La vida en un tronco muerto

La vida en un tronco muerto Imagen superior: Nicholas A. Tonelli, CC

Los paseantes del otoño conocemos bien esta estampa: un tronco caído, como una carcasa de tonos grises y ocres, confundiéndose entre la joven vegetación que va apropiándose de su espacio. ¿Un resto inservible y superfluo? Que no nos engañen las apariencias. En realidad, ese tronco muerto es un pequeño hábitat en el que prosperan formas de vida fascinantes.

La longevidad de un árbol, observada en estos términos, parece prolongarse más allá del tiempo en el que sus ramas capturaron la belleza del bosque. Incluso en el momento en que su grado de pudrición es avanzado, la vida –esta vez ajena– sigue palpitando en la madera.

El microscopio nos permitiría contemplar cómo los hongos y las bacterias inician el banquete. La madera muerta se descompone en nutrientes, fertilizando así nuevas posibilidades de existencia. Es entonces cuando llegan los insectos xilófagos, ese ejército de comedores de troncos, capaces de digerir la celulosa.

Escarabajos, avispas de la madera, termitas... los xilófagos componen una legión desordenada, que se adueña de la masa orgánica y la transforma con una admirable sutileza, como si fuera un laboratorio bioquímico. Sobra añadir que su valioso trabajo queda recompensado con la salud del bosque, el cual va añadiendo nuevos estratos a su lecho.

LadyDragonfly, CC

Los xilófagos son súbditos de este reino de insectos que viene a ser el tronco derrumbado. En esos dominios, uno puede admirar la perfecta armadura del ciervo volante y la diligencia de otros coleópteros, empeñados en que la corteza sea un espacio habitable.

La presencia de esas pequeñas criaturas atrae a sus depredadores naturales, las aves. En ese cazadero de insectos, no es raro encontrarse con el pito real –un proyectil esmeralda– picoteando en el crujiente festín, o al atrevido carbonero, dando saltitos hasta que atrapa a una larva que llevarse al buche.

Si el árbol muerto no ha caído del todo, incluso puede servir para que nuestros amigos alados nidifiquen. Gracias a esta nueva población, ya se imaginarán que el ciclo de la vida es aún más exuberante, y la dieta, todavía más variada.

Con la humedad, la corteza se cubre de musgo, y sobre él, se desliza un caracol o una babosa. En cierto modo, es como si la naturaleza se negase a aceptar la muerte. Como si cada final fuese siempre un principio, con la vida volando en círculos y prohibiendo un desenlace.

Mysterious Lens, CC

A la comunidad del bosque le encantan los troncos medio consumidos. La dieta variada que en ellos prospera no es la única razón. Piensen en los pequeños mamíferos que los emplean como vivienda, como almacén o como refugio para dormitar en invierno. Personajes como la ardilla o el ratón suelen hospedarse en ellos, pero en cuanto nos ven, se alejan con rapidez, haciendo crujir la hojarasca al darse a la fuga.

La descomposición es un trabajo lento. Tarda décadas o incluso siglos en completarse, despendiendo del contexto en el que se encuentre el árbol caído. De ahí que sea un micromundo ideal para estudiar setas, hongos, líquenes... Y atención, porque algunas especies corren serio riesgo de desaparecer, así que no se extrañen si ven a un botánico poner su lupa con veneración sobre determinados ejemplares que colorean la corteza.

Sobre ese tronco muerto, refrescado por la lluvia, no solo brotan ramilletes de hongos. Bajo el dosel arbóreo, también podemos toparnos con escenas majestuosas: una gineta al acecho, un cárabo posado, un zorro metiendo su hocico entre el ramaje... En esos momentos, la cualidad pictórica del tronco alcanza su plenitud.

Al atardecer o a media mañana, en la época del deshielo o bajo un manto de nieve, todas las transiciones vitales se presentan en ese espacio, un microhábitat que, más allá de su hermosura y de su melancólica presencia, nos permite comprender cuántas joyas adornan la corona evolutiva.

Copyright del artículo © Mario Vega. Reservados todos los derechos.

Mario Vega

Tras licenciarse en Bellas Artes (Grabado) por la Universidad Complutense de Madrid, Mario Vega emprendió una búsqueda expresiva que le ha consolidado como un activo creador multidisciplinar. Esa variedad de inquietudes se plasma en esculturas, fotografías, grabados, documentales, videoarte e instalaciones multimedia.

Las referencias a la naturaleza y al paso del tiempo son constantes en su trabajo artístico. Esta obra gráfica y plástica tiene su génesis en una serie de intervenciones efímeras –las sensacciones–, plasmadas en instantes de conexión afectiva con el entorno.

Como educador, cuenta con una experiencia de más de veinte años en diferentes proyectos institucionales, empresariales, de asociacionismo y voluntariado. Esa trayectoria, centrada en el ámbito de la educación ambiental y el estudio y la conservación de la biodiversidad, coincide con su labor en conCiencia Cultural, la entidad de la que es cofundador. Asimismo, codirige EcoCult, suplemento de la revista Thesauro Cultural (The Cult) dedicado a las ciencias naturales y a la protección de la naturaleza.

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