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| Historia de la televisión |
| Los años cincuenta |
| La era de los satélites |
| Estrategias financieras |
| El paisaje empresarial |
| Desafíos del futuro |
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El desarrollo de la televisión ha coincidido en el tiempo con otras formas de entretenimiento social que, muy lentamente, se fueron asentando en todos los países a lo largo del siglo XX. Se convierte, indiscutiblemente, en un puente entre el cine y la radio, suponiendo su implantación generalizada un revulsivo socio-económico de gran envergadura, sobre el que centrarán su atención los principales motores del poder político y económico, al considerar el medio como vehículo fundamental para la transmisión de ideas.
En su desarrollo e implantación social, se deben tener en cuenta no sólo los condicionantes tecnológicos que le obligaron a sortear mil y un problemas sino, también, aquellos que surgen de los marcos legales definidos en cada país y los contenidos que se propagan por las ondas que serán, básicamente, los que delimiten claramente el espacio de convergencia entre los intereses comerciales de la cadena y los de sus receptores inmediatos.
La incorporación de este nuevo medio al espacio audiovisual, viene a suponer un empuje en el desarrollo del sector tecnológico. Con la televisión, la distribución de imágenes va originando un nuevo marco en el que las estructuras narrativas se revisan al tiempo que se actualizan cada vez más rápidamente.
Nada tienen que ver aquellas primeras imágenes emitidas por el húngaro Denes von Mihaly en 1919 con las que hoy llegan a través de los canales digitales desde el espacio. Apenas son ochenta años, de los que la mitad forman parte de una larga fase experimental, siendo los restantes los que ven como crece en todas las direcciones un medio básico de entretenimiento para la sociedad de la segunda mitad del siglo XX.
El desarrollo tecnológico de la televisión, indiscutiblemente, va marcando los formatos de su programación y el nivel de calidad “visual” de los mismos, al tiempo que la aplicación imaginativa de una serie de productores permitirá que los contenidos que se ofertan en cada momento a través de las más diversas programaciones faciliten la consolidación de modelos que, originalmente novedosos, pasan a ser redundantes por imitativos.
Es obligado, pues, aunque sea sucintamente, establecer los modelos tecnológicos y los conglomerados comunicativos que van surgiendo a lo largo del tiempo, con el fin de lograr comprender el alcance social de los mismos y, con ello, la repercusión que los modelos narrativos que se ofrecen tienen en la sociedad que los recibe.
Primeras experiencias televisivas
La televisión tuvo una fase experimental muy dilatada, que arranca de unas primeras experiencias del alemán Paul Nipkow en 1860, tras patentar lo que él llamó “telescopio eléctrico”, un sistema mecánico de transmisión de imágenes del que nada se sabrá hasta que el escocés John Lodgie Bird, después de un largo periplo experimental, consiga transmitir una primera imagen el día 2 de octubre de 1925.
A partir de esta fecha, son numerosas las aportaciones que surgen tanto en otros países europeos como en suelo estadounidense. Así, la emisión por cable de una imagen por parte del americano Charles Francis Jenkins, motivó que Baird lograra, el 9 de febrero de 1928, transmitir una imagen desde Londres hasta Nueva York. Sin duda, son estos unos años en los que no hay tiempo para asimilar los progresos tecnológicos que se dan en el campo televisivo, en el que ya intervienen, como era lógico pensar, empresas de renombre en el mundo de la radiodifusión y telefonía como la American Telephone and Telegraph, General Electric, Telefunken, Allgemeine Elecktrizitat Gesellschaft (AEG), Westinghouse Electric, etc.
Al tiempo que se estaba produciendo una profunda transformación en la industria del cine con la incorporación del sonido, a ambos lados del océano Atlántico se estaban realizando las primeras emisiones experimentales.
Al igual que en el campo del cine, en el ámbito televisivo se trabajará con el fin de desarrollar nuevos sistemas de emisión, mejor calidad de imagen, emisiones en color, etc. Así, desde 1928, aunque muy primitivo, se cuenta con un sistema de color, obra de Baird, y que, aunque llegará mucho más tarde, el 27 de agosto de 1940, la CBS realiza una emisión experimental.
Estamos en 1928 y son varias emisoras de televisión las que se afanan en emitir imágenes. Baird consigue en Berlín, el 15 de mayo de 1929, transmitir una imagen perfectamente sincronizada con el sonido. No obstante, quizá por todo lo que la historia nos cuenta, el problema del desarrollo de la televisión no se encontraba, precisamente, en esta parcela, sino más bien en contar con un número suficiente de receptores –televisores– que permitieran superar la fase experimental y adentrarse de lleno en el desarrollo comercial del medio.
Las cadenas radiofónicas NBC y CBS, como una lógica progresión en sus negocios y control de medios, entran en el mundo de la televisión, trasladando con ello a este nuevo campo la rivalidad que ya mostraban en la radio.
