Mitos de la ciencia: la Tierra plana

Mitos de la ciencia: la Tierra plana Imagen superior: Mapa de la tierra plana realizado por Orlando Ferguson en 1893.

El siglo XIX atribuyó al pensamiento medieval la idea de que la Tierra era plana, un mito gracias al cual se demostraba que la era del auténtico conocimiento fue la Modernidad y su ciencia. El siglo XX, en su necesidad de mitos como compensadores de la represión de un inconsciente no tanto ignorado como despreciado, consolidó la mentira como verdad.

La redondez de la Tierra se conoce desde el siglo VI a.C., hasta donde se sabe con certeza, aunque se ha dado por válida la creencia de que la Edad Media quedó cegada a los grandes saberes de la Antigüedad clásica y entró en un milenio de irracionalidad y superstición que sólo sería superado en la era moderna, con el advenimiento de la era de la Razón.

Según Jeffrey Burton Russell, catedrático emérito de la Universidad de California en Santa Bárbara, y autor de Inventing the Flat Earth: Columbus and Modern Historians (1991), el origen del mito se remonta a La vida y viajes de Cristóbal Colón (1828), de Washington Irving, quien ya avisó inútilmente del alto contenido ficticio de la obra, donde el protagonista es un héroe solitario en su convicción de que la Tierra es redonda frente a un mundo de supersticiosos e ignorantes.

Contrariamente a la interpretación popular que se extendió desde entonces, y que aún se puede encontrar a día de hoy, el Claustro de la Universidad Salamanca no debatió la esfericidad de la Tierra, sino la distancia entre Europa y Japón a través del océano Atlántico y la posibilidad de completar el viaje con la tecnología disponible.

La ficción de Irving inspiró poco a poco a los defensores de una nueva ciencia que necesitaba consolidarse frente al dogmatismo religioso que había dominado la cultura europea durante siglos; como suele ocurrir cuando se lucha enconadamente por derribar un dogma, el aspirante acabó dogmatizado a su manera particular, impregnándose al fin de las intelectualmente bárbaras cualidades ajenas que tanto detestaba.

El debate sobre las teorías de Darwin facilitó la propagación del mito de la Tierra plana como forma de desacreditar a los cristianos del siglo que se oponían a la evolución de las especies. Si su tradición había creído en un planeta plano, ninguna de sus ideas era susceptible de ser tenida en cuenta… no hay ser humano que esté libre de las falacias argumentativas.

El caso es que los pseudosabios explotaron a conciencia el denominado “modelo del tabernáculo”, defendido en el siglo IV por Lactancio y en el siglo VI por el bizantino Cosmas Indicopleustes, para quienes el universo tenía forma cuadrangular.

Pero ya San Agustín, según señala Umberto Eco en Historias de las tierras y los lugares legendarios, escribió que:

"…no hay que dejarse impresionar por la descripción del tabernáculo bíblico, porque ya se sabe que las Sagradas Escrituras hablan a menudo por medio de metáforas, y tal vez la Tierra es esférica. Pero puesto que saber si es esférica o no de nada sirve para lograr la salvación del alma, de nada sirve para lograr la salvación del alma, se puede dejar de lado la cuestión."

En el siglo XIV, el alter ego de Dante “sube hacia abajo” para llegar al purgatorio y posteriormente salir al Paraíso por las antípodas de donde entró, algo imposible de imaginar si no se concibe una Tierra esférica.

Imagen superior: La tierra según el "Liber Divinorum Operum" de Hildegarda de Bingen. Bibliotheca Governativa di Lucca

El pensamiento medieval era de raíz simbólica, de manera que el mundo exterior servía como guía hacia el interior, al que se consideraba el realmente importante para el desarrollo del ser humano. Escribe Eco:

"La Edad Media produce enciclopedias, Imagines mundi, que tratan sobre todo de satisfacer el gusto por lo maravilloso, hablando de países lejanos e inaccesibles, y todos estos libros están escritos por personas que jamás habían visto los lugares de los que hablaban, porque la fuerza de la tradición contaba más entonces que la experiencia. Un mapa no pretendía representar la forma de la Tierra, sino enumerar las ciudades y pueblos que se podían encontrar.

