¿Puede erradicarse el acoso escolar?

Imagen superior: Lee Morley, "Bullying", CC

Cada vez que un adolescente se suicida, se vislumbra un infierno detrás. ¿Cuántos adolescentes tienen que suicidarse para que prestemos atención a lo que pasa en las escuelas? ¿Cuántos, para dejar de pensar que hablar de educación es un tema menor?

El acoso escolar no es un juego de niños, ni una exageración de gente pusilánime. No es un titular, porque ni siquiera sale a la luz la mayoría de las veces. Es un problema grave que deja secuelas en los niños y en sus familiares. Es un problema circular porque, en ocasiones, el acosado se convierte en verdugo. Es un problema general porque tiene sus raíces en las estructuras familiares, se manifiesta en la escuela primaria y llega a los institutos convertido en un monstruo de muchas cabezas. Es un problema educativo porque incide en los resultados escolares y en la convivencia de los centros. Es un problema pedagógico porque precisa una intervención adecuada y una formación previa de los orientadores y profesores. Es un problema nacional porque afecta a los niños y jóvenes que están en manos de la institución escolar. Es un problema familiar porque es la familia la que debe dar a los niños esa fortaleza moral que es la mejor forma de prevención. Es un problema.

Los expertos en acoso escolar hablan de una serie de características que tienen que confluir para que pueda afirmarse su existencia. Un grupo acosador, una víctima, un grupo de mirones que observa y no interviene, la continuidad en el tiempo. La radiografía de las víctimas remite a problemas previos de autoestima, niños que tienen algún rasgo diferente y que manifiestan inseguridad ante esa diferencia, o falta de fortaleza moral para afirmarse en ella. Pero también surgen otra clase de víctimas, niños hipersensibles, con mucha inteligencia y pocas habilidades sociales. Niños que destacan por encima de los otros, generando envidias y recelos. Niños que, a veces, no son conscientes de lo que pueden provocar a su alrededor. Pero siempre, sean como sean, por déficit o superávit, son niños que no están seguros de sí mismos, que dudan de sí mismos, que no han recibido la dosis suficiente de cariño que es la que logra convertirte en alguien que se quiere y se respeta. Es duro que las familias piensen esto, pero la única forma de asegurarte la autoestima y la fortaleza moral es el amor de los que te rodean.

Un cariño mal entendido, la permisividad, la ausencia de límites, el capricho llevado al extremo, la prepotencia y esa idea parental de que los niños tengan lo que los padres no han tenido, conducen a crear seres sin ninguna empatía por los demás, sin ningún espíritu de autocrítica. En muchas ocasiones, cuando te enfrentas al grupo de supuestos acosadores, vislumbras en los padres esa desconfianza ante un hecho que jamás reconocerán como propio de sus hijos tan perfectos.

Las instituciones escolares se enfrentan al problema sin medios. Todo ocurre en las aulas, los recreos, los pasillos, los patios. Porque es allí donde confluye la socialización de los niños. Una socialización que tiene momentos formales y momentos informales. Y donde hay espacios opacos sobre la realidad que no hay forma de traspasar. En general, el problema del acoso no se aborda de manera abierta. Está ahí, oculto, como si fuera un tema tabú que solamente estalla cuando alguna situación se pone sobre la mesa creando la consiguiente alarma.

La secuencia de los hechos suele ser, más o menos, así: durante algunos años, sobre todo en el último ciclo de primaria, el problema se inicia y desarrolla. Los maestros no intervienen o lo hacen considerando que son cosas de niños. Las familias ocultan el problema en el caso de las víctimas o lo ignoran en el caso de los acosadores. Las víctimas guardan silencio.

En los programas de tránsito entre etapas no se aborda la cuestión, sencillamente porque no se ha detectado. Todo lo más se dice que hay algún niño “poco integrado” o “aislado”.

Cuando los niños llegan a secundaria, sale a la luz a través de algún indicio indirecto.

Tras la detección del caso, normalmente por un hecho fortuito o colateral, pues las denuncias de las víctimas son una rara avis, se pone en marcha un procedimiento de investigación que se dilata a base de entrevistas y reuniones. La gran mayoría del profesorado no tiene formación al  respecto. Otro tanto puede decirse de los equipos directivos.

Los orientadores, que deberían estar más formados, son, en el mejor de los casos, uno por centro y eso no en todas las comunidades. En Cataluña no hay orientadores en los institutos, sino equipos de zonas, por ejemplo. La ratio orientador-alumnos debería ser de 1/250 según la UNESCO. En España es de 1/1800.