En el segundo lustro de los años veinte tiene lugar uno de los momentos más importantes de la radiodifusión estadounidense, cuando la RCA, el 1 de noviembre de 1926, decide poner en marcha la National Broadcasting Company (NBC) y al año siguiente otra cadena –la cadena azul– (precisamente en 1943, tiene que ser vendida y pasará a denominarse American Broadcasting Company, ABC). En 1927 también aparece la Columbia Broadcasting System (CBS).
Así la NBC desde 1928, y a través de alguna de sus emisoras situadas en Nueva York realiza unas emisiones experimentales. Por su parte, la CBS esperará hasta 1931 para organizar la que será la primera emisión de una programación experimental regular, aunque la falta de recursos le obligará a dejar pasar unos años. Lo significativo es que todos querían ser los primeros en dar el gran paso, sobre todo después de haber comprobado la repercusión que en el campo del cine había tenido la aventura de la Warner Bros en el cine “sonoro”.
Al igual que la industria del cine está indecisa con el sistema a adoptar –el estándar que les permita unificar criterios–, la televisión se centra, de momento, en el sistema mecánico Nipkow-Baird. Pero no se deben olvidar los progresos, aunque lentos, del ruso Vladimir Kosma Zworykin, quien desde 1923 ya venía trabajando en Estados Unidos en la mejora de su iconoscopio, base de la televisión electrónica, que será la que en los primeros años treinta arrincone definitivamente al sistema mecánico de Baird.
El iconoscopio sirvió de fundamento a la cámara que años después fabricará la Electrical and Musical Industries (EMI) londinense, bajo el nombre de Emitrón. No se debe olvidar que durante varios años, Baird fue el referente exclusivo de la televisión en todo el mundo, pues ofrecía continuamente nuevas muestras de sus progresos, lo que hacía creer en el futuro de su sistema de transmisión.
En 1934 ya nos encontramos con los primeros pasos en firme de la televisión, que se va a consolidar todavía más con la retransmisión en directo que se hace de las Olimpiadas celebradas en la primera quincena de agosto de 1936 en Berlín. Así Alemania y Gran Bretaña se adelantan a Estados Unidos en el establecimiento de los primeros servicios regulares de televisión: el 22 de marzo de 1935 (en el Centro Paul Nipkow de Berlín) y el 2 de noviembre de 1936 (los servicios de la BBC en Londres). Se está hablando de la convivencia entre los dos sistemas: el mecánico –alemán– y el electrónico –británico–, tanto en un país como en el otro. Por eso, se toma el 1 de agosto de 1936 como la fecha en la que se utiliza la alta definición en la transmisión de imágenes.
En Gran Bretaña conviven durante un tiempo el sistema mecánico de Baird (de 240 líneas) y el sistema electrónico desarrollado por EMI–Marconi (de 405 líneas y 50 ips), de nominado de “alta definición”, frente a la baja calidad del sistema mecánico. Se implanta definitivamente en la BBC el 2 de febrero de 1937 y en Alemania el 15 de julio de 1937.
Las Olimpiadas de Berlín suponen un gran acontecimiento para la historia de la televisión, pues se utilizan 27 cámaras, algunas con teleobjetivos, y una unidad móvil.
Al margen de su trágica circunstancia sociopolítica, el momento por el que pasa Alemania permite que se desarrolle a nivel nacional la televisión y se hiciera, con gran visión de futuro, por cable.
Este soporte permitió la supervivencia de las emisiones durante la Segunda Guerra Mundial, dado que los bombardeos apenas hicieron mella en la infraestructura comunicativa. Las primeras emisiones de televisión en el país fueron vistas de una manera colectiva, dado que la comercialización de receptores fue muy lenta durante muchos años, dejando de ser prioritaria durante el conflicto. En este sentido, los británicos tendieron desde el primer momento a disponer de un receptor individual.
Los Fernsehstube fueron ubicados en salas con relativa capacidad, que iría ampliándose en función de las pantallas receptoras. Así en 1935 apenas alcanzaban los 18 x 25 cm., mientras que en 1942 ya se disponía de superficies de 3 x 4 metros.
En los primeros años cuarenta son ya varios los países que emiten regularmente imágenes por televisión: Francia lo hace en el segundo lustro de los años treinta (Mayo de 1937); Rusia en los primeros meses de 1938; Estados Unidos entre abril de 1939 y el 1 de julio de 1941, cuando el Federal Comité of Communications (FCC) fija la norma de 525 líneas y 30 imágenes por segundo; Japón pone en marcha la NHK en abril de 1940. Pero hablamos de un momento en el que se está definiendo la “identidad” televisiva: su espacio –cobertura–, su receptor –equipos, costes y audiencias–, su calidad –normas de emisión–, su programación y contenidos y el carácter de sus emisiones –directo, en exteriores o en estudio–, aspectos que se irán complementando con el tiempo y adaptando a otras realidades sociales, económicas y tecnológicas del medio.
