Cristina Cánovas

Cristina Cánovas

Bióloga y coordinadora de exposiciones del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN) del CSIC. Los artículos de Cristina Cánovas se publican en The Cult por cortesía del MNCN con licencia CC no comercial.

URL del sitio web: http://www.mncn.csic.es

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Es un magnífico día soleado y nadamos plácidamente dejándonos seducir por la inmensidad del océano; parecería imposible que algo pudiera perturbar ese momento de paz y serenidad. Sin embargo sólo hacen falta tres sílabas, una palabra maldita, para interrumpir ese éxtasis de placidez. Las pupilas, el corazón, todo en nuestro cuerpo se pone de acuerdo para alertarnos del incipiente estado de pánico que se avecina... ¡Tiburón!

El otro día, caminando por la calle escuché: “Como no te portes bien, hoy no te doy tus juguetes”. Pensé, con ternura, pobre niño, hoy se queda sin jugar. No fue poca mi sorpresa al girarme y ver que a quién se dirigía la mujer no era a un niño, sino a un pobre perro que miraba atónito a su dueña.

Si para nosotros el futuro se acerca despacio, en el caso de las tortugas gigantes se prolonga entre 150 y 200 años; no es de extrañar que se lo tomen con calma. Teniendo en cuenta su longevidad y haciendo unos pequeños cálculos, no sería descabellado pensar que alguna de las que todavía habitan en este archipiélago ecuatoriano podría haber sido la primera tortuga gigante que vio un joven Darwin a su llegada a las islas Galápagos, allá por 1835.

A finales del siglo XVII la isla Mauricio, un pequeño pedazo de paraíso perdido en el Océano Índico, fue testigo de la extinción de uno de sus habitantes endémicos, el dodo, paradigma de la extinción provocada por el ser humano.

“..Líbrame señor de la boca del león, y óyeme librándome de los cuernos de los uros...” (Salmo 22:21)

“¡Sirenas!”, voceó el Almirante Colón el 9 de enero de 1493 cuando navegaba en La Niña, en aguas del río del Oro, a la vista de tres formas grisáceas que se desdibujaban bajo el agua. Para instantes después recalcar, nos imaginamos que no sin cierto desengaño: “pero no son tan hermosas como las pintan…”.

Quién le iba a decir al explorador Henry Morton Stanley, famoso por sus numerosas expediciones a la misteriosa África Central, que no sólo iba a pasar a la posteridad por encontrar al misionero perdido David Livingstone (“El Dr. Livingstone, supongo”), sino también por su indirecta contribución en el descubrimiento del mítico unicornio africano: el okapi.