Vampiro: la mascarada. Creación y trasfondo de personajes
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- Category: Tendencias
- Creado en 02 Septiembre 2011
- Published: 02 Septiembre 2011
- Escrito por Carmen Jiménez Díaz

Blop…
Blop…
Blop…
El sonido de las gotas cayendo suavemente sobre el suelo hizo que su mente regresara lentamente de entre las brumas. Luchó por abrir los párpados pero se encontraba demasiado débil para lograrlo. Un suave olor a hierro rozó su nariz, tenía el cuerpo helado y entumecido. El escozor de su muñeca hizo que intentara llevar la mano hacia su cara, pero apenas podía moverla por el peso de una cadena.
¿Dónde se hallaba? Sentía fría piedra contra su espalda. Había perdido uno de sus botines y su elaborado recogido se había convertido en arruinados mechones sobre su cara. Esa noche había acudido a la cita acordada en la casa del profesor Ravenwood.
El colega de su padre había prometido mostrarle por fin su biblioteca y los pergaminos medievales de incalculable valor sobre alquimia y rituales esotéricos que poseía.
Deseosa de posar sus ojos sobre aquel tesoro, apenas probó la cena que le ofreció su anfitrión, aunque después de todo, desde que su padre se había ido, ya apenas disfrutaba la comida.
Ravenwood se excusó por no cenar con ella, ya que le había surgido una reunión por la tarde con el rector del Trinity College y unos inversores que terminó con unos aperitivos. Mientras ella cenaba, el no cesaba de hacerle preguntas sobre sus últimas investigaciones sobre cábalas medievales, y para el postre, ya volvían a hablar de lo divino y lo humano, la mortalidad, el poder…
–Ha llegado el momento que tanto deseabas chiquilla. Es hora de abrir tus ojos ante el vasto conocimiento que ansías –dijo Ravenwood mientras escanciaba una copa de un licor de color verde y se la ofrecía–. En el sótano conservo la fuente de saber que despertará en ti una sed eterna. ¿Te consideras digna y preparada para recibir el conocimiento destinado a tan solo unos pocos elegidos?
Ella le miró con anhelo
–Sí, lo estoy profesor.
Siempre había sido parca en palabras. Odiaba perder el tiempo con insulsas chácharas, tiempo que podría aprovechar estudiando o leyendo. Por eso se sentía cómoda con Ravenwood, era una fuente inagotable de saber y siempre sabía que preguntar para hacerle pensar.
El profesor retiró caballerosamente su silla y le cedió el paso guiándola hacia el sótano. Las lámparas de gas iluminaban tenuemente la escalera. Ella se detuvo al principio de la escalera recogiendo el borde de su falda, mostrando las puntillas de sus enaguas y comenzó a descender por los escalones.
Al final de la escalera había una recia puerta de roble, con refuerzos de metal. La empujó tímidamente, esperando no poder con su peso, pero, para su sorpresa, cuando la tocó, giró sobre sus goznes con suavidad, como si tuviera vida propia. Tras la puerta, la oscuridad era apartada por una débil y calidad luz parpadeante.
El olor de la cera invadió su nariz y cuando sus ojos se adaptaron a la oscuridad, intuyó una amplia habitación, en cuyo centro había una gran mesa de piedra en forma de pentágono, rodeada por velas de color rojo.
Cuando comenzó a girarse sobre sí misma, sintió como la aprisionaban fuertemente por la espalda, mientras un punzante dolor le atravesaba la garganta y recorría su cuerpo con fuerza, convirtiéndose en un dulce éxtasis hasta que la fría oscuridad de la muerte la reclamó.
Blop…
Blop…
Blop…
Cuando los recuerdos llegaron a su embotada mente, se preguntó cuánto tiempo llevaba muerta.
–No estás muerta. Al menos aún no, aunque queda poco tiempo.
Giró lentamente su cabeza hacia el sonido de la profunda voz y abrió un poco los parpados. Ravenwood estaba tranquilamente sentado sobre un diván paladeando en una fina copa de cristal un oscuro vino tinto.
El profesor se levantó con elegancia y se dirigió hacia ella. Con delicadeza apartó los rojos mechones de cabello de su cara y la observó.
–Eres hermosa, pero no has sido elegida por eso, porque con el tiempo, hasta la más pura belleza se marchita convirtiéndose en polvo. Tu mente y tu fuerza de voluntad son más valiosas que cualquier posesión material.
Los finos dedos de Ravenwood descendieron por su cuello y antebrazo hasta alcanzar la muñeca, que alzó para dejar caer unas gotas de sangre en su copa.
–Tu llama se apagará muy pronto –continuó Ravenwood, mientras dirigía su mirada con interés a una de las velas–. Pero yo te ofrezco un regalo, un regalo que como te dije sólo se ofrece a unos pocos elegidos. Este regalo es el conocimiento, pero también te ofrezco el tiempo para alcanzarlo. Tendrías una nueva familia que cuidaría de ti, y tú de ella y acceso a documentos y poderes que ni en tus mejores sueños habrás imaginado.
Ravenwood se acercó a un relicario que había en una mesa frente al vértice superior del pentágono de piedra y lo abrió con una pequeña llave, sacando de él una hermosa jarra de oro decorada con rubíes. En una fina copa de cristal de bohemia, sirvió un espeso vino rojo. Se llevó la muñeca a sus labios, y mostrando unos afilados colmillos, abrió una herida desde la que escanció su propia sangre en la copa.
