Vicente Díaz

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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Lo digo demasiadas veces e intentaré no decirlo más, pero es una una pena que algunas películas se estrenen directamente en plataformas digitales sin ofrecer la opción de disfrutarlas en salas de cine (o coleccionarlas en formato físico). En el caso de esta nueva obra de los hermanos Coen, dicha pena es todavía más aguda, ya que se trata de un excelente wéstern, repleto de paisajes y encuadres que piden a gritos la pantalla más grande posible para ser disfrutados en condiciones.

¡Ah, el París de principios del siglo XX! ¡La bohemia! ¡Las vanguardias! Creatividad al máximo, progreso cultural, libertad… Un momento mítico, sin duda. Pero como sucede con todos los mitos, la realidad no era tan idílica.

Bien se podría haber presentado esta película como una adaptación de los cómics Weird War Tales de DC, donde se narraban distintas hazañas bélicas combinadas con elementos de terror paranormal o ciencia ficción.

Los que no somos demasiado fans de Jean-Luc Godard ‒aun reconociendo sus méritos‒ por fin podemos pasar por personas decentes entre la cinefilia diciendo que nos gusta mucho la obra de Goddard. No se escribe igual, pero suena idéntico. Me refiero a Drew Goddard, un estadounidense que vale para todo y que, a sus cuarenta y pocos años, ya es un veterano de la industria.

Aunque las películas de submarinos más conocidas han contado con presupuestos más bien holgados (La caza del Octubre Rojo, Marea roja, Das Boot…), lo cierto es que la serie B también supo sacarle provecho a las aventuras subacuáticas, aprovechando decorados mínimos, imágenes de archivo y maquetas más o menos efectivas sumergidas en peceras.

Aunque parezca largo, en realidad el título original de esta película (y de la novela epistolar de Mary Ann Shaffer y Annie Barrows en la que se basa) añade “de Guernsey” al nombre del club de lectura en cuestión.

Posiblemente, ni el propio R.L. Stine imaginó que se iba a hacer rico y famoso con Pesadillas, su serie de novelitas de terror infantiles. Hablamos de poco más que cuentos largos, no especialmente originales y repletos de clichés y lugares comunes, pero, por alguna razón inexplicable, capaces de encandilar a los críos y crear legiones de fans.

Alvin Schwartz, investigador y recopilador de leyendas folclóricas y urbanas (muy recomendables sus Scary Stories to Tell in the Dark), mostraba su sorpresa al descubrir que una de esas historias, referente a un fantasma y una parada de autobús, en realidad tenía sus raíces en la antigua Grecia con la historia de Filinion y Macates. Y posiblemente ya por entonces fuera una vieja leyenda.

Causa cierta frustración que las nuevas películas de directores a los que admiramos se estrenen directamente en plataformas digitales. Sucede con El apóstol, un film cuyos encuadres y escenarios piden a gritos una pantalla cinematográfica y no una televisión, una tableta o (qué horror) un teléfono móvil. Pero menos es nada, supongo.

El “gran año” del título es 1957, fecha que se convierte en pilar de este documental que, pese a la premisa, da un buen repaso a la obra y especialmente a la vida del legendario artista sueco.

En mayor o menor medida, a casi todo el mundo le gusta Harry Potter, y con razón. Pero antes de él ya hubo niños magos que se adelantaron a las novelas escritas por J.K. Rowling, como el Timothy Hunter de Los libros de la magia de Neil Gaiman, el Harry Potter Jr. de la película Troll (John Carl Buechler, 1986) o el Lewis Barnavelt de la larga serie de novelas escritas por John Bellairs y Brad Strickland, iniciada por La casa del reloj en la pared (1973), obra que contaba con el inestimable apoyo de las ilustraciones del gran Edward Gorey.

Esta película es intensamente valenciana y no poco argentina. Al comienzo del film, todo esto desconcierta un poco, pero pronto nos damos cuenta de que funciona. Y la razón es que este primer largometraje de Nacho Ruipérez sabe utilizar con astucia los mecanismos básicos del thriller detectivesco y trasladar este tipo de historia a los arrozales y descampados de Levante, añadiendo algo de singularidad con algún que otro personaje argentino.

Lo más admirable de esta película es su valentía a la hora de explotar el potencial que tiene la historia de nuestro país para el cine de género, algo que a veces nos ha dado vergüenza por un infundado complejo de inferioridad.

Era cuestión de tiempo que alguien hiciera una película utilizando programas de Internet como herramienta audiovisual. Al fin y al cabo, una enorme parte de nuestras vidas se desarrolla entre redes sociales, correos electrónicos, compras online y demás zarandajas de la era digital.