Un paraíso casi perdido: breve historia de la deforestación en Brasil

Un paraíso casi perdido: breve historia de la deforestación en Brasil Imagen superior: Matthew Romack, CC

En la obra clásica Utopía de Tomás Moro, publicada en 1516, el héroe de la narración es un viejo hombre de mar portugués de nombre Rafael Hitlodeo (o Hytlodaeus, contador de historias, en griego) que acompañó a Americo Vespucio en sus tres últimos viajes al recién descubierto Nuevo Mundo.

Hitlodeo finalmente decidió permanecer junto con otros 24 hombres en el nuevo territorio. Por algún tiempo este personaje vivió en un asentamiento cercano a lo que hoy es Rio de Janeiro en Brasil, pero después él y cinco de sus compañeros decidieron explorar y recorrer las nuevas tierras y, luego de una serie de aventuras y desventuras, acabaron en la isla de Utopía, un mundo de rara belleza natural, igualitario, donde los nativos vivían en perfecta armonía política, social y ecológica. Las indicaciones dadas por Moro sobre la ubicación de Utopía permiten suponer que éste se inspiró en la isla de Femando de Noronha, en el nordeste de Brasil, descubierta por Vespucio en su primer viaje y en la cual fundó un asentamiento.

De acuerdo con lo anterior, uno puede imaginarse la espléndida belleza natural que encontraron los portugueses en el litoral de Brasil hacia fines del siglo XV principalmente en lo que se refiere a la abundancia de bosques tropicales, agua dulce y bellas playas. Un ejemplo de esto se encuentra en una de las primeras narraciones oficiales hecha por Pero Vaz de Caminha (quien fuera el equivalente lusitano de Bernal Díaz del Castillo). En su carta, conocida como Carta del descubrimiento, Caminha escribe: "Mientras caminábamos en este bosque para cortar leña, atravesaban algunos pericos por estos árboles; verdes unos y pardos otros, grandes y pequeños, de suerte que me parece que habrá muchos en esta tierra. ¡Todavía los árboles son muchos y muy grandes y de infinitas especies, no dudo que por el interior haya muchas aves! (...) Hay a lo largo del mar, en algunas partes, grandes barreras, unas rojas y otras blancas y la tierra de arriba es toda llana y muy llena de grandes árboles. De punta a punta es todo playa (...) muy plana y muy hermosa. Por el interior nos pareció, vista desde el mar, muy grande; porque al extender los ojos, no podíamos ver sino tierra y árboles —tierra que nos parecía muy extensa (...) Aguas son muchas, infinitas. ¡De tal manera es graciosa [la tierra] que, queriéndola aprovechar, dará en ella todo; por las aguas que tiene!"

Desafortunadamente, este sentimiento de asombro e imaginación contagió a muy pocos, y a lo largo de su historia Brasil y sus recursos naturales han sido víctimas constantes de un hambre insaciable de ganancias que ha traído beneficios económicos a muy pocos y miseria a la mayoría de sus habitantes. Este afán ha llegado hasta un punto en que, hoy día, gran parte del país posee solamente cerca de 5% de su vegetación original, y la Amazonia, que es la selva tropical más extensa del planeta (incluye territorios de Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela y Brasil) ya ha perdido, en el territorio brasileño, alrededor de 20% de su vegetación.

 

Imagen superior: Neil Palmer/CIAT, CC

La explotación del árbol pau-brasil

Irónicamente el mismo nombre de Brasil, según algunos historiadores, está relacionado con la primera fase de deforestación de este país, aunque hay más de 20 interpretaciones de su origen etimológico. Ya desde el siglo XI Europa estaba familiarizado con el llamado pau-brasil, un árbol nativo de Sumatra cuyo nombre en malayo era sapang (del sánscrito patanga que significa rojo). Este era utilizado para teñir de púrpura la seda y el lino de los trajes de los nobles orientales y luego fue conocida por los nobles europeos tras las guerras de los cruzados.

Cristóbal Colón fue el primero en vislumbrar árboles de pau-brasil en los bosques del Caribe, y en su tercer viaje a América llegó a recoger poco más de media tonelada. En enero de 1500, el navegante español Vicente Pinzón cargó sus navíos con 21 toneladas de troncos provenientes del litoral brasileño. Pocos meses más tarde, en su primer viaje, el erróneamente llamado descubridor de Brasil —existen registros documentales en los que se comprueba que Pinzón llegó tres meses antes— Pedro Alvares Cabral llevó los primeros troncos de pau-brasil a Portugal junto con las noticias del "descubrimiento" de nuevas tierras que, finalmente, acabarían asociando su nombre al del codiciado árbol.

