¿Es posible atender la diversidad?

Una de las consecuencias más directas de la LOGSE, con su ampliación de la edad obligatoria hasta los dieciséis años, es la existencia en las aulas de un alumnado muy diverso. Esta diversidad está también en estrecha relación con el principio de comprensividad, del que hemos hablado en esta serie de artículos.

Efectivamente, si en una misma aula conviven alumnos de distintas características, algunos de los cuales presentan dificultades de aprendizaje, discapacidad o trastornos de conducta, por poner algunos ejemplos de situaciones clave, entonces el profesor tiene que intervenir didácticamente con varios niveles curriculares y con una metodología que debe adaptarse a esas diferencias.

El hecho de que los alumnos con discapacidad o dificultades graves estén integrados en los centros ordinarios tiene aspectos positivos, el principal de ellos para los propios alumnos que tienen la oportunidad de vivir su infancia y su adolescencia en un entorno normalizado y rodeados de iguales. Sin embargo, esa integración se ha realizado únicamente a costa del profesor, en muchas ocasiones sin una formación pedagógica adecuada y sin condiciones para poder llevar a cabo su labor.

La integración, o mejor, la inclusión, que es el concepto que se maneja ahora, tiene sentido cuando se cuenta con medios materiales y personales adecuados y suficientes. En caso contrario, genera una enorme frustración en los centros, en el profesorado y en las propias familias, dado que la atención que se puede dispensar a estos alumnos no es la que deberían tener. No tiene sentido una integración para concluir en alumnos que no llegan al máximo de sus posibilidades, por falta de medios o porque el modelo organizativo o pedagógico no sea el adecuado.

En otro orden de cosas, la diversidad también se refiere a un número más amplio de alumnos que tienen dificultades de aprendizaje, problemáticas derivadas de su situación sociocultural o, incluso, altas capacidades, lo que también implica la necesidad de una atención personalizada. Las dificultades de aprendizaje suelen ser el motivo más frecuente por el cual un alumno se instala en el fracaso escolar. Corregirlas o moderarlas es un problema que exige un abordaje inmediato, incluso un programa de prevención que, en la mayoría de los centros educativos, no existe.

Las dificultades de aprendizaje tienen su manifestación más acusada cuando, a mediados de primero de primaria, cuando el niño tiene entre seis y siete años, se observa que no ha aprendido a leer y a escribir. Esta es la piedra de toque, el aviso que nos indica una situación de riesgo escolar. Sin embargo, la mayoría de las veces los problemas que impiden a un alumno aprender a leer o escribir tienen su origen en los años anteriores y podían haberse tratado con anterioridad. La prevención en la escuela infantil es, pues, una de las mejoras que nuestro sistema educativo debería incorporar.

Esa prevención no tiene que ver solamente con el diagnóstico de las dificultades, ya que en estas edades resulta complicado realizarlo, precisamente por la corta edad de los alumnos, sino con la insistencia en el desarrollo de destrezas y capacidades que serán las que abrirán la puerta a futuros aprendizajes. Desde hace algunos años, la etapa infantil y la primaria están en franca contradicción a la hora de elaborar proyectos de trabajo conjuntos y no únicamente contiguos. La continuidad del sistema es, en esta fase, absolutamente necesaria pero no está garantizada.

La mayoría de los problemas, por no decir todos, que los alumnos que llegan a secundaria arrastran en relación con el aprendizaje, vienen de etapas anteriores, como no puede ser de otro modo. Si bien es verdad que esto es así, también lo es que, en secundaria, no se suelen mejorar, ni, incluso abordar. La relación de continuidad, de nuevo este concepto, entre la primaria y la secundaria tampoco tiene la enjundia que debiera, pues uno de los males de nuestro sistema educativo es la dispersión de esfuerzos y, en suma, la descoordinación, que afecta a todos los ámbitos.

La atención a la diversidad dentro del aula, mediante el concurso de un solo profesor, ha resultado una entelequia. En algunos centros se establece que el profesor especialista en pedagogía terapéutica actúe dentro del aula atendiendo a los alumnos que lo precisan. Tampoco parece que esto haya sido una buena solución y, además, se adopta en pocos casos. Esto quiere decir que ha de encontrarse otra vía para atender a los alumnos en función de sus capacidades, intereses y aptitudes. Es el principio de comprensividad el que sitúa a todos los alumnos en el mismo entorno escolar y con las mismas perspectivas de avance, algo que, como se ha comprobado, terminado situando el índice de fracaso escolar en el mismo tercio de siempre.

No hemos citado aquí el caso de los objetores escolares, porque ello entra más bien en el terreno de la convivencia y el cumplimiento de la norma, pero es bueno recordar que un alumno aburrido porque no entiende lo que pasa en la clase, porque no aprende, en suma, puede llegar a ser un objetor escolar y, de hecho, este paso ocurre con mucha frecuencia. La objeción está, no obstante, más relacionada con la diversidad de intereses que con la diversidad de capacidades. Asimismo tiene mucho que ver con el papel de la familia y sus expectativas ante el progreso en los estudios de sus hijos.

Volvamos a la pregunta inicial: ¿Es posible atender a la diversidad? Nuestra respuesta: en las condiciones actuales es muy difícil. Para que fuera posible haría falta hablar de escuela diversificada y no de escuela comprensiva. Haría falta hacer rutinarios los programas de prevención. Detectar lo antes posible las situaciones de dificultad de aprendizaje. Flexibilizar los grupos en función de las características de los alumnos y sin que sean estáticos. Eliminar contenidos superfluos y centrarnos en los nucleares. Hacer la enseñanza mucho más dinámica, activa, utilizando todos los medios a nuestro alcance, incluidas las TIC. Formar al profesorado en técnicas de trabajo y dinámicas de aula, así como en estrategias pedagógicas que ahora no se dominan.

No se trata, desde luego, de tener más medios, sino de usarlos mejor, de entender las organizaciones educativas como algo al servicio de la mejora en la educación y de hacer más flexible el sistema, actuando desde la prevención y corrigiendo situaciones en cuanto se detectan.

Ni que decir tiene que la prevención y detección de problemas necesitan unos equipos multiprofesionales que actúen en coordinación, y que deben existir desde los primeros años escolares de los niños. La extensión de la enseñanza a los tres años ha de servir para aprovechar los programas preventivos como baza para impedir que se asiente el fracaso escolar desde segundo de primaria, como suele ocurrir. Sabemos, también que, salvo casos aislados, repetir un curso sirve de poco, si no se aplican otros métodos o tratamientos.

El quid de la cuestión estaría en saber con claridad cómo aprende cada alumno, lo que nos llevaría a entender, en caso contrario, cuál es el motivo por el que no aprende. Una vez claras estas cuestiones los centros educativos deberían tener autonomía y medios para atajar y corregir la situación de forma inmediata, con el fin de evitar que el paso del tiempo determine el fracaso del alumno con alguna dificultad.

Próximo capítulo: El papel de las familias

Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Imagen superior: Brad Flickinger, CC

 

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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