No obstante, la Segunda Guerra Mundial obligará a la televisión a pasar por una situación de supervivencia, sin grandes sobresaltos, que le supondrá mantenerse simplemente a la espera de nuevos acontecimientos. Solamente los alemanes aprovechan su expansión territorial para ampliar sus conexiones y emitir, por ejemplo en París, durante el tiempo de ocupación una programación bastante amplia. En el resto de los países las complicaciones eran más numerosas que los resultados que se obtenían de las pruebas, dado que eran muy escasos, todavía, los receptores.
Lo que es un hecho es que, a partir de 1945, “la televisión se convertirá en Europa en una empresa estatal consagrando la actuación iniciada por los gobiernos en los primeros tiempos de la radio. Es el momento en el que nace el término radio-televisión (…) como resultado de una acción estrictamente administrativa que, al desconocer –por lógicas razones temporales– la naturaleza de cada uno de ellos, los unió en un mismo sistema.
Entre 1945 y 1952 transcurren, pues, siete años de tanteos exploratorios, de aprendizaje técnico y se inicia tímidamente la expansión definitiva de la TV. Es también un momento social y económicamente difícil. La televisión es una buena terapéutica ocupacional para gobernantes y gobernados, para vencedores y vencidos” (Faus Belau, A.: La era audiovisual. Historia de los primeros cien años de la radio y la televisión. Navarra. Eiunsa. 1995, págs. 195-196).
Belau señala que en París había 1.000 receptores durante la ocupación y que en Estados Unidos apenas se contabilizaban 8.000 durante la guerra.
Es más, cuando se van superando los años de la inmediata postguerra, se aprecia una decidida voluntad en todos los países por ir consolidando unas mínimas instalaciones que permitan disponer de un servicio de televisión. Francia, Gran Bretaña, Dinamarca, Italia, etc. comienzan a emitir unos primeros programas al tiempo que en Estados Unidos crece el número de emisoras y, con cierta rapidez, el de receptores, mientras que otros países como México, Brasil y Argentina inician sus emisiones en los primeros años cincuenta.
Si bien, en su deseo de expansión, la televisión tropieza con una serie de problemas –siempre a resolver en cada país–, las iniciativas europeas contrastan inevitablemente con las americanas, pues los estadounidenses en apenas unos años (1948-1954) pasan de tener 29 emisoras y un millón de televisores a las 408 emisoras y 33 millones de receptores. En Europa se contabilizan poco más de 1.200.000 aparatos, la mayoría –el 99 por ciento– situados en Gran Bretaña.
A lo largo de doce años, entre 1950 y 1962, la televisión comienza a ser un medio de comunicación activo en sesenta países. La mayoría de ellos dispone de emisiones regulares. Este impulso sitúa a la televisión como un medio de indiscutible presencia social, con un parque de receptores en continuo crecimiento. Como veremos, los profesionales que protagonizan ese esplendor catódico forman parte de la leyenda televisiva.
Los años cincuenta
En la década de los cincuenta, cuando aún no existe la globalización audiovisual, las televisiones son entes nacionales, dada la independencia que existe entre todas ellas. En este sentido, también se debe tener en cuenta que las iniciativas nacionales necesitarán de varios años para alcanzar una cobertura claramente “nacional”.
Casi siempre se parte de una o dos ciudades importantes y se va extendiendo la red por todo el país. Para esto se necesitan medios tecnológicos y recursos económicos y, en función de ellos, se alcanzará más o menos rápidamente esa cobertura deseada. Si la empresa decide ampliar su oferta con otro canal tendrá que iniciar de nuevo la dotación de equipamiento y, así, hasta que la infraestructura quede lo suficientemente completa para poder hacer frente a los retos de una o varias programaciones.
Estas son las propuestas surgidas en el seno de las televisiones monopolísticas europeas, que no impidieron la aparición de algunas propuestas alternativas –los programas de contraste – como oferta más abierta para un telespectador que demandaba contenidos diferentes y disponer de la capacidad de poder “elegir”.
Las primeras alternativas permitidas fueron la ITV (en 1954 denominada Independent Television Authority) en Inglaterra –años cincuenta– y la ZDF en Alemania –años sesenta–, década en la que se crean otros segundos canales.
A través de estas cadenas se desarrolla una intensa actividad pedagógica y cultural que se convierte en una de las oleadas más recordadas de la televisión de los sesenta, floreciendo por doquier propuestas de televisión escolar/educativa cimentadas en teorías de formación cultural.
Hay que señalar que en la inmediata postguerra también se avanza en la mejora de los equipos: cámaras y extensión de la red –repetidores, cables– con el fin de que las emisiones lleguen a una mayor audiencia y lo más rápidamente posible. Son años en que se trabaja para acercarse al máximo a la “actualidad” de la imagen y colaborar en un intercambio de información entre todos los países. En Europa, tras unas primeras conexiones bilaterales y multilaterales, se acuerda en 1962 crear Eurovisión como servicio de noticias.
