La edad de oro de Amblin

Hasta hace relativamente poco, los años ochenta eran mirados por encima del hombro e incluso despreciados por los cinéfilos de pro y la crítica sesuda. Sin embargo, los que tuvieron la suerte de ser niños en aquella década no cesan de mitificar el cine infantil y juvenil de entonces.

El culpable es el genio Steven Spielberg, que auspició como productor una serie de películas en las que la aventura, el sentido de la maravilla y el protagonismo de jóvenes con los que uno podía identificarse eran recibidos con alborozo por la entusiasta chavalería.

La productora Amblin debe su nombre a uno de los primeros cortometrajes de Spielberg, rodado en el año 1968. Fue creada para realizar la fundamental E.T el extraterrestre (el logo de la productora es la imagen de la bicicleta voladora, recortada sobre la luna llena).

E.T. es una obra maestra de la Historia del Cine que por sí sola –como otras de las películas de Spielberg posteriores, de las que hablaremos por encima, con su permiso– merece no solo un reportaje, sino un libro de dimensiones inconmensurables.

Lo cierto es que E.T. marcó la pauta estilística, e incluso temática, para la mayoría de las películas Amblin de los 80, y por extensión en el cine juvenil de aquellos tiempos. Los ingredientes solían ser los siguientes: ambientación en barrio residencial, protagonismo de niños o jóvenes con problemas familiares o afectivos, irrupción de lo fantástico en lo cotidiano, dosis acertadas de efectos especiales y ocasional aparición de criaturas animatrónicas de aspecto terrorífico pero entrañable.

A todo esto hay que añadir el uso de bandas sonoras que seguían el estilo clásico reinstaurado por John Williams para los bombazos de Lucas y Spielberg, y ya tendríamos una perfecta película para el niño criado con Espinete y futuro neurótico de la “Generación X”.

El primer éxito de Amblin después de las aventuras de Elliott fue una extraña comedia negra llamada Gremlins (1984). El director de esta maravilla fue Joe Dante, un personal autor de cine comercial, instruido en las filas de Roger Corman.

Dante se convirtió en el principal realizador de los éxitos de Amblin de esta edad de oro. Como ya sabrán, Gremlins narra la historia del adolescente Billy Peltzer (Zach Galligan, no muy exitoso en su futura carrera), quien recibe como regalo de navidad por parte de su padre un extraño animal comprado en una tienda china. Se trata de un mogwai, una especie de monito de peluche, orejón y cantarín, al que llaman Gizmo.

El dueño de la tienda china (un chino de la vieja escuela encarnado por Keye Luke), reticente a venderle la criatura, le advierte de tres reglas irrompibles: debe mantener alejado de la luz fuerte al mogwai (le mataría), no debe entrar en contacto con el agua y nunca, NUNCA, debe darle de comer después de medianoche.

La consecutiva violación de estas leyes provocará una plaga de peligrosos monstruillos en el pequeño pueblo de Kingstone Falls. Estos monstruos son los gremlins, criaturas verdes, lideradas por el brutal Stripe, y aficionados a la destrucción de la propiedad, al alcohol, a las bromas homicidas, las motosierras, los videojuegos y las películas de Disney.

La historia estaba escrita por Chris Columbus, que se convertiría en el guionista casi oficial para todas estas gloriosas películas. En Gremlins también se aprecian las constantes artísticas de Joe Dante: una pequeña población americana asediada por criaturas extrañas (un tributo a los viejos films de ciencia ficción de los 50), humor salvaje herencia de los cartoons de la Warner y la aparición de Dick Miller como secundario de lujo, aquí encarnando al xenófobo señor Futterman, todo un personaje para el recuerdo.

La chica de la película era una hoy olvidada actriz llamada Phoebe Cates, quien probaba por aquella época las mieles del estrellato. La fama es efímera.

El clamoroso éxito de Gremlins, película que crearía polémica si se estrenase en este mojigato siglo XXI, hizo que le salieran tantas imitaciones que casi constituyeron un nuevo subgénero.

Las criaturillas de grandes sonrisas llenas de colmillos y tendencia al asesinato tomaron posesión de los videoclubs de barrio, con sagas como la de Critters o casposas series Z como Ghoulies o Munchies.

En 1990, y con el mismo equipo, se llevó a cabo una demasiado tardía secuela titulada Gremlins: La nueva generación. Este era un film ya abiertamente paródico, más cercano al humor absurdo de Aterriza como puedas que a la candidez macabra de la película original. Pese a sus irregularidades, se trataba de una descacharrante comedia por la que pululaba gente como Hulk Hogan o Christopher Lee, y que lanzaba dardos irreverentes incluso contra uno de los momentos “dramáticos” de la primera parte, cuando la chica contaba sus traumas infantiles relacionados con fiestas religiosas o nacionales de todo tipo.

1985 fue el año clave para Amblin. Mientras Spielberg se disponía a dirigir su primera película “seria”, El color púrpura, ejerció de productor en tres estupendos films, dos de los cuales son las películas favoritas de muchos veinteañeros y treintañeros. Vamos por partes.

