Los días del trópico

Los días del trópico Imagen superior © Javier Lobón-Rovira. Reservados todos los derechos.

Cómo no sentir la tentación de afirmar que solo hay dos días en el trópico: cuando llueve y cuando está soleado. En ambos casos, el efecto es semejante. Es fácil terminar cubiertos de sudor en las jornadas de sol y calados en las de tormenta.

En estas fechas, el cielo se torna blanquecino y opaco, y el sonido de la lluvia resuena entre las hojas y el suelo. Todo se encharca. La vida se restringe en apariencia, invitando al refugio y la calma.

Que la vida sigue es la conclusión inevitable, sobre todo cuando pensamos que cada uno de esos "días" dura en torno a seis meses. Así que la inactividad es ilusoria. Por lo demás, algunos organismos sacan mejor partido del día de las aguas.

Desde el suelo hasta las copas de los arboles, todo cambia cuando llueve. Hojas húmedas que gotean y proyectan reflejos. Flores llenas de agua. Colores que despiertan. Las charcas temporales quedan de nuevo repletas, y el lodo recobra su peligrosa turgencia. Hay hojas descomunales que sirven de paraguas y los huecos de las maderas se convierten en refugios transitorios. Descubrimos también cortinas de agua que se asemejan a portezuelas plateadas. Traspasarlas te sorprende, pero nada cambia.

Cae con fuerza el agua, entre parches, desde ese cielo que se asoma sobre inmensas arboledas. Un cielo oscuro que se asienta indolente durante estos días de las aguas.

En todo caso, esa indolencia y esa calma son aparentes. Al potente ritmo asíncrono de las gotas, comienza el desfile de las ranas.

Organismos sigilosos, emboscados ‒crípticos, en el lenguaje del experto‒ desatan toda una gama de simetrías y colores bajo la tormenta. Cantan aleluyas atrayendo a sus parejas. Visten ropas llamativas que colorean la noche, y su presencia se delata con una sucesión de saltos, carreras y escondites... Se trata de seres reclamando que no hay vida sin agua. Organismos atrapados entre dos mundos, en el júbilo del aguacero.

Cuando estas criaturas son de un rojo intenso, revelan una advertencia: no tocar. Por ejemplo, esas ranas rojas con las calzas azuladas que responden al nombre de Oophaga, y que no hace mucho se llamaban Dendrobates. Las ranas dardo venenosas, utilizadas por los indígenas centroamericanos para frotar la punta de las flechas y cerbatanas. Un veneno que toman prestado de algunas de las criaturas de su dieta. En cautividad, éstas pierden por completo el mortífero alcaloide.

En los albores de los 60 del siglo pasado, cuatro investigadores singulares, que merecerían una extensa nota aparte, Lettvin, Maturana, McCulloch y Pitts, publicaron un estudio singular sobre estos modestos animales, al que pusieron este eufónico titulo: ¿Qué le dice el ojo de la rana al cerebro de la rana?

En él demostraron, por primera vez, que parte del proceso de las señales visuales ocurre en la retina, antes de llegar al cerebro. Es un resultado relevante y muy lejano de la inoperancia “cognitiva” de las masivas disecciones de ranas, apenas anestesiadas con el éter, realizadas por rutina, no hace tanto, en las clases practicas de Biología de algunas universidades patrias.

Ranas diurnas o nocturnas. Ranas arborícolas, ranas de arroyos, ranas de los fangos, ranas como toros... Una miríada de formas y adaptaciones traza este gran mosaico de especies. Ranas con cuidados parentales. Ranas de cristal que muestran, literalmente, la interioridad de su existencia. Ranas que cantan bajo tierra: ranas que se entierran. Ranas que comen ranas y ranas que viven por la ramas. Ranas en dos gotas y ranas bajo el agua toda su existencia... Desde el nivel de mar hasta las alturas de los Andes, podrás ver ranas andes donde andes.

Son miles de formas y miradas que se van desvaneciendo día a día. Hay especies dañadas y especies perdidas. Delicados organismos intentando vivir en armonía. Una armonía que se esfuma con el amanecer de cada jornada. Los árboles caídos, fragmentados, fragilizan el ambiente y terminan con muchas vidas.

6.760 especies se han censado, pero todas ellas son vulnerables y su existencia está muy comprometida. Los suelos secos y los ríos sucios son un duro lecho para las puestas y los futuros renacuajos. Hablamos de un mundo húmedo, gigante y muy diverso, pero con un destino muy frágil y limitado.

Gota a gota y día a día, estos pequeños supervivientes se abren camino, saltan muros y cruzan carreteras. Algunos mueren atropellados y otros mueren depredados, pero gota a gota y día a día, estas singulares maravillas siguen alegrándonos la vida, como nos recordaba hace mucho George Orwell en su ensayo sobre el sapo en primavera.

Copyright del artículo © Javier Lobón-Rovira y Antonio G. Valdecasas. Reservados todos los derechos.

Javier Lobón-Rovira y Antonio G. Valdecasas

Javier Lobón-Rovira es licenciado en Biología y tiene un Máster en Biología de la Conservación. Alterna su labor investigadora con la fotografía de flora y fauna. Como fotógrafo, atesora una larga experiencia que le dado la oportunidad de visitar más de veinte países.

Antonio G. Valdecasas es investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y uno de los miembros del comité internacional de expertos del Instituto Internacional para la Exploración de Especies (IISE).

Imagen del banner inferior: rana verde de ojos rojos, Agalychnis callidryas (Reserva Pacuare, Costa Rica). Imagen del avatar superior: rana flecha roja y azul, Oophaga pumilio (Reserva Pacuare, Costa Rica). (Fotografías de Javier Lobón-Rovira)

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Sitio Web: mncn.csic.es

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