En la mejora de la calidad de la imagen obtenida, va a ser determinante la investigación sobre el tubo que facilita su exploración. Véase Orthicon, Vidicon y Plumbicon (Para todos los datos tecnológicos, véase Spottiswoode, Raymond: Enciclopedia focal de las técnicas de cine y televisión. Barcelona. Ediciones Omega. 1976).
El inicio oficial se considera que fue la emisión de las “Cuatro Semanas Europeas de Televisión”, celebradas entre julio y agosto de 1954 con la participación de 8 países (Faus Belau, A.: op. cit, pág. 251).
a ruptura de fronteras anuncia un nuevo marco de actuación en el mundo de la televisión. Europa estaba “unida” por ese intercambio de imágenes –lo supranacional se imponía a lo nacional– y sólo faltaba establecer una “conexión” con el continente americano, cosa que se haría definitivamente con el lanzamiento del satélite de comunicaciones Telstar I, el 10 de julio de 1962.
El primer paso se daría con el lanzamiento del Atlas (18-12-58). Después otros satélites intentarán mejorar la oferta de servicios de radio y televisión, y así hasta llegar a los años noventa.
No obstante estos progresos, estamos hablando de una televisión en “directo”. Por eso, uno de los principales retos que tenían en estos años las empresas de televisión era la conservación de esas imágenes y la posibilidad de reutilizarlas –y reproducirlas– en otro momento.
Los primeros pasos tienen una base cinematográfica y los sistemas fueron denominados Telerecording o Kinescopio, presentado en público por la BBC en 1952, y el Electronicam, surgido a mediados de los años cincuenta en Estados Unidos. Aquí ya se habla de filmación de programas y su posibilidad de intercambio, pues se trataba en ambos casos de soporte cinematográfico.
El paso decisivo llegará de la mano del Videotape Recorder (VTR), más conocido como magnetoscopio, presentado por la empresa Ampex Corporation en 1956. En apenas cuatro años, las cadenas de televisión consolidarán este aparato como soporte básico en la producción de programas, en claro detrimento del directo y equilibrado con la filmación de serie y otros programas.
La aparición del magnetoscopio llega en un momento determinante para el sector audiovisual, pues el mundo del cine vive convulsionado por el protagonismo social que tiene la televisión. Así asistimos a una profunda reestructuración tanto de los estudios de televisión como de los cinematográficos y a las primeras alianzas entre ambas industrias provenientes, básicamente, del intercambio de profesionales –directores, actores y técnicos–, obras –versiones cinematográficas de éxitos televisivos– y creatividad –el cine independiente estadounidense es el que introducirá un nuevo estilo de narración en el cine de Hollywood–. También asistimos a la consolidación de las grandes cadenas de televisión estadounidenses y al firme desarrollo de los monopolios europeos.
El jefe de gobierno británico Harold Macmillan, en su primer intervención ante las cámaras en enero de 1975, calificó al estudio de la BBC como “cámara de tortura del siglo XX” y las cámaras le parecieron “monstruosas máquinas” (Cockerell, Michael: La televisión inglesa y los primeros ministros. Barcelona. Planeta. 1988).
La televisión, como ven, ya era un fenómeno social: era un medio de comunicación masivo de gran alcance y repercusión. Los años sesenta van a estar dominados por la consolidación de una red de “satélites de comunicación, las agencias informativas audiovisuales, las productoras de programas para televisión y el color”. Estados Unidos, Europa y Rusia llevarán adelante sus propios proyectos, integrados en organismos internacionales. Se fijan las normas de color en varios países y el magnetoscopio comienza a ser más utilizado en Europa, además de convertirse en pieza clave para el desarrollo creativo a través del vídeo, gracias a las unidades portátiles que se comercializan en los años sesenta.
El sistema estadounidense National Television System Committee (NTSC), es aceptado en diciembre de 1953 por el FCC, como resultado de las investigaciones de varias importantes empresas y cadenas de la época. El sistema francés Séquentiel Couleur à Mémoire (SECAM) fue inventado por Henri de France, investigador de la Campagnie Française de Télevision, en 1958 y se desarrolla a partir de 1961. El sistema alemán Phase Altenation Line (PAL) es presentado por Walter Bruch, investigador de la Telefunken en 1963.
Las investigaciones precedentes en materia del color parten de los trabajos de Otto von Bronk (1902), August Karolus (1924), J. L. Baird (1928), Hans Pressler (1937) y Peter Goldmark (1939), entre otros.