Los casos probados se pasan a la Inspección de zona sobre cuyo funcionamiento también podrías hablar, pues su gestión se ha burocratizado al extremo, dejando de lado la tarea de asesoramiento que antes era parte de su perfil. En suma, cuando se aborda el problema, de forma deficiente además, la cosa ya no tiene arreglo.

El acoso puede pararse, los acosadores pueden tener su castigo (o no, porque el acoso escolar es una situación casi invisible la mayor parte de las veces), pero la víctima tiene ya secuelas irreparables. Se producen cambios de centro, incluso denuncias policiales o intervención de la fiscalía de menores, pero todo ello en un contexto en el que lo inevitable ya ha ocurrido. En los casos más graves, eso sí lo sabemos por los medios, se producen acciones terminales gravísimas, excepcionales, como el suicidio.

¿Qué podemos hacer? Darle importancia. Existe, no es cosa de niños.

Prevenirlo. En la familia, por medio de una educación que abunde en la empatía, en la compasión, en la comprensión de las diferencias, en el respeto a los otros. Que establezca límites en la conducta de los niños, que no los convierta en tiranos ni en reyezuelos. Que no los abandone a su suerte, con la llave de la casa en la mano. Que no los deje en manos de otros, al menos en lo que se refiere a lo emocional. Combinando firmeza y cariño.

Prevenirlo. En la escuela primaria. Hablando abiertamente de ello desde, al menos, los siete años. Comentando en clase las cuestiones que vaya surgiendo en el día a día y gestionando asambleas, debates y charlas sobre ello. Observando el comportamiento de los niños. Fomentando los trabajos en grupo. Evitando exclusiones y aislamientos. Potenciando lo bueno de cada uno. Con un programa específico de STOP al acoso.

Prevenirlo. En los institutos. Con una buena formación para el profesorado. Con un departamento de orientación dotado de recursos humanos suficientes. Con una colaboración leal de las familias. Con programas de tutoría ajustados y reales. Con un trasvase de información fiel y sin ocultaciones en los momentos de tránsito entre etapas. Con una actuación decidida por parte de todos. Con un programa específico de STOP al acoso.

El acoso escolar existe. Es un problema que ha de ser tratado de forma global y transversal. Podemos mirar hacia otro lado. Pero siempre habrá ojos que nos acusarán de no haberlo visto cuando aún era tiempo de evitarlo o corregirlo.

Copyright © Catalina León Benítez. Reservados todos los derechos.

Caty León

Gaditana de nacimiento y crianza; trianera de vocación. Lectora y cinéfila. Profesora de Geografía e Historia y de Orientación Educativa. Directora del IES Néstor Almendros de Tomares (2001/2012). Como experta en organización escolar he publicado los libros La secretaría. Organización y funcionamiento y El centro educativo. Función directiva y áreas de trabajo, artículos en prensa (ABC: 12, 3, 4) y revistas especializadas, así como ponencias en cursos y jornadas.

En noviembre de 2009 recibí la medalla de oro al Mérito Educativo en Andalucía. En 2015 he obtenido el Premio “Antonio Domínguez Ortiz” por la coautoría del trabajo Usos educativos de la robótica. Una casa inteligente.

En el ámbito flamenco he publicado decenas de artículos en revistas como Sevilla Flamenca, El Olivo, Alboreá y Litoral, sobre el flamenco y las artes plásticas, la mujer y el flamenco, entre otras temáticas, así como varios libros, entre los que destacaría la primera incursión en la enseñanza escolar del flamenco, Didáctica del Flamenco, mi libro sobre El Flamenco en Cádiz y el ensayo biográfico Manolo Caracol. Cante y pasión (ver reseña en ABC), así como mi investigación sobre la Noticia histórica del flamenco en Triana. Conferencias, jornadas, jurados, cursos de formación, completan mi dedicación al flamenco. En 2015 he sido galardonada con el Premio de Honor “Flamenco en el aula” de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Por último, la literatura es mi territorio menos público pero más sentido. Relatos, microrrelatos, cuentos, poemas y una novela inédita Tuyo es mi corazón. I Premio de Relatos sobre la mujer del Ayuntamiento de Tomares, en su primera edición. Premio de Cuentos Infantiles de EMASESA en 2015 por Hanna y la rosa del Cairo.

En mi blog Una isla de papel hay un poco de todo esto.

Sitio Web: unaisladepapeles.blogspot.com.es/

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