Crítica: "¿Tenía que ser él?" (John Hamburg, 2016)

Recuerden el esquema clásico que se estableció con El padre de la novia (1950), de Vincente Minnelli, y que tuvo su mejor vuelta de tuerca en Adivina quién viene esta noche (1967), de Stanley Kramer. Bien... Ahora, introduzcan en esa vieja receta el delirio procaz y malhablado al que nos han acostumbrado tipos como Jason Mewes ‒el eterno colega de Kevin Smith‒, y entonces se podrán hacer una idea de lo que nos brinda ¿Tenía que ser él?

En realidad, a la hora de hablar sobre una película como ésta, se plantean dos niveles de análisis: el que corresponde a sus valores de producción y el que mide su eficacia a la hora de satisfacer a su público objetivo.

Si nos ceñimos a lo primero, está claro que esta comedia tiene un acabado solvente. Cuenta con un reparto bien equilibrado, que encabezan James Franco y Bryan Cranston, plenamente entregados en sus papeles del padre tradicional y del novio majareta de su hija. Los secundarios, en especial Megan Mullally y Keegan-Michael Key, también se hacen con la función desde el primer momento.

El director, John Hamburg, es un veterano de este género, consagrado como guionista de títulos como Los padres de ella (2000) y Zoolander (2001). Y para rematar la oferta, la acción se anima con un buen puñado de cameos. Sólo adelantaré la presencia de Elon Musk, probablemente la figura más renovadora en la industria tecnológica de los últimos veinte años.

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Mencionar a Musk viene muy al caso, porque los personajes de Franco y de Cranston encarnan dos estereotipos de la revolución digital. El primero es un triunfador de Silicon Valley, un joven millonario, o si lo prefieren, un hipster sin modales ni educación, para quien la palabra espontaneidad se queda demasiado corta. En cambio, el segundo es el veterano dueño de una imprenta, cuyo mundo se viene abajo ante la competencia de las startups tecnológicas.

Aunque la película no va más allá ni pretende reflexionar sobre este cambio de época que se nos ha venido encima, casi intimida ese abismo que, a un nivel cultural y profesional, se abre entre ambos protagonistas (y acaso entre los propios espectadores que asistirán a la proyección).

A modo de curiosidad, tiene su gracia que el propio James Franco sea hijo de un empresario de Silicon Valley, un microcosmos que empieza a ser explotado por el cine y la televisión con la debida energía.

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Les hablaba más arriba del público objetivo de este film, y es aquí donde conviene advertir al lector. Por supuesto, ¿Tenía que ser él? se dirige a espectadores con sentido del humor, pero no precisamente a los que prefieren comedias de corte clásico, con réplicas elegantes y lenguaje sofisticado.

Hamburg y sus guionistas, Jonah Hill e Ian Helfer, no engañan a nadie, y nos ofrecen una gamberrada con la mirada puesta en la generación youtuber y en el público de la nueva hornada, seguidor de cineastas en la línea de Evan Goldberg y habituado a la comedia en vivo (más en concreto, a los monólogos más rijosos de Chris Rock, Jim Jefferies o Louis CK.)

Insisto: no es ésta una cinta pensada para los nostálgicos de la alta comedia, sino para todos aquellos que disfrutan con el humor punk, heredero de las rutinas más atrevidas de cómicos como los citados. Y es seguramente esa vinculación con los nuevos relatos de la stand-up comedy lo que también define las flaquezas de esta película: episódica y deshilvanada, como si la sucesión de gags y anécdotas no fraguase ‒ni necesitase hacerlo‒ en una continuidad sólida.

Tampoco el romance de la pareja que motiva la trama tiene mayor trascendencia, y en general, acaba dándose por supuesto. Imagino que no era esa la intención de John Hamburg, así que nadie ‒incluido quien esto escribe‒ debería sentirse frustrado por ello. Es lo que tienen las modas en la comedia: o las tomas o las dejas. Y el componente generacional es básico para entender, y sobre todo, para disfrutar una producción como ésta.

Pese a la candidez de su tema de fondo, ¿Tenía que ser él? vende algo opuesto al humor blanco. Y aunque eso parezca una contradicción, estoy seguro de que sus creadores saben lo que les pide su audiencia.

