Fernando Fraga

Fernando Fraga

Es uno de los estudiosos de la ópera más destacados de nuestro país. Desde 1980 se dedica al mundo de la música como crítico y conferenciante.

Tres años después comenzó a colaborar en Radio Clásica de Radio Nacional de España. Sus críticas y artículos aparecen habitualmente en la revista Scherzo.

Asimismo, es colaborador de otras publicaciones culturales, como Cuadernos Hispanoamericanos, Crítica de Arte, Ópera Actual, Ritmo y Revista de Occidente. Junto a Blas Matamoro, ha escrito los libros Vivir la ópera (1994), La ópera (1995), Morir para la ópera (1996) y Plácido Domingo: historia de una voz (1996).

Es autor de las monografías Rossini (1998), Verdi (2000) y Simplemente divas (2014).

En colaboración con Enrique Pérez Adrián, escribió para Alianza Editorial Los mejores discos de ópera (2001) y Verdi y Wagner. Sus mejores grabaciones en DVD y CD (2013).

Copyright de la fotografía © Blas Matamoro.

Trestesauros500

Goethe escribió en 1774 su novela epistolar Las desventuras del jovenWerther, un éxito inmediato que propició una serie de adaptaciones operísticas cuya más imperecedera consecuencia fue, como posiblemente nadie que se acerque a estas líneas ignore, la partitura de Jules Massenet, estrenada en Viena en 1892.

Con sus aires optimistas y cordiales llega un nuevo título de Paisiello, La Frascatana, estrenada en Venecia en 1774, algo antes de que Catalina la Grande llamara a Rusia al compositor, y pronto difundida por medio Europa, incluido Madrid donde se estrenó en el Teatro de los Caños del Peral (el precedente del Real) el 24 de noviembre de 1787, repuesta luego en 1807 en el mismo escenario.

En 1997 los Allegri, padre Renzo e hijo Roberto, publicaron un libro cuyo título era Callas by Callas. En él, a través de la documentación oportuna al caso, la cantante contaba su vida y hablaba de su arte.

El 150 aniversario del nacimiento de Puccini se celebró de diversas maneras. Una de ellas, bien sabrosa, fue la emprendida en plan individual por la soprano milanesa de nombre tan evocador, Amarilli Nizza, al registrar todas las arias escritas para soprano por el compositor luqués.

El personaje de Isabel I de Inglaterra, llamada la Reina Virgen (no hace falta explicar el porqué), obtuvo un interés inusitado en la operística italiana del XIX. Y puede otorgarse a Rossini el punto de partida de tamaño interés, cuando en 1815 estrenó su primera ópera napolitana (Elisabetta Regina d’Ingliterra), aunque seis años atrás Stefano Pavesi ya se había medido con la soberana inglesa para un estreno turinés hoy olvidado.

Se sabe que Marilyn Horne sacó a la luz, recuperó, esa categoría vocal rossiniana que se conoce como la del contralto in travesti, aquella que de alguna manera venía a sustituir en la nomenclatura canora del compositor al castrado, por aquellos años en lógico periodo de extinción.

La tercera de Gounod

Tras Faust (1859) y Roméo et Juliette (1867), la partitura más popular de Gounod es Mireille (1864), aunque su difusión internacional viene algo lastrada por su argumento bastante localista, basado en el poema provenzal de Frédéric Mistral, apellido por cierto que se corresponde con el viento de ese nombre que azota intermitentemente el corazón de esa provincia como bien saben muchos espectadores del Festival de Orange, amén de sus cantantes, que lo han tenido que soportar.

Werther, originariamente escrito para tenor (lo estrenó en Viena y en alemán un wagneriano, el belga Ernest van Dyck, en 1892), fue adaptado por el propio Massenet para el célebre barítono Mattia Battistini.

Entre L’apoteosi d’Ercole (Nápoles, 1819) y Virginia (ídem, 1866), Mercadante escribió alrededor de 60 óperas que fueron triunfando (o menos) a lo largo y ancho de Italia y Europa, compitiendo con los mayores colegas nacionales, desde Rossini a Verdi.

Anna Netrebko (Krasnodar, Rusia, 1971) es hoy sin duda la soprano operística más famosa, sin que apenas discutan su supremacía las búlgaras Krassimira Stoyanova o Sonya Yoncheva, la norteamericana Sondra Radvanovsky o la alemana Diana Damrau. Una lista que podría quizás ser susceptible de ampliación o mejora y donde no aparece ninguna cantante italiana, dejando de lado a la que podría considerarse como la “reina madre” de todas esas sopranos que se halla ya algo cercana ya a la sesentena: Renée Fleming.

El sello videográfico Farao nos permitió, a veces con un poco de retraso, acceder a producciones operísticas provenientes de ese imponente teatro que domina la bahía de Sidney como un ave gigantesca a punto de emprender el vuelo. Con cantantes afectos a la Ópera Australiana, muchos de ellos de un nivel más que respetable y en producciones muy trabajadas, la mayoría de bastante interés, para las que se convocaba a profesionales de cierto prestigio internacional como Lofti Mansouri, Moshinsky, Hampe, Lazaridis, Negrín, Zambello, Copley y algunos otros.

Giovanni Paisiello fue un auténtico hijo de su época, músico errabundo que sabía impregnarse de las corrientes estéticas de su generación. En la postrera fase de su carrera, después de las fructíferas etapas rusa (El barbero de Sevilla), vienesa (El rey Teodoro en Venecia) o napolitana (La molinera) fue llamado por Napoleón a París (donde años atrás había triunfado con Nina, la loca por amor) para dar algo de impulso a la mortecina producción lírica francesa.

Giacinto Calderara fue un compositor que vivió entre 1729 y 1803 y trabajó durante 54 años en Asti, estrenando algunas óperas que gozaron del esperado éxito como el Ricimero, ofrecida por vez primera en el Teatro Regio de Turín el 27 de diciembre de 1755, con el detalle curioso de que en el rol titular se turnaron el tenor Pasquale Potenza y la soprano Felicita Suardi.

La trágica historia de Romeo y Julieta, los dos jóvenes enamorados de Verona que acabaron con su vida por la ancestral oposición de sus familias, surgió del poeta renacentista Matteo Bandello, que se basó en un hecho real; fue universalizada por William Shakespeare y puede considerarse que se popularizó sobre todo a través del cine.