Fernando Fraga

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000), Simplemente divas (2014) y Maria Callas. El adiós a la diva (2017).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

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A lo largo de su vida Verdi tuvo oportunidad de conocer a Rossini y de disfrutar de muchas de sus obras. Consideraba El barbero de Sevilla como la obra cómica más perfecta que pudiera haberse escrito.

El 13 de noviembre del presente año se cumplió el 150 aniversario de la muerte de Rossini, acaecida en su vivienda de Passy (París), tras dos operaciones infructuosas. Fue enterrado en el cementerio del Père Lachaise, en el mausoleo de la familia Pepoli provisoriamente, hasta la construcción de su propia tumba poco más de un año después. Los restos del músico, definitivamente, reposan desde 1887 en la Santa Croce de Florencia bajo una escultura de Giuseppe Cassioli.

La tetralogía wagneriana retorna cíclicamente a la Royal Opera londinense. Por su foso, desde que en 1892 la oreciera al completo nada menos que Gustav Mahler, han pasado batutas tan eminentes como las de Felix Motl, Arthur Nikisch, Hans Richter, Bruno Walter, Thomas Beecham, Rudolf Kempe, Franz Kontwitschny, Georg Solti, Colin Davis y Bernard Haitink.

Por felices (o no tanto) circunstancias se tuvo la oportunidad reciente, una tras otra, de asistir a dos óperas contemporáneas, una en el Teatro Real madrileño; otra en directo por medio de las pantallas cinematográficas desde el Metropolitan Opera House de Nueva York. Respectivamente, Only the Sound Remains, de la finlandesa Kaija Saariaho (nacida en 1952), y Marnie, del más joven compositor norteamericano Nico Muhly (1981). Ambos compositores con previas experiencias en el género: ella con L’amour de Loin; él con Two boys, las dos citadas por contar con acceso a testimonio discográfico.

Una reina en el Real

Chiusavecchia, como su nombre puede sugerir (localidad “vieja” por antigua y “cerrada” por amurallada entre montaraz vegetación), es una pequeñísima localidad de la región ligur de Italia (parte occidental del norte de la Península) que en 1948 (12 de abril) vio nacer a una niñita que, con el tiempo, haría que ese lugar de nacimiento se imprimiera llamando la atención en numerosos programas de temporadas operísticas de todo el mundo: Mariella Devia.

Si en un posible test se le propusiera la palabra “opereta” a un aficionado a la música (o no tanto), es fácil que la contestación del demandado fuera, automáticamente, El murciélago. Y en segundo lugar, La viuda alegre. O puede que al revés. Porque tal es la popularidad o, mejor dicho, la asociación de esas dos obras con el género tan típicamente vienés.

La temporada 2018-19 del Metropolitan Opera House de Nueva York comenzó el 24 de septiembre y se extenderá hasta el 11 de mayo del próximo año. Apertura y cierre con dos partituras francesas separadas por ochenta años (respectivamente 1877 y 1957) y, curiosamente, estrenadas fuera de las fronteras galas: Samson et Dalila de Saint-Saëns en Weimar (en alemán) y Dialogues de Carmélites de Poulenc en la Scala de Milán (en italiano).

Coincidiendo con las celebraciones asociadas a su 200 cumpleaños, una conmemoración dicho sea de paso un tanto forzada, ya que en realidad abrió sus puertas en 1850, el Teatro Real de Madrid es objeto de un interesantísimo documental que ha llegado a numerosos cines el día 23 de septiembre.

Un Verdi juvenil en Génova

Verdi triunfó con Nabucco cuando tenía 28 años. Una juventud, en ardor y energía, que emerge a través de todas las notas de tan espontánea, inspirada y vigorosa partitura.

Tucci, pucciniana

Conocimos a la soprano romana Gabriella Tucci a través de la dulce Glauce que grabó al flanco de la Medea de Callas en 1959. Luego la reencontramos como Leonora de Trovatore dando en 1964 réplicas de estatura frente al Manrico exuberante de Franco Corelli. Y fue precisamente como heroína verdiana como la cantante se impuso en los principales teatros del mundo, en especial el Met neoyorkino, donde cantó veinte personajes diferentes durante trece temporadas consecutivas.

Riccardo, de la verdiana Un ballo in maschera (o Gustavo III de Suecia si se elige la versión no censurada de la ópera) es un personaje que se distingue tanto por su elegancia como por la espontaneidad, la naturalidad de su canto.

Florencia del 53

El Mayo Musical Florentino de 1953, con la perspectiva de la distancia, puede convencernos de que fue una de las ediciones más importantes de toda su historia. Dos acontecimientos permiten sostener esta valoración: Callas interpreta por vez primera Medea, la partitura de Cherubini que parecía definitivamente olvidada, y se estrena en Occidente Guerra y paz de Sergei Prokofiev.

Gianni Raimondi, que siempre será recordado por haber sido el Percy de Maria Callas en las míticas representaciones milanesas de Anna Bolena vista por Visconti, el Alfredo Germont de la primera grabación discográfica de Traviata de Renata Scotto o el Rodolfo pucciniano de Mirella Freni en el bonito filme de Zeffirelli y Karajan, grabó en 1963 un disco donde daba rienda suelta a su potente personalidad tenoril, hecha de sonidos áureos y a la vez férreos, con límpidas y fulminantes escaladas al registro agudo.

Uno de los libretos de Pietro Metastasio más concurridos por los compositores fue el de La clemencia de Tito.