Crítica: "Amy: La chica detrás del nombre" (Asif Kapadia, 2015)

Cuando se anunció un documental sobre Amy Winehouse, mi primera reacción fue de escepticismo. No es el primer audiovisual que se rueda sobre la figura de la cantante y compositora, y los que se habían hecho hasta la fecha eran claramente un intento de seguir rentabilizando la marca Winehouse tras su muerte.

Para que me decidiese a dar una oportunidad a Amy, fueron definitivas las declaraciones de su realizador, Asif Kapadia, en las que afirmaba que había tenido claro desde el principio que la música de Amy Winehouse sería el hilo conductor.

El hecho de que el padre de la artista, Mitch Winehouse, se mostrara contrariado con el enfoque de este nuevo documental también era otro motivo para dar el beneficio de la duda a la película.

Es fácil pensar que no hay nada nuevo que contar sobre la vida de una artista como Winehouse, sometida al continuo escrutinio de la prensa y de los medios de comunicación en general. Sin embargo, lo que el espectador descubre en los primeros minutos de la película es que, lejos de la hagiografía, pretende mostrar una imagen honesta de una chica de Londres que aprendió a cantar escuchando a Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald y Billie Holliday, y que utilizaba la música como válvula de escape en una vida marcada por un padre ausente y por una madre sobrepasada.

Otro mérito muy importante de la cinta es que da la posibilidad al espectador de oír a la propia Amy. Se ha hablado mucho de ella, y el documental no se corta al mostrar cómo las adicciones y los trastornos alimenticios de Winehouse se convirtieron en chistes recurrentes de personas que aparentemente se ganan la vida con la comedia. Pero no hemos tenido muchas ocasiones de oír a la cantante hablar sobre su proceso de escritura, sobre cómo descubrió que podía escribir música y sobre su amor por el jazz.

Quizás el momento clave del documental, que deja asombrado al espectador, es el que recoge la grabación de la canción Back to Black junto al productor Mark Ronson, quien no duda en defender su profesionalidad y su genio. Vemos a una artista completamente centrada en lo que le interesa, inmersa en el trabajo y disfrutando. En una pequeña cabina, se crea una de las canciones más influyentes del último medio siglo.

Como suele ocurrir con los grandes artistas, Amy Winehouse consigue que algo tan difícil como crear un álbum de la talla de Back to Black parezca extremadamente sencillo. Esas escenas, por sí mismas, justifican la realización de este documental.

Ahora bien, además de hacer un exhaustivo repaso a la carrera de Winehouse, en la que queda muy clara su obsesión por crear música “real” ‒que Amy opone a otros productos discográficos, como las Spice Girls, que sacrifican lo artístico por el márketing‒, el documental utiliza el caso de Winehouse para hacer un análisis de trastornos mentales como la depresión y la bulimia, y asimismo de la adicción como enfermedad.

Amigos íntimos relatan su impotencia para ayudar a Amy y apartarla de personas que sólo acentuaban el lado autodestructivo de la artista, como su marido Blake Fielder. También se enumeran los intentos fallidos de rehabilitación. y en este sentido, quizá, tras conocer más a fondo esta historia, resulte muy difícil volver a escuchar Rehab de la misma manera.

En lugar de seguir profundizando en los detalles más personales de su vida, presentes en el documental de Kapadia, me gustaría hacer hincapié en el valor musical de la película. El realizador trata con especial cuidado las composiciones de Winehouse, y las letras de las canciones aparecen en pantalla junto a una muy buena selección de actuaciones.

En definitiva, Amy consigue lo que pretende: hacer un retrato sincero, compasivo pero no hagiográfico, de una artista que con solo dos discos se convirtió en referente de la cultura moderna.

Escuchen las palabras que le dedican los demás profesionales que trabajaron con ella, y no se pierdan la admiración con la que hablan de Amy, a la que definen como una persona humilde, ingenua y vulnerable, a pesar de su talento descomunal. Esa es la imagen con la que Amy Winehouse merece pasar a la historia. Para el resto, tenemos su música.

No quiero olvidarme de Tony Bennett, ídolo de Amy, con quien interpretó a dúo Body and Soul. Después de alabar su talento, el veterano crooner dice que, tal vez con el tiempo, Amy Winehouse habría podido aprender a sobrellevar la fama y el éxito, y habría encontrado refugio fuera de las drogas y el alcohol. Y ese es el sabor agridulce con el que el espectador sale del cine: por un lado, Amy por fin consigue hacer algo de justicia a una artista única en su tiempo, pero por otro, es inevitable quedarse con la sensación de que Winehouse se merecía más tiempo.

Lo único que sabemos es que, antes de morir, reiteró su intención de volver al jazz con el que aprendió a cantar y a amar la música. Ahí reside la última virtud de este film: lejos de añadir toque romántico alguno a la muerte de la artista, deja al espectador preguntándose lo mucho que perdió el mundo de la música con la prematura muerte de Amy Winehouse. El único consuelo: volver a escuchar la escasa pero inmensa discografía que nos dejó como legado.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Universal Music, Playmaker Films, Krishwerkz Entertainment. Cortesía de Vértigo Films. Reservados todos los derechos.

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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