Wallace y el colugo

Wallace y el colugo Galeop­terus variegatus (Nina Holopainen, CC)

En noviembre de 1862, Alfred Russel Wallace estaba por con­cluir sus aventuras científicas en el sureste de Asia. Ocho años atrás había comen­zado su expedición en Singapur y luego de recorrer amplias re­giones de Borneo, las Célebes, Timor, Bali, Lombock y Java, entre otras islas del ar­chi­pié­lago Malayo, decidió diri­girse a Sumatra.

A sus 41 años, Wallace era ya un experimentado viajero y naturalista, conocido entre los intelectuales ingleses por sus numerosos artículos sobre la flora y la fau­na de los trópicos, y por sus ensayos acerca de la evolución por selección natural y la zoogeografía del sureste asiático. Tras largos años lejos de su terruño, ansiaba regresar a Inglaterra para compilar la enorme cantidad de información que había amasado sobre la fauna de las lejanas islas asiáticas.

El 8 de noviembre Wallace arribó a la bulliciosa ciudad de Palembang, en el extremo orien­tal de la isla de Sumatra. Ahí, el médico local que le dio alojamiento le explicó que en esa época del año sería muy difícil encontrar sitios adecuados para una exploración cien­tífica, ya que toda la región se hallaba inundada por las lluvias estacionales. El naturalista, sien­do un curtido explorador, no se arredró ante la adversidad y viajó río arriba hasta que encontró zonas boscosas sin anegar cerca de una localidad llamada Lobo Raman, a unos 200 kilómetros de la costa.

Las condiciones de vida en el lugar eran difíciles. Las casas, detalla Wallace en El Archipiélago Malayo, consistían en un piso construido con bambú cortado, sostenido por pilotes de dos metros y “sin traza alguna de algo que pudiéramos llamar mobiliario”. A pesar de deplorar los malos olores provenientes de las letrinas, el ex­plorador consideraba a los na­tivos “tolerablemente limpios” y admiraba su sagacidad y bue­na disposición no obstante la escasez de alimentos, que en la época de lluvias los obligaba a subsistir con una dieta de arroz con sal y pi­mien­tos rojos, de acuerdo con las narraciones del viajero inglés.

Durante el mes que permaneció en Lobo Raman, Wal­lace encontró una gran va­rie­dad de insectos nuevos para la ciencia, aunque su cosecha de ejemplares de vertebrados no fue tan exitosa como en otras localidades. Halló “solamente” tres o cuatro nue­vas formas de aves y no pudo observar orangutanes ni elefantes, aunque encontró huellas del rinoceronte sumatrano. Ob­servó también varias especies de monos, incluyendo el siamang, el más grande de los gibones.

Un día que caminaba por un bosque cercano, Wallace observó en la luz del atardecer un animal trepando por el tron­co de uno de los gigantescos árboles que abundan en las selvas asiáticas. Al sentirse acechado, el animal apresuró su ascenso hasta alcanzar una altura considerable y, de pronto, se dejó caer. Con celeridad, el animalucho extendió sus patas, dejando expues­ta una amplia membrana de piel que, cual paracaídas, redu­jo la velocidad del descenso y permitió al animal planear elegantemente hasta aterrizar en otro árbol, en el que rápida­mente comenzó de nuevo a tre­par. Según los cálculos de Wallace, el animal recorrió una distancia horizontal de unos 65 metros, habiendo descendido sólo unos doce metros. El naturalista se maravilló ante el espectáculo, aunque sabía muy bien de qué animal se trataba, pues había ya colectado en Sin­gapur y Borneo varios “galeopitecos”, como él lla­maba a los colugos por el nom­bre científico prevaleciente en la taxonomía de la época.

El kaguang o colugo de las Islas de la Sonda (Galeop­terus variegatus) y el colugo de las Filipinas (Cynocephalus volans) forman el orden Dermoptera. Los colugos son mamíferos medianos, de unos 45 centímetros de largo y de un kilo y medio de peso. Se caracterizan por las membranas de piel o patagios que cubren los espacios entre la cola y las patas traseras, entre las patas y entre las patas delanteras y el cuello del animal. Tie­nen un pelaje corto pero muy sedoso, con una coloración moteada que les permite pasar inadvertidos cuando per­manecen inmóviles recargados contra la corteza de los ár­bo­les. Tienen grandes ojos di­ri­gi­dos hacia el frente y orejas pequeñas y redondeadas. Son animales muy tímidos y difíciles de estudiar en la naturaleza, pero se sabe que son ­nocturnos, que se alimentan principalmente de material vegetal y que pasan la mayor parte del día colgados en los árboles, escondidos entre los huecos de la corteza.

Los dermópteros son ocasionalmente conocidos como lémures voladores. Esta desig­nación muestra que los colugos, desde su descubrimiento por los zoólogos, fueron considerados parientes de los primates, o incluso miembros primitivos de este grupo. En las clasificaciones zoológicas modernas se acepta que los órdenes Primates, Dermoptera y Scandentia (las musarañas arborícolas) forman un gru­po natural. Lo que ha sido más di­fícil de establecer es el parentesco relativo entre estos tres grupos.

Un estudio reciente rea­lizado por Jan Janecka y sus colaboradores muestra que efectivamente los primates, los colugos y las musa­rañas arborícolas pueden clasifi­carse en un solo grupo (los Euarchonta) que surgió hace 87.9 millones de años. Dentro de este grupo, las musarañas arborícolas se separaron primero, de manera que los colugos vienen a ser nues­tros primos, los parientes más cercanos de los primates.