Los especialistas europeos en colorantes naturales percibieron rápidamente que el pau-brasil nativo de Sudamérica (cuyo nombre científico vendría a ser Caesalpinea echinata) no era tan eficaz como su similar oriental (Caesalpinea sappan). Sin embargo, con las rutas comerciales orientales bloqueadas desde 1453 (debido a la conquista turca de Constantinopla), la variedad asiática se volvió excesivamente cara y el descubrimiento de una variedad occidental fue saludado con entusiasmo. A pesar de su utilidad y demanda, el valor del pau-brasil era mucho más bajo que el de la pimienta importada de la India. Sesenta kilos de pau-brasil eran vendidos por 2.5 ducados (1 ducado equivalía a 3.5 gramos de oro) mientras que la misma cantidad de pimienta se compraba en 60 ducados.

Curiosamente, el primer estudio científico sobre el pau-brasil fue realizado en 1648 por los botánicos Willen Piso y George Marcgrave, en la monumental Historia Naturalis Brasiliae hecha bajo el gobierno del conde Mauricio de Nassau, el más importante gobernante holandés, en la época de la invasión holandesa en el nordeste de Brasil. La planta fue clasificada en 1789 por Jean-Baptiste Lamarck, quien la llamó Caesalpinea echinata. El género Caesalpinea fue introducido en homenaje al botánico y médico del Papa Clemente VII, Andre Cesalpino y la denominación echinata proviene de la etimología griega "erizo" y hace referencia a las espinas abundantes del árbol.

Al estar todos los esfuerzos de la Corona portuguesa concentrados en la conquista de la India, no había recursos financieros para actuar en dos frentes, por ello, el rey decidió concesionar por 10 años la explotación de todas las tierras situadas en el litoral occidental del Océano Atlántico (es decir todos los territorios que por el tratado de Tordesillas pertenecían a Portugal) a un consorcio de ricos mercaderes lusitanos, dirigidos por Fernando de Noronha (¡nombre de la supuesta isla de Utopía!). Adicionalmente, el rey se comprometió a prohibir la importación de pau-brasil de Oriente, con lo que garantizaba a Noronha y sus socios el monopolio del pau-brasil.

En Brasil, el pau-brasil crecía originalmente en la planicie costera situada entre los estados de Río Grande do Norte y Río de Janeiro, en medio de una exuberante selva tropical conocida hoy como mata atlántica. Había ejemplares tan gruesos que tres hombres no podían abrazarlos y cuya altura podía alcanzar 30 metros.

La explotación de pau-brasil fue realizada a un ritmo tan feroz que, a lo largo del siglo XVI, portugueses y franceses (estos últimos de manera "ilegal" según los portugueses) llevaron, en promedio, ocho mil toneladas de madera por año hacia Europa. Solamente en el primer siglo de explotación, cerca de dos millones de árboles fueron derribados, un promedio espantoso de 20 mil por año o casi 50 al día. Además de la extracción de madera, el comercio de animales y otros productos ocasionaron una importante degradación de la biodiversidad. Por ejemplo, en esta época, un navío de contrabando francés, capturado por los portugueses, llevaba en sus bodegas un cargamento que consistía en 3 000 pieles donde la extracción era más común; sin embargo, el árbol se encontraba virtualmente extinto. Actualmente, el pau-brasil, cuyo nombre fue utilizado para bautizar al Brasil, sobrevive magramente en las reservas forestales y jardines botánicos y muy lentamente empieza a ser reintroducido en su ambiente natural.

