Las nueve semanas de Grey

No hay color. Si comparas la fuente de inspiración de Cincuenta sombras de Grey, es decir, la trilogía de E. L. James, y la novelita en la que se basó Nueve semanas y media, concluirás que no tienen nada que ver. La obra de Elizabeth McNeill, publicada en 1982, se catalogó en su día de “romántica” y tuvo una venta menos que discreta. En cambio, los Grey han superado los cien millones de ejemplares vendidos y se han traducido a 51 idiomas.

En todo esto tiene que ver, además de la moda de las trilogías, la formidable campaña de marketing, de forma que Grey y sus quehaceres sados aparecen en todos los formatos posibles, incluido Facebook, donde el perfil español de la película acapara ya cerca de nueve millones de MeGusta. Exagerado o no, entre ambas películas hay casi treinta años de distancia cronológica y algunos matices que las separan definitivamente.

La que fue definida por un ácido crítico de cine español como “famosa estupidez con la que se identifican los yuppies más cursis” emergió en las carteleras como un reto a los sentidos. Algunos detalles hicieron que, sin tanta publicidad, el boca a boca la convirtiera en un éxito de público. Entre esos detalles, por supuesto, la insinuante canción de Joe Cocker “You Can Leave Your Hat On”, que crea el indispensable telón de fondo para el striptease nunca superado de Kim Basinger.

La Basinger, cosecha del 53, había sido Miss Georgia en 1971 y, antes de mecerse al ritmo de Cocker con su falda tubo negra y su camisa blanca fondo de armario, fue chica Bond y pareja de Redford en El mejor. Sin duda, su interpretación en Nueve semanas y media calentó el ambiente en torno a su imponente presencia física y el morbo natural, casi inocente, que iba derramando. La flor de la canela de Kim, apabullante aún a sus 62 años, se confirmó más tarde como sólida actriz en el L. A. Confidential de Curtis Hanson de 1997, película que la redimió de ser guapa aunque aparecía hermosamente deseable.

Por su parte, Mickey Rourke, el ejecutivo neoyorkino aficionado a coleccionar camisas iguales, pantalones iguales, pares de calcetines exactamente iguales (como si fuera un bucle eterno en su personalidad que se transformaba de noche en tantas cosas), tenía 34 en el momento del rodaje y estaba en su clímax, por usar un vocabulario apropiado al tema. Pero ya venía rodado de actuar con Kasdan o con Coppola, por ejemplo. *

Elizabeth es una marchante de arte de treinta y pocos, Anastasia (Ana) es una joven estudiante de Literatura. John es un broker de Wall Street de treinta y pocos, Christian Grey es un multimillonario de veintisiete. Pero, antes de ellos estuvo Theresa, la maestra de niños sordos que, con la apariencia física de Diane Keaton, buscaba al señor Goodbar, en 1977, en esos inquietantes garitos nocturnos en los que nada era lo que parecía. Y, como un maestro de la iniciación, en 1972, Marlon Brando, un hombre de casi cincuenta años, buscaba un piso para alquilar y encontró, gracias a Bertolucci y, sobre todo, a Vittorio Storaro, a María Schneider, la muchacha que pasaba por allí y de la que nunca más se supo. Y no nos olvidemos, por favor, de Matty Walker. Ella le enseñaba sus campanitas a Ned Racine y lo hacía de tal forma que William Hurt tenía que darse un refrescante baño para poder soportar el fogoso acaloramiento de una Kathleen Turner cuya camisa blanca manchada de helado era un icono del deseo en Fuego en el cuerpo, un Kasdan de 1981.

Incluso si te paras en el solar patrio y en el amarre de muñecas, puedes fijarte en Átame, de 1990, con un Banderas que, en plan desequilibrado emocional que no puede vivir sin dominar a la chica de sus sueños, Abril, florecía.

Las mujeres que, en 1986, salían de las salas de cine de ver Nueve semanas, tenían ganas de contarlo. En los corrillos femeninos, en la universidad por ejemplo, se comentaba esa sensación de desasosiego que provocaba la presencia y las formas de Rourke.

Cuando todas vivíamos en pisos compartidos regularmente amueblados y en los que se amontonaban libros de, al menos, cuatro chicas, la casa del broker era una consulta médica, un lugar de culto al que se acercaba una con veneración. Y, por supuesto, todas adquirimos sin dudarlo una camisa blanca basinger, que todavía se conserva en cualquier armario poco frecuentado, y no logramos sucumbir a la tentación de un contoneo casi inocente ante cualquier espejo.

Este Grey es más sofisticado pero menos atrevido. Las mentes bienpensantes se han apoderado  de nuestras biografías y sentimos con corrección. Deseo sí, pero sin pasarse. La necesidad de experimentar, al menos visualmente, se ha trastocado a distanciamiento escéptico. Nadie te dirá que ha leído las Sombras con placer, ni que se vuelve loca por conocer a un Grey, ni que ha visto la película unas cuántas veces. Hemos retrocedido y ahora ya creemos que todo lo sabemos. Nuestras opiniones rozan el estoicismo. Estoicos, sí, pero poco dados al placer.

La directora de las Cincuenta sombras tenía muy claro que no debía asomarse al abismo de lo desatado. Quiso hacer una película “fantástica, elegante, excitante”. Excitar es el paso previo, insinuar el anterior. Pero de mostrar, menos. Por eso, si no has leído la trilogía, te costará hacerte una idea de hasta donde ese joven de cara angelical se las trae.

La vuelta de tuerca del nuevo pensamiento blandiblú está también en los protagonistas. Brando potentísimo y sabiéndoselas todas. Hurt, capaz de matar, si resiste el empuje nada figurado de ella. Rourke, enigmáticamente perfecto. Berenger, a medio camino entre el canalla y el policía incorruptible. Incluso Banderas, que zurraba a modo a la pobre Victoria. Dornan, buen chico. A pesar de las esposas y los antifaces. Definitivamente, no hay color.

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes de "Nueve semanas y media" © Producers Sales Organization, Jonesfilm, Galactic Films, Triple Ajaxxx, 20th Century Fox Home Entertainment. Reservados todos los derechos.

Copyright de la imagen de "Cincuenta sombras de Grey" © Focus Features, Michael De Luca Productions, Trigger Street Productions, Universal Pictures. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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