Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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Nadie vio venir a Robocop y mucho menos los mismos espectadores que acabarían convirtiéndolo en un éxito. La película se anunciaba en tráilers y anuncios como un violento film de serie B, una derivada fantacientífica del género de drama policiaco más sucio que floreció en los setenta y ochenta. Pero además de constituir un giro refrescante –y especialmente sangriento- respecto a lo habitual en ese tipo de películas, también resultó ser sorprendentemente divertida, inesperadamente satírica y mordaz. En definitiva, un ilustre miembro de esa reducida categoría que podría denominarse “basura inteligente”.

A finales de los noventa, Marvel buscaba nuevos talentos con los que alimentar la parte creativa de la compañía tras una década de historias mediocres, tropiezos editoriales y fugas de guionistas y dibujantes. Y su presidente entonces, Joseph Calamari, dio con Joe Quesada y Jimmy Palmiotti, dos jóvenes dibujantes salidos de la escudería de Valiant que habían fundado su propia compañía, Event Comics, en 1994. Pero además de haber sido capaces de lanzar comics muy rentables con relativamente poco dinero, eran famosos en el mundillo no sólo de los tebeos sino también del cine. Sin duda fueron sus contactos allí una de las bazas que les ayudó a convencer a Calamari para que les nombrara co-editores en jefe de Marvel junto a Bob Harras.

A mediados de los sesenta, las pesadillas del Apocalipsis nuclear cultivadas con asiduidad por la ciencia ficción de la década anterior comenzaron a ser sustituidas por visiones de un futuro en el que la Tierra se había convertido en un lugar hostil al hombre debido, precisamente, a la acción de éste. Superpoblación y polución ambiental, ambos consecuencia de una industrialización creciente y cada vez más globalizada así como de un modelo económico basado en el consumo y la producción de elementos desechables, dibujaban perspectivas muy poco halagüeñas.

Cuando se busca información acerca de Oscar Wilde lo más frecuentemente reseñado son o bien sus ingeniosos epigramas o bien ese clásico del terror gótico que es El retrato de Dorian Gray (1890). Los más eruditos puede que citen sus obras teatrales o la epístola De Profundis (1905), pero la calidad de sus cuentos fantásticos suele en cambio ser olvidada. Esta ceguera resulta llamativa por cuanto esa obra es considerablemente mejor que su recargada poesía y ni mucho menos son esos relatos, como a menudo se les califica, un simple producto de un efímero brote de sentimentalismo durante la infancia de sus hijos. De hecho, no tienen nada que envidiar a los cuentos de los Hermanos Grimm o Hans Christian Andersen.

Historia de ciencia ficción con paradoja temporal que supuso una nueva colaboración entre Corben y el guionista Jan Strnad, con quien aquél ya había trabajado en diversas historias cortas así como en los álbumes Mundo mutante (1978) y Las mil y una noches (1978). Con ella intentaron resucitar el anteriormente malogrado proyecto de autoedición de Fantagor.

La caída de ventas de comic-books en los años setenta llevó a las dos grandes editoriales norteamericanas a tratar de recuperar lectores explorando nuevos géneros, como el terror, la ciencia ficción, la fantasía heroica o las artes marciales. Especialmente para Marvel, fue un momento de intensa creatividad en la que aparecieron multitud de colecciones y personajes, cuya vida, aunque efímera en no pocas ocasiones, encontró una segunda oportunidad integrándose posteriormente en el recuperado universo superheroico.

El de los superhéroes es un género bastardo: toma elementos propios de la mitología clásica, del relato de aventuras, de la fantasía, la ciencia-ficción y el folletín y los adereza, según los casos, con gotas de humor, terror o intriga para crear algo diferente que absorbe y participa de todo lo anterior ajustándolo a sus propios objetivos y esquemas. Es un género versátil, con infinidad de variantes y abundante en obras de interés. Y aunque en su gran mayoría no pueden ser calificados como ciencia ficción pura, sí hay algunos títulos vinculados con los superhéroes que tienen cabida dentro de este espacio. Uno de ellos está relacionado nada menos que con el primer y más grande superhéroe: Superman.

La ciencia-ficción era un género de popularidad creciente a finales de los años veinte del pasado siglo gracias no sólo a la literatura pulp, sino a películas de gran impacto visual, como Metrópolis (1926).

¿Necesitas que te diga de qué está hecho el Soylent Green? ¿Sí? Entonces aún te falta para considerarte a ti mismo un iniciado en el mundo del cine de ciencia ficción. Porque todo aquel que haya visto la última película de la clásica trilogía de este género que Charlton Heston protagonizó entre 1968 y 1973 (las otras dos fueron El Planeta de los Simios y El último hombre... vivo) quizá opine que esté algo trasnochada, que sea violentamente pesimista y no totalmente consistente desde el punto de vista lógico; pero igualmente convendrá en que las sólidas interpretaciones de Heston y un ya muy enfermo Edward G.Robinson y el memorable e inquietante final sostienen todo el argumento.

En los años treinta el mundo del cine ya estaba dominado por la industria asentada en Hollywood. Pero en la Europa de entreguerras todavía se pueden encontrar algunas iniciativas valientes. Y si de atrevimiento cinematográfico hablamos, el nombre de Abel Gance no puede andar lejos. Poco dado a las minucias, cuando el mesiánico director galo titulaba una película El fin del mundo, se podía esperar exactamente eso.

Fue la década de los años treinta un periodo de efervescencia creativa en el ámbito de las revistas pulp norteamericanas, un momento en el que germinaron muchas de las ideas, argumentos y temas que casi inmediatamente pasaron a formar parte del corazón de la ciencia ficción. Una de ellas fue la panspermia.

Hay escritores con más suerte que talento. A veces, la clave del éxito de una obra no reside tanto en su calidad u originalidad como en el momento histórico, social o económico en el que se presenta al público. Naturalmente, esto es más fácil de analizar con la perspectiva que da el tiempo. Dudo mucho que James Hilton construyera su novela Horizontes perdidos a partir de detallados estudios sociológicos sobre los gustos imperantes. Pero tuvo suerte.

Seguro que estáis familiarizados con el término space opera. Sí, ese subgénero de la ciencia ficción en el que se narran aventuras épicas de escala galáctica, con alienígenas, héroes espaciales y grandes batallas entre flotas estelares. Pues bien, si hay una obra en las antípodas de la space opera es esta que ahora comentamos.

En los años treinta, la Rusia soviética ya era una pieza fundamental del juego político internacional. La verdadera naturaleza del régimen nunca fue un secreto y, sin salir del ámbito de la ciencia ficción, ya hemos visto en este espacio ejemplos de escritores rusos condenados por entonces al ostracismo por firmar obras distópicas en las que se criticaba el sistema comunista. Sin embargo, los teóricos de esa ideología consiguieron diseminar por todo el mundo sus visiones utópicas de un paraíso proletario. Estados Unidos tenía desde hacía tiempo un activo movimiento comunista entre cuyas filas, por ejemplo, militaba el famoso Jack London, cuya obra El talón de hierro (1908) constituyó todo un manifiesto a favor de la lucha obrera.