La escala vertical

La escala vertical Joseph L. Mankiewicz, "Dragonwyck", 1946

Creo que Flaubert exageraba un poco cuando escribió, en su Diccionario de lugares comunes: “Arquitectos: Todos imbéciles. Siempre se olvidan de las escaleras de las casas”. No, no es cierto que siempre las olviden. Si así fuera, no podría escribir este texto.

Los pasillos sitúan al mismo nivel lo real y lo sobrenatural; las escaleras, en cambio, establecen una jerarquía entre los mundos. Es frecuente que el conde Drácula se presente por primera vez ante su invitado, Harker, y por extensión ante todos nosotros, sus espectadores, descendiendo por una imponente escalera entre cuyas sombras emerge, a veces, con una vela en la mano: así lo hace, por ejemplo, en las versiones dirigidas por Tod Browning en 1931 –en la que sus primeras palabras son: “Yo soy... Drácula”– y en 1958 por Terence Fisher.

Tod Browning, "Drácula", 1931

La evidente carga simbólica de este movimiento de descenso viene acompañada, en estos casos, por un componente social: Drácula, a fin de cuentas conde, a fin de cuentas noble, desciende hasta el nivel del plebeyo Harker para, noblesse obligue, depararle una cortés bienvenida... aunque se trate de la recepción a un mundo bastante peculiar.

El descenso de Drácula, propio de la más exuberante vedette de cabaret o de una estrella del musical hollywoodiense, deja claro también, desde el principio, a quién corresponde el protagonismo de la historia.

Tod Browning, "Drácula", 1931

La escalera, como muestran las dos irreverentes comparaciones que acabamos de establecer, es un objeto de gran relevancia en los espectáculos teatrales o cinematográficos.

Inscritas en la tradición barroca boloñesa de grandes escaleras monumentales, heredada por el eclecticismo decimonónico, las escaleras fueron pintadas con profusión sobre los telones escenográficos hasta que el afán de verismo que trajo consigo el romanticismo hizo que se tendiese a su construcción corpórea, en forma de practicable.

Instrumento de la ilusión, al mismo tiempo que útil de la representación, las escaleras, como los otros practicables, inciden en la mayor fragmentación y diversificación de la escena, en la conquista de la verticalidad y en el mayor impacto plástico y dinámico de la representación.

Giuseppe Galli Bibiana, "Capriccio", siglo XVIII

El movimiento del que dota la escalera a la escena teatral se transfirió al cine, donde, a los desplazamientos de los personajes que esta propiciaba, se añadió, desde el expresionismo, la movilidad de la propia cámara: esta, como otro personaje más –el del observador– subía y bajaba en arriesgados picados y contrapicados que contribuyeron en gran medida, como indica Juan Antonio Ramírez, al desarrollo del lenguaje cinematográfico.

Robert Siodmak, "The Spiral Staircase", 1945

Con todo, la escalera no es solo un objeto colmado de una serie de significados que adquiere, además, una enorme importancia en el desenvolvimiento de la plástica teatral y cinematográfica. Y esto es así porque, en muchas ocasiones, su función no se limita a la de objeto, sino que se convierte también en sujeto del drama, como bien supo plasmar el dramaturgo alemán Max Reinhardt y, con él, numerosos realizadores cinematográficos. Sin duda, entre estos se hallan los expresionistas alemanes. Pero, antes de llegar a ellos, es preciso que subamos algunos peldaños en la escala del tiempo.

Leopold Jessner y Paul Leni, "Hintertreppe", 1921

Pensar en escaleras trae de inmediato a nuestra mente los grabados de Giovanni Battista Piranesi. Auténticos laberintos en el vértigo de la altura, sus escaleras, trocadas de pronto en puentes levadizos, son recorridas incesantemente por diminutos personajes en los que aparece multiplicado y encarnado Piranesi, según la sugestiva descripción que Thomas de Quincey ofrece de las Carceri d’invenzione en base a lo que de ellas le había referido Coleridge.

Giovanni Battista Piranesi, "Carceri d’invenzione"

Jorge Luis Borges, los expresionistas alemanes y el pintor Maurits Cornelis Escher tomaron buena nota del carácter onírico y paradójico de las escaleras piranesianas: unas escaleras en las que rasgos como la oblicuidad, la superposición, la ambigüedad espacial, la disposición tortuosa, la irracional relación entre planos y superficies, acentuada por las diferentes fuentes de luz y las densas masas de sombras o nubes de humo que ocultan las líneas de unión entre las estructuras arquitectónicas, suscitan la sensación de un vertiginoso movimiento en un espacio tan inestable como indefinido.