Imagen superior: Neil Palmer/CIAT, CC

La colonización y la caña de azúcar

Terminada la explotación de pau-brasil y debido en mucho a las constantes invasiones francesas y holandesas, Portugal finalmente decidió colonizar Brasil. Vale la pena resaltar que fue un proceso mucho más sencillo que en el caso de México o Perú, pues las poblaciones que ahí vivían, en cuanto a su escala de desarrollo, apenas daban los primeros pasos hacía la agricultura de subsistencia, superando así su condición paleolítica, y sumaban, según algunos autores, tan sólo un millón de individuos. A finales del siglo XVI dio inicio la conformación de la economía azucarera en la región nordeste. El carácter oficial de la empresa azucarera, instituido y estimulado por la Corona portuguesa a través de concesiones de tierras, de la distribución de privilegios y títulos honoríficos, ofrecía a los señores de los ingenios un poder hegemónico en la vida colonial. Era natural que así fuera, según la lógica de que esta empresa redituaría grandes sumas de dinero a Portugal, además de estimular la rápida ocupación de las tierras recientemente descubiertas. El cultivo de la caña de azúcar sólo necesitaba tierras tropicales fértiles y frescas y mano de obra barata, la cual pasó a ser proporcionada primero por los indígenas y luego, tras una enorme demanda, por los africanos esclavizados. La naciente esclavitud, como todo proceso social injusto, se convertiría más tarde en el origen de algunos de los mayores problemas sociales de este país, según la mayoría de los sociólogos, pero eso ya es otra historia.

Las mejores tierras eran destinadas a los cañaverales, los pastizales a los animales de carga. Había plantaciones dedicadas a la alimentación y alguna que otra tierra virgen proveía leña y madera para las construcciones. Por cada kilogramo de azúcar producido se quemaban alrededor de quince de mata atlántica, como leña en los ingenios. En los siguientes siglos, la competencia ofrecida por la nueva área productiva de las Antillas sacó a la región nordeste del mercado mundial, lo que ocasionó un deterioro en los precios del producto y esto, a su vez, provocó una crisis económica en la región. El sistema productivo implantado, sin embargo, sobrevivió durante siglos, pero fue forzado a adoptar formas cada vez más autárquicas de producción. En todo el proceso productivo de los ingenios, la deforestación de esta región fue tal, que en 1936, el profesor Vasconcelos Sobrinho afirmó que la región nordeste de Brasil poseía tan sólo 5% de su vegetación original. El sistema social de esta región sigue hasta hoy, los tradicionales vicios del caciquismo político que solamente beneficia a las oligarquías y es responsable de uno de los mayores índices de pobreza y analfabetismo de todo Brasil.

La minería

En el siglo XVII empezó un nuevo ciclo económico en Brasil caracterizado por las actividades de minería, concentradas principalmente en lo que hoy se conoce como el estado de Minas Gerais. El flujo de gente hacia estas áreas y la locura desenfrenada con la que todos se dedicaron a la búsqueda de oro, generaron graves problemas sociales, hambre y conflictos. También inició una lucha feroz entre los empresarios de la tierra contra la avaricia de la Corona lusitana en relación con el cobro de impuestos sobre el oro encontrado. En esta época se dio el primer intento de independencia de Brasil. Apoyados en el sentimiento de rebeldía de los mineros, los líderes independentistas pensaban en abolirla esclavitud, liberar el comercio, promover la industrialización y fundar una república. A pesar de su fracaso, la insurgencia reveló el vigor de un creciente sentimiento nacionalista y también la madurez de una ideología republicana.

La deforestación producto de la actividad minera se llevó a cabo en dos frentes distintos: primero en la escala regional, al utilizar la madera para los hornos de fundición, y para uso doméstico en las residencias de la enorme población que formaban los trabajadores. El segundo frente se dio en la región sur que vendía la madera para los mineros y deforestaba para la crianza de animales de carga para el transporte de minerales y alimentos.

Después de algunas décadas de explotación intensiva, el oro en Minas Gerais comenzó a agotarse y Portugal no consiguió retener para sí mismo la riqueza generada por esta fuente de producción. Debido a las guerras contra la Francia napoleónica y a un desfavorable pacto económico con Inglaterra, casi todo el oro producido en Brasil fue transferido a las manos de los banqueros londinenses y ayudó a financiar la infraestructura industrial inglesa.

El café y otros productos agrícolas

Agotada la explotación minera, el único recurso con que contaba la economía colonial decadente era la enorme disponibilidad de mano de obra desocupada y muchas tierras vírgenes despobladas y sin valor, con lo que entonces surge la agricultura itinerante, que consiste en quemar y sembrar tierras nuevas. Más tarde se da un reordenamiento social promovido por la Corona, y se regresa a la organización de latifundios concentrados en el cultivo de café, algodón y tabaco. Como consecuencia (tal vez no prevista) el cultivo del café pasa a impulsar un nuevo ciclo económico en Brasil y los nuevos ricos terratenientes comienzan a expulsar a los pobres de las tierras más productivas y a deforestar nuevas tierras vírgenes. El éxito económico del café fue comparado al del azúcar en sus buenos tiempos y pasó a representar el 62% de las exportaciones brasileñas.

