Manuel Rodríguez Yagüe

Manuel Rodríguez Yagüe

Como divulgador, Manuel Rodríguez Yagüe ha seguido una amplia trayectoria en distintas publicaciones digitales, relacionadas con temas tan diversos como los viajes (De viajes, tesoros y aventuras), el cómic (Un universo de viñetas), la ciencia-ficción (Un universo de ciencia ficción) y las ciencias y humanidades (Saber si ocupa lugar). Colabora en el podcast Los Retronautas.

Imagen superior. "Astronaut Academy", de Dave Roman. Emerald City Comic Con, Seattle, Washington.

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Resulta curioso lo poco que aparece nombrado Philip Wylie en las enciclopedias de ciencia ficción a pesar de su larga y prolífica carrera. Trabajó como guionista en Hollywood, escribió algunas novelas de ciencia ficción de éxito y varios libros para el público generalista (algunos de ellos, como Generación de víboras, atrevidamente iconoclastas y polémicos). Quizá porque nunca consiguiera distinguirse lo suficiente en ninguna de estas vertientes sea la razón por la que apenas se le recuerde hoy en día.

La primera revista que dedicó enteramente su contenido al género de la ciencia-ficción fue Amazing Stories, publicada por Hugo Gernsback a partir de 1926 y de la que hablaremos en una futuro artículo. Pero ya desde hacía tiempo las revistas periódicas habían acogido historias de este género.

Año 2192. La Tierra se ha convertido en un planeta inhabitable a causa de la contaminación y la explotación abusiva de los recursos naturales. La mayor parte de la especie humana se ha visto obligada a establecerse en estaciones espaciales.

Fuera de juego (Hors jeu) es uno de esos productos híbridos que se resisten a la clasificación. En primer lugar, por su formato: ¿Es un libro de ilustraciones? ¿Un cómic? ¿Un libro con dibujos? ¿Todo ello a la vez? Y en segundo lugar por el tema que trata, uno ciertamente inusual para la ciencia-ficción: el deporte. Éste aparece de vez en cuando como complemento de las historias del género, habitualmente descrito como deformaciones en uno u otro sentido de juegos que ya conocemos, desde el boxeo hasta el baloncesto.

A comienzos de siglo, una Europa carcomida por la inestabilidad política sucumbe a un conflicto catastrófico, la mayor guerra experimentada por el mundo occidental en toda su historia. El orden social y político experimentaría una transformación profunda que daría lugar a nuevos regímenes, instituciones y tendencias sociales y culturales. Alemania e Italia se deslizaron hacia las dictaduras, Rusia cayó presa de la tiranía comunista, varias democracias otorgaron el voto a sus mujeres, el mundo colonial empezó a resquebrajarse tras haber animado las potencias contendientes los fuegos nacionalistas… y toda una generación quedaría traumatizada.

En 1953, en el nº 1138 de Pulgarcito, debutó una nueva serie, El Doctor Cataplasma, firmada por Martz Schmidt, ese seudónimo de resonancias extranjeras bajo el que se ocultaba un natural de Cartagena bautizado Gustavo Martínez Gómez en 1922.

No siempre los remakes son mejores que la película original, pero este es uno de esos casos. La mosca (1958), dirigida por Kurt Neumann, era una película entretenida. Su versión de los ochenta –por cierto, quién lo iba a decir, producida por Mel Brooks– es terrorífica, una de las películas más impactantes y acongojantes de la ciencia–ficción.

A comienzos de los setenta, el guionista Jean-Michel Charlier y el dibujante Jean Giraud ya están cansados de Blueberry, el teniente de caballería con más éxito del cómic europeo que crearon diez años atrás.

La ciencia ficción, como toda expresión artística, cuenta con obras atemporales que cualquier lector de cualquier época puede disfrutar; y con obras producto de su tiempo y para cuya comprensión es necesario un conocimiento previo de su marco de referencia temporal y social. Estas últimas nos sirven de puerta al pasado, que nos ayuda a entender determinados aspectos de la sociedad en cuyo seno fueron concebidas.

Grendel nació como personaje en 1983, fruto de la imaginación de Matt Wagner, como una representación, intangible pero real, de la agresividad y la violencia. Las fechorías de este ser se narrarían en la serie que con ese título publicó la editorial Comico a partir de 1986.

El éxito cosechado por Star Trek: La nueva generación (1987–1994) supuso a la hora de la verdad poco impulso en lo que se refiere a la producción de nuevas series televisivas de ciencia ficción. De hecho, muchas cadenas seguían pensando que el género era veneno para las cifras de audiencia. Star Trek no era más que la excepción que confirmaba la regla.

"Blackhawk" (1987), de Howard Chaykin

Con las naciones del mundo occidental enzarzadas en un conflicto global, las aventuras de superhéroes combatiendo científicos locos y gangsters parecían fuera de lugar. Después de que en 1940 los periódicos narraran la caída de Francia y la Batalla de Inglaterra, la guerra entró a formar parte de los argumentos de los cómics, más aún cuando en 1941 Estados Unidos inició su participación en ella.

Las historias entretienen, ilustran, educan, inspiran, obsesionan, asombran y hasta pueden cambiar el mundo. Y si una historia puede hacer todo eso, aquellos que las conocen, que las cuentan, tienen más poder del que podría pensarse. El problema es que intentar aprovecharse de ese poder más allá de unos límites es jugar al aprendiz de brujo, pretender controlar unas fuerzas que en realidad se desconocen y, en último término, sufrir las consecuencias de tal osadía.

Resulta curioso que en un género como la ciencia-ficción, que, al menos en parte, puede definirse por oposición a lo religioso y místico, esté tan presente una figura tan querida a la religión como es la del mesías.