Leer, escribir, aprender

Leer, escribir, aprender Imagen superior: Albert Mock, "Writer"

Para Isabel-Clara y Celia, un mundo entero delante de sus ojos

La enseñanza escolar ofrece la extraña paradoja de estar, en muchas ocasiones, demasiadas, desconectada del mundo real. En el mundo real suceden cosas, se escriben libros, se inventan medicinas, se conquistan espacios vedados a la razón humana, se construyen casas… La escuela teoriza sobre saberes ya acreditados, sobre el legado cultural o sobre los conocimientos establecidos. Pero, pocas veces interactúa con el mundo en el que estamos ahora mismo.

Los alumnos pueden sentir, y de hecho así ocurre, que existen dos esferas que no se comunican ni se tocan. La esfera escolar y la esfera de la vida. Es más. En la vida, ellos utilizan el móvil, la tablet, el ordenador, con toda facilidad y ligereza, sin que ello suponga dificultad alguna ni aun en los alumnos que tienen menos facilidad para aprender.

Por el contrario, los artilugios citados son un tabú, son objeto de prohibición en el entorno escolar, que, lejos de aprovechar sus virtualidades y la pasión que despiertan en los niños, los ha tachado de inconvenientes y de ajenos al devenir del aprendizaje.

Los niños y los jóvenes en edad escolar viven dos realidades. Una, más teórica, es la que los sienta cada día durante seis horas al menos, para que descifren los variados secretos de las asignaturas, organizadas en niveles, que forman las etapas escolares. La escuela es sedentaria, la posición de sentados es la que predomina y también el trabajo individual.

Como adolescentes que son, en la etapa secundaria los niños sienten una enorme necesidad de contarse cosas. Cada uno de ellos enhebra su discurso y lo comparte con el amigo, el compañero, incluso con el grupo. Formar parte ese grupo, su sentido de pertenencia, son fundamentales para que se desarrolle el yo social, pero esto no parece que siempre se entienda por parte del mundo adulto.

Las redes sociales abrieron un horizonte de comunicación que nos ha atrapado a casi todos. Dado que los usuarios de esas redes solemos dedicarles un tiempo considerable, tendríamos que entender, entonces, el papel de los niños, que intentan conectarse con los suyos para saciar esa sed de contacto que se tiene por parte de los seres humanos.

Nadie nos ha enseñado el equilibrio que ha de haber entre la vida real y la vida virtual. Tampoco la escuela, desde luego, porque determinó la maldad de las redes y enseña únicamente, a veces, los peligros de Internet, esa selva maligna en la que los males nos acechan.

Nos encontramos con que en la escuela que tenemos no caben tampoco nuestros sueños. El gusto por la literatura, la pintura, el arte, la escritura, todo aquello que nos hace ser más personas.

Estabulados desde la primera infancia los alumnos aprenden a ocultar sus pasiones. Viven fuera de nuestros muros todo aquello que les importa, aquello por lo que sienten auténtica inclinación. En la escuela cumplen el expediente pero lo definitivo, lo importante, está en otra parte, en sus mentes y en sus vidas externas.

Un niño puede pasar escolarizado diez o doce años sin que sus maestros sepan que tiene un gran talento literario. Una niña puede parecernos nerviosa e inquieta cuando lo que le ocurre es que bailar es su forma de presentarse al mundo. Porque también la creatividad es una proscrita en todo esto.

Hablamos de sintagmas, de ecuaciones, de verbos irregulares, del Renacimiento, de la generación del 27, pero no comentamos los cuadros de Leonardo, no leemos poesía en voz alta, no recitamos a Lorca, no comentamos los libros que nos han entusiasmado, no escribimos sobre lo que nos importa, no damos rienda suelta a nuestros talentos.

El talento pasa desapercibido. La escuela no lo nota. Los talentos se pierden o se ralentizan. La escuela no los echa de menos. Algo hay que hacer. Y pronto. Antes de que estas niñas, que ahora me abren el cofre de sus sueños, se hagan adultas y piensen que este es un tiempo perdido, una forma de engaño, un señuelo, una obligación.

Copyright © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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