Basada en una historia de Spielberg desarrollada por Chris Columbus, Los Goonies (introduzcan aquí aplausos) es el film de aventuras perfecto para un niño. Nuestro deber es informar, así que les explicamos el argumento en un ejercicio de futilidad. Todos ustedes han visto la película, y si no es así, pondremos una vela en recuerdo de su alma muerta.

Los Goonies son una pandilla de chavales, amigos y vecinos de los Muelles de Goon. Entre sus integrantes, se encuentran el enclenque Mikey (Sean Astin, años antes de cuidar del señor Frodo), el obeso y cobarde Gordi (hilarante Jeff Cohen), el descarado Bocazas (Corey Feldman, habitual en este tipo de películas), el excéntrico Data (Ke Huy Kan, también conocido como Tapón por Indiana Jones) y Brandon, el mayor de todos (Josh Brolin).

Acompañados involuntariamente por la animadora Andy (Kerry Green) y su irritable amiga Stef (Martha Plimpton), los chavales iniciaran la búsqueda del tesoro del pirata Jack el Tuerto por el subsuelo de la ciudad, mientras son perseguidos por la terrible –y torpe– banda de los Frattelli, formada por una terrorífica madre (la inolvidable Anne Ramsey) y sus dos estúpidos hijos.

Los chicos contarán con la ayuda de un cuarto Fratteli, un tierno freak con la cara deformada, Sloth (John Matuszak), amante del chocolate y el helado de almendras.

Los Goonies proporciona diversión sin límites mediante unos personajes carismáticos, humor inocente y diálogos que, años después, son recitados como mantras por los fans.

Cuando los temas de conversación se agotan en una reunión de amigos, siempre se puede recurrir a citar Los Goonies para que todo el mundo se ponga a rememorar sus escenas favoritas.

El director Richard Donner puso una nueva muesca en su revolver añadiendo a su carrera otra película mítica, e incluso se permitía el lujo de auto-homenajearse cuando Sloth mostraba una camiseta con el logo de Superman.

Regreso al futuro es el otro clásico del 85. Escrita y dirigida por el compadre de Spielberg, Robert Zemeckis, la película supuso la consagración de un actor de moda en el momento, el eterno adolescente Michael J. Fox que por entonces protagonizaba la serie de éxito Problemas de familia.

En Regreso al Futuro Michael J. Fox era Marty McFly, un adolescente miembro de una familia de perdedores y amigo de un excéntrico científico, el doctor Emmet Brown, conocido por todos como “Doc” y encarnado por ese dibujo animado de carne y hueso llamado Cristopher Lloyd.

Mediante el uso de un coche Delorean con condensador de fluzo incorporado, y por accidente (como siempre ocurría en estas películas), Marty se verá transportado al año 1955, donde vivirá una serie de divertidos enredos freudianos, por los que se verá obligado a hacer que su padre y su madre se emparejen.

El contraste de dos periodos tan dispares pero en el fondo tan parecidos –la era Reagan y la década de los 50– está tratado con inteligencia y provecho gracias a un guión perfecto, una realización ejemplar y unos actores que demostraron su maestría en el terreno de la comedia.

Regreso al futuro no deja de ser un vodevil con tintes fantásticos, en el que los efectos especiales no son tan abundantes como se recuerda, pero sí el suspense y el ritmo, que se compenetran perfectamente con la comedia desenfadada.

La película acababa con un final abierto e irónico, que obligó a la fabricación de dos secuelas, también algo tardías y rodadas al mismo tiempo.

Como suele ocurrir en estos casos, la frescura se había perdido en cantidades apreciables. A pesar de perder el encanto, estas continuaciones de 1989 y 1990 suponen un ingenioso ejercicio metanarrativo al repetir escenas de la primera película pero ambientándolas en el Hill Valley del futuro y en el lejano Oeste.

En la segunda parte, Zemeckis riza el rizo y, gracias un lío de viajes temporales que nos llevaría mucho tiempo contar, Marty se introduce en escenas de la primera película, dando al espectador la oportunidad de verlas desde otra perspectiva, todo ello antes de que se inventara el DVD y el “multiángulo”.

Pero, como McFly, volvamos al año 85. Aparte de los dos clásicos ya mencionados, ese año Amblin puso en cartel otra película menos recordada, pero más que interesante. Se trata de El secreto de la pirámide, indianajonesco título español para The young Sherlock Holmes. Un curioso guión de Columbus fantaseaba sobre la idea de qué hubiera pasado si John Watson (Alan Cox) hubiera conocido a Sherlock Holmes (Nicholas Rowe) en sus años mozos (en las novelas el encuentro se produce en la edad adulta, como se relata en Estudio en escarlata).

La película, dirigida por Barry Levinson, narra las aventuras de estos dos jóvenes en un tono más cercano a las aventuras que a la deducción científica. En esta ocasión, el enemigo es una secta que rinde culto a un dios egipcio, y que usa para sus propósitos dardos impregnados con un potente alucinógeno.