Tal como lo atestiguó Wal­lace, los colugos son habilidosos planeadores. Un estudio realizado por científicos de la Universidad de Ca­lifornia en Berkeley y de la Uni­versidad Nacional de Singapur, mostró que la distancia horizontal que los colugos pla­nean en cada salto varía entre 2.5 y 150 metros. Usando di­mi­nutos acelerómetros pegados en la espalda de los animales, los investigadores encontraron que la distancia de planeo se correlaciona con la fuerza con la que los colugos saltan desde el árbol de origen. Más interesante aún, la velocidad del aterrizaje, y por lo tanto la fuerza del impacto, es menor cuanto mayor es la distancia recorrida. Esto significa que los colugos son capa­ces de modificar la trayectoria y la velocidad de sus planeos por medio de sus patagios.

La capacidad de planear ha evolucionado independientemente en varios grupos de animales. Sólo entre los mamí­feros ha aparecido al menos en nueve linajes diferentes, in­cluyendo varios tipos de ardillas “voladoras” y algunos mar­supiales planeadores, además de los colugos y de los ancestros de los murciélagos. Por alguna razón aún no muy bien comprendida, las selvas del sureste de Asia son particular­mente ricas en animales planeadores. El propio Wallace descubrió en Borneo una especie de rana “voladora”, cuyas patas presentan unas enor­mes membranas que le permiten amortiguar las caídas. En el su­reste asiático habitan otros animales capaces de planear, con menor o mayor habilidad: una lagartija, un gecko, una ser­piente, además de ocho especies de ardillas “voladoras” gigantes del género Pe­tau­rista y, por supuesto, las dos especies de colugo. Se ha especulado que la estructura de las selvas asiáticas, do­minadas por árboles de gran altura y muy espaciados ha fa­vorecido la evolución de animales planeadores.

Durante su estancia en el archipiélago Malayo, Wallace se embelezó con la impresionante diversidad de formas animales de la región y por años buscó una explicación para su origen. Finalmente, du­rante un ataque de fiebre que lo mantuvo en cama por dos semanas a principios de 1858, dedujo que el origen de la gran variedad de formas naturales se debe al proceso de selección natural, o lo que él llamo “la tendencia de las variedades a divergir indefinidamente del tipo original”. En El Archipié­lago Malayo, publicado en 1869, Wallace utiliza las mem­branas de las patas de la rana “voladora” que descubrió en Borneo como un ejemplo de evolución: “Es muy interesante para los darwinistas, ya que muestra que la variabilidad de los dedos, que de por sí han sido modificados para permitir a las ranas nadar y trepar, ha sido aprovechada por una especie emparentada para moverse por el aire como la lagar­tija voladora”

Aunque nun­ca discutió el asunto con detalle, es probable que Wallace haya tenido cavilaciones similares al observar las adaptaciones del colugo a su vida planeadora y comparar su morfología con la de los primates. Hoy en día, como en tiempos de Wallace, sin duda vale la pena estudiar a nuestros parientes más cercanos para tratar de entender nuestra propia naturaleza.

Referencias bibliográficas

Byrnes, G., N. T. L. Lim y A. J. Spence. 2008. “Take-off and landing kinetics of a free-ranging gliding mammal, the Malayan colugo (Galeopterus variegatus)”, en Proceedings of the Royal Society, B-Biological Sciences, núm. 275, pp. 1007-1013.

Janecka, J. et al. 2007. “Molecular and genomic data identify the closest living relative of primates”, en Science, núm. 318, pp. 792-794.

Wallace, A. R. 1869. The Malay Archipelago; the land of the orang-utan and the bird of paradise; a narrative of travel with studies of man and nature. Macmillan & Co., Londres (versión en español, cnca, México, 2001).

Copyright del artículo © Héctor T. Arita. Reservados todos los derechos. Publicado previamente en la revista Ciencias de la UNAM. Editado sin ánimo de lucro, con licencia CC.

Héctor T. Arita

Héctor Arita es biólogo por la Facultad de Ciencias de la UNAM (1985) y doctor en ecología por la Universidad de Florida, Gainesville (1992). Desde 1992 es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), primero en el Instituto de Ecología y luego en el Centro de Investigaciones en Ecosistemas (CIEco).

En el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES), realiza proyectos de investigación que se enfocan a la comprensión de los patrones de composición, estructura y diversidad de los conjuntos de especies a nivel local (ecología de comunidades) y regional y continental (macroecología). Realiza también investigaciones sobre las aplicaciones de estos estudios a la conservación de la diversidad biológica.

Ha sido representante académico en diferentes cuerpos colegiados de la UNAM, además de haber sido el primer jefe del Departamento de Ecología de los Recursos Naturales y director del Instituto de Ecología. También fue presidente de la Asociación Mexicana de Mastozoología (AMMAC) y coordinador de la sección de biología de la Academia Mexicana de Ciencias.

A nivel internacional, ha participado en comisiones y mesas directivas de asociaciones como la American Society of Mammalogists, la North American Society for Bat Research y la International Biogeography Society. Ha participado también en el consejo científico asesor del National Center for Ecological Analysis and Synthesis (NCEAS) de los Estados Unidos y actualmente es miembro del consejo de editores de Ecology Letters.

En 2016, ganó el III Premio Internacional de Divulgación de la Ciencia Ruy Pérez Tamayo por su obra Crónicas de la extinción. La vida y la muerte de las especies animales.

Fotografía de Héctor T. Arita publicada por cortesía del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología.

Sitio Web: hectorarita.com/
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