Plegaria por un asesino a sueldo

Imagen superior: Lee Marvin en "Código del hampa" ("The Killers", 1964)

Fue en 1927 cuando Scribner's Magazine publicó Los asesinos (The Killers), el legendario relato de Ernest Hemingway en el que dos criminales a sueldo entran en un restaurante, buscando a su siguiente víctima, el boxeador sueco Ole Andreson.

Los amantes del noir celebran a menudo los encantos de esa obra de Hemingway, en especial el modo en que aprovecha una trama muy escueta para trazar, a grandes rasgos, los arquetipos del crimen profesional. La fuerza de este relato también se calibra a través de sus adaptaciones cinematográficas: la de 1946, protagonizada por Burt Lancaster y Ava Gardner, el cortometraje de 1956 rodado por Andrei Tarkovsky, la versión televisiva de 1959, con Ingemar Johansson, Dean Stockwell y Diane Baker en los papeles principales, y la filmada en 1964 por Don Siegel, con Lee Marvin, John Cassavettes, Ronald Reagan y Angie Dickinson como protagonistas.

¿Qué tienen los asesinos a sueldo que tanto nos atraen? Como siempre, la ficción es capaz de vendernos como fascinante algo que, en la vida real, es repulsivo y no queremos tener cerca ni por asomo.

El asesino a sueldo, al menos el ficticio, cuenta con el beneficio de no ser un sádico o un bravucón. Estos personajes no muestran ese tipo de debilidades, sino que son todo frialdad. Son metódicos y no disfrazan sus asesinatos con hipocresías morales. No luchan por una “alta causa” que les haga creerse mejor que sus víctimas, sino que matan a cambio de dinero. Así de simple.

Por lo general, las historias de asesinos a sueldo usan a estos tipos como antihéroes. En algún momento, su estricta rutina se viene abajo, ya sea porque tienen piedad por una de sus víctimas o porque quienes los han contratado los traicionan o engañan. Así, el espectador se puede sentir más o menos identificado y dar un paseo por su lado más oscuro sin sentirse demasiado culpable.

Chow Yun Fat en "The Killer" (1989)

Como se muestra en Sicarivs (2015), de Javier Muñoz, ser asesino es una profesión que se paga bien, pero en la que no domina la seguridad. Aunque tu código profesional sea férreo, tus clientes no tienen por qué ser tan íntegros, algo que ya aprendió de la peor manera Alain Delon en El silencio de un hombre (Le Samouraï, 1967), el gélido (casi nihilista) clásico de Jean-Pierre Melville que ha servido de modelo para muchas y variadas cintas protagonizadas por sicarios.

A pesar de tener un explosivo estilo hongkonés  opuesto a la frialdad gala de Melville, John Woo siempre ha señalado que El silencio de un hombre fue una de las principales inspiraciones para su explosiva The Killer (1989), con Chow Yun-fat metido en problemas por cuidar de una víctima colateral, una cantante a la que ha dejado ciega.

La figura del matarife siempre ha gozado de mucha popularidad en el cine asiático, como bien demuestran las filmografías de Johnnie To (Fulltime Killer, Exiled) y del actor Sonny Chiba (Golgo 13, The Street Fighter), o thrillers nipones de Seijun Suzuki tan venerados como Branded to Kill (1967) o Tokyo Drifter (1966).

Basada en el manga homónimo, la producción japonesa-canadiense-francesa-norteamericana Crying Freeman (Christophe Gans, 1995), nos presentaba a un letal pero sensible ejecutor de corte asiático en una producción poética y dominada por la estética, un film que más de uno considera “de culto”.

El asesino a sueldo, como figura mítica que es, resulta de lo más maleable. Puede aparecer como protagonista del cine de acción más hiperbólico, como podemos comprobar en Asesinos (Richard Donner, 1995), figurar como mero “currela” en plena faena, como sucede en la citada The Killers (Don Siegel, 1964), o convertirse en elemento principal de cintas más artísticas y calmadas, como El amigo americano (Wim Wenders, 1977), La venganza (The Hit, Stephen Frears, 1984) o El americano (Anton Corbijn, 2010).

También hay variedades intermedias, como El profesional (Léon, Luc Besson, 1994), tierna e intimista y, a ratos, trepidante.

Edward Fox en "Chacal" (1973)

Los métodos de los asesinos también son variados, y pueden ir desde los creíbles atentados de Chacal (Fred Zinnemann, 1973), la más famosa de las películas inspiradas en el asesino real Carlos Sánchez, a los sutiles “accidentes” que provocaba Charles Bronson en Fríamente… sin motivos personales (The Mechanic, Michael Winner, 1972).

¿Dónde se aprende la profesión? Que sepamos, no hay carrera universitaria al respecto, pero en Sicarivs vemos como el protagonista absorbe los sabios consejos de otro asesino veterano, de manera similar a lo que hacían dos de los personajes principales de la citada The Mechanic y de Asesino(s) (Mathieu Kassovitz, 1997).

¿Más variedad? ¿Qué tal comedias románticas sobre asesinos a sueldo? Existen, aunque parezca mentira. Ahí están El honor de los Prizzi (John Huston, 1985) Sr. y Sra. Smith (Doug Liman, 2005), Killers (Robert Luketic, 2010) o, en cierto modo, Un asesino algo especial (George Armitage, 1997).

Existen hasta películas sobre concursos de asesinos a sueldo, como la poco conocida y ultraviolenta El gran torneo (Scott Mann, 2009).

John Lithgow en "Blow Out" (1981)

Más allá de la pantalla, la cultura popular también cuenta con diversos exterminadores. En las páginas de los tebeos podemos localizar al carismático villano Deathshot, un dotado francotirador que siempre está creando molestias en el universo DC (y que encarna Will Smith en la película Suicide Squad), o a Tommy “Hitman” Monaghan, creación del gran Garth Ennis. Tommy está, más o menos, del lado de “los buenos”, pese a ser un asesino profesional dotado de un par de súperpoderes que apenas usa. Incluso llega a mantener una agradable y amistosa conversación con el chico bueno por excelencia, Superman.

James McAvoy en "Wanted" (2008)

¿Por qué limitarse a admirar su trabajo? ¿Quiere experimentar qué se siente al ejecutar este tipo de encargos? La industria del videojuego lo permite, metiéndonos en el rapado pellejo del agente 47, protagonista de la estupenda saga Hitman (que ya ha conocido un par de adaptaciones cinematográficas), en la cual tenemos la opción de realizar ejecuciones eligiendo entre varias opciones, desde las más ruidosas (casi siempre mala idea) a las más discretas (el sigilo total es la meta principal en estos juegos).

En el fondo, el sicario lleva más allá de lo moralmente aceptable las leyes del mercado: a cambio de dinero, es capaz de asesinar por encargo.

Harry Lime, en El tercer hombre (Carol Reed, 1949), ya nos ponía en la tesitura: “¿Si te diera veinte mil dólares por cada punto que parases, me rechazarías la oferta sin dudarlo?”.

Copyright © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

 

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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