Un taxónomo del siglo XXI

Un taxónomo del siglo XXI Imagen superior: el autor con la colección de agallas vegetales inducidas por insectos del Museo Nacional de Ciencias Naturales. / Diego Gil.

En cada centímetro cuadrado del planeta que habitamos bulle la vida. En el suelo fértil, en cada milímetro cúbico de agua de un estanque, de un río o del mar; en el dosel de un árbol de un bosque tropical o templado, o incluso en los hábitat más extremos como las fosas marinas, los manantiales termales o la superficie de las rocas de la Antártida bulle la vida y se pueden encontrar organismos vivos.

Es la Biodiversidad, una asombrosa y complejísima amalgama de genes, especies y ecosistemas que sustentan y componen la vida.

Los taxónomos se encargan de descubrir, nombrar, catalogar, describir y clasificar esa Biodiversidad pero ¿cómo?

En el planeta que habitamos, quizás como resultado de afortunadísimas y únicas circunstancias, bulle de vida. Hay millones de organismos que son el resultado de la evolución, desde el lejanísimo día en que la materia inerte se reorganizó con la capacidad de crecer y auto replicarse.

La taxonomía se ocupa de asignar nombres a las entidades biológicas y disponerlas en un sistema ordenado o clasificación que, idealmente está basado sobre las relaciones evolutivas de los organismos. Es una ingente tarea que, a pesar de que comenzó a realizarse de modo generalizado hace casi 300 años, en la época del naturalista sueco Carl Linnaeus (1707-1787), está aún muy lejos de completarse.

Sin taxónomos, otros grandes campos científicos de la biología, como la ecología, no tendrían sentido o estarían inmersos en la penumbra, ya que se sustentan sobre la luz que la taxonomía les aporta.

A pesar de esta evidencia la taxonomía es un campo científico poco valorado por el público u otros científicos. De acuerdo a datos recientes se habrían descrito alrededor de 1.7 millones de especies (IUCN 2014) pero no conocemos con precisión cuántas forman parte de la Biodiversidad. Algunas estimaciones afirman que el 86% de las especies terrestres y un 91% de las marinas aún no han sido descritas.

Son muchas las causas que explican que la tarea esté inacabada: la enormidad de la misma, la escasez de taxónomos y, sobre todo, los métodos y procedimientos que

tradicionalmente se han utilizado para describir la Biodiversidad y clasificar las especies y categorías taxonómicas que, por su propia naturaleza, eran lentos y poco eficaces.

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Imagen superior: el autor con una trampa “Malaise” para la captura de insectos voladores instalada en el Centro Científico Huinay, en la Patagonia chilena. / Carolina Martín.

Día a día de un taxónomo

No hay un día típico en la vida de un taxónomo. En el desarrollo del trabajo hay diferentes fases que pueden prolongarse por periodos de tiempo variable que dependen del proyecto de investigación.

Un proyecto contempla diferentes tareas que van, desde el trabajo de campo, el de laboratorio, los análisis y discusión de los resultados y el proceso final de redacción de informes, trabajos y artículos científicos, tareas todas ellas que independientemente pueden ocupar en diferentes épocas del año toda o la mayor parte del tiempo diario del taxónomo.

Hoy los taxónomos seguimos realizando las tareas que se vienen llevando a cabo desde hace siglos: identificamos, describimos y damos nombre a nuevas especies y taxones (grupos de organismos emparentados); ponemos a disposición del público sus fotos y caracteres morfológicos distintivos, biología y datos de distribución de modo que puedan ser reconocidas y encontradas; formamos, conservamos y ampliamos las colecciones científicas de organismos que, como auténticas bibliotecas de la vida, custodian los museos de historia natural y otras instituciones científicas; realizamos monografías, guías de campo y claves de identificación que hagan accesible el reconocimiento de la diversidad de la vida; reconstruimos las relaciones de parentesco o filogenia e historia evolutiva de cada especie de modo que estos datos puedan tener poder predictivo en otros estudios ecológicos, evolutivos, biogeográficos, etc…

En mi ya larga trayectoria profesional como taxónomo he podido experimentar, sin embargo, el cambio profundo en el modo de desarrollar estas tareas. Tenemos la imagen estereotipada del viejo naturalista encerrado en polvorientos gabinetes atestados de especímenes que ha llegado a nosotros desde el siglo XIX, pero, aunque comparten la esencia y objetivo principal de su trabajo, el taxónomo de la era digital tiene poco que ver con el decimonónico en sus tareas diarias ya que los métodos y procedimientos han variado enormemente.