El empeño por deforestar para liberar más áreas destinadas al cultivo de café llegó a tal punto en las montañas que circunda Río de Janeiro que esta ciudad tuvo serios problemas de abastecimiento de agua. Este hecho obligó al emperador D. Pedro II, por entonces ilustre morador de este lugar, a declarar estas áreas como protegidas y reforestarlas con especies nativas y exóticas. Hoy día la composición de estos bosques (floresta de Tijuca) es aún bastante peculiar debido a esto.

Después de la explotación sufrida por la región sur en el periodo de extracción minera, la segunda configuración de deforestación en el sur de Brasil empezó después de la abolición de la esclavitud, a finales del siglo XIX. Los oligarcas de origen europeo miraban miraban con sospecha a la mayor parte de la población brasileña compuesta por negros y mestizos y decidieron sustituir a sus propio pueblo por gente considerada "mejor" desde un punto de vista radical. Además, con el final de la esclavitud, los oligarcas del café deseaban una mano de obra mejor calificada, ya que tendrían que pagar por ella.

El gobierno imperial invirtió enormes recursos en esta empresa, facilitando transporte, instalación y concesión de tierras para los inmigrantes europeos (en su mayoría italianos, polacos y alemanes) y asiáticos (principalmente japoneses y árabes). Las facilidades brindadas jamás fueron concedidas a los nativos pobres. Los núcleos europeos se volvieron importantes centros de producción de vino, miel, trigo, papas y frutas de clima templado. Sin embargo, en su expansión estas colonias acabaron chocando con la oligarquía latifundista ya establecida y fueron obligadas a utilizar la tierra virgen que había, finalizando el proceso de deforestación de la región. Posteriormente, este proceso dio paso a la creación de grandes zonas industriales y, también, con el transcurso de varias generaciones, a un magno contingente de pobladores sin tierra que cultivar.

La degradación ambiental en Brasil alcanzó niveles tan escandalosos que sólo entre 1786 y 1788 los intelectuales y académicos brasileños escribieron 150 textos discutiendo la destrucción ambiental del país.

Después de la Segunda Guerra Mundial y fuertemente presionado por Estados Unidos, Brasil adoptó "la revolución verde", destinada a que el país consumiese los nuevos productos de las pujantes industrias bélicas que se volvieron inútiles al final del conflicto. La revolución verde implicó el uso intensivo de agrotóxicos y fertilizantes, utilizados principalmente en las extensas plantaciones de soya para exportación. Asimismo, dio inicio la destrucción de extensas áreas de bosque de la región centro-norte que originalmente estaba conformada por una vegetación tipo sabana, localmente conocida como cerrado y de otras conocidas como cerradão (una sabana más densa y más alta), esta última localizada ya en los bordes geográficos de la Amazonia. De 1965 a 1980 el consumo de fertilizantes aumentó cerca de 1280% mientras que la productividad en campo aumentó sólo 4.9%. Los resultados de este proceso fueron un incremento de los latifundios, pequeños agricultores endeudados y al rededor de 60% de la región deforestada.

La Amazonia

Desde que los primeros exploradores y aventureros europeos se internaron en la Amazonia en busca de El Dorado -siguiendo el curso del río Amazonas y sus afluentes- esta selva nunca dejó de ser una fuente potencial de riquezas en la imaginación de los brasileños. La enorme explotación de caucho a principios del siglo XIX produjo un breve periodo de crecimiento en Manaus y Belém, las dos ciudades mayores situadas en medio de la jungla. Pero cuando Brasil dejó de tener el monopolio de caucho (Inglaterra sustrajo subrepticiamente la planta y la reprodujo con mayor éxito en Malasia, constituyendo uno de los primeros casos de biopiratería), la Amazonia volvió a aislarse del resto del país por distancias y barreras geográficas casi insuperables para la época.

A finales de los años cincuenta del siglo XX el destino de la Amazonia empezó a cambiar con la construcción de la carretera que une Belém con Brasilia, la capital del país, ubicada en el centro de Brasil. La extracción maderera a gran escala en la región amazónica se practica desde hace más de 300 años, pero al principio se realizaba de forma manual y se limitaba a la selva de las planicies aluviales, pues los árboles derribados podrían ser transportados a través de los ríos en dirección a los pequeños aserraderos. El suelo de las planicies aluviales es el único verdaderamente fértil en la Amazonia y nuevos árboles crecían en la misma área en poco tiempo. Después de la construcción de carreteras, la extracción maderera ha cambiado radicalmente ya que el acceso vial facilitó a los madereros el acceso a nuevos territorios, lejos de los márgenes fluviales.

