Diecisiete sistemas, un solo país

Diecisiete sistemas, un solo país Imagen superior: el lehendakari Íñigo Urkullu recibe a los ganadores de la iniciativa "Gazte Irekia, una propuesta de la juventud para construir una Euskadi mejor". Cortesía de Irekia 2014 © Eusko Jaurlaritza - Gobierno Vasco.

Una de las críticas que, últimamente, se viene haciendo al Estado de las Autonomías que consagró en el ordenamiento jurídico español la Constitución de 1978, es la referida a la necesidad de que el sistema educativo se articule desde el Estado central y se evite así la dispersión e, incluso, la disparidad actual. Por desgracia, todo lo referente a la Educación tiene en España un sesgo político, o, mejor dicho, todo se pasa por el tamiz de la discusión partidaria.

La escuela es, además, en situaciones de crisis, el contenedor hacia el que se vuelcan todas aquellas propuestas que surgen al calor de los problemas concretos. La escuela es la panacea. Pero todos sabemos que enseñar, educar, aprender, son aspectos que requieren sosiego, planificación, planteamientos sistemáticos, continuidad, y que nunca se puede funcionar a corto plazo. Esto, el cortoplacismo, es otra de las características del abordaje político de la cuestión educativa. Porque, después de tantos años de democracia, aún podemos hablar de "cuestión educativa" como una de las asignaturas pendientes de nuestro país. Y ello, sobre todo, porque los diseños han estado conducidos, si no por políticos exclusivamente, sí por expertos "ideologizados" hasta el extremo de que la ideología se ha impuesto sobre los aspectos pedagógicos, didácticos y profesionales.

Desde que se llevara a cabo la transferencia de competencias en educación a las Comunidades Autónomas el papel del Ministerio de Educación (en estos momentos, de Educación, Cultura y Deporte) es muy escaso y, diríamos, complicado. El color político de las Autonomías ha venido determinando sus relaciones con el Gobierno Central, en este tema y en todos los demás. En lo que se refiere a la Educación, los gobiernos autonómicos han intentado aplicar, ampliar o minimizar los efectos de las leyes educativas de las que hemos hablado en capítulos anteriores, dependiendo de su grado de afinidad con las mismas. Afinidad partidaria, para entendernos. Esto ha generado una desigual aplicación de la norma, en primer lugar. Dado que en las leyes educativas se reconoce una parcela de configuración autonómica en lo que se refiere a su contenido concreto, es en esta parcela en la que las diferentes autonomías han volcado su especificidad. En este sentido los mayores problemas se han generado en los casos de autonomías con lenguas propias, pero no han sido los únicos.

La idea general es que, en Educación, existen diecisiete reinos de taifas. Aspectos tan sencillos como qué materias componen el currículum de un determinado nivel, o cuáles son las optativas que se ofertan, o cómo se gestionan las ayudas a las familias, todo ello ofrece un panorama diferenciador que se antoja excesivo dentro de un mismo país.

Algunas cuestiones tienen aún más enjundia, como el contenido que se estudia dentro de cada materia, que las autonomías estructuran en base a ciertos presupuestos que se alejan de lo que debería constituir el saber establecido por las comunidades científicas de las respectivas disciplinas. Resumiendo, la politización, que no es otra cosa que el excesivo peso de la política en cuestiones que no deberían serlo, es una seña de identidad de nuestro sistema educativo en lo que se refiere a su diseño estatal y autonómico.

Es verdad que existen organismos reguladores y coordinadores del sistema educativo que tienen como fin establecer líneas conjuntas de actuación y colaboración, pero no se suele entrar en los aspectos curriculares puramente dichos. Ni en otros, porque resulta difícil entender por qué los profesores, directores y otros puestos de trabajo, tienen distinto sueldo dependiendo de dónde trabajen. Siendo todos ellos funcionarios de carrera esta diferencia resulta incongruente. Y lo mismo puede decirse de otros aspectos laborales, como el acceso a determinados cargos, las interinidades, las oposiciones, etc.

En un intento de que este estado de cosas cambie, el gobierno popular al redactar la LOMCE, que es, recordemos, una modificación de la LOE, introduce un apartado dentro de los Fines, que se denomina Sistema Educativo Español, en el que aclara el papel del Estado en la Educación y detalla los organismos reguladores, como el Consejo Escolar del Estado o la Conferencia sectorial de Educación, constituida en 1986, así como las Mesas sectoriales y la política de Becas y Ayudas. Existen, además, los Programas de Cooperación Territorial con el objetivo de contribuir a la calidad de la Educación: Plan de fomento de la lectura y bibliotecas escolares, Plan PROA, Programa ARCE, Plan Educa3, Profundiza o el Programa de abandono temprano de la educación y la formación.

El verdadero problema, no obstante, es si es razonable, en un Espacio Común como el Europeo, que el sistema educativo de un país esté parcelado en diecisiete trozos. Esta cuestión podemos plantearla y deberíamos reflexionarla si queremos abordar los temas educativos desde su perspectiva compleja.

Dado el concepto de movilidad que todos los organismos internacionales quieren consagrar, tanto en el estudio como en el trabajo, resulta ciertamente incongruente que se vea dificultada por aspectos relacionados con la ordenación académica, la lengua vehicular, la organización de los centros o la política de ayudas a las familias, fuertemente marcada por el sesgo político de cada comunidad autónoma.

Puede argumentarse que estas diferencias no atañen solamente a la educación y, efectivamente, así es. También tenemos diecisiete sistemas sanitarios diferentes, diecisiete fiscalidades o diecisiete modelos de ordenación del territorio, por poner algunos ejemplos. Pero el carácter sensible de la Educación quizá obligue a buscar consensos más allá de lo que en estos momentos podemos percibir. Lo que nos une a todos debería ser un espacio mucho mayor que lo que nos separa. Porque, justamente, la Educación es el terreno propicio para que las diferencias individuales, sociales, económicas y culturales, se suavicen y se pueda hacer así efectiva la imprescindible igualdad de oportunidades que sostiene la movilidad social y sirve de incentivo para el desarrollo del esfuerzo personal, del mérito, de la excelencia y de la formación integral y para toda la vida, que constituye el desideratum de todo sistema educativo.

El problema de la Educación radica en que las personas tenemos una única vida escolar y que esa vida escolar no debería estar mediatizada por circunstancias ajenas al saber y a la propia esencia de la Educación. Los alumnos, en suma, no pueden esperar, no tienen tiempo de hacerlo, a que las cosas cambien o mejoren, a que los partidos se pongan de acuerdo, a que llegue el consenso.

Si sumamos la diversidad legislativa, los cambios en las normas, el sentimiento del profesorado en cuanto al escaso respeto que su status quo tiene en la actualidad, el mantenimiento de algunos conceptos pedagógicos que han sido superados y la existencia de diecisiete miniestados, quizá podamos extraer un cóctel que precise mayor reflexión y mayores cambios aún no contemplados.

Próximo capítulo: La revolución tecnológica en la escuela.

Accede a otros capítulos de la serie:

I: Los inicios de la comprensividad: La Ley del 70

II: Cara y cruz de la LOGSE

III: A vueltas con las reformas, LOCE, LOE

IV: ¿Qué ha cambiado la LOMCE?

V: Diecisiete sistemas, un solo país

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Copyright del artículo © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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