Según Pérez Ornia,“se convierte en privilegiado soporte y encrucijada de prácticas artísticas e informativas, en el más abierto territorio interdisciplinar que existe entre las artes y las tecnologías de la comunicación. Sus manifestaciones, sus géneros, sus vinculaciones y afinidades, sus campos de investigación y actuación, sus formas de representación, van desde la escultura y la instalación hasta la danza, el teatro, la performance y el happening; desde la música hasta el videoclip; desde la pintura hasta la literatura y demás imágenes y artes de la palabra hablada y escrita; desde la televisión y el cine hasta la infografía”.
En los años setenta –tras la transmisión en directo de la llegada del hombre a la Luna, el 21 de julio de 1969– aumenta el número de países con emisoras de televisión, y este despliegue empresarial y comunicativo comienza a generar problemas a la hora de ocupar el espectro radioeléctrico, obligando a la ampliación de soportes para dar cobertura a los cada vez más amplios servicios. Es así como se desarrolla el cable, regulándose en Estados Unidos a partir de 1972, después de que se iniciaran las emisiones por este conducto en la ciudad de Nueva York.
Las instalaciones de cable ya existían en los años cincuenta, pero era una prolongación de las emisiones convencionales. Todavía no se contemplaba como servicio independiente para otras señales.
Es la época en que la programación se fragmenta en función de la demanda, generando una producción diversificada sobre costes menos onerosos. Es tan fuerte su implantación que, según señala Pérez Ornia, en apenas una década, el cable cubre ya el 30% del mercado televisivo. A través del cable los servicios se multiplican al tiempo que el usuario comienza a “integrarse” en la estructura audiovisual como pilar de “sostenimiento” de las más diversas propuestas comunicativas. El usuario es un “abonado” que tiene la posibilidad de acceder a un paquete básico de canales (por el que ya tiene que hacer un desembolso) y optar, si así lo desea, a otros previo pago por abono (pago por programa especial elegido o canales premium).
La televisión y el vídeo de creación van a tener un desarrollo complementario en tanto el segundo se convierte en una proyección artística del primero, utilizando y reutilizando sus contenidos y creando otros específicos de la narración electrónica. No obstante, un hecho especialmente relevante es el que permite a videocreadores realizar sus proyectos financiados por empresas de televisión y que, más que concebirse para ser mostrados en una exposición o museo, serán realizados para emitirse a través de una cadena o cadenas. En este sentido, basta con tomar como ejemplo el trabajo del pionero Nam June Paik (Global Groove, 1973; Wrop Around the World, 1988). No faltará, como necesidad, la propuesta crítica del también pionero Wolf Vostell, en cuyos trabajos disecciona el medio televisivo.
La era de los satélites
A mediados de los años setenta (entre 1973-1976 aproximadamente) se desarrollan los satélites domésticos que provocan la aparición de las antenas parabólicas colectivas –inicialmente de grandes dimensiones– Inmediatamente después, en 1983–84, llega la televisión directa por satélite (Direct Broadcasting System; DBS), que se desarrolla simultáneamente en Estados Unidos y Japón, y que permite que la señal llegue directamente a la parabólica que tiene el usuario –ya de menor tamaño– sin pasar por un distribuidor de señal. En Europa también se producen cambios en el sector al introducirse estos nuevos modelos que, en gran medida vienen a romper con el monopolio estatal existente.
Surgen normativas diversas. Una puede ser la legalización en Italia de las televisiones locales (por cable en 1974; por vía hertziana en 1976), otra la Ley francesa de julio de 1982, a partir de la cual surgen las televisiones privadas (Canal + Francia en 1984) al tiempo que se privatizan algunos canales estatales.
A decir verdad, llegan para poner un poco de orden en lo que se denomina, desde 1982, la “Televisión sin fronteras”, marco sobre el que se diseñará el nuevo paisaje televisual en el que surgirán multitud de iniciativas al tiempo que también se verá como otros proyectos desaparecen, pues hasta las apuestas empresariales más atrevidas no pueden ocultar las impredecibles fluctuaciones en la orografía comercial y tecnológica.
En el primer lustro de los ochenta, algunos empresarios privados emiten sus programas vía satélite en Europa (Sky Channel, Music Box, etc.), al tiempo que otros países, como Francia, dan pasos decisivos para el desarrollo de una red que integre distintos servicios de telecomunicaciones; en este sentido, se avanza hacia la red digital de servicios integrados (RDSI).
Aparecen en Europa, con gran fuerza, las cadenas de pago. Ted Turner pone en marcha la CNN –una cadena de noticias por cable y satélite que revolucionará el mundo de la información por televisión–, se multiplican las televisiones privadas, se desarrollan los servicios de teletexto, etc., y se consolidan los grandes grupos multimedia.
