Contracultura involuntaria. Manténgase fuera del alcance de los padres

“Los hijos son ahora tiranos, ya no se ponen de pie cuando entra un anciano a la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros.” (Sócrates)

Está claro que, al llegar una edad, todos empezamos a soltar frases similares. Pensamos en las palabras de Sócrates y sonreímos, dándonos cuenta de que decir cosas así es un tópico. En el fondo, pensamos: “Pero ahora sí que es verdad”. Los niños de ahora, alimentados con violencia y sexo a todas horas, blablabla…

No me malinterpreten, si yo tuviera hijos, intentaría mantenerlos alejados de internet como si fuera la peste. Un sitio en el que es tan sencillo ver vídeos reales de ejecuciones y mil espantos más no me parece el mejor de los lugares, pero también hay que tener en cuenta que los niños no son tan blandos como creemos, que tienen criterio propio y que su curiosidad morbosa tampoco es algo tan insano, siempre que encuentre los cauces adecuados para desarrollarse. En caso contrario, más que traumatizarse, lo que sucede es que su empatía se atrofia, un problema creciente en la sociedad actual.

Y ahí están las bienintencionadas asociaciones de padres, esas que siempre están tratando de prohibir cosas en principio dañinas para la chavalería, pero que casi siempre suelen actuar como una panda de aguafiestas despistados. No voy a dar nombres concretos, pero hablamos de jaurías politizadas y vociferantes que claman por la prohibición de las inocuas travesuras Shin Chan, no dicen ni pío ante la emisión de sangrientas corridas de toros en horario infantil y ponen el grito en el Cielo ante los besos catódicos de homosexuales, demostrando que los valores que defienden son, cuanto menos, discutibles.

Hace no mucho me quedé pasmado ante unos libros de cuentos versión Disney donde se había eliminado todo tipo de conflicto. A Blancanieves nadie la quería matar y lo único que sucedía en el relato era que la chiquilla conocía a unos simpáticos enanos y lo pasaba bien con los animalillos del bosque. Fin. Juro que lo leí, no lo he imaginado.

Antes del siglo XX, la vida era más dura, aunque no nos lo parezca. Lo normal era morir joven y que te pasaran un montón de cosas horripilantes hasta que llegaba ese momento, de ahí que los cuentos clásicos sean tan terroríficos. Muchos padres tan santurrones como ignorantes suelen ponerlos como ejemplo de inocente ficción para niños, demostrando que no conocen a los Grimm, a Andersen o a Perrault más que en las versiones recortadas y censuradas que solíamos leer todos de pequeños.

Infanticidio, canibalismo, gore y conductas perturbadas son lo habitual en aquellos cuentos, escritos básicamente como guía de prevención de riesgos para los infantes en un mundo hostil. Disney, entre otros, se ha encargado de distorsionar esas historias, y ahora nos encontramos que la protagonista de La Sirenita acaba la historia feliz, casada, vivita y casi coleando.

Así pues, a partir del siglo XX el causar las iras de los padres severos y mentes bienpensantes ha sido, no en todas, pero en muchas ocasiones, toda una lucha contra la hipocresía y a favor de la libertad. Una lucha casi siempre involuntaria, no de buen gusto, pero finalmente sana para el desarrollo cultural y anímico de la especie.

Lo que en el pasado era escandaloso y vomitivo ahora ha adquirido valor, pasado el tiempo, y no sería extraño pensar que muchas de las expresiones culturales actuales se revaloricen en décadas venideras, sin que lo sospechen ni los propios responsables.

¿A alguien se le ocurriría decir hoy en día que alto tan ligado a la Alta Cultura como el jazz es “música de salvajes”? No hace tantísimo tiempo, a mediados de los años 20, el New York Times lo decía.

Más o menos lo mismo ha pasado con la novela negra. Antes se ser considerado como uno de los géneros literarios más ricos, en su momento –primeras décadas del siglo XX- era poco más que basura de usar y tirar, publicada en revistas baratas que casi daba vergüenza leer en público. Los mal pagados autores, en muchas ocasiones, escribían con seudónimo, y ni soñaban con que las novelas de detectives, gracias a Hammett o Chandler, serían consideradas como clásicos.

Lo mismo se puede aplicar a la ciencia-ficción, el terror o los cómics. Aunque actualmente todavía sufran prejuicios, está claro que hasta los más exquisitos han abierto su mente. En su momento, la mayoría de las publicaciones especializadas en estos temas no estaban más valoradas que la pornografía o que el papel de envolver el pescado, ni tampoco pretendían ser más que eso.

Hoy en día, Lovecraft, Howard o Edgar Rice Burroughs tienen legiones de fans y sus creaciones influyen fuertemente en la cultura actual. Sus obras son objeto de estudio y análisis. En aquellos momentos, estos autores se podían dar con un canto en los dientes si cobraban lo suficiente para comer.

Pero la verdadera lucha (involuntaria) de la contracultura contra los rancios comenzó en los 50. Llegó el rock & roll, los censurados movimientos pélvicos de Elvis y las canciones en las que se hablaba de cosas muy raras y presuntamente sexuales. Está claro que el rock terminó triunfando, y que los inquisidores del momento han sido humillados por la Historia, pero más allá de rockeros y beatniks (sin hablar de todo lo que vino después: hippies, punks, raperos…), en los 50 algunos también tuvieron que enfrentarse a los beatos más cerrados, aunque su intención sólo fuera llevarse el dinero de la paga de los mocosos.

Desde finales de los años 30, la lectura de cómics se había convertido en una de las actividades más populares entre los niños: superhéroes, hazañas bélicas, detectives y vaqueros alimentaban sus inquietas mentes con entretenimiento directo y emociones fuertes.

La ciencia-ficción y el terror de editoriales como EC triunfaban en la década de los 50 a base de monstruos alienígenas, mutaciones radiactivas e historias macabras llenas de humor negro y muertes grotescas. Leídas hoy, estas historietas son una deliciosa combinación de ingenuidad y momentos perturbadores, pero inofensivos. No pensaba así el funesto psiquiatra Fredric Wertham, uno de esos oportunistas que se sumó a las cacerías de brujas de la época para emprenderla contra la Bruja del Caldero y las demás criaturas de los cómics de EC a través de su libelo La Seducción de los Inocentes. El extendido cliché de la homosexualidad de Batman era sólo una parte de las sandeces que escribió el buen doctor en su libro, y que llevó finalmente a la prohibición de los cómics de EC y la instauración del Comic Code, una suerte de censura que afectó al noveno arte estadounidense durante varias décadas.

Pasados los años, los niños que leían esos malvados cómics crecieron. Niños como Stephen King o Joe Dante, que reivindicaron esos tebeos artísticamente. Hoy en día, son considerados como clásicos y gozan de continuas revisiones. Sus autores son admirados, mientras que el nombre de Fredric Wertham figura en todas las listas de Grandes Cretinos de la Historia.

Algo similar pasó hace poco más de 50 años con una colección de cromos tan brutal como adorable: Mars Attacks. Por entonces, la editorial Topps (una de las más importantes entonces y ahora en cuanto a cromos y chuches se refiere), pensó en llevar un poco más allá sus colecciones bélicas –repletas de destrucción y morbo, con excusas educativas-, ofreciendo su propia versión de La Guerra de los Mundos. Mars Attacks narraba una sádica invasión de hombrecillos de Marte a nuestro planeta. En los cromos, los marcianos desintegraban soldados, transeúntes y hasta mascotas en estampas de gran colorido y expresividad –fruto del trabajo, entre otros, de Wally Wood y Norman Saunders-. Por si fuera poco, los alienígenas aumentaban de tamaño a los insectos, que procedían a comerse a los humanos con fruición. Finalmente, los soldados americanos invadían Marte para dar su merecido a los beligerantes extraterrestres.

La colección no tardó en ser eliminada a causa de las protestas de los de siempre. El mayor responsable de estos cromos, Len Brown, en el prólogo de Mars Attacks: 50th Anniversary Collection, cuenta que les llovieron las cartas de protesta, algunas de colegios, presuntamente escritas por los alumnos. En estas misivas, los niños pedían que retiraran los cromos y les dieran algo más educativo en su lugar. Una de las cartas, sin embargo, añadía al final: “Nos encantan sus cromos, es la profesora la que nos obliga a escribir esto”.

Con el tiempo, Mars Attacks no sólo se olvidó, sino que experimentó reediciones, nuevas colecciones, series de cómics, todo tipo de merchandising y una exitosa adaptación/homenaje/parodia en forma de película de Tim Burton. A día de hoy, es una franquicia en continua expansión que, si no hubiera sido pisoteada por los defensores de la moral en su momento, quizá habría sido ya olvidada.

En los 80, el perspicaz Len Brown no quiso dejar escapar la oportunidad de otra serie de cromos polémica, y lanzó una colección tan repulsiva como mediática, su parodia de Las Muñecas Repollo (Cabbage Patch Kids) titulada La Pandilla Basura (Garbage Pail Kids). Las famosas estampitas eran toda una colección de mocos, pedos, deformaciones físicas y todo eso que apasiona a los niños de 8 a 10 años, mientras que horripila a los padres.

Por supuesto, a la colección de cromos le llovieron todo tipo de palos, a pesar de lo cual, fue un éxito inmediato y hasta tuvo su propia película. Hoy en día es un auténtico icono de los 80 y el coleccionismo de estos cromos mueve una cantidad de dinero espectacular.

¿Nos vamos a los 90? Todavía recuerdo que hubo quien habló de prohibir Los Simpson, hoy en día una institución y uno de los mejores ejemplos de comedia televisiva inteligente.

Actualmente, los videojuegos se encuentran en proceso de reivindicación cultural y entrada en el mundo adulto, sobre todo porque, por fin, casi todo el mundo se da cuenta de que existe una calificación por edades escrita de manera bien clara en las cajas. Pero no dejan de surgir berridos ante cualquier contenido violento, sexual o perturbador, y muchos recordamos las polémicas a raíz de videojuegos como Carmageddon o Mortal Kombat. ¡Hay hasta quien la emprende contra el pobre Mario! (http://www.youtube.com/watch?v=VAiadNZpoYQ)

¿Cuáles son los nuevos retos contraculturales? Todavía queda mucho que combatir, a los Cruzados de toda la vida se les han unido sus enemigos progresistas, capaces de ver machismo, racismo y espejismos en cualquier lugar, al caer en el mismo error de siempre de dejarse guiar por la ignorancia y la falta de perspectiva. “El nosecuántos % de los cómics y los videojuegos contienen violencia de género, según un estudio de la Universidad de la Chimbamba”, ese tipo de cosas, ya saben…

Como casi siempre, es más fácil prohibir y demonizar lo que hacen otros que dedicar tiempo a la educación (real), tanto de los hijos como propia.

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Norman Saunders, salvo Mars Attacks ©  IDW Publishing, John McCrea. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Periodista, crítico de cine y especialista en cultura pop. Es autor de diversos estudios en torno a géneros cinematográficos como el terror y el fantástico. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic, el folletín y la literatura pulp.

Es coautor del libro 2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario (Notorius Ediciones, 2018).

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