Maurits Cornelis Escher, "Relativity", 1953

De las escaleras de Piranesi descienden, en el sentido genealógico del término, aquellas con las que los expresionistas alemanes –Paul Leni, Robert Wiene, Walter Reinmann...– nos acostumbraron a convivir y que llegan hasta nuestros días. Unas escaleras que descoyuntan y exasperan un espacio en el que la diagonal se impone como línea maestra. Lo oblicuo, una vez más, como expresión de la ilusión y el miedo.

Tim Burton, "Vincent", 1982

Oblicuidad, acentuación de la perspectiva, indefinición espacial provocada por las profundas sombras... Sin duda, una escalera que aspire a amedrentar debe ocultar o bien su arranque o bien su destino: nada mejor, para ello, que sumirse en las sombras.

Robert Siodmak, "The Spiral Staircase", 1945

Conviene que sea tan larga y empinada como la que desciende a la cripta de Usher en la película de Jean Epstein, y si, además de eso, tiene un comportamiento tan extraño como para proyectar la sombra de sus peldaños hacia arriba, como hace la escalera realizada por Jack Otterson para Son of Frankenstein, mejor que mejor.

Rowland V. Lee, "Son of Frankenstein", 1939

¿Qué decir acerca de la zigzagueante escalera de caracol, serpenteando como un cuerpo vivo en el interior del edificio?

Edgar Neville, "La torre de los siete jorobados", 1944

Por la escalera se sube, pero también se baja, y el descenso se asocia a la idea de decadencia. El modo en que desciende por la escalera de su melancólica mansión Roderick Usher para recibir a su amigo, en la versión del relato de Poe rodada por Epstein en 1928, nada tiene que ver con las amenazadoras y prepotentes apariciones de Drácula en circunstancias similares.

El desventurado Usher, simplemente, declina como su propia morada: en ella, como en cualquier otro edificio, la escalera cumple la función, solo en apariencia contradictoria, de dotar de dinamismo al edificio y de servir como referente de la estabilidad del mismo. Por ello, cuando son los propios escalones los que se desmoronan, como sucede en otras versiones de la misma historia, con razón podemos afirmar que todo está perdido.

James Watson y Melville Webbers, "The Fall of the House of Usher", 1928

Una escalera que oculte en parte su recorrido cumple la misma función que una puerta cerrada o una espesa cortina. Del mismo modo que nos interrogamos acerca de lo que puede esconderse tras ellas, podemos preguntarnos, ante el rumor de unos pasos en los escalones, qué es lo que asciende (o desciende) por la escalera, aproximándose a nosotros. Las respuestas pueden ser múltiples –sugerimos que se haga la prueba con un grupo de amigos–, pero quizás la más aterradora y más sencilla es la siguiente: lo que viene a nuestro encuentro es la imaginación.

Robert Siodmak, "The Spiral Staircase", 1945

Copyright © Carmen Pinedo Herrero. Reservados todos los derechos.

Carmen Pinedo Herrero

Doctora en Historia del arte y licenciada en Historia moderna, investigadora y escritora. He impartido clases de Patrimonio cultural, he sido comisaria de exposiciones y he catalogado fondos museísticos, pero el terreno en el que me siento más a gusto es el de la investigación y la escritura. Los temas que más me atraen son los relacionados con los espectáculos precinematográficos, la escenografía teatral, la historia de las mentalidades y las relaciones entre arte, técnica y sociedad.

He publicado artículos en diversas revistas especializadas, capítulos de catálogos de exposiciones y los libros La ventana mágica: la escenografía teatral en Valencia durante la primera mitad del Ochocientos (2001), Cuatro artistas de Meliana. Una generación (2001), La enseñanza de las bellas artes en Valencia y su repercusión social (2003), El viaje de ilusión: un camino hacia el cine. Espectáculos en Valencia durante la primera mitad del siglo XIX (2004) y El profesor que trajo las gallinas a la escuela: Antonio Cortina Farinós (1841-1890) (2007).

Durante los últimos años he realizado investigaciones sobre la industria artesana aplicada a la arquitectura; sobre las noticias relativas a arte y artistas publicadas en la prensa histórica y sobre diversas metodologías aplicadas a la escritura autobiográfica y biográfica.

En la actualidad prosigo con las investigaciones sobre escenografía y espectáculos precinematográficos, preparo una serie de libros sobre fuentes documentales del arte y escribo un libro sobre arquitectura y terror, de próxima publicación en Punto de Vista Editores. 

Sitio Web: carmenpinedoherrero.blogspot.com.es/

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