Como señala Enrique Bustamante, “la televisión no ha esperado ciertamente a la digitalización para transformarse profundamente. La llegada y el crecimiento de la televisión de pago en sus diversas modalidades han implicado los más profundos cambios habidos en el medio desde su conformación como sector financiado por la publicidad. Una evolución que comienza en la segunda mitad de los años setenta en Estados Unidos, en los primeros ochenta en Europa, y que está relacionada sólo muy relativamente con la innovación tecnológica, ya que se desarrolla sobre tecnologías conocidas y aplicadas desde mucho antes, como la codificación de las ondas o la articulación entre el satélite y el cable. Es el cambio económico–financiero de esta televisión el que supone una transformación radical en el medio y el que arrastra un impacto general en el sector audiovisual, al generar la economía de lo que podemos llamar en términos generales ‘videoservicios’:
Primero: Cambios profundos en la relación oferta–demanda: una televisión orientada al consumidor que rompe la dinámica anterior de oferta y su preferencia sistemática por la lógica publicitaria. Lo que significa el fin de la maximización de la audiencia en el tiempo y de la necesidad de fidelización permanente de la televisión publicitaria.
Segundo: Cambios en la estructura financiera: acortando el prolongado ciclo financiero de la televisión convencional, incrementando su rentabilidad, permitiendo una mejor remuneración de la producción y, en consecuencia, posibilitando una industria audiovisual más estable.
Tercero: Cambios notables en el consumo: Con rehabilitación del espectador como cliente, en paralelo a un debilitamiento o desaparición de la función coactiva de la programación televisiva y, por tanto, con una mayor posibilidad de elección y de especialización del consumo.”
Estrategias financieras
En este sentido, desde mediados de los años ochenta más que hablar de avances tecnológicos –que los hay–, tenemos que hablar del crecimiento del sector, de la concentración de medios, de la globalización del mundo audiovisual como un único mercado. Y no me refiero sólo al europeo, sobre el que las directivas elaboradas por la Comunidad “exige [el mercado único] homogeneizar los modelos, los criterios y las estructuras de las diferentes televisiones, sobre todo de las grandes cadenas públicas que nacieron en otro momento histórico y con otros fines. El reto está precisamente en conjugar esa libre circulación de personas, mercancías, capitales y servicios televisivos, con la defensa de los propios espacios culturales y políticos. Pasar, en definitiva, de la mera agregación o suma de cadenas a un sistema cohesionado en torno a una identidad europea reconocible, en la que también subsistan las televisiones locales y las televisiones de la Europa de las regiones. Sólo así podrá resolverse la crisis de producción audiovisual europea, especialmente en los géneros de ficción” (Pérez Ornia, J.R., ed.: op. cit, pág. 9-10).
Hablamos de estrategias, de alianzas y, como no, de interminables fusiones y absorciones que, en este momento se unen a los que se están proyectando en el ámbito informático y en la red de redes Internet.
Si en su momento sorprendió la compra de la United Artists por Kirk Kerkorian por más de 380 millones de dólares (1981) o la Columbia por Coca–Cola en 700 millones de dólares (1982), y que años más tarde Disney comprara Capital Cities/ABC por 19.000 millones de dólares (2,8 billones de pesetas) o que Westinghouse compre la cadena de televisión CBS por 5.400 millones de dólares (650.000 millones de pesetas) (1995), etc... pasados los años ya no sorprende ver como en 1998 America Online compra Netscape por 4.000 millones de dólares (600.000 millones de pesetas), que en 1999 Yahoo compre Broadcast.com –empresa dedicada a la transmisión de video por red– en 5.700 millones de dólares (unos 870.000 millones de pesetas) o que American Online adquiera el grupo Time-Warner-Turner en enero del año 2000 por 30 billones de pesetas.
lo largo del periodo 1985-1999, la televisión, como medio de comunicación masivo, viene perfilando un cambio que delimita sustancialmente el “ámbito masivo” al que se dirige por otro más fragmentado e individualizado. Y es éste el que, desde argumentos más económicos y políticos que sociales, lentamente va imponiendo unas pautas de conducta que, lamentablemente, dan protagonismo a un ente absurdo y manipulador que se denomina “audiencia”.
Aunque insistiré en la fragmentación y los criterios económicos, es oportuno recoger las palabras de Pérez Ornia en las que señala que “[la televisión] es la principal instancia cultural de las masas, por más que en la televisión de esta década [años noventa] las audiencias masivas están muy fragmentadas (…) La penetración de la televisión y las audiencias que convocan a diario las principales cadenas en los horarios de ‘prime time’ no admiten comparación con los índices de lectura o de asistencia a espectáculos y actos culturales. La televisión es una parte importante de la cultura de nuestro tiempo”.
Desde un ámbito marcadamente empresarial, el magnate Rupert Murdoch señalaba, en el marco de la última Conferencia Audiovisual Europea (de 1998), que “la próxima generación se asombrará ante nuestra obsesión por la muerte del pluralismo y la diversidad, cuando lo cierto es que son endémicos en este nuestro mundo feliz de los medios de comunicación”.
