la cultura, porque son conceptos antagónicos. En el caso televisivo, los rasgos culturales sólo se pueden –o debieran– apreciar en una apuesta pública bien definida.
La televisión pública debe volcarse, definitivamente y teniendo en cuenta el caos que supone la oferta plural que nos envuelve, en una labor de servicio a la sociedad, lo que supone un sostenimiento de dicho servicio público por parte de los presupuestos generales del Estado, lo que obliga a un replanteamiento de los contenidos que hasta ahora han programado condicionados por los imperativos publicitarios y de captación de audiencia.
Lo prioritario del servicio, indiscutiblemente, delimita su actuación en el ámbito informativo, educativo y de entretenimiento; cultural, en términos generales. Sería llegar a la otra audiencia que hay más allá de la “audiencia” que miden los audímetros.
No se puede permitir que siga existiendo lo que Giuseppe Richeri ha denominado “la contaminación entre televisión pública y televisión comercial”, pues como apuntaba Manuel Colomina, esta contaminación “está reduciendo de forma progresiva los márgenes de actuación de los servicios públicos en favor de sus tradicionales objetivos. La representación de la pluralidad política, social, cultural y económica; impulsar una participación consciente y crítica de los ciudadanos en los procesos de transformación y desarrollo de las sociedades; el ser instrumento de expresión de las minorías étnicas y culturales; el ser cauce de manifestación de la unidad y pluralidad cultural de un país y no sólo instrumento de consumo indiferenciado; son objetivos genéricos que impregnan la letra reguladora de los servicios públicos de televisión, pero que cada vez están más alejados de su actividad real” (Colomina, Manuel: “El nuevo paisaje audiovisual en España”, en Las radiotelevisiones en el espacio europeo. Valencia. Ente Público RTVV. 1990, pág. 232. Cfr. Richeri, Giuseppe: La televisión: entre servicio público y negocio. Barcelona. Gustavo Gili. 1983).
Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publiqué en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).
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