–Y bien, ¿aceptas mi regalo?
Una parte que nunca admitiría de ella estaba tremendamente asustada ante lo que sus ojos estaban viendo, pero se encontraba tan débil que esa parte estaba entumecida. Desde la muerte de su padre, el poco nexo de unión que tenía con la realidad se había roto. Era un mundo gris y vacuo, en el que lo único que le apasionaba eran sus investigaciones.
Sabía que no era una mujer normal. No estaba hecha para este tiempo ni este lugar así que, con la mayor dignidad que le permitió su debilidad, miró directamente a Ravenwood a los ojos y con voz desafiante dijo:
–Yo… ¡Yo lo acepto!
Ravenwood sonrió de una forma que le provocó un escalofrío que le recorrió la espina dorsal. Caminó hacia ella con la copa en sus manos y se la acercó a los labios.
–Entonces repite mis palabras: Yo Marionn O’Cleary, por este acto juro mi imperecedera lealtad a la Casa y el Clan Tremere y todos sus miembros. Soy de su sangre y ellos son de la mía...
Rasgos físicos
Marionn O’Cleary tiene 146 años, aunque aparenta unos 25 humanos. Fue convertida en Irlanda en 1.890, en los finales de la época victoriana. Es alta (1,73) y estilizada, bastante delgada (58 Kg) y con una estrecha cintura ganada tras tantos años de uso de corsés. Su piel es muy blanca y pecosa en la zona de las mejillas y nariz. Sus ojos son de un profundo color verde mar. Su pelo es de un fuerte color rojo y cae en rizos hasta la mitad de su espalda, aunque nunca lo lleva suelto en público. Siempre lleva elaborados recogidos con peinetas de plata o pequeños sombreros.
Nació en la época victoriana y su estilo continúa fiel a su época. Siempre viste colores sobrios, grises, negros, marrones, raya diplomática… Suele lleva faldas largas ajustadas a su cintura o pantalones y camisas de manga larga con chaqueta, corsés... Haría las delicias de un club de steampunk, aunque sin la parafernalia punk. (Nota para el master: ¿sería posible que llevara un bastón espada?)
Rasgos personales
Marionn es hija de Liam O’Cleary, catedrático de Literatura Medieval en el Trinity College de Dublin, toda una personalidad en el mundo académico en Reino Unido. Su madre murió cuando Marionn era aún una niña y su padre crió a su única hija como su heredero con toda atención y cariño.
A pesar de pertenecer al sexo débil, no escatimó en tiempo ni recursos para la formación de su hija. Los mejores profesores particulares de literatura, humanidades, ciencias, etiqueta, danza, esgrima, equitación… hasta tuvo su propio vehículo.
Cuando se hizo mayor, y teniendo en cuenta su mente privilegiada, comenzó a acudir como oyente a la universidad (no podía matricularse) y al poco tiempo empezó a ayudar a su padre como asistente tanto en la parte universitaria como en sus investigaciones.
Cuando cumplió 24 años, ya tenía el nivel de un doctorado en historia medieval y estaba fascinada por el esoterismo y la inquisición en la época. Había comenzado a investigar por su cuenta, encontrando sorprendentes rituales e informaciones sobre una orden hermética compuesta de varias casas.
En esa época, conoció a un colega de su padre, Marcus Ravenwood, un catedrático de la Universidad de Oxford que había ido a Irlanda a investigar sobre la influencia de los cultos druídicos en la cultura popular medieval de Irlanda.
Marcus era un hombre de mediana edad, ligeramente excéntrico. Tan solo lo veían por la noche, ya que le dedicaba el día solo y exclusivamente a sus investigaciones. Meses más tarde su padre murió dejándola desolada, y poco después de cumplir 25 años, Marcus decidió abrazarla y convertirla al clan Tremere.
Su personalidad es de carácter fuerte y muy testaruda. Exigente y perfeccionista, solo quiere lo mejor.
Por otro lado le gusta enseñar para hacer mejor a la gente y de paso demostrar su superioridad. No es demasiado sociable ni apegada, como buen Tremere. Parca en palabras, no se termina de adaptar a la forma moderna de ver las cosas. Esto no lo lleva al plano académico por supuesto.
Desprecia la televisión, la radio y la mayoría de los medios de comunicación que le parecen sesgados, para patanes. De vez en cuando se permite escuchar música (instrumental o lírica, por supuesto) Sabe lo que es un ordenador y sabe manejarlo, pero tan solo a nivel usuario de forma que le sirva para sus investigaciones. Es incapaz de beber de hombres que le recuerden físicamente a su padre (tipo Obi Wan Kenobi de viejo).
Marcus Ravenwood
Vampiro del Clan Tremere de IX Generación, goza de buena posición en el clan. Es utilizado como reclutador en el mundo académico. Es más empático y “humano” de lo que suelen ser los tremeres y por eso lo utilizan como gancho. Físicamente está inspirado en Alan Rickman con unos 40 y pico años.
Ilustración: Imagen de "La hija de Drácula" ("Dracula's Daughter", Universal, 1936), de Lambert Hillyer.
Copyright del texto © Carmen Jiménez Díaz. Reservados todos los derechos.










