Roger Corman. Fantasías de bajo presupuesto

No era la primera vez que Roger Corman pasaba por Madrid. Previamente, en marzo de 1983, nos había visitado por cortesía del IV Festival de Cine Imaginario. "Empecé a producir porque al final me cansé de ser el director –dijo a la prensa en aquella ocasión–. Después, ha habido otros colegas que han seguido el mismo camino. Por ejemplo, Francis Ford Coppola, uno de los mejores realizadores del mundo pero uno de los peores hombres de negocios que he visto en mi vida". Solo con esta frase, ya pueden hacerse una idea de cómo maneja la ironía –y la falsa modestia– este maestro del bajo presupuesto, cuyo salto a la inmortalidad se debe a la serie B y a los cines de programa doble.

Diez años después, Corman regresó a esta ciudad. En esa ocasión, recibió a periodistas y admiradores en el Cine Doré, sede de la Filmoteca Española. Allí me encontraba yo también, no sé si como redactor del medio en el que entonces colaboraba o como simple fan del viejo cineasta.

De nuevo, sus declaraciones fueron un festín de recuerdos y de anécdotas. Sonriente, pausado, con un beatífico tono de voz, Corman nos fue relatando toda suerte de fracasos, hazañas y picardías, que a través de su experiencia, adquirían un tono casi épico.

"Lo cierto es que la crítica de mi país no valora el tipo de cine que yo hago –se lamentó–. A diferencia de lo que pasa en Europa, no dan importancia a las películas de serie B ".

"Ahora el mundo es más violento, y las películas reflejan esa violencia", comentó, consciente de que el horror psicológico mostrado en cintas como la que vimos ese mismo día –Not of ths Earth, 1957– resultaba casi naif en comparación con los artefactos gore a los que ya estábamos acostumbrados.

Dinosaurios y autógrafos

Hay una parte de la filmografía de Corman que, a pesar de su ínfima calidad, figura entre mis placeres culpables. Me refiero a las cintas de dinosaurios o de ambientes prehistóricos, como Teenage Cave Man (1958), Viaje al planeta de las mujeres prehistóricas (1968), Dinosaur Island (1994) o Carnosaurio (Carnosaur, 1993), escrita y dirigida por Adam Simon a partir de la novela de John Brosnan.

No puedo olvidar el momento en que preguntamos a Corman por las sospechosas similitudes entre Carnosaurio y Parque Jurásico.

El viejo león respondió a la cuestión como sólo él puede hacerlo: “La novela en que se basa Carnosaurio –dijo-, es muy anterior a la que inspira Parque Jurásico. Obviamente, Steven Spielberg es un caballero, así que no se me pasa por la cabeza que él pueda habernos copiado”.

¿Qué les comenté? Genio y figura.

Al término del encuentro, rodeamos al veterano productor, pidiéndole autógrafos, abriendo ejemplares de su libro Cómo hice cien films en Hollywood y nunca perdí un céntimo y proclamando nuestra admiración de mil maneras.

Recuerdo que, cuando le estreché la mano, advertí en su mirada un sentido del humor capaz de desarmar a cualquier inversor. Simpatía: he ahí la clave de una carrera cimentada sobre dos principios, el amor al cine y la falta de dinero.

La cultura de un cinéfilo

Corman vino al mundo en Detroit, Michigan, el 5 de abril de 1926. Pese a crecer en la ciudad del motor, su vocación por el cine se puso de manifiesto casi desde la infancia, cuando empezó a seguir los pasos de su padre, William Corman, un sobresaliente ingeniero que llegó a colaborar con el industrial Henry Ford.

Fue su progenitor quien alentó sus estudios y su deseo constante por adquirir nuevos conocimientos. El bueno de Roger fue un estudiante notable, tanto en su Detroit natal como en Beverly Hills, donde su familia se trasladó cuando era un adolescente.

William Corman inculcó en su hijo dos virtudes que luego le serían fundamentales: la disciplina personal y el sentido del ahorro.

Cuando concluyó el Bachillerato en 1943, fue admitido en un programa educativo de la Marina, donde adquirió una educación clave para su posterior ingreso en la Universidad de Stanford, en la que obtuvo la licenciatura en Ingeniería Industrial en 1947.

