Esplendor y caída de un emperador

En varios grupos de animales hay especies que por su belleza o majestuosidad destacan sobre las demás y reciben nombres con tintes nobiliarios. Así, existen pingüinos emperador, zopilotes rey y hasta animales que en su nombre manifiestan con redundancia su poderío, como Tyrannosaurus rex.

En agosto de 1832, durante una reunión de la Sociedad Zoológica de Londres, se exhibieron varias pieles de un pájaro carpintero de excepcional tamaño y elegante belleza. Los ejemplares, presentados por John Gould, fueron obtenidos por un ingeniero de minas en la región de Bolaños, estado de Jalisco. Gould llamó a esta nueva especie Picus imperialis, el pájaro carpintero imperial. Rendidos ante su belleza, evidente aún en las pieles preparadas para museo, pocos de los asistentes pudieron cuestionar la acertada elección del nobiliario epíteto para esta imponente ave.

El pájaro carpintero imperial, ahora llamado por los científicos Campephilus imperialis, es la especie más grande y espectacular de su linaje.

En una lámina publicada en 1892 en la revista ornitológica The Auk, Ridgway ilustra la majestuosa belleza de este animal. En primer plano, un macho se muestra posado en el tronco de un pino, justo enfrente del orificio circular que constituye la entrada a su nido. Las plumas negras cubren la totalidad del cuerpo de casi 60 cm, excepto por dos grandes parches blancos en las alas y una línea doble en V, también alba, en el dorso. La cabeza está rematada por el característico copete rojo intenso, ligeramente curvado hacia adelante para terminar en punta. Los penetrantes ojos amarillos destacan sobre el fondo de la cabeza negra, llevando la mirada hacia el poderoso pico marfileño de diez centímetros de longitud. Asomándose por detrás del tronco del pino aparecen el torso y la cabeza de la hembra. En ella, el copete es totalmente negro y más curvado, formando un cómico rizo, semejante al fleco del peinado de algunas mujeres contemporáneas.

Observar estas aves en su ambiente natural, los bosques de pino de la Sierra Madre Occidental, no era demasiado difícil hasta finales del siglo XIX. Entre 1892 y 1893, Edward Nelson y su grupo de exploradores científicos recorrieron los bosques de la región comprendida entre Pátzcuaro y la entonces pequeña villa de Nahuatzen, habitada por indígenas purépechas. En varias ocasiones, Nelson y sus asistentes encontraron grupos de carpinteros imperiales, escucharon con asombro su característico llamado, descrito como un sonido nasal, similar al de una trompeta metálica, y observaron con admiración varios de estos animales al vuelo con su elegante patrón blanco y negro del dorso y las alas desplegado.

Nelson describió el comportamiento de los carpinteros como valiente, recalcando la admiración que le causó un macho de esta especie que, herido en el ala por sus disparos, luchó contra sus captores con el pico y los talones, mostrando una fiera actitud reflejada en sus brillantes ojos. Esta admiración no obstó para que Nelson y su equipo terminaran por capturar prácticamente todos los individuos que observaron, convirtiéndolos en ejemplares de museo. En la primavera de 1893, un niño purépecha de Nahuatzen que asistía al equipo de Nelson encontró un par de huevos dentro del nido de una pareja de carpinteros imperiales. El pequeño rompió uno al descender del árbol, pero pudo colocar el restante en su camisa. Sin embargo, de regreso a casa el muchacho se topó con parte del rebaño familiar, y al correr para acercarse a las vacas, cayó al suelo, rompiendo así el otro huevo. Nunca se volvió a ver un huevo de pájaro carpintero imperial.

Tal parecería que la tragicómica historia de los huevos del carpintero imperial no fue sino un sombrío presagio sobre el futuro de Nahuatzen y de los propios pájaros. Desde 1872 había iniciado en Nahuatzen el reparto de tierras previsto por la Ley de Desamortización de 1856.