También remarcó que “si existe una concentración excesiva no es en el sector privado, sino en los medios públicos”, para, finalmente, comentar los principios de su filosofía empresarial: “Cambio y progreso, y no proteccionismo a través de la legislación y el clientelismo político; libre flujo de recursos a través de las fronteras, y no protección de los monopolios locales; competencia vigorosa, y no distorsión del mercado; atreverse y hacer las cosas uno mismo, y no ir a la zaga de los demás. (…)
Una de las verdades fundamentales es que la gente, en todo el mundo, prefiere los programas de televisión locales, que reflejen sus valores morales y sociales. La localización es la táctica más importante en el éxito de las operaciones de nuestra compañía en todo el mundo” (“El Mundo”. 7-4-98).
El paisaje empresarial
No obstante, lo que sí parece un hecho, es la redefinición del paisaje empresarial televisivo. El periodista y analista Robert J. Samuelson, y avanzando algunas ideas sobre el futuro inmediato de la televisión, apuntaba que “las principales cadenas de televisión en Estados Unidos, tal y como las conocemos, están muertas. No hay que preocuparse de que la ABC, la CBS y NBC vayan a desaparecer. Pero su papel crucial en la vida estadounidense se ha terminado. Desde los primeros años de la televisión, han dominado desde muy alto los informativos, el espectáculo y los deportes. Han diezmado las filas de los periódicos, han decidido lo que veíamos y de lo que hablábamos y –según sus más feroces críticos– convertido en papilla la mentalidad de millones de estadounidenses. Y todo eso se acabó” (Samuelson, R. J.: “La muerte de las grandes cadenas”. “El Mundo”. 17-1-1999).
El mundo audiovisual ha ampliado notablemente su espacio, y las nuevas demandas de productos y servicios lleva a una compleja vinculación entre sectores que hasta la fecha caminaban por separado. Si estamos inmersos en la sociedad del consumo más agresivo, la propuesta audiovisual nos habla de sobresaturación, de abundancia en exceso que nos lleva a contemplar, con cierta preocupación, los avances que se han dado en el campo tecnológico, pues el ser humano ha perdido su intimidad, su capacidad de razonamiento, y vive dominado por el gusto generalizado y acultural que impregna en buena medida a la sociedad moderna. Entramos, de esta manera, en los hábitos de consumo, en lo que se desea y aquello que realmente se necesita. Y todo ello viene influenciado por las directrices seguidas en los contenidos programáticos de la televisión.
Señala Samuelson que “en 1979, alrededor del 57% de los hogares de televidentes contemplaba ABC, CBS o NBC en las horas de mayor audiencia (de 8 a 11 de la noche), según Nielsen Media Research. Ello significaba casi toda la audiencia de la televisión. En 1998, las tres cadenas más antiguas capturaban sólo el 25% de los hogares televidente en las horas punta. Incorporemos las cadenas de emisión más nuevas (Fox, UPN, WB y PAX) y la cifra alcanza al 32%. Como la audiencia de televisión ha permanecido aproximadamente estable, el resto de la audiencia se ha pasado a la televisión por cable o por satélite”.
Pero en este sentido, podemos y debemos plantearnos una serie de cuestiones que tiene que ver con el desarrollo tecnológico y el acceso del ciudadano –cliente, consumidor, etc.– a los contenidos que ofertan los diversos canales.
El universo de la empresa de comunicación está, sin duda, abocado a seguir la estela de ese desarrollo tecnológico que las multinacionales de la electrónica ofertan continuamente y, siempre, con el pretexto de que la inversiones que realizan en su infraestructura permitirán mejorar el nivel de calidad de su oferta programática.
La tecnología, todo hay que decirlo, ayuda a mejorar las fases de realización y edición de un producto, mientras que los diversos contenidos emitidos son los que, finalmente, más valoran los receptores de los mismos. A finales del siglo XX, el telespectador no se siente muy atraído por el debate analógico-digital; más bien, a una inmensa mayoría ni le interesa.
Por otro lado, se hace necesario matizar las afirmaciones sobre el desarrollo de la televisión abierta y la de pago; la televisión convencional y la oferta plural de servicios que se hace a través de las plataformas televisivas, la televisión generalista y de ámbito local.
Vale la pena analizar los interesantes resultados del estudio editado por Miquel Moragas Spà, Carmelo Garitaonandía y Bernat López con el título Televisión de proximidad en Europa. Experiencias de descentralización en la era digital (Zaragoza. Universitat Autònoma de Barcelona, Universitat Jaume I, Universitat Pompeu Fabra, Universitat de València. 1999), en el que se dice, entre otras cosas, que “a diferencia de lo que ocurrió durante las primeras épocas de la implantación de la televisión, el panorama de la televisión local y regional en Europa está muy lejos de presentarse homogéneo o uniforme. Al contrario, lo que se observa hoy es una multiplicidad de formas y de modelos que tratan de adaptarse y de responder a la gran diversidad (cultural, lingüística, política, demográfica, geográfica) existente a escala regional y local. La’ televisión de proximidad’ es, por su propia naturaleza, la de la diversidad”.
