Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2007, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (TheCult.es), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las artes.

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Antes de que lo pregunten, debería decir que el de Barbara Ehrenreich es un libro científico. Rigurosamente científico. No esperen hallar en sus páginas el menor asomo de seudociencia. Merece la pena señalarlo, porque Ehrenreich es bióloga y doctora en inmunología celular.

No son pocos los filósofos que en cierto momento de su trayectoria sintieron la necesidad de analizar distintas facetas del arte. En este caso, Wilhelm Dilthey (1833-1911), que también se ocupó de cuestiones tan graves como la metodología científica o las pautas de los historiadores, dirige su interés hacia la música alemana.

El hombre araña tiene características que ningún guionista debe ignorar. Con él, sentimos la cálida sensación de que es uno de los nuestros ‒se trata de un tipo corriente‒. Al decidirse por una vida peligrosa, no lo hace por razones grandilocuentes, y salvo en determinados momentos, su épica surge en las azoteas, en los pequeños centros comerciales o en los semáforos. Nunca enseña la cara a sus adversarios, pero nosotros sabemos que es un hombre entrañable, cercano y divertido.

Para transformarse en un autor, un cineasta tiene que contar con una reputación consolidada, con un estilo original y con esa capacidad de arrastre que tienen los creadores que realmente se adueñan del lenguaje audiovisual.

Blackwood se parece mucho más a determinado cine de los años setenta que a cualquier forma de cine actual. Es algo curioso y lógico a la vez. Cuando un director como Rodrigo Cortés abre las compuertas del género fantástico, el catálogo de ensoñaciones casi nunca es contemporáneo.

La dilatada influencia de Konstantín Stanislavski (1863-1938) en el campo de la interpretación es muy significativa. Para otros teóricos teatrales la posteridad ha acabado siendo un limbo: una anestesia paulatina que ha orillado sus métodos, tan pasados de moda como el miriñaque o la fotonovela. A diferencia de ellos, Stanislavski ha pervivido en las escuelas de actores, poniendo del revés la idea de que lo antiguo siempre caduca.

A fines de los sesenta, los recetarios sociales de la posguerra pasaron de moda, y también lo hicieron ciertas claves culturales. Supongo que todo aquello comenzó con nuevos prescriptores de referencia ‒filósofos franceses, profesores californianos, rockeros de aquí y de allá‒, pero al final, todo encajó en el momento preciso.

Vivimos en una época de hiperfragmentación e impaciencia. En el entorno audiovisual, eso se traduce en jóvenes deglutiendo teleseries en sus smartphones ‒saltándose una o más secuencias cuando les aburren‒ y en youtubers que regalan a su auditorio fracciones y remontajes de películas, como si éstos fueran otro meme con el que buscar nuevas complicidades.

Casi todo puede parecer sorprendente o épico cuando lo describe Brandon Sanderson. Ya se sabe que este escritor, seguido por una legión de lectores, mejora sus habilidades narrativas en las distancias largas, como se comprueba en este extenso y ameno volumen, tercero dentro de la saga de El Archivo de las Tormentas.

El cine de acción es, fundamentalmente, un riesgo contado en imágenes. El humor tiene la misma naturaleza. No olvidemos que, desde los tiempos en que Buster Keaton, Douglas Fairbanks o Harold Lloyd rodaron sus escenas más memorables, el peligro y la comicidad han estado unidos. ¿Y cuál es la clave para armonizarlos? Yo diría que la convicción necesaria para convertir una caída, una pelea o una ocurrencia chistosa en una exhibición de verdad y de talento.

A medida que la inteligencia artificial va adueñándose del futuro, el desconcierto y las ilusiones se alternan en nuestras vidas. En cierto modo, es como si la ciencia-ficción se hubiera convertido en una promesa cumplida, a través de un despliegue casi infinito de posibilidades que hoy se hacen realidad.

No hubo mejor época que los ochenta para ser héroe de acción. Me refiero, por supuesto, a los Schwarzenegger, Stallone, Norris y compañía, dotados de invulnerabilidad y capaces de doblegar a un regimiento con una ametralladora Uzi en cada mano.

Hay algo inherentemente misterioso en el cerebro. Si nos limitamos a su anatomía, quizá parezca un órgano más, sólo que con la magia de albergar nuestra conciencia. Y ahí es donde ese enigma biológico se convierte en un fenómeno apasionante desde el punto de vista científico.

"El libro del mar", de Morten A. Strøksnes

Como sucede con tantas otras cosas, sobre el mar hay mucho que primero tienes que aceptar como si fuera un acto de fe ‒pienso en el flujo de las corrientes, en las migraciones de cetáceos o en la existencia de calamares gigantes‒. Más tarde, gracias a la ciencia, acabas asumiendo estos fenómenos como una verdad innegable, aunque no vivas cerca de un muelle o de una playa.