Un miedo patriótico asaltó a los sucesivos gobiernos militares en las décadas de los sesenta y setenta: en su concepción, si la Amazonia no se poblaba se perdería. Este sentimiento fue la motivación de un nuevo plan de seguridad nacional: por allí podrían penetrar elementos subversivos de otros países de Sudamérica (entre otras cosas les preocupaba las actividades del Che Guevara en Bolivia). Asimismo y por diversas razones (algunas bien conocidas por los mexicanos), durante muchos años existió un temor latente en el hambre expansionista de Estados Unidos. A la par, el régimen lanzó un programa de incentivos destinado a atraer capital multinacional y brasileño. Como resultado, no sólo las corporaciones arrebataron grandes parcelas de tierra virgen, también los especuladores hicieron buenos negocios. La inflación crónica y el hecho de que no hubiera un impuesto a las ganancias del capital, convirtieron a la inversión en tierras en un excelente negocio para los ricos y poderosos.

Hoy día, estos grandes terratenientes no sumas más de 4.5$ de los propietarios de tierras en Brasil, y son dueños de 81% de las tierras agrícolas del país, lo cual muestra la asimetría enorme existente en el medio rural brasileño en cuanto a la distribución de la riqueza y a los beneficios obtenidos de las políticas de subsidio del gobierno federal.

Para tener una idea de la extensión de las tierras concesionadas por el gobierno a las empresas multinacionales, consideremos los siguientes ejemplos: la British Petroleum asociada a la Brascan (empresa que explota aluminio) posee en concesión un área total de 174 588 km2 que equivale al área que ocuparían cuatro Suizas juntas. En segundo lugar destaca el grupo angloestadounidense Bozzano-Simonsen con un total de

44 993 km2, que equivale al tamaño de Suiza. Es importante mencionar que varias de las empresas multinacionales que operan en Brasil y que poseen cuantiosas áreas asignadas para su explotación comercial han participado activamente en la destrucción del medio ambiente, en particular en lo que se refiere a deforestación, violando abierta y sistemáticamente las leyes ambientales brasileñas.

Otro ejemplo es la historia de la Companhía Forestal Monte Dourado: en 1967, el magnate naviero norteamericano Daniel Ludwig pagó a la dictadura militar en turno tres millones de dólares a cambio de la propiedad de 16 000 km2 de bosque tropical sobre el río Jari, cerca de la frontera con la Guayana Francesa. Al año siguiente, comenzó a plantar amplias extensiones de árboles exóticos de crecimiento rápido destinadas a la fabricación de pulpa. La empresa fracasó, tal como lo había hecho cuatro décadas antes un proyecto menor emprendido por Henry Ford para el cultivo de gomeros: algunas enfermedades y la delgadez de la capa fértil imposibilitaron el desarrollo satisfactorio de los árboles.

Tampoco el destino es muy halagador para aquellos que protegen la selva, como es el conocido caso de Chico Mendes. Cuando los terratenientes comenzaron a tornar selvas tropicales en pastizales para ganado, Chico Mendes usó como ventaja táctica levantar el estandarte de la ecología para defender la forma de vida de los habitantes de la selva y fue un eficaz abogado de los seringueros (recolectores de caucho); pero terminó acribillado por los gatilleros de los terratenientes.

En la historia reciente, la forma agrícola predominante en la región amazónica ha sido la actividad pecuaria, que ha llegado incluso a representar 50% de todas las actividades productivas. La mayoría de los pastizales, producto de la deforestación, es utilizada para prácticas de ganadería extensiva y cada uno de ellos ocupa en promedio un área de 24 000 hectáreas. Una de las practicas más comunes en esta actividad es la quema del pasto en la estación seca, que ocasiona casi todos los años inmensos incendios en los bosques vecinos y sitúa a Brasil en el cuarto lugar en emisiones de carbono en el mundo (un quinto de las emisiones debido al uso de combustibles fósiles) y en primer lugar en emisiones por quema de vegetación.