Para la década de los años noventas, coincidiendo con la visita de Nelson, el reparto irregular y viciado de las tierras ya había generado conflictos de gran magnitud en la comunidad, situación que fue aprovechada por las grandes compañías madereras. A principios del siglo XX, la Compañía Industrial de Michoacán recibió los derechos de explotación de los bosques de Nahuatzen por treinta años. En los siguientes años, el hábitat natural del pájaro carpintero imperial prácticamente desapareció de la zona. Igual suerte corrieron otros lugares a todo lo largo de la Sierra Madre Occidental. Para 1950, sólo unas pequeñas porciones en los estados de Durango y Chihuahua mantenían extensiones significativas del tipo de bosque necesario para el carpintero imperial. En 1956, en una localidad maderera localizada cien kilómetros al sur de la ciudad de Durango, se observó por última vez un ejemplar vivo.

La trágica historia del carpintero imperial es un ejemplo de libro de texto sobre los atributos que hacen a las especies vulnerables a la extinción. En general, las de mayor tamaño dentro de cada grupo animal son las más vulnerables, ya que requieren extensiones de hábitat más grandes, tienen tasas de reproducción más lentas y son fácilmente detectadas por los cazadores. En algunos casos, como parece ser el del carpintero imperial, las especies de mayor tamaño tienden a tener dietas especializadas y a formar grupos familiares muy unidos, lo que las hace aún más vulnerables. El carpintero imperial vivía solamente en bosques maduros de pino a más de dos mil metros de altitud sobre el nivel del mar. Para hallar alimento y formar sus nidos, esta especie requería la presencia de árboles de gran tamaño y de grandes árboles muertos, pero en pie. Una combinación de persecución por parte de los cazadores y de una masiva pérdida de hábitat condujo al emperador de los carpinteros a la inescapable espiral de la extinción.

Igual suerte corrió el príncipe de los pájaros carpinteros. El carpintero pico de marfil —Campephilus principalis— fue considerado extinto, pues no se había encontrado desde 1944 en su hábitat de los bosques pantanosos del sureste de los Estados Unidos, ni desde 1956 en los bosques del este de Cuba. En 1987 se reportó el descubrimiento de algunos individuos de la subespecie cubana, pero a pesar de intensas búsquedas, no se ha vuelto a ver individuo alguno. En abril de 2005 se anunció el avistamiento de carpinteros pico de marfil en relictos boscosos del este de Arkansas, Estados Unidos. El reporte, publicado formalmente en el número de junio de la revista Science, provocó un enorme revuelo en los medios de comunicación masiva de la Unión Americana. Algunos especialistas han comparado, socarronamente, el borroso video presentado como evidencia con las trucadas películas de los años setentas que demostraban la existencia de Big Foot. A pesar de este escepticismo, en general, el reporte se considera válido, demostrando así el retorno del bello carpintero pico de marfil a los pantanos boscosos de los Estados Unidos.

Algunos optimistas crónicos consideran que el hallazgo del carpintero pico de marfil proporciona renovadas esperanzas sobre la posible subsistencia del carpintero imperial en algún remoto lugar de la Sierra Madre de México. Después de todo, los bosques del sureste de los Estados Unidos están mucho más perturbados que muchos sectores de las montañas del occidente de México. David Wilcove, un connotado ornitólogo de Princeton, consideraba en el año 2000 que encontrar un carpintero pico de marfil en los desolados paisajes del industrializado sureste norteamericano era tan improbable como toparse con un pionero con mosquete en el centro de Atlanta. El propio Wilcove reconoció con agrado y buen humor su equivocación y avaló en las páginas de Science el redescubrimiento del carpintero pico de marfil.

Con respecto al carpintero imperial, a pesar de numerosos rumores y de reportes incompletos, no existen avistamientos reconocidos desde 1956. Aun si existieran poblaciones aisladas, la situación de la especie sería desesperada, requiriendo inmediatas y efectivas acciones para evitar la extinción definitiva. Resulta estimulante pensar que todavía podríamos estar en posibilidades de observar con vida al emperador de los pájaros carpinteros.

Alarcón–Cháires, P. 2001. Ecología y transformación campesina en la Meseta P’urhépecha. Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia.

Fitzpatrick, J. W. et al. 2005. “Ivory–billed woodpecker (Campephilus principalis) persists in continental North America”, en Science, núm. 308, pp. 1460–1462.

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

 

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

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