Estas alucinaciones proporcionan a los encargados de efectos especiales la ocasión de lucirse con imaginativas escenas como la protagonizada por unos pastelillos animados que atacan a Watson, o un espectacular momento en el que un caballero salta desde una vidriera para atacar a un sacerdote. Por cierto, esta secuencia supuso uno de los primeros intentos de usar gráficos de ordenador de aspecto realista, y es toda una referencia en el mundillo de las creaciones virtuales.

La película estaba llena de guiños a su referente literario, incluyendo un momento final, cuando acaban los créditos, en el que se nos revela que el malo de la función es el eterno rival de Holmes, el maquiavélico James Moriarty.

Permitanme, a modo de inciso, la mención de una película que no es de Amblin, pero va en su línea. Se trata de Exploradores, una maravilla de Joe Dante que supone una de las producciones más inspiradoras de la década, protagonizada por unos jovencísimos Ethan Hawke y River Phoenix. Todo un clásico del que quizá hablemos en otro momento con más detenimiento y que consolida al 85 como el mejor año de la Historia para el cine juvenil.

En 1986 el listón bajo un poco respecto al año anterior, con dos películas menos interesantes. Amblin estrenó Fievel y el nuevo mundo, que contaba con la interesante premisa de una familia de ratones inmigrantes judíos (claro está) que huyen a América a causa de los gatos cosacos. La película se hundía en un mar de empalago a causa, entre otras cosas, de la dirección del incompetente Don Bluth, uno de los peores realizadores de películas animadas de la Historia.

Más disfrutable resultaba Esta casa es una ruina, libremente inspirada en Los Blandings ya tienen casa. Fue protagonizada por Tom Hanks en su época de cómico, antes de que supiéramos que también era un magnífico actor dramático.

La película relataba las desventuras de una pareja (la chica era la irritante Shelley Long) que compra una preciosa mansión a un precio de risa. Pronto se darán cuenta de que la casa sufre un deterioro demencial. Explosiones de hornos, desprendimientos de escalera o caídas al vacío de bañeras eran algunos de los gags de la película, que convertían al edificio en protagonista principal, casi confiriéndole vida propia gracias al uso de unos imaginativos efectos mecánicos.

Sin ser gran cosa, este film de Richard Benjamin resultaba un divertimento primario y efectivo, y hoy en día sigue siendo una perfecta película-comodín para los programadores televisivos.

En 1987 Spielberg volvía a probar fortuna en el cine adulto (la genial El imperio del sol) y auspiciaba películas cada vez más flojas, como la infame Bigfoot y los Henderson y la poco recordada Nuestros maravillosos aliados.

Por fortuna, Dante volvió a salvar el día con El chip prodigioso, cochambroso título español de Innerspace. La película retomaba ideas del clásico Viaje alucinante cuando un piloto de las Fuerzas Aéreas (Dennis Quaid) reducido de tamaño, junto a una moderna nave, es inyectado por error en el cuerpo de un mentecato interpretado por Martin Short. La cinta es una desquiciada comedia de espionaje y ciencia ficción en la que aparece Meg Ryan (por entonces churri de Quaid) y habituales del cine de Dante como Robert Picardo (tronchante en su papel de El Cowboy) o Kevin McCarthy, sin olvidar a Dick Miller, por supuesto.

1988 supuso el fin de la Edad de Oro de Amblin tal y como la conocemos. No es que dejara de hacer buenas películas, pero se perdió la magia, quizá porque toda una generación que se crió con E.T. comenzaba a entrar en los terribles terrenos de la adolescencia o que los tiempos, simplemente, cambiaban.

Por esas fechas, el gran éxito de Amblin fue la película de Robert Zemeckis Quién engañó a Roger Rabbit, una loca historia que mezclaba la serie negra tipo Dashiell Hammet con el mundo de los dibujos animados.

El poder de Spielberg logró que tanto Disney como Warner cedieran sus criaturas más preciadas para que aparecieran juntos en una película. Con protagonismo humano de Bob Hoskins y Christopher Lloyd (este último menos humano), los dueños de la función eran el hiperactivo y presunto cornudo conejo Roger (odioso precedente de Jar-jar Binks), el bebé lascivo y fumador de puros Baby Herman y la diosa sexual Jessica Rabbit, esposa de Roger y confirmación de lo dicho anteriormente sobre la entrada en la adolescencia del público Amblin. Los mismos niños que años antes habían llorado con E.T. ahora se dejaban seducir por Jessica.

En la década de los 90, Amblin siguió apuntándose grandes éxitos, aparte de los de Spielberg como director, pero por lo general la calidad de sus productos había bajado alarmantemente.

Títulos como Casper o Los Picapiedra decepcionaban al público infantil mientras la productora se dedicaba a films más adultos, como Los puentes de Madison o El efecto dominó.

El tibio estreno en 1998 de Small Soldiers, un film de la vieja escuela dirigido por Dante, dejaba una sensación de nostalgia para los que fuimos niños en la mejor época para serlo.

Uno no deja de sentir cierta lástima por los chavales criados en los 90 o en este nuevo milenio, que han visto limitada su oferta a estúpidas producciones de animales parlantes o a las cintas que suelen producir Disney y Pixar. Reclamamos desde aquí una mayor atención a este público tan importante. No solo de consolas y de móviles se alimenta la infancia.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

 

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

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