Sinopsis

Durante las vacaciones, Ned Fleming (Bryan Cranston), un cariñoso pero sobreprotector padre, viaja a California para visitar a su hija en Stanford, donde conoce a su mayor pesadilla: su millonario novio de Silicon Valley, Laird Mayhew (James Franco), un hombre que tiene buenas intenciones pero que se comporta de manera extraña en sociedad. Ned piensa que Laird, que no tiene ningún filtro en absoluto, no es la pareja ideal de la niña de sus ojos. Ned, un puritano hombre del Medio Oeste de Estados Unidos, que se encuentra cada vez más fuera de lugar en el glamuroso mundo de tecnología punta de Laird, ve cómo se intensifica su pánico cuando se entera de que Laird está a punto de hacer la pregunta.

Como padre, Cranston se podía ver reflejado en la lucha de Ned y en su reticencia a dejarlo pasar. Ned es un buen hombre motivado por un profundo compromiso con su hija, y Laird simplemente el potencial yerno que tenía en mente. "Como padre, es complicado ver cómo crece tu hijo y se convierte en un adulto", explica. "Has sido responsable de ellos durante toda su vida y se supone que tienes dejar voluntariamente que se vayan de casa y vivan su vida".

El tenso conflicto entre Ned y Laird —el conservadurismo de una pequeña ciudad contra el exceso de "todo vale" de Silicon Valley— forma la columna vertebral de la historia. "Todo el espectáculo trata en realidad de estos dos hombres y su terquedad sobre cómo actuar con el otro para conseguir el favor de la hija", dice Cranston. "Ned Fleming y Laird Mayhew son diferentes en todos los sentidos: el nivel de estudios, dónde se criaron, quiénes les criaron, los principios por los que fueron criados... todo. La forma en la que viven, su gusto por la música, su generación, todo en ellos es lo contrario al otro. Lógicamente, van a existir roces porque simplemente no tienen nada que ver el uno con el otro".

Eso no quiere decir que las intenciones de Laird no sean buenas. En realidad, es increíblemente dulce y pensativo, y está muy enamorado de Stephanie. Pero después de una vida dedicada a escribir código y a diseñar aplicaciones —y una inclinación natural a ser completamente honesto en todo momento—, Laird no tiene mucha idea de cómo comportarse en un lugar y cómo modular apropiadamente su comportamiento. Él siempre hace todas las cosas mal por todas las razones correctas, y sus malogrados intentos para ganarse a Ned sólo logran empujarlo aún más lejos. "Soy un poco desaliñado y grosero, tengo muchos tatuajes y uso un lenguaje vulgar, así que soy todo lo que el personaje de Bryan Cranston no querría en un yerno", afirma Franco.

Trabajando con el coguionista Ian Helfer (La hija de mi mejor amigo), el director John Hamburg diseñó un guión hilarante y conmovedor, que capta perfectamente a los complicados padres que tienen que presenciar cómo sus hijos se crean sus propias vidas y relaciones. "Para mí, no hay nada más gracioso que la torpeza de la vida real", dice Hamburg, que ideó grandes situaciones del mundo real para que nos riéramos con películas anteriores como Te quiero, tío y Los padres de ella. "Como escritor de comedia, vas por la vida pensando: ¿y si ésta fuera una escena para una película? Cada día está repleto de montones de momentos de torpeza, tensión y falta de comunicación, y esos son los momentos que me gusta incluir en las películas. Ésta es una historia de una familia normal que entra en un mundo poco normal, pero un mundo anclado a la realidad".

Copyright del artículo © Guzmán Urrero. Reservados todos los derechos.

Copyright de imágenes y sinopsis © Twentieth Century Fox, Red Hour Films, 21 Laps Entertainment, TSG Entertainment. Reservados todos los derechos.

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como Cuadernos Hispanoamericanos, Album Letras-Artes y Scherzo.

Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte). 

Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos.

Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.

En 2006, fundó junto a Javier Sánchez Ventero la revista The CULT, un medio situado en la frontera entre la cultura, las ciencias y las nuevas tecnologías de la información.

Desde 2015, The CULT sirve de plataforma a una iniciativa más amplia, conCiencia Cultural, concebida como una entidad sin ánimo de lucro que promueve el acercamiento entre las humanidades y el saber científico, tanto en el entorno educativo como en el conjunto de la sociedad.

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