Necedades

Necedades Imagen superior: Kelly Garbato, CC ("Cryptozoology: Out of Time Place Scale", Kansas City Art Institute's Artspace)

Quienes confiamos en el pensamiento racional como base fundamental de nuestras decisiones y acciones (después de todo, es eso precisamente lo que nos distingue de nuestros demás primos animales y nos permite trascender nuestros instintos y emociones para ir muchas veces en contra de ellas, cuando así lo requiere un comportamiento humano) solemos meternos en muchos líos.

En primer lugar, porque no se nos entiende. No es que neguemos la importancia de los sentimientos, las convicciones, las lealtades, los ideales, las utopías… Simplemente, pensamos que las decisiones y actos que realizamos motivados por éstas pueden depurarse y mejorarse si además se fundamentan en datos confiables y razonamientos lógicos que nos permitan confiar en que las conclusiones a las que llegamos están bien justificadas. (Existen también los ultrarracionalistas que descalifican todo lo que no sea razón, pero esa es otra enfermedad…)

Por eso, cuando tratamos de exponer datos que no coinciden con la conclusión más cercana al corazón de los demás, con lo que quisieran que fuera cierto, solemos recibir ataques y denuestos. Merecido nos lo tenemos.

Un ejemplo es lo que escuché ayer en una popular estación de radio (podría ser cualquiera), en voz de una de las muchas comentaristas matutinas (hay tantas) que abordan temas que a ellas y a sus radioescuchas les parecen interesantes. Lo malo es que a veces tratan asuntos que presentan como “científicos” sin serlo. El peligroso revoltijo de ciencia, seudociencia, esoterismo y vulgar charlatanería sin fundamento que puede uno escuchar por radio o ver por televisión a lo largo de la mañana es de lo más desalentador.

La comentarista en cuestión, cuyas colaboraciones aparecen inmediatamente después de uno de los noticieros más escuchados de la radio mexicana, tiene un tino fenomenal para elegir asuntos aparentemente científicos que en realidad son fraudes, locuras o intentos de presentar el pensamiento mágico como ciencia. En esta ocasión habló de la “inteligencia” de las plantas. Describió los estudios de un cierto investigador y de cómo éste argumentaba que diversos mecanismos que las plantas, efectivamente, presentan en su desarrollo (movimiento, competencia, búsqueda de recursos como agua, nutrientes o luz, mecanismos de combate a plagas, etc.) eran muestra de que “piensan” y hasta tienen intenciones y sentimientos. El sueño de todo hippie abraza-árboles.

En realidad, se trata simplemente de una interpretación muy poco ortodoxa hecha por un especialista poco serio. Pero que resuena con muchas de las creencias tipo new age, que hoy son tan increíblemente populares.

Y he ahí el problema de esta comentarista, y de tantas personas en los medios que pretenden hablar de ciencia y acaban presentando charlatanerías: al no contar con una buena preparación científica –no de especialista, obviamente, pero sí la necesaria cultura científica que todo comunicador que aborde estos temas debería tener–, ni con asesores que la tengan, no son capaces de distinguir la ciencia legítima de sus imitaciones fraudulentas. Creen, además, que los “descubrimientos” vistosos de un investigador en particular pueden pesar más que el consenso científico, la opinión de todo el resto de los especialistas (la falacia de creer en los “genios científicos”, en vez del trabajo colectivo que hoy constituye la base de la ciencia).

Pero no sólo es la falta de información y preparación la que ocasiona que constantemente se difundan estos mensajes: es también la importancia que le damos a las emociones e ideologías por encima de la razón: si algo nos “suena” bien, si se “siente” bonito, si coincide con nuestras creencias, valores, prejuicios (conscientes o inconscientes) o con lo que deseamos, tendemos a aceptarlo, sin importar la evidencia o los argumentos en contra.

En una sociedad democrática, estamos obligados a aceptar la diversidad de ideas y de visiones del mundo. Pero nada nos impide promover, a través de la educación y la discusión, una visión aunque sea un poquito más racional de las cosas. Aun a riesgo de caerle gordos a algunos.

Copyright © Martín Bonfil Olivera. Publicado previamente en Milenio Diario. Reservados todos los derechos.

Martín Bonfil Olivera

Martín Bonfil Olivera, mexicano, es químico farmacéutico biólogo y estudió la maestría en enseñanza e historia de la biología de la Facultad de Ciencias, ambas en la UNAM.

Desde 1990 se ha dedicado a la divulgación de la ciencia por escrito. Colaboró en los proyectos del museo de ciencias Universum y el Museo de la Luz, de la UNAM. Es autor de varios libros de divulgación científica y hasta 2008 fue editor de libros y del boletín El muégano divulgador.

Ha sido  profesor de la Facultad de Ciencias de la UNAM y la Escuela de Periodismo Carlos Septién García. Ha colaborado regularmente en varias revistas (Milenio, Cambio, Los universitarios) y periódicos (La Jornada, Crónica, Reforma). Actualmente escribe la columna semanal “La ciencia por gusto”, que aparece los miércoles en Milenio Diario (puede consultarse en el blog La Ciencia por Gusto), además de escribir mensualmente la columna “Ojo de mosca” para la revista ¿Cómo ves?

Ha colaborado también en el canal ForoTV y en los programas de radio Imagen en la Ciencia e Imagen Informativa, de Grupo Imagen, Hoy por hoy, de W Radio, y actualmente Ecléctico, en la estación de radio por internet Código Radio, del gobierno del DF, con cápsulas de ciencia.

En 2004 publicó el libro La ciencia por gusto, una invitación a la cultura científica (Paidós). Desde 2013 es miembro del comité editorial de la revista de divulgación científica Hypatia, del Consejo de Ciencia y Tecnología del Estado de Morelos (CCyTEM).

En 2005 recibió la Distinción Universidad Nacional para Jóvenes Académicos en el área de Creación Artística y Extensión de la Cultura. Ha impartido numerosos cursos de divulgación escrita en casi todos los Estados de la República Mexicana.

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