En la década pasada, la mayor producción maderera mundial provenía de las selvas tropicales del sudeste Asiático. Después de que esta fuente quedó virtualmente agotada, las grandes madereras multinacionales se interesaron activamente en la Amazonia brasileña. De esta manera, Brasil pasó de producir 2% de la madera mundial a 8% en lo súltimos seis años. Uno de los casos más conocidos de la voracidad con que las empresas madereras asiáticas han venido destruyendo la Amazonia fue dado a conocer por una comisión especial de la Cámara Federal de Diputados afinales de 1997. El informe de esta comisión denuncia que de las trece empresas madereras asiáticas que operan en la Amazonia doce fueron sorprendidas en operaciones ilegales por los inspectores del IBAMA (Instituto Brasileño del Medioambiente). La WTK de Malasia, por ejemplo, compró una extensión de bosque tropical nativo en el estado deAmazonas equivalente a 40% del tamaño de Bélgica. Parte de esta propiedad estaba situada dentro de una reserva indígena que por ley no puede ser vendida.

En "respuesta" a una invasión de tal magnitud, el gobierno brasileño dentro de su proyecto de privatización del patrimonio público (también en Brasil la mentalidad neoliberal está de moda), ha anunciado un proyecto de concesión para la explotación maderera de bosques de propiedad pública conocidos como FLONAS (Bosques Nacionales) y que fueron creados originalmente con la intención de proteger zonasde interés mineral o para ofrecer una área de protección mínima en las cercanías de las reservas indígenas. A partir de ahora, los FLONAS podrán ser explotados por el sector privado. El IBAMA garantiza que dentro de este proyecto las empresas concesionadas desarrollarán un plan de manejo sustentable que será supervisado de manera intensiva por el gobierno. Sin embargo, el propio IBAMA reconoce que de 3 700 planes de manejo forestal evaluados por sus técnicos hasta agosto de 1996, 60% fueron suspendidos por serias irregularidades o por absoluta falta de condiciones para ser autorizados.

Como si desconociera la historia de la deforestación que prácticamente anuló los bosques en las demás regiones del país, el gobierno brasileño sigue actuando con lentitud en la defensa de su patrimonio forestal y dando prioridad a los intereses de los capitales privados en la región amazónica, siempre brindando argumentos basados en las aspiraciones "desarrollistas" del Brasil. Estos argumentos, aunque tienen cierta lógica, no reducen los daños generados en los bosques brasileños, pues de acuerdo con lo dicho anteriormente, este esfuerzo casi siempre estuvo regido por una mezcla de codicia, estupidez y falta de visión. El colonialismo del cual Brasil fue víctima en sus tres primeros siglos y que destruyó buena parte de sus bosques no ha terminado, solamente que hoy tiene otro nombre: globalización.

La historia de la deforestación en Brasil tiene matices muy particulares, pero no es del todo diferente de lo que históricamente ha sucedido con el resto de los países de América Latina incluyendo México donde, desde la llegada de los españoles, se inició otra "noche triste" cuyo ejemplo más notorio fue la destrucción del ecosistema lacustre del Valle de México. Eduardo Galeano, renombrado escritor uruguayo, expresa acertadamente y en pocas palabras la triste historia de nuestros países, muy ad hoc con lo que hemos visto en párrafos anteriores:"Si el pasado no tiene nada que decir al presente, la historia puede quedarse dormida, sin molestar, en el ropero donde el sistema guarda viejos disfraces. El sistema nos vacía la memoria, o nos llena de basura, y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla. Las tragedias se repiten como farsas, anunciaba la celebre profecía. Pero entre nosotros, es peor: las tragedias se repiten como tragedias."

Agradecimientos

Agradezco a Octavio Miramontes, Brisa Ceccon y Pedro Miramontes por sus apreciables comentarios y su ayuda en la corrección del español.

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Copyright del artículo © Eliane Ceccon. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Eliane Ceccon

Eliane Ceccon es profesora en Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha trabajado por casi 30 años en la investigación y desarrollo de métodos sustentables para reducir la degradación ecológica y mejorar la productividad en zonas rurales (principalmente en pequeñas propiedades y comunidades indígenas) de varios países de Latinoamérica. Actualmente es líder de varios proyectos de investigación en restauración y manejo de ecosistemas, entre ellos, uno en colaboración con una cooperativa indígena Me`Pha en la Montaña de Guerrero, México. De manera particular, en sus muchos años de experiencia, ha reconocido vehemente la importancia de la vertiente social en restauración de los bosques y en la solución de los problemas ambientales.

Imagen y texto biográfico tomados de la presentación del IV Congreso Iberoamericano y del Caribe de Restauración Ecológica SIACRE 2015 (12 al 16 de Abril de 2015 - Buenos Aires, Argentina)

Sitio Web: unam.academia.edu/ElianeCeccon

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