Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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Aunque el romance científico había florecido en las revistas de literatura popular de finales del siglo XIX, el primer cuarto del siglo XX fue testigo de un largo y profundo declive en el género. Su recuperación en la década de los treinta se debió a los esfuerzos de un puñado de escritores que imaginaron extravagantes y alarmistas fantasías sobre la posibilidad de una nueva guerra mundial y su inevitable consecuencia: la destrucción total de la civilización.

"Pathways to Fantasy" (1984)

En 1981 se detectó un fenómeno tan novedoso como refrescante en el mundo de la distribución y venta de comic-books: la aparición por todo el país de una red de varios cientos de tiendas dedicadas exclusivamente a la venta de tebeos y productos relacionados con ellos. Estos establecimientos contaban con distribuidores de comic-books diferenciados de aquellos que suministraban material a los quioscos.

Podría fácilmente pensarse que Depredador fue un hijo bastardo del éxito arrollador de dos películas anteriores y muy recientes, Aliens (1986) y Rambo (1985), y en la que se intentaba combinar el tópico de curtidos comandos en misión suicida con el subgénero de monstruo alienígena. Si echamos un vistazo al resumen del argumento, entenderemos por qué.

"Pantera Negra" (1977-1978), de Jack Kirby

Los cómics que Jack Kirby creó tras la disolución de su asociación creativa con Stan Lee conforman una mezcla variopinta y difícil tanto de clasificar como de recomendar sin reservas. Su arte se encontraba en su momento más desatado y fantástico, ofreciendo momentos verdaderamente impactantes, pero esas maravillosas páginas producto de su innegable creatividad se estrellaban contra ideas mal desarrolladas y estúpidamente grandilocuentes pobladas de personajes fríos y monolíticos que no conseguían conectar con el lector.

Desde el comienzo de su producción, el estudio supo que Batalla por el Planeta de los Simios sería la última película de la saga. Cada entrega había ido obteniendo peores resultados de taquilla y continuar la historia no sólo resultaría arriesgado desde un punto de vista narrativo, sino que hacerlo con un presupuesto igual o inferior al de las anteriores hubiera supuesto una grave equivocación.

El Planeta de los Simios fue uno de los grandes éxitos cinematográficos del género antes del advenimiento de los blockbusters modernos. Era ciencia ficción que se alejaba conceptual, argumental y estéticamente de la serie B, reducto tradicional del género en los cincuenta y sesenta.

La quinta y última película de la saga original, Batalla por el Planeta de los Simios (1973), sugería la posibilidad de que, después de todo, el futuro no estaba definido de forma categórica. Paul Dehn había planeado un final tremendamente oscuro para la saga, con César convertido en un emperador loco que realizaba experimentos en humanos para extirpar su capacidad de hablar. Sin embargo, la Fox y el productor Arthur Jacobs no querían replicar el tono violento de la cinta anterior y se inclinaban en cambio a continuar la historia con un regreso al cine más familiar.

La tercera película de la saga volvió a triunfar en taquilla. La idea de Dehn había obtenido buenos resultados y los productores no tardaron en recibir el encargo de un cuarto film. Esta entrega, La Rebelión de los Simios (1972) estaría destinada a ser la más controvertida de la serie.

A la vista del resultado financiero de Regreso al Planeta de los Simios (1970), de Ted Post, ni siquiera la destrucción del planeta fue capaz de poner fin a la franquicia. Cuatro meses después del estreno de Regreso…, el productor Arthur Jacobs envío un breve pero elocuente telegrama a Paul Dehn: “Los simios existen. Se requiere secuela”. El escritor tuvo que encontrar una forma de continuar una historia que, claramente, había llegado a su final. Su solución fue muy ingeniosa y el resultado, Huida del Planeta de los Simios, supuso el punto de inflexión de la saga.

El éxito de El Planeta de los Simios había sido colosal, por lo que lo último en lo que pensaban los ejecutivos de la Fox era matar a la gallina de los huevos de oro. Exigieron una secuela. Hoy estamos acostumbrados a ellas, pero en aquellos años eran una rareza incluso en los casos que hoy nos podrían parecer obvios.

Una circular de Western Union fechada en 1876 afirmaba lo siguiente: “Este 'teléfono' tiene demasiados inconvenientes como para considerarlo seriamente como un medio de comunicación. Este invento no tiene valor para nosotros”.

Hoy, los ordenadores forman parte integral de nuestra vida y las generaciones más jóvenes probablemente no sean capaces de imaginar cómo era la existencia sin ellos. Pero en 1984, cuando Apple lanzó su primer Macintosh (con 128 K de memoria RAM), eran vistos como unos artefactos exóticos, inaccesibles para el común de los mortales. Muchos de los que compraron aquel primer ordenador personal –y los que le siguieron‒ no sabían cómo funcionaba o de qué era capaz.

"Silencio" (1979), de Didier Comès

Beausonge (Sueñohermoso), un nombre de sonoridad dulce y poética para una pequeña aldea que dormita bajo un manto de nieve en una zona remota de las Ardenas. Despierta asociaciones de mundos bucólicos, inocentes y sencillos. Nada más lejos de la realidad.

El interés de Mike W. Barr en las historias de misterio viene de lejos. Según él mismo recuerda, fue en septiembre de 1967, aún en el instituto, cuando compró casualmente en un quiosco una novela policiaca firmada por Ellery Queen –seudónimo tras el cual se escondían los primos Daniel Nathan y Emmanuel Benjamin–. Aquellas páginas fueron la puerta de entrada a un género, el de detectives, en el que pronto descubrió a Rex Stout, Anthony Boucher, etc, y que inmediatamente se convertiría en su favorito.