Disgusto por la filosofía

Disgusto por la filosofía Imagen superior: Biblioteca del Trinity College, Dublín (Mark Colliton, CC)

La filosofía tiene una larga historia, literalmente milenios, de resultar incómoda. Recientemente me he visto involucrado en varias discusiones en Facebook acerca de la “inutilidad” de la filosofía. Sobre todo con amigos y colegas comunicadores de la ciencia que dedican gran parte de su tiempo a combatir seudociencias y supercherías. 

Lo que me ha impresionado es la violencia de los argumentos. Más allá de la poco pertinente pregunta sobre si la filosofía es una ciencia (no lo es ni pretende serlo), he aquí algunas de las críticas que se le hacen a esta disciplina humanística: que se trata de meras “especulaciones existenciales”, que “es lo mismo que la teología”, que son “sólo ideas”. Se la describe como “vacía, inútil y refugio de la pomposidad”. Se la descalifica por “no tener utilidad práctica”, por ser sólo una simulación para que los “filósofos profesionales” cobren un sueldo por no hacer nada… Y se propone eliminarla del sistema educativo, del mundo académico y del mapa del conocimiento humano actual (al parecer, sólo les molesta la filosofía moderna; a la antigua aceptan conservarla como curiosidad de museo). 

Yo entiendo que mis colegas escépticos estén a la defensiva: al menos desde mediados del siglo pasado, los filósofos de la ciencia –y en general los epistemólogos, o expertos en estudiar las maneras que tenemos de adquirir conocimiento– han tomado a la ciencia, acostumbrada a ser quien estudia el mundo, como objeto de estudio. Y han descubierto cosas no siempre agradables, sobre todo para quien tiene una imagen ingenua de ella. Entre otras, que la idea de objetividad, de que la ciencia revela “verdades” sobre el mundo natural, carece de un sustento razonable. (Es por eso que yo, en vez de decir que la ciencia revela verdades prefiero decir que produce conocimiento confiable… pero siempre mejorable.) 

En especial desde los años 90, cuando se desataron las llamadas “guerras de las ciencias” (science wars), en la que algunos científicos naturales –en particular físicos– desataron lo que se convirtió en un combate abierto con las humanidades y las ciencias sociales (y en particular a la filosofía y la sociología de la ciencia), que sólo polarizaron y dividieron al mundo académico (hablo de ello en un capítulo de mi libro La ciencia por gusto, Paidós, 2004), la desconfianza de los científicos ante la filosofía no ha hecho más que crecer

Y claro, si se trata de luchar contra creencias infundadas que se hacen pasar como ciencia sin serlo, y que causan daño y se aprovechan de la credulidad de la gente, es útil tener una concepción de la ciencia como una fuente certera de conocimiento confirmado. Justo lo contrario de lo que nos muestra la filosofía de la ciencia. Pero eso no quiere decir que la ciencia no sea, con mucho, la mejor forma que tenemos para adquirir conocimiento sobre el mundo material. 

“¿Para qué sirve la filosofía?”, preguntan mis amigos, y se contestan “para nada, sólo para generar especulaciones sin fundamento ni utilidad”. Yo creo que se equivocan doblemente. 

Primero, porque quieren juzgar a la filosofía con los criterios de la ciencia, exigiendo que el conocimiento que produce sea “útil” de manera práctica (ni siquiera la gran mayoría del conocimiento científico lo es), además de “comprobablemente cierto”. Eso es no entender a qué se dedica la filosofía: a estudiar no el mundo natural, sin la manera en que pensamos acerca de él (y de otras cosas en las que pensamos). Y no necesariamente a responder preguntas; al menos no de manera final, sino a ampliarlas y al hacerlo a explorar más amplia y profundamente el universo de la experiencia humana. La especialidad de los filósofos no es contestar preguntas (que es a lo que se dedican los científicos), sino hacer más preguntas: son expertos en problematizar el mundo. 

Y segundo, porque creo que en realidad lo que tienen es miedo: miedo de que al descartar la imagen de superioridad, certeza e invulnerabilidad de la ciencia, y mostrárnosla como lo que es, una actividad humana con todos sus defectos, problemas y contradicciones, los filósofos puedan terminar por destruirla. Y eso sería inaceptable. 

Pero creo también que su miedo es infundado: así como la ciencia hace todo lo posible por no engañarse, la filosofía de la ciencia busca mostrarnos una imagen lo más real y honesta posible de la propia ciencia. Creer que para que sobreviva tenemos que mantener el espejismo de la princesa de cuento que nos recetan en la escuela es tener muy poca confianza en ella. 

Añado, para terminar, que vivimos tiempos en que la enseñanza de la filosofía ha sufrido muchos ataques, tanto en México, donde se propuso en 2009 eliminarla del bachillerato, como en España, donde la llamada “Ley Wert” buscó reducir drásticamente las horas que se le dedican en la escuela. Tiempos en que la actividad académica está bajo ataque en prácticamente todo el mundo, y la educación pública ve reducidos sus espacios y presupuestos. En este contexto, atacar a la filosofía e igualarla a una charlatanería inútil es abonar el terreno para los enemigos de la academia, del conocimiento en general y, en última instancia, de la propia ciencia.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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