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Imagen superior: colectando y estudiando insectos en la selva de la estaciónWisui (Ecuador) con alumnos del Máster de Biodiversidad en áreas tropicales y su Conservación. / Gissela de la Cadena.

El taxónomo del siglo XXI dispone de herramientas formidables que le facilitan su trabajo diario, aceleran los procesos descriptivos inherentes a su profesión y la consecución de resultados e incrementan significativamente su productividad. Internet se ha convertido en una herramienta fundamental ya que nos permite recuperar casi instantáneamente la información bibliografía imprescindible en el trabajo de revisión taxonómica: accedemos a bases de datos bibliográficas (Web of Science, Biodiversity Heritage Library etc); nos comunicamos con los colegas y colaboradores nacionales e internacionales; consultamos bancos de datos de imágenes digitales de los ejemplares y especies objeto de estudio como Morphbank o Zoobank y también bancos de datos genéticos como GenBank para recuperar una secuencia genética de una determinada especie y compararla con la que hemos obtenido en el laboratorio molecular; analizamos el material tipo de una determinada especie accediendo a la colección digitalizada disponible en la página web del museo donde está depositado…

El trabajo descriptivo sigue siendo esencial en la taxonomía moderna y la lupa o microscopio óptico binocular siguen, por supuesto, siendo un instrumento indispensable, especialmente para un taxónomo como el que escribe estas líneas, especializado en un grupo de pequeños insectos. Por tanto, además de frente al ordenador, uno pasa gran parte del tiempo examinando caracteres morfológicos, en mi caso de los insectos objeto de estudio.

Durante siglos el único modo de ilustrar las descripciones morfológicas era mediante dibujos o pinturas de los ejemplares o partes de los mismos. De ahí que muchos de los naturalistas y taxónomos decimonónicos fueran a la vez grandes dibujantes e ilustradores o contaran con ilustradores a su servicio.

Hoy día las técnicas de ilustración tradicional solo se siguen utilizando en la publicación de grandes monografías científicas, Floras y Faunas y, por supuesto, en las exposiciones de los museos, pero en el día a día y en la publicación de resultados han sido progresivamente sustituidas por las técnicas digitales.

Trabajamos con fotografías de alta resolución de los ejemplares de estudio mediante resolutivas cámaras adaptadas a lupas binoculares de última generación. Cuando las imágenes de microscopía óptica no son suficientes para discriminar determinados caracteres morfológicos de insectos u otros organismos muy pequeños, recurrimos al microscopio electrónico de barrido e incluso, más recientemente a tecnología 3D mediante tomografía computerizada (TC Scan). También utilizamos habitualmente el laboratorio molecular, para obtener secuencias genéticas de sus ejemplares que nos permiten, bien discriminar especies por el llamado código de barras genético, bien descifrar marcadores genéticos cada vez más complejos que nos permiten obtener datos de la historia evolutiva y las relaciones filogenéticas de los organismos.

El conjunto de todas estas herramientas es lo que se ha dado en denominar taxonomía integrativa, algo que ha determinado también que la taxonomía de hoy se practique cada vez menos aisladamente y sea cada vez cada vez más una disciplina técnica y multidisciplinar en la que colaboran diversos equipos especializados. El avance de la tecnología nos permite afrontar el reto del siglo que es descubrir y describir la fracción de la Biodiversidad que es aún desconocida, incluyendo el número de especies realmente existentes en nuestro planeta, un reto que hasta hace sólo unas décadas se consideraba casi imposible de lograr antes de que buena parte de esa biodiversidad se extinguiera por el impacto humano (Crisis de la Biodiversidad, Sexta extinción).

Herramientas como la secuenciación masiva y la metagenómica permiten una aceleración inusitada en el ritmo de descripción de la biodiversidad, como se puede constatar por casos como el proyecto de secuenciación masiva de organismos marinos, el proyecto genoma humano de Craig Venter, o el caso más reciente de la biodiversidad desconocida de bacterias y otros microorganismos revelada por técnicas de metagenómica.

