Crítica: "El Lobo de Wall Street" (2013). No hay nobleza en la pobreza

Ya le tienen ahí, con cara, ojos y ademanes. Ya podemos corporeizar, aunque sea en los rasgos de un actor gigantesco, quizá ya el mejor de su generación, a las sombras anónimas desprovistas de moral que han arruinado a millones de pequeños ahorradores con productos financieros subprime, llámense preferentes o como demonios quieran llamarles, con cuentas en Suiza para eludir el control del fisco.

Son como él. Como Jordan Belfort, cuyo estigma está en todos los rincones de esta crisis que corre ligera hacia la década para convertirse en mucho más nociva que la de 1992, más espesa y demoledora que la del petróleo en los 70, e igual al menos de empobrecedora que la provocada por el gran crash bursátil de 1929 y la consiguiente Gran Depresión.

En el origen de todo estaban los personajes como Belfort, arribistas y alegales, ilegales y empeñados en enriquecerse a costa de la miseria de sus semejantes, a los que siempre consideró coetáneos pero nunca conciudadanos. Este Belfort que llevan al paroxismo Martin Scorsese y Leonardo DiCaprio es como los gangsters de los años 30, atraen y repelen al espectador al mismo tiempo, deseamos su caída y su ruina a la vez que soñamos con las riquezas que acumulan con el delito como estilete de su acción criminal.

Nada que ver con el Gordon Gekko que dibujó un demasiado partidista Oliver Stone. Este sujeto, que existe en realidad y comercializa sus libros y conferencias a precio de oro, vende bonos basura de empresas cochambrosas utilizando su capacidad de seducción por vía telefónica, con el único objeto de ganar importantes comisiones a costa del engaño. Es un vendemotos que considera, en su filosofía vital de desprecio a sus clientes, que no hay nobleza en la pobreza y que todo vale para evitarla.

Scorsese borda la exposición de los excesos del personaje, cuyo entorno es peor que la mafia porque en la mafia hay honor (Uno de los nuestros), y es peor que el juego (Casino) porque las reglas de la ruleta son aceptadas hasta por los estafadores que las contravienen.

El director neoyorkino narra la ascensión de Belfort desde la fundación de su empresa Stratton Oakmont en un suburbio de Long Island, y emplea a toda la famiglia para tal fin: el guionista Terence Winter lo fue también de Los Soprano, la montadora Thelma Schoomaker lo ha sido de prácticamente toda la obra de Scorsese, y su estrella masculina es la que ha poblado sus últimas películas relevantes desde hace más de una década.

Su descripción de las bacanales en las que se mueve el excesivo y amoral Belfort no ahorra detalles, son fiestas con prostitutas, cocaína, crack, alcohol… Belfort lo cuenta en su libro, al que Scorsese es sorprendentemente fiel (como hizo en Infiltrados con Juego Sucio), con una apuesta formal que pone al espectador al borde de un ataque de nervios, como ocurría en Al límite (Bringing Out the Dead, 1999).

¿Alguien puede explicar por qué el montaje no ha sido nominado al Oscar? Scorsese usa la voz en off, pero rompe la posible convencionalidad de ese recurso con interpelaciones del propio DiCaprio a los espectadores para que crean o dejen de creer en lo que ven.

En su puesta en imágenes, El Lobo de Wall Street es una de las mejores obras de su autor y vuelve a situar la calidad de su cine a la altura de las mejores, Toro Salvaje, Uno de los nuestros, Taxi Driver.

Es además la quinta película de DiCaprio con el genio de Queens. El actor remonta hasta el infinito tras su protagónica contribución al desastre de El gran Gatsby de Baz Luhrman.

Serán dificiles de olvidar para los aficionados con un mínimo de memoria los discursos que profiere a su manada de lobos en la sede de Stratton Oakmont. Ha ganado ya el Globo de Oro al mejor actor de ¿comedia? ¿Será comedia negra? Una broma del marketing cinematográfico. Es tan autodestructivo y hedonista como el Howard Hughes de El aviador.

Tras él, la producción ha elegido un reparto multifacético, con directores de cine (Rob Reiner, Jean Dujardin, Jon Favreau) y nuevas estrellas por consagrar. Jonah Hill es Donnie, el Joe Pesci de la función, el lugarteniente siempre fiel al lobo de Wall Street que asistirá a su ascenso y será traicionado en su caída.

Sobresale un secundario aislado cuya participación es nuclear para el relato, Matthew McConaughey como Mark Hanna, cuya conversación con Belfort a su llegada como novato a Wall Street define su personaje, su mundo de tiburones sin escrúpulos y su amoralidad, y le abre las puertas a un infinito de lujo, poder, vicio y corrupción.

Los brokers no escatiman mal gusto en su carrera hacia el infierno, lanzan enanos contra una diana, comparten mujeres como si fueran objetos de usar y tirar, esnifan la droga en el trasero de las señoritas de alterne contratadas para dar rienda suelta a la más explícita desinhibición.

La escena en el yate con los agentes del FBI anunciando la investigación a Belfort demuestra el doble plano en que éste sitúa a los seres humanos, en función de los billetes verdes que son capaces de reunir.

A Scorsese debemos agradecerle que con el agente Denham, Kyle Chandler, no caiga en la tentación de abrir una historia tangencial o subtrama, dejando que su vulgar y trasnochada existencia sólo ocurra en la mente y la imaginación, haberlo mostrado más allá de sus miradas en el metro volviendo a casa habría sido un subrayado fatal en el que otros muchos directores habrían caído sin dudarlo.

Al final, Belfort acepta un pacto con la Justicia para delatar a sus colegas, como en Goodfellas, y librarse de una condena superior a los 20 meses que pasó en prisión, como Henry Hill (Ray Liotta), que también emplea como leit motiv de su vida igualmente excesiva la frase “no hay nobleza alguna en la pobreza” al finalizar ese prodigioso fresco sobre la mafia que es Uno de los nuestros, con la que tantos paralelismos comparte.

Como juego para proponer a quien se acerque estos días a El lobo de Wall Street, averigüe dónde y cómo se hace un pequeño homenaje a la película de Tod Browning La parada de los monstruos (Freaks).

Copyright del artículo © Víctor Arribas. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © 2013 Appian Way, EMJAG Productions y Red Granite Pictures. Cortesía de Universal Pictures International Spain. Reservados todos los derechos.

 

Víctor Arribas

Como estudioso del séptimo arte, Víctor Arribas ha escrito artículos de tema cinematográfico en la revista Nickelodeon y en el periódico El Mundo. Entre otras obras, es autor de los libros El cine negro y El cine de los Hermanos Marx, publicados por Notorious Ediciones. Asimismo, ha coescrito El universo de Woody Allen y El universo de Clint Eastwood. Dirigió y presentó el programa de cine Flashback en Onda Madrid, y formó parte del equipo de colaboradores de los programas Cine en Blanco y Negro y Querer de cine, dirigidos por José Luis Garci en Telemadrid.

Desde 1990 hasta 2004, dirigió los espacios locales de Madrid en los Servicios Informativos de Onda Cero. Durante siete temporadas, presentó el informativo Telenoticias 1, en Telemadrid, cadena en la que también se hizo cargo del programa de debate Madrid Opina. En 13tv dirigió y presentó Al Día. Fue subdirector de informativos en ABC Punto Radio y colabora en La noche del canal 24 horas, en TVE.

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