Desafíos del futuro
La televisión de finales del siglo XX y de comienzos del XXI no ha tenido tiempo suficiente para desarrollar sus modelos comunicativos –sobre todo el que apunta hacia un mercado especializado, selectivo– y por eso se va a perder en una serie de iniciativas empresariales que, definitivamente, no van a tener futuro. Sobre todo cuando el grado de “interactividad” que dicen buscar y proponer no alcanza los niveles mínimos de aceptación por parte del posible receptor. El motivo es evidente: esta propuesta están mucho más desarrollada en Internet, y ése va a ser el escenario en el cual prospere.
Un estudio dado a conocer por la Universidad de Stanford, en California, en los primeros meses del año 2000, apunta que “Internet puede convertirse en la última tecnología aislacionista, que reduce la participación en la sociedad más de la que antes hizo la televisión” (“El País”, 17-2-2000).
Igualmente, si analizamos los contenidos que ofrecen la televisión privada y pública, en abierto o de pago, no creemos que resulten altamente atractivos, porque se ha producido un fenómeno de mimesis por el que una cadena se mira en la otra y ésta es seguida por las demás, produciendo un círculo vicioso que sólo puede generar rechazo por parte del telespectador. Así mismo porque, y por ejemplo, la dominante en la parrilla de programación continúa siendo el cine, y la diferencia entre ver una película por una cadena convencional o por una de pago está, únicamente, en los cortes publicitarios.
Al mismo tiempo, hay que insistir en el condicionante socio-económico que domina el acceso a los canales de pago, circunstancia que sitúa la oferta a un nivel en el que sólo, y en líneas generales, la clase media-alta puede disfrutar de determinados servicios, aunque es bien sabido que la mayoría de los abonados a canales codificados lo son –y ratifican lo dicho líneas arriba– porque valoran “sobre todo la oferta cinematográfica y las transmisiones deportivas. El cine de estreno y el fútbol siguen siendo las estrellas de la programación”..
Por esto, y muchas otras cuestiones cuyo tratamiento excede la aproximación que se hace en esta obra, estamos de acuerdo con Enrique Bustamante en que “el fenómeno televisivo debe ser estudiado desde una dinámica económica. Pero sin olvidar el marco político-cultural que condiciona necesariamente en cada caso esas lógicas de mercado, de costes y beneficios”. Esta idea confirma, inevitablemente, que el negocio audiovisual difícilmente puede ser industria de la cultura, porque son conceptos antagónicos. En el caso televisivo, los rasgos culturales sólo se pueden –o debieran– apreciar en una apuesta pública bien definida.
La televisión pública debe volcarse, definitivamente y teniendo en cuenta el caos que supone la oferta plural que nos envuelve, en una labor de servicio a la sociedad, lo que supone un sostenimiento de dicho servicio público por parte de los presupuestos generales del Estado, lo que obliga a un replanteamiento de los contenidos que hasta ahora han programado condicionados por los imperativos publicitarios y de captación de audiencia.
Lo prioritario del servicio, indiscutiblemente, delimita su actuación en el ámbito informativo, educativo y de entretenimiento; cultural, en términos generales. Sería llegar a la otra audiencia que hay más allá de la “audiencia” que miden los audímetros.
No se puede permitir que siga existiendo lo que Giuseppe Richeri ha denominado “la contaminación entre televisión pública y televisión comercial”, pues como apuntaba Manuel Colomina, esta contaminación “está reduciendo de forma progresiva los márgenes de actuación de los servicios públicos en favor de sus tradicionales objetivos. La representación de la pluralidad política, social, cultural y económica; impulsar una participación consciente y crítica de los ciudadanos en los procesos de transformación y desarrollo de las sociedades; el ser instrumento de expresión de las minorías étnicas y culturales; el ser cauce de manifestación de la unidad y pluralidad cultural de un país y no sólo instrumento de consumo indiferenciado; son objetivos genéricos que impregnan la letra reguladora de los servicios públicos de televisión, pero que cada vez están más alejados de su actividad real” (Colomina, Manuel: “El nuevo paisaje audiovisual en España”, en Las radiotelevisiones en el espacio europeo. Valencia. Ente Público RTVV. 1990, pág. 232. Cfr. Richeri, Giuseppe: La televisión: entre servicio público y negocio. Barcelona. Gustavo Gili. 1983).
Esta es una versión expandida de varios estudios anteriores. En particular, incluye citas de varios artículos que escribí entre 1996 y 2001 para la Enciclopedia Universal Multimedia, de Micronet. Asimismo, contiene algunas reflexiones y referencias que publiqué en los libros Perspectivas de la comunicación audiovisual (2000) y La cultura de la imagen (2006).
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