Sin embargo, el mayor obstáculo en este auge de la taxonomía y herramientas que facilitan la descripción acelerada de la biodiversidad sigue siendo el conocido como impedimento taxonómico, esto es, la carencia de taxónomos.

Queda mucha tarea por realizar pero no hay suficientes taxónomos para hacerla. El trabajo de campo El hábitat natural de un taxónomo son los museos de historia natural. Los ejemplares de los museos nos dan información vital de la composición y distribución de las biotas pasadas y presentes ayudándonos por ende a comprender las tendencias de cambio pasadas y futuras, (cambio Global, Crisis de la Biodiversidad).

Parte importante del trabajo del taxónomo es trabajar en el inventario, identificación y clasificación de las colecciones históricas además de contribuir a su enriquecimiento, ampliando las colecciones existentes o formando otras nuevas no representadas en los fondos del museo.

Para ello es esencial el trabajo de campo, expediciones de colecta en busca de nuevas especies y materiales que completen dichos fondos. El trabajo de campo, los viajes y las expediciones a la búsqueda de nuevos ejemplares son, sin duda, las facetas más excitantes y gratificantes del trabajo de un taxónomo.

Difícilmente se puede encontrar una emoción comparable a la que se experimenta cuando se visita por primera vez un remoto paraje de un exótico país en el que todo lo que se ve o se colecta es excitantemente nuevo. Es, sin lugar a dudas, la parte más satisfactoria del trabajo que nos ocupa.

En los grupos que estudio, las avispas de las agallas y sus parasitoides, he hecho memorables descubrimientos describiendo especies nuevas de lejanos y exóticos lugares como los bosques de niebla de las montañas de Panamá, las selvas frías de la Patagonia chilena, los bosques de encinos de México o en el “fynbos ” (comunidad de alta diversidad botánica característica de la región de El Cabo, Sudáfrica). Pero otras veces he realizado descubrimientos impactantes casi sin salir de casa, como en la descripción de una pequeña avispita inductora de agallas en la zulla silvestre Hedysarum boveanum, una planta de la familia de las fabáceas, muy abundante al sur de la comunidad de Madrid, que es el primer caso conocido en Europa de una especie de Eulophidae que es inductora de agallas y no parasitoide como el resto de sus congéneres.

El famoso novelista Nabokov, autor de la célebre Lolita que, además de escritor, era entomólogo aficionado especializado en mariposas de la familia Lycaenidae, dejó muy bien plasmada en un poema la incomparable satisfacción de descubrir y nombrar una nueva especie.

I found it and I named it, being versed

In taxonomic Latin; thus became

godfather to an insect and its first

describer – and I want no other fame

Wide open on its pin (though fast asleep),

and safe from creeping relatives and rust,

in the secluded stronghold where we keep

type specimens it will transcend its dust.

Dark pictures, thrones, the stones that pilgrims kiss,

poems that take a thousand years to die

but ape the immortality of this

red label on a little butterfly..

[Lo encontré y le puse nombre, versado / ya en el latín taxonómico, me convertí / así en el padrino de un insecto y el primero / en describirlo - ya no anhelo otra fama. / Desplegada en el alfiler (bajo un profundo sueño), / y a salvo de sus reptantes parientes y de la herrumbre, / en la aislada fortaleza donde guardamos / el muestrario de ejemplares trascenderá el polvo. / Oscuras imágenes, tronos y piedras que los peregrinos besan, / poemas que tardan miles de años en morir / tan solo imitan la inmortalidad de esta / etiqueta roja sobre la modesta mariposa.]

Copyright del artículo © José Luis Nieves Aldrey. Publicado originalmente en NaturalMente, revista del Museo Nacional de Ciencias Naturales (CSIC). Se publica en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

José Luis Nieves Aldrey

Investigador Cientifico del CSIC en el departamento de Biodiversidad y Biología Evolutiva del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Fue profesor ayudante en el departamento de Zoología de la Facultad de Ciencias, en Universidad de Salamanca (1977-1982), y desde 1982 ejerce su labor investigadora en el MNCN. Los artículos de José Luis Nieves Aldrey se publican en The Cult con licencia CC, no comercial, por cortesía del MNCN.

Sitio Web: www.mncn.csic.es
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