A lo largo de toda su formación académica, demostró una enorme capacidad de trabajo, que le permitió incluso concluir dos cursos en un año.

Una vez acabada la carrera, llegó el momento de cumplir el sueño que había alimentado desde niño: entrar en el mundo del cine. Sin embargo, las cosas no le resultaron fáciles y fue rechazado por los jefes de personal de varios estudios antes de ser admitido en 1948 en la 20th Century-Fox.

Su trabajo era agotador, pues tenía que recorrer las instalaciones de la productora en bicicleta, repartiendo de continuo informes y mensajes. Al poco tiempo, gracias a su talento para las relaciones públicas, consiguió acceder a un puesto de lector y analista de guiones, con despacho propio.

Era un oficio creativo y Corman demostró estar cualificado para llevarlo a cabo, pero el joven comprendió que su carrera técnica no le había proporcionado una formación suficiente en Humanidades, algo que él consideraba prioritario para dedicarse al cine. Así pues, viajó a Inglaterra con el fin de estudiar Literatura en la Universidad de Oxford.

Luego, entre 1951 y 1952, vivió en París, y allí se relacionó con la bohemia existencialista que por aquellas fechas comenzaba su pujanza literaria y filosófica.

Sueños de un productor

A su regreso a Estados Unidos, el bagaje cultural de Corman era ya envidiable. Fue entonces cuando se consideró preparado para dedicarse a escribir guiones. El primero de ellos, Highway dragnet, fue comprado por Allied Artists y dirigido por Nathan Juran en 1954. Este proyecto le supuso, además, una oportunidad para descubrir de cerca los secretos de la producción en el epicentro de la gran industria.

Cuando creía haber obtenido la información imprescindible sobre el tema, abrió una oficina de producción.

El primer proyecto que desarrolló fue una rutinaria película de ciencia-ficción, The monster from the ocean floor, que realizó Wyott Ordung. El film fue distribuido en 1954 por la Lippert Releasing Company y los resultados comerciales fueron óptimos, pues Corman había reducido al mínimo los costes y había cumplido todos los compromisos adquiridos.

Esa seriedad fue muy apreciada por la compañía productora American Releasing Corporation, luego llamada American International Pictures (AIP), que estableció en 1954 un contrato con Roger Corman según el cual, tras un avance sobre los beneficios, éste había de completar en breve plazo los films a estrenar.

El productor novato aprendió dos trucos que luego le fueron muy útiles: aprovechar metraje descartado de otras películas y alquilar decorados que ya habían sido empleados en otros rodajes.

Además, aprendió a dirigir en poco tiempo y casi sobre la marcha, tomando como prueba su primer largometraje, Cinco pistolas (1955), un western en el que contó con la ayuda del director de fotografía Floyd Crosby.

Pese al sentido intuitivo y autodidacta de sus decisiones, no se contaron pérdidas, y los distribuidores se mostraron satisfechos con él.

El clan Corman

Llegado a este punto, adoptó la costumbre de rodearse de un grupo íntimo de colaboradores de confianza, con los que desarrollaba una relación amistosa e incluso paternal, ajena por completo a las normativas empresariales al uso. Así, a Dick Miller, actor habitual de sus films, lo conoció en 1955 y ese mismo año ya apareció en Apache woman, en dos papeles opuestos: de indio y de sheriff. Semejante frescura a la hora de plantear las películas era muy del gusto del público joven, que llenaba a rebosar los autocines y salas donde se proyectaban los films de Corman; éste, por su parte, estaba encantado con la improvisación, aunque procuró mejorar su trabajo y relaciones con los actores asistiendo a cursos de interpretación.

Su clan se incrementó por esa época, cuando trabó una íntima amistad con el guionista Robert Towne y el actor Jack Nicholson, compañeros suyos en los cursos de actuación de Jeff Corey.

Al grupo se unió en 1958 un ex-boxeador llamado Charles Bronson, que protagonizó en aquel mismo año Machine Gun Kelly. También empezó a trabajar con Corman su amigo Monte Hellman, un hombre de cine que puso de manifiesto su valía en diversas producciones de la pequeña compañía.

El sistema de rodaje que seguían resultaba casi disparatado. En 1959, tras cruzar una apuesta, Corman filmó La pequeña tienda de los horrores en dos días y una noche, para sorpresa de los actores, incluido Jack Nicholson.

El grupo viajó luego a la costa de Puerto Rico, donde rodaron The creature from the haunted sea, tan deprisa que Corman no detuvo la filmación ni siquiera cuando una de sus embarcaciones naufragó en mitad de una toma.

La inspiración de Poe

Lector apasionado de Edgar Allan Poe y de Sigmund Freud, Roger Corman decidió rodar en 1960 una serie de adaptaciones de obras de Poe aplicando algunos principios del psicoanálisis freudiano.

El proyecto requería un mayor presupuesto y también nuevos colaboradores, como el novelista Richard Matheson y el actor Vincent Price.

El hundimiento de la casa Usher, primer film de la serie, se benefició además de unos espectaculares planos de campos devastados y del incendio de la mansión, logrados, respectivamente, en un fuego declarado en las colinas de Hollywood y durante la quema de un granero cercano.

Sin embargo, estos trucos no eran sino puras anécdotas ante la cuidada planificación y el gran trabajo con los actores, dos factores que, a ojos de los críticos, convirtieron a Corman en un autor sólido.

Los films de la saga Poe, por otro lado, significaron la recuperación de actores como Boris Karloff y Peter Lorre, protagonistas de El cuervo (1963), y una buena oportunidad de lucimiento para nuevos valores. Así, el director de fotografía y futuro realizador Nicholas Roeg fue operador en La máscara de la muerte roja (1964).

Una legión de discípulos

Roeg ya había adquirido una importante experiencia profesional antes de colaborar con Corman, algo que no sucedía con otros miembros del equipo, como Francis Ford Coppola, quien desempeñaba todo tipo de cometidos; por ejemplo, trabajar en el rodaje de El terror (1963), que duró dos días y para el cual se emplearon los mismos decorados de El cuervo.

Otra tarea encomendada a Coppola fue el remontaje de films soviéticos de ciencia-ficción que, con un nuevo doblaje, se estrenan como productos de la factoría Corman.

Por cierto, uno de los ayudantes que a comienzos de los sesenta compartía inquietudes con Coppola era otro reciente fichaje de Corman, Menahem Golan, futuro presidente de Cannon Films.

Cuando en 1966 Corman preparaba el film Los ángeles del infierno, contrató a auténticos motoristas de esa banda nómada, con los que tuvieron que vérselas dos de sus actores, Peter Fonda y Bruce Dern, así como su esforzado ayudante Peter Bogdanovich.

Poco después, mientras Fonda y su amigo Dennis Hopper colaboraban estrechamente con el productor en un nuevo proyecto, The trip, empezaron a idear Easy Rider: Buscando mi destino (1969), film en cuyo desarrollo tuvo mucho que ver el propio Corman.

Ese mismo año rodó Mamá sangrienta, que contaba en su reparto con un joven actor, casi debutante, llamado Robert De Niro.

Para esas fechas, el grupo de jóvenes que formaban la factoría Corman era una sorprendente reunión de talentos. Dado que la AIP defrauda muchas de sus expectativas, decidió crear la compañía New World Pictures en 1970, que además de producir, distribuyó y promocionó las películas de aquellos cineastas internacionales que Corman quería introducir en el mercado americano.

En los años setenta, Corman lanzó en Estados Unidos los films de un joven realizador canadiense que dio mucho que hablar: David Cronenberg. Aconsejado por su esposa Julie, también contrató como ayudante a un impulsivo aspirante a cineasta: Martin Scorsese, a quien produjo su primera obra de importancia, Boxcar Bertha (1972).

Contaba además con dos ilusionados montadores de trailers, Allan Arkush y Joe Dante, y también con un eficaz publicista, Jonathan Demme, que fue su enviado especial a Filipinas, donde Corman trabajó con el joven director Cirio H. Santiago, que años después se convirtió en el productor más importante del archipiélago.

Otros aprendices de la factoría fueron Lewis Teague y Paul Bartel. Este último recibió el apoyo de Corman para rodar en 1975 La carrera de la muerte del año 2000, protagonizada por un actor desconocido en esa fecha: Sylvester Stallone.

Dos años después, Joe Dante ya había ascendido al puesto de montador, trabajo que había de realizar en Grand Theft Auto, primera película de otro aprendiz de la factoría, Ron Howard.

Casi al mismo tiempo, el departamento técnico de Corman recibió a un nuevo aspirante, un muchacho canadiense llamado James Cameron, muy eficaz en lo tocante a efectos especiales. Y cuando Dante consiguió finalmente el visto bueno de su jefe para rodar su primer film, Piraña (1978), lo hizo colaborando con un guionista primerizo, John Sayles.

Las últimas incorporaciones al grupo fueron las de Gale Anne Hurd, una brillante asistente de producción, y Stephen Herek, montador y ayudante de dirección. Todos ellos formarían en breve el colectivo de cineastas y productores más poderoso de Hollywood.

El lento adiós

Corman, con el orgullo de haber promovido a toda aquella generación, decidió en 1983 vender la compañía New World Pictures, para fundar el mismo año la productora New Horizons, en la que colaborarían otros jóvenes como Luis Llosa y Jim Wynorsky.

Su sistema de trabajo no cambió; en todo caso variaron los medios de distribución. Sus películas empezaron a llegar al vídeo e incluso realizó nuevas versiones de viejos éxitos para los canales de televisión por cable.

Produjo telefilms, películas de acción, eróticas, de ciencia-ficción y, en suma, títulos clasificables en los géneros más populares.

Cuando en 1996 fue homenajeado por la Asociación de Críticos de Los Ángeles, Corman ya había pasado a la Historia del Cine como un cineasta muy estimable, un genial productor y, sobre todo, como el descubridor y maestro de muchos de los más importantes realizadores del Hollywood contemporáneo.

La biografía de Roger Corman adquiere un particular sentido cuando surgen en ella los nombres de aquellos que se formaron a su lado en el oficio del cine.

Al margen de las anécdotas propias de su inquieta existencia, la relevancia de Corman deriva, sin duda, de su condición de productor independiente, buscador infatigable de talentos con los cuales consolidar una factoría de realización de películas que abarca buena parte de la historia del cine contemporáneo. La lista de sus aprendices y colaboradores es bien explícita al respecto. Todos ellos fueron recibidos por Corman cuando aún eran jóvenes y su experiencia escasa; fue tras adquirir conocimientos en su compañía cuando dieron el paso al cine de gran presupuesto. No obstante, esta primera característica de Roger Corman, su magisterio y apoyo a los jóvenes artistas, no ha de ocultar otras dos igualmente notorias: su brillantez como productor y una innegable personalidad como director de cine.

Ahí es nada: 300 producciones y más de cincuenta películas como realizador convierten a este entrañable cineasta en uno de los pilares del Hollywood moderno. Y su historia, por cierto, no acaba aquí. En 2009, Corman y Joe Dante produjeron Splatter para Netflix. Un año después, produjo Dinoshark y Dinocroc vs. Supergator para el canal Syfy, que también le compró su siguiente lanzamiento, Sharktopus.

Otro trabajo reciente de Corman, Piranhaconda, fue dirigido en 2012 por su viejo amigo Jim Wynorski. A éste le han seguido títulos igualmente psicotrónicos en la carrera de nuestro personaje: Sharktopus Vs. Mermantula (2014), Dance with a Vampyre (2013) y Water Wars (2014).

Como ven, la leyenda continúa.

Copyright © Guzmán Urrero. Los textos originales y citas del autor en los que se basa este artículo fueron publicados en la revista "Todo Pantallas", en la "Enciclopedia Universal Multimedia" (Micronet) y en los libros "Historia General de la Imagen" (Universidad Europea-CEES, 2000) y "La cultura de la imagen" (Fragua, 2006). Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista Thesauro Cultural (The Cult), un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, Thesauro Cultural sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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