Nada, ni siquiera una mala película o una mala representación teatral parecía despertar tanta irritación en el ánimo de Paul Newman como el formato televisivo.
El planteamiento específicamente comercial de las producciones, su contenido ideológico y su dudoso espíritu artístico son elementos que hacen de la televisión, según el actor de Cleveland, un medio bueno para casi nada.
No obstante, los trabajos televisivos menudean en la primera etapa de la carrera de Newman, si bien, como se verá, se trata en varios casos de teatro televisado.
Fue en 1952 cuando intervino en The Aldrich family, programa al que siguió una versión televisiva del musical Our town, en el que compartió créditos con Frank Sinatra y Eva Marie Saint.
Estos primeros intentos sirvieron al actor para comprender algunos extremos de la ingeniosa malevolencia de los críticos televisivos.
El episodio The battler era una adaptación de un relato de Ernest Hemingway en el que daba cuenta del deterioro de un campeón a lo largo de tres décadas.
En el espacio "Kaiser's Aluminium Hour's" interpretó el drama The army game, y en el programa "U.S. Steel Hour's", la obra teatral Bang the drum slowly, en la que encarnaba a un jugador de béisbol.
También en este último espacio intervendría más adelante en Five fathers of Pepi, en el papel de un joven huérfano que es cuidado por cinco comerciantes italianos.
Acompañado por Joanne Woodward y Darryl Hickman trabajó en The eighty yard run, una dramatización televisiva escrita por David Shaw a partir del argumento de su hermano, el cineasta Irwin Shaw.
En aquel tiempo, los años 50, la actividad televisiva era tan intensa que llegó a poner en jaque algunas posiciones de las productoras cinematográficas, que se vieron obligadas a revalidar con espectacularidad su categoría frente a la pequeña pantalla.
Newman observa: A pesar de sus riesgos, los programas televisivos resultaban vibrantes y excitantes en aquellos tiempos, porque tenían vida.
Hombres como Tad Mosel, Paddy Chayefsky y Max Shulman escribían para la televisión e hicieron de aquél un período creativo.
Esa época gloriosa de la televisión desapareció y nada ha podido reemplazarla.
Por poco que valga el resultado actual del medio, siempre restará el consuelo de saber que hay modos alternativos de utilizarlo.
Todavía este sencillo pensamiento le debe asaltar a Newman cuando se cuestiona su prolongada colaboración con las productoras de televisión.
Su matizada voz hizo de él un adecuado narrador para títulos como Bridge to the barrios (1963) o aquel documental de los servicios informativos de la NBC titulado From here to the seventies (1969).
Pero el más comprometido de sus trabajos para la pequeña pantalla es The shadow box (1980).
Se debe resaltar este film televisivo por la cuidada labor de Newman como director y por la magnífica actuación de Joanne Woodward y Christopher Plummeren los papeles principales.
Una carrera artística, cuando es sólida, raramente resulta brusca en su desarrollo, y The shadow box es una prueba de ello, si se juzga por la madurez artística que en ella vieron los críticos televisivos.
Por otra parte, hay que apuntar que el desafecto de Newman hacia las seiscientas veintiséis líneas no es compartido por su esposa, protagonista en este período de numerosos episodios televisivos de calidad, entre los que destacan See how she runs (1978), A Christmas to remember (1978), The streets of L.A. (1979) y Crisis at Central High (1981).
Cuando Newman ha pretendido producir en el ámbito de los estudios de televisión, ha sido con la pretensión de aprovechar la resonancia del medio para realizar una labor humanitaria.
Tal fue el caso del proyecto de teleserie One step ahead, cuyos guiones escribió Van Helmond en 1982 a partir de casos reales de violencia juvenil, sacados de los archivos policiales estadounidenses.
Los veinticuatro capítulos de la teleserie se presentaban como un aldabonazo en la conciencia nacional, dormida, según Newman, ante problemas tan graves como la drogodependencia y la delincuencia juvenil.
En otro orden de cosas, la publicidad televisiva tampoco le es ajena al actor, que se acercó al género en Japón... y en España.
Porque fue en nuestro país donde se organizó el rodaje de un anuncio publicitario sobre un popular cava, protagonizado por Newman, esta vez maduro y sonriente.
El espacio en cuestión, de aire navideño, se filmó en la ciudad de Kansas desde el 23 hasta el 29 de octubre de 1989.
La agencia Tandem BBD Needham se encargó de organizar un rodaje que hubo de realizarse en los tiempos muertos de otro de mayor calado, el de Esperando a Mr.
Bridge.
Impecablemente vestido, Newman alzaba su copa de espumoso para decir, en un irregular castellano: Usted y yo hemos hecho muchas cosas juntos. Hemos luchado contra los indios, hemos asaltado trenes en marcha y hasta hemos dado el gran golpe.
Pero hay una cosa que todavía no habíamos hecho: brindar.
El encargado de la realización del anuncio fue Anastasio Ríos, secundado por el operador Robert Richardson, conocido por su trabajo en Platoon (1986).
Una parte importante del presupuesto fue a parar a las cuentas de las entidades benéficas que Newman apadrina.
De este modo, hasta en la aparente frivolidad del universo publicitario se adivina que las proporciones de Newman como actor comienzan a verse solapadas por las del Newman humanitario, benefactor de aquellos jóvenes menos favorecidos por la fortuna.
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