¿Qué hay en un nombre? (biológico)

¿Qué hay en un nombre? (biológico) Imagen superior: irbis (Panthera uncia) (Autor: Tambako The Jaguar, CC)

En biología los animales tienen nombre y apellidos. Organizar el mundo natural no ha sido tarea fácil. Carlos Linneo propuso un sistema binominal de nombrar a los organismos. El primero designa parentesco y lo comparte con organismos semejantes. El segundo, sólo se le aplica a él.

Como en la mejor literatura gótica, y tomando prestada una famosa expresión, se podría decir que ‘Un fantasma recorre la Biología, el fantasma de la Homología.’ Homología es la responsable de juicios tan elementales como que el patrón de cortejo de cualquier ave, cualquier bípedo ‘plume’, del estornino a la corneja, por poner dos ejemplos, sea irrelevante para entender, por ejemplo, las pautas de cortejo –si es que nos apetece llamarlas así‒ del apareamiento humanos, le guste a Walt Disney o no.

También es irrelevante que una silla tenga cuatro patas al igual que los elefantes, pero no lo es entre éste último y una cabra. La homología apunta a origen común, cabras y elefantes tienen un antecesor común que no comparten con las sillas, pero sí con el resto de cuadrúpedos. Y este concepto, homología, tan simple en apariencia, es el que da razón del trabajo de los biólogos en su tarea de organizar el mundo vivo, de las bacterias a los homínidos, de una manera que no sea arbitraria, usando un sistema de nombrar generalizado por el botánico sueco Carlos Linneo.

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Imagen superior: Carlos Linneo, retratado por Alexander Roslin.

Cuando se da un nuevo nombre a un organismo, se está proponiendo una hipótesis de parentesco, que se apoya con la descripción de aquellas partes del organismo que son relevantes para esa conjetura. Así organizado, resulta que este sistema de nombrar tiene siete propiedades importantes: individualiza, facilita el acopio y recuperación de la información, establece relaciones de parentesco, tiene poder explicativo, permite hacer predicciones comprobables, tiene poder conceptual y, como lenguaje, facilita la comunicación. Las resumimos brevemente a continuación.

Los nombres biológicos individualizan. Ya lo dijo García Márquez en Cien Años de Soledad, ‘El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.’

Antes de Linneo, los investigadores en diferentes países o ciudades, debían recurrir a largas descripciones o a la consabida referencia a un libro ‘…me refiero a la planta en el folio… y figura número…’ para tener la seguridad de que estaban hablando del mismo organismo. Esta especificación ha ido pareja con un aumento notable en la ‘precisión al señalar’, la tendencia en la Taxonomía Biológica a utilizar e incluir cada vez mayor número y más diverso de caracteres para individualizar mejor un organismo nuevo.

Los nombres científicos hacen posible la recuperación de la información de los organismos almacenada en publicaciones, bases de datos y ejemplares anotados de las colecciones de museos. Aún más, dada su estructura jerárquica en el sistema linneano, un nombre lleva asociada una gran cantidad de información sobre sus caracteres.

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Imagen superior: Lobo del Valle Mackenzie (Canis lupus occidentalis) (U.S. Fish and Wildlife Service)

Canis lupus, que es el nombre linneano para el lobo, incorpora que es un mamífero, de mediano tamaño, etc. Un nombre biológico también plantea una determinada hipótesis de parentesco, que nos lleva a decir que todos los Canis (por seguir con el ejemplo anterior), es decir, Canis lupus, C. adustus, C. anthus, C. aureus y C. latrans, tienen un antecesor común más reciente entre ellos que el que tienen con la cabra o el elefante, y ninguno con la silla.

Más sutil puede resultar la propiedad de ‘poder explicativo’ de los nombres biológicos (traducción inadecuada del anglosajón explanatory power, entroncado en una determinada filosofía de la ciencia).

Digamos, para empezar, que los datos empíricos sin contexto teórico, carecen de sentido. La visión de un conejo saliendo de una chistera tiene, en nuestra civilización, una interpretación que es diferente a la que le puede dar un aborigen de Nueva Guinea Papúa. En el caso que nos ocupa, este poder explicativo se hace especialmente patente cuando comparamos la taxonomía científica linneana con otras alternativas, como la Baraminología, un sistema de clasificación elaborado por los creacionistas, que niegan valor genealógico al conjunto de la jerarquía biológica.

Ésta, la jerarquía, se trunca al nivel de Familia, Canidae en nuestro ejemplo para todos los cánidos ‒que incluyen al coyote, chacales, zorros y otros‒, y desde ahí se remiten a un ‘origen’ que no es examinable desde un punto de vista científico, pues ese origen es Dios. O dicho de otro modo y contradiciendo al biólogo francés Jean Rostand, quien dijo que ‘Las teorías van y vienen. Sólo la rana permanece.’ La ‘rana’ es una teoría.

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Imagen superior: Diego Fontaneto - "Who Needs Sex (or Males) Anyway?" Gross, L. PLoS Biology Vol. 5, No. 4, e99 doi:10.1371/journal.pbio.0050099

Un aspecto menos conocido y que podría hacer fútil algunas discusiones recientes sobre las razas humanas, es el carácter predictivo de las clasificaciones biológicas. Por mencionar sólo un ejemplo, cuando se analizó el patrón de nombres sinónimos en dos troncos de rotíferos –animales microscópicos que viven en el agua‒ los que tenían reproducción sexual y los asexuales, se encontró en oposición a lo esperado, que el número de sinónimos era mayor entre los de reproducción sexual que en el otro tronco, siendo los de reproducción sexual los que se asumía que tenían una mayor diferenciación orgánica y eran, por tanto, más fácilmente reconocibles y con menos sinónimos.

En su momento, el biólogo evolucionista Maynard Smith señaló esta anomalía como un aspecto relevante a analizar en detalle.

Menos intuitivo es el ‘poder conceptual’ implícito en las clasificaciones construidas con nombres biológicos. Ellas nos dan una visión organizada y robusta del mundo orgánico, bastante más complejo que la tabla de los elementos de Mendeléyev, y que son un potente marco para organizar y entender el mundo natural. Ello se complementa con el lenguaje que supone todo sistema de nombrar, y que ha servido para indicar relaciones geográficas, honrar a personas o sencillamente, relegar a un colega, como cuando Linneo dedicó Sigesbeckia, una planta maloliente, a su enemigo el botánico alemán Johan Siegesbeck. ¿Alguien da más en un sistema de nombrar?

Este ensayo se basa, en gran medida, en el siguiente artículo: “Valdecasas,A. G., Peláez, M. L., & Wheeler,Q. D. (2014).What’s in a (biological) name?The wrath of Lord Rutherford. Cladistics, 30(2), 215-223” donde se puede encontrar un análisis más detallado de lo aquí expuesto y las referencias oportunas. Quien quiera profundizar en el concepto de homología y su relevancia para la biología, puede empezar por el reciente: Wagner, GP 2014. Homology, Genes, and Evolutionary Novelties. Princeton University Press, Princeton, NJ. 498 pp

Copyright del artículo © Antonio G. Valdecasas y María Luisa Peláez. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Antonio García Valdecasas y María Luisa Peláez

Antonio García Valdecasas es investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y uno de los miembros del comité internacional de expertos del Instituto Internacional para la Exploración de Especies (IISE). 

Sitio Web: /www.mncn.csic.es
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