El estigma de la enfermedad mental

El estigma de la enfermedad mental Imagen superior: Wentworth Miller en "Prison Break" © 20th Century Fox Television

Wentworth Miller saltó a la fama por ser el tipo astuto que se tatuó el plan de escape de una prisión para ayudar a su hermano en Prison Break. Era el perfecto ídolo de adolescentes. Se retiró durante un tiempo de la actuación, y salió a la luz una faceta menos conocida suya, la de guionista. En 2013 debutó escribiendo Stoker, una película fascinante, envolvente y con escenas evocadoras como pocas, dirigida por el genial Chan-Wook Park

Lo hemos podido ver en The Flash y en Legends of Tomorrow, y en 2016 está pendiente de estreno su nuevo trabajo como guionista, The Disappointments Room. Por si fuera poco, se ha anunciado que habrá nuevos episodios de la serie con la que saltó a la fama, la citada Prison Break, y que él, junto con la mayor parte del elenco, retomarán sus papeles.

¿No está mal, no? ¿Considerarían a Wentworth Miller una persona de éxito? Yo desde luego sí.

Pero si hablo ahora de Miller, no lo hago por su múltiples logros en cine y televisión, sino por la respuesta que ha dado a través de su página de Facebook a un meme suyo que apareció en Internet. Un meme en el se mofaban de su forma física, porque el actor aparecía con unos kilos de más.

Desde que oí la palabra meme, no puedo evitar añadir una “z” para convertirla en lo que realmente suelen ser: una memez. Y este caso no era una excepción. Una chiste fácil, carente de ingenio, y básicamente anodino. Por eso me sorprendió que Wentworth Miller dedicara su tiempo a este asunto. Pero lo hizo, y debemos darle las gracias por hacerlo.

Según cuenta el autor en su perfil de Facebook, la foto se tomó en una época de su vida en la que sufría un episodio depresivo muy grave, con tendencias suicidas. Otros se refugian en la bebida, él lo hizo en la comida, de ahí los kilos de más. Las causas de su patología no las conocemos y no tenemos por qué. Aquí no importan.

Lo que marca la diferencia en este caso es que una persona atractiva, con éxito, que trabaja, dé un paso adelante y reconozca en público sufrir un trastorno depresivo. Otras figuras públicas lo han hecho también, como el actor Jared Padalecki, de la serie Sobrenatural, que lleva a cabo regularmente campañas de concienciación sobre la salud mental.

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Hay otros actores que han ido más allá al hacer pública su dolencia y su tratamiento, Carrie Fisher y Stephen Fry, sin ir más lejos, han hablado ante las cámaras de su bipolaridad y de los problemas que les provocó desconocer la enfermedad que padecían y, por tanto, no tener tratamiento.

Todas estas figuras públicas, cada una a su estilo, han puesto cara a enfermedades por las que hasta hace no tanto se encerraba a la gente de por vida, y que siguen estigmatizando a quienes las padecen.

¿Qué se dice cada vez que se produce un tiroteo en una escuela o universidad en Estados Unidos? Que ha sido un enfermo mental. Los medios norteamericanos abren el debate sobre la salud mental. ¿El hecho de que puedan acumular armas de asalto en su casa sin control? Eso no es de locos. ¿Qué fue lo primero que se dijo del piloto de Germanwings que estrelló un avión en los Alpes? Que tenía depresión.

Curioso que se recurra a la enfermedad mental siempre que responsables políticos o empresariales tienen que dar explicaciones sobre un hecho luctuoso y deben quitarse la responsabilidad de encima. Curioso y efectivo, porque hay mucha gente dispuesta a morder el anzuelo.

La enfermedad mental acarrea un estigma que puede llegar a ser mortal. En primer lugar, porque ese estigma lleva a quienes sufren un trastorno mental a no querer buscar ayuda, y ciertas dolencias sin tratamiento pueden ponerse feas. En segundo lugar, porque el estigma lleva al resto de la sociedad a apartarse del enfermo. Podrían decirme que esto ocurre más a menudo de lo que nos gusta admitir con todo lo relacionado con la enfermedad, y es cierto. Pero si tienes cáncer, al menos la gente entiende que el paciente está enfermo y debe buscar tratamiento. Si una persona sufre un trastorno ansioso-depresivo, es muy posible que tenga que oír cosas como que vaya a hacerse acupuntura, que pruebe la homeopatía, o que se tome las cosas menos a pecho. O bien puede incluso que no oiga nada, y que sus supuestos amigos y familiares le respondan con un atronador silencio.

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Imagen superior: Stephen Fry en "The Secret Life of the Manic Depressive" © IWC Media

En realidad, lo primero que debería escuchar alguien que crea que la mala gestión de sus emociones, por ejemplo, le impide llevar una vida normal es “Pide hora en el psiquiatra”. Y a partir de ahí, debe ponerse en manos de especialistas. ¿Acaso no es lo que hacemos siempre cuando estamos enfermos? Pues la enfermedad debe tratarse igual, y siempre seguir los consejos de los psiquiatras y psicólogos. Y cuando hablo de profesionales, me refiero a profesionales colegiados, no a cualquiera que se hace llamar terapeuta.

Ese es el primer paso de un largo camino. Pero el mero hecho de estar en un camino es importante, porque te permite andar y avanzar; tal vez no fuera el camino que uno hubiera elegido, y debas dar algún rodeo, o no puedas avanzar siempre al mismo ritmo, pero no te paras. No parándote vences a uno de los demonios que acompañan a ciertos trastornos mentales, y que parece adoptar la forma de unos grilletes que mantienen al enfermo atado a la cama, al sofá, y al lugar en el que, en definitiva, se siente menos inseguro.

Ahora bien, supongamos que una persona con un trastorno depresivo busca ayuda médica, consigue dar con un tratamiento que le funciona, y está controlado por el especialista. Llega entonces la siguiente fase de la estigmatización. Ocultar el diagnóstico y el tratamiento es una de las prioridades de muchos enfermos mentales, porque temen, y con fundamento, que les cuelguen la etiqueta de «locos», «problemáticos», y que puedan acabar excluidos social y laboralmente.

Y esto es una realidad en España. En un país donde parece que todo se puede radiar por Twitter, poca gente confesará los antidepresivos que toma. Y les diré algo más: hace bien. Porque la ignorancia extrema que existe en todas las capas de la sociedad respecto a estas dolencias es brutal. Todo el mundo se cree con derecho a opinar sobre una fobia, un problema de ansiedad, o un trastorno del aprendizaje. ¿Harían lo mismo con una cirugía torácica? No. En ese caso, se quedarían callados, reverenciando al especialista en cardiopatías.

No obstante, más allá de la injusticia de tener que cargar con el estigma y no poder hablar con naturalidad de un trastorno con el que la mayoría de personas viven sin problemas, nos encontramos con las graves consecuencias. Estas van desde la automedicación ‒que puede provocar una mala reacción a los medicamentos‒ hasta que el enfermo adopte las medidas más drásticas porque no encuentre solución a su padecimiento, o porque crea que no merece tal solución al sentirse un bicho raro o una persona débil.

¿Pueden imaginar cuánto sufrimiento se llega a concentrar en una sola persona que está enferma y que no tiene el tratamiento que necesita? Y todo por culpa de la maldita ignorancia. La misma ignorancia que trataba la homosexualidad como una enfermedad, o que llevaba a encerrar a las mujeres que molestaban en asilos para toda su vida.

De ahí que el gesto de Wentworth Miller de poner cara a la enfermedad y decir «se puede vivir con esto» sea tan valioso. Porque da esperanza a muchas personas, porque abre un debate sensato, y porque demuestra que los enfermos mentales no son cobardes que se refugian en pastillas, sino personas normales que se afanan por llevar una vida normal.

Copyright del artículo © Julia Alquézar Solsona. Reservados todos los derechos. 

Julia Alquézar

Desde siempre he leído y he escrito. De niña era mi entretenimiento, de joven, mi refugio, y de adulta intento que sea mi sustento. Elegí la carrera de filología clásica porque desde el momento en que conocí las letras clásicas, y el griego clásico en particular, me sentí fascinada y no podía resignarme a estudiar ninguna otra cosa, por mucho más sensato que pareciera. Así, me licencié en Filología clásica por la U.B. y, a continuación, decidí cursar estudios de tercer ciclo, especializándome en estética del mundo clásico y teoría de la novela antigua, lo que me permitió obtener el Diploma de Estudios Avanzados.

Casi como consecuencia inevitable después de tantos años aprendiendo a traducir a los clásicos, empecé a trabajar en el sector editorial, primero como lectora y correctora, y después como traductora editorial de inglés, francés y catalán a español. Desde 2005, y tras cursar un postgrado de traducción literaria, he tenido la oportunidad de trabajar con grandes grupos editoriales y con editoriales independientes, como Rocaeditorial, Tempus, Penguin Random House, Edhasa, Omega-Medici, Ariel, Crítica, Destino, Noguer, Casals, Cambridge University Press, Bang, Siruela, RBA, Molino, Luciérnaga, Salsa Books, Gredos, Pearson, Blume, Proteus, Suma de Letras, Círculo de Lectores, Esfera de los Libros, Capitán Swing, Fórcola, Sajalín y S·D Ediciones.

Asimismo, compagino la traducción editorial con la enseñanza del griego, el latín y la cultura clásica en general en prácticamente todos los niveles de la educación secundaria obligatoria y el bachillerato, donde intento transmitir a mis alumnos mi pasión por la lengua y la literatura, así como los valores que caracterizan el espíritu humanista.

 

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