Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura.

Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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Sin duda usted ha oído hablar de la vaquita marina. Es uno de los mamíferos marinos más carismáticos, al menos para los mexicanos, pues es endémico de nuestro país (es decir, no se halla en ningún otro sitio en el mundo).

Democracia y sesgos cognitivos

El clima de polarización en los espacios de discusión pública sobre política no parece amainar. Parte del encono viene de las percepciones de quienes pertenecen a cada bando tras un proceso electoral: los que apoyan al triunfador, y quienes no concuerdan con su discurso. Sobre todo de los más radicales en cada facción.

Estudiando a los científicos

A pesar de todas las campañas que se hacen para acercar la ciencia al público, y de programas de TV como La teoría del Big Bang, que muestran que los científicos son seres humanos quizá un poco peculiares, pero no tan distintos de cualquier persona, en el imaginario colectivo persiste su imagen como bichos raros: inventores o científicos locos, distraídos, despeinados, que básicamente se encierran en un laboratorio para estudiar cosas extrañas. 

Elecciones

La base de la democracia es, idealmente, el pensamiento racional. Los ciudadanos votan de manera libre para elegir entre varios candidatos, tomando en cuenta las propuestas que presentan, su preparación, antecedentes y su equipo de colaboradores, entre otros factores.

Ética y genética

El ácido desoxirribonucleico, o ADN, se descubrió en 1869. Para 1943 se había confirmado que es la molécula que almacena la información genética de los seres vivos. Y en 1953 se descifró su estructura detallada: la doble hélice.

A quienes creen que todo problema es un problema científico y que la ciencia puede resolver cualquier problema, independientemente del campo al que pertenezca, se les llama cientificistas.

El centro y las orillas

La ciencia es una actividad que avanza y evoluciona. Conforme descubrimos cómo es el mundo que nos rodea, se va ampliando el ámbito de lo conocido. El conocimiento científico es como un círculo que constantemente crece y abarca paulatinamente más y más de ese territorio antes desconocido.

Murphy el pesimista

Cuenta la leyenda que en 1949 el ingeniero Edward Murphy, que trabajaba para la fuerza aérea estadounidense, formuló una ley que hoy lleva su nombre y que describe un aspecto especialmente molesto del funcionamiento del Universo: “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

El desprecio por el saber

Desde siempre ha existido la desconfianza en la ciencia y la tecnología. No sin razón. En muchos casos la aplicación del conocimiento científico, y sus productos tecnológicos, ha tenido consecuencias negativas, a veces desastrosas. Las armas atómicas, químicas y biológicas, la contaminación ambiental, el daño a la capa superior de ozono, la desaparición acelerada de especies y el cambio climático global son algunos alarmantes ejemplos. Sin embargo, la ciencia ha sido también una de las principales fuerzas que han impulsado el progreso y bienestar humanos.

El conocimiento

Nuestra especie ha logrado sobrevivir y ser exitosa gracias fundamentalmente a su intelecto, esa poderosa herramienta que le permite generar conocimiento sobre el mundo que la rodea.

Frankenstein y la biología

En 1816, la escritora inglesa Mary Shelley escribió la novela Frankenstein o el moderno Prometeo. Aunque popularmente se cree que trata sobre un monstruo, su verdadero tema es la ambición humana, que insiste en penetrar los misterios de la naturaleza, con resultados nefastos.

Se dice que los niños son “científicos natos”, su enorme curiosidad por todo lo que los rodea, y a su tendencia a preguntar constantemente “¿por qué?”.

Uno de los misterios más fascinantes de las neurociencias –un campo de por sí muy atractivo– es el funcionamiento de la memoria. ¿Cómo se almacenan los recuerdos, cómo se recuperan cuando los necesitamos, por qué los perdemos, por qué los falseamos? 

Hace 42 años, en 1976, el biólogo británico Richard Dawkins publicó su libro El gen egoísta. En él no proponía, como creen quienes sólo leen el título, que haya un “gen del egoísmo”, sino una visión novedosa de la evolución por selección natural que la presentaba no como una competencia entre especies o individuos, sino entre genes.