Además, la representación simbólica era más importante que la representación empírica. En el mapa del Rudimentum novitiorum de 1475, lo que preocupaba al miniaturista era representar Jerusalén en el centro de la Tierra y no cómo se llegaba a Jerusalén. Esto no quita que hubiera mapas de aquel mismo período que representaran ya con bastante exactitud Italia y el Mediterráneo.

Una última consideración: los mapas medievales no tenían una función científica, sino que respondían a la demanda de lo fabuloso por parte del público.".

Más allá de los mundos simbólicos, recuerda el semiólogo italiano que la intención de los mapas medievales no era cartografiar con precisión el terreno, sino servir como guía práctica, no como modelo fiel descriptivo:

"…piensen por un momento en el mapa de las líneas ferroviarias que aparece en los viejos horarios. A partir de aquella serie de nudos, clarísima si hay que tomar un tren de Milán a Livorno (y enterarse de que habrá que pasar por Génova), nadie podría extrapolar con exactitud la forma de Italia. La forma exacta de Italia no le interesa al que tiene que ir a la estación."

En los últimos años, se ha emprendido la revisión de los textos medievales como manera de superar la mitología creada por el siglo del progreso, que ha silenciado multitud de nombres y velado sus corrientes de pensamiento por no encajar en el método lógico imperante entre el siglo XIX y comienzos del XX. A pesar de que tal método ha sido ampliamente superado por la vanguardia científica de hoy, el academicismo endogámico y la mediocridad de las mentes que dirigen el curso del saber contemporáneo ignoran tales vanguardias y se recuestan perezosos en convencionalismos ya superados.

Hoy, se defiende que la Modernidad fue posible gracias al esoterismo docto del siglo XVI, que la primacía de la razón no es el resultado de un avance humano en el ámbito epistemológico, sino una necesidad histórica que sólo es válida en los límites de unas circunstancias concretas, como el siglo XXI empieza a entender después de que el XX demostrara cuán fácil es acabar, en apenas unos pocos años sueltos aquí y allá, con siglos de cultura y esfuerzo civilizatorio.

Los programas para rescatar el saber olvidado buscan mostrar el valor del pensamiento “científico” antiguo y medieval como forma de acabar con los mitos del progreso y los reduccionismos que amenazan no sólo las posibilidades de alcanzar una auténtica sabiduría en Occidente, sino que atentan contra la misma supervivencia de la especie humana en su ignorancia de la Naturaleza.

Cada día que pasa, se hace más necesaria una aproximación interdisciplinar a la ciencia, de manera que se imponga una mayoría de académicos bien formados no sólo en la ciencia de vanguardia, sino en su historia y las filosofías ocultas que la mueven y determinan.

La propagación de, y el regodeo en, la ignorancia pre-moderna, como ilustra el mito de la Tierra plana, sirven para mostrar cómo la civilización del progreso ha sido y es tan culpable como cualquier charlatán al uso de abusar de su autoridad intelectual y de cometer fraude aprovechando en su favor la ignorancia, la pereza y el complejo de inferioridad/superioridad –es el mismo— de los últimos hombres profetizados por Nietzsche, obscenas criaturas que se regocijan en su hibris y se aplauden en su incompetencia para hacer de la existencia una experiencia digna, con valor para futuras civilizaciones.

Copyright del artículo © Rafael García del Valle. Reservados todos los derechos.

Rafael García del Valle

Rafael García del Valle es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. En sus artículos, publicados principalmente en su blog Erraticario, nos ofrece el resultado de una tarea apasionante: investigar, al amparo de la literatura científica, los misterios de la inteligencia y del universo.

Esa labor de investigación le lleva a conocer y comprender el desarrollo de la Tercera Cultura, que establece puentes entre las ciencias y las humanidades.

García del Valle escribe alternando el rigor de un científico y la curiosidad de un viajero –tras varios años de trabajo en Irlanda e Inglaterra, regresó a España, donde sobrevivió como cocinero durante algunos años–. Sin embargo, por encima de todo, el suyo